01-05-2013

Anfetaminas

Lo primero que noté de Pablo es que ya no tenía la mirada agresiva y metálica de antes. Algo había cambiado profundamente en él.

No tuve tiempo de pensar cuando le dije que viniera. Fue escuchar su voz y no saber reaccionar, simplemente le dije que sí, que viniera, como la oveja que sigue a su amo al matadero, sin pensar en las consecuencias. O pensé en una milésima de segundo que me iba a seguir molestando, chantajeando, la verdad es que no sé que pensé, probablemente nada. Lo único que alcancé a hacer fue enviarle un mensaje de texto a Marcos, "Pablo volvió".

Pensé en salir con Pablo, un lugar neutro, un lugar seguro, pero decidí que nos quedáramos en el apartamento. Lo hice pasar, le pregunté si quería algo, me dijo que un vaso de agua estaba bien, y nos sentamos en el living. Pablo se rascó la cabeza varias veces antes de decir algo.

- Marguerite... primero que todo... quiero pedirte disculpas.

Lo escuché callada.

- Hace unos meses... para la navidad, después de año nuevo... yo no estaba bien.

Más silencio de mi parte. Pablo me miró, como para comprobar que yo seguia ahí, me dió la impresión de que había ensayado muchas veces qué decirme, parecía un niño en la obra teatral de fin de año en preescolar al que se le olvida su libreto.

- Lamento tanto... todo lo que pasó. Yo actué mal, no tengo disculpas, simplemente quiero decirte que lo siento... que ahora las cosas son distintas, yo soy distinto...
- ¿Qué cambió? - Pablo levantó la vista, no se esperaba que lo interrumpiera.
- Dejé... de usar anfetaminas. Me fui a un programa de desintoxicación Marguerite. Estoy limpio ahora.

De pronto encajaron tantas piezas en su lugar. Un eco apagado en mi cabeza me repetía la pregunta, ni siquiera recordaba si de hecho me había hecho la pregunta o me había planteado que Pablo se estuviese metiendo algo, pero creo que sí, y el eco apagado me lo repetía como una obviedad que había pasado estúpidamente por alto. No sabía qué decir. Simplemente moví la cabeza, en un gesto de incomprensión.

- Empecé... a usar poco tiempo después de que falleció mi esposa. En Estados Unidos me pilló un colega y me amenazó con acusarme, renuncié, volví a Chile, estuve un tiempo corto tratando de dejarlo pero el cuerpo... me pedía más, me sentía cansado y deprimido, y empecé con dosis pequeñas, solamente para facilitar la desintoxicación. Hasta que apareciste tú.
- ¿Empezaste a usar más?
- Mucho más. Se me hizo imposible seguir mi vida normal, ayudarte con la farsa y después, simplemente se me escapó de las manos, llegué a dosis que nunca antes había probado, y tenía rabia, tanta rabia Marguerite... muchas veces estas últimas semanas me he preguntado cómo es que no te maté.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

- No sabría explicarte, fue muy muy raro, como si no hubiese sido yo, como haberme visto desde afuera sin ser capaz de controlar mis impulsos, yo te quería solamente para mi y tú te me escapabas y yo no entendía, por qué, el destino, de nuevo me hacía esto. Y sentía rabia, una rabia ciega, sorda, absoluta, y más mierda me metía. En serio, pudo haber sido mucho peor, pero eso no es excusa, realmente lo siento Marguerite.

No fui capaz de decir nada. Pablo se bebió el vaso con agua de un trago y siguió hablando.

- Dormía mal pensando en lo que estaba haciendo, yendo en contra de la ética más básica estando contigo, ayudándote a mentirle a Armando, y a la vez, a la vez maldecía al destino por habernos puesto en el mismo camino en el momento equivocado. Hubo un momento en que empecé a pensar que todo era una broma de mal gusto, que estabas de acuerdo con alguien para hundirme, incluso llamé a mi ex colega en Estados Unidos para putearlo, hubo días en que hasta le grité a Susana pensando que ella estaba coludida contigo... fueron pensamientos irracionales, paranoias ridículas, sé que fue por las drogas, pero en ese momento no fui capaz de pensar.

Sentía la piel de gallina, seguía sin poder hablar. Pablo me miró.

- Intenté... intenté terminar contigo en esa fiesta en tu casa, pero después volvimos a vernos...
- Y me pegaste.
- Y te pegué - lo dijo con la cara escondida entre las manos.
- Pablo... realmente la cagaste ahí.
- Lo sé... estaba tan paranoico... intenté llamarte y no me contestabas, llamé a Armando, me dijo que estabas indispuesta porque te habían dado un golpe en un asalto, y empecé de nuevo a pensar que todo era una jugarreta, no sé con qué objetivo, pero que todo lo estabas haciendo para cagarme la vida, que me habías buscado a propósito, de qué, no lo sé, pero en mi cabeza todo tenía sentido, todo era tu culpa.
- ¿Por qué me mentiste sobre Armando? Me dijiste que era infértil.
- Quería vengarme.
- Así de simple.
- Asi de simple y así de complicado. Lamento mucho que hayas perdido el bebé Marguerite, pero quiero decirte, y esto sinceramente sin alucinaciones ni paranoias de por medio, que yo estaba realmente dispuesto a hacerme cargo de ese bebé. Pensaba que podía ser mío, tenía claro que podía ser de Armando, pero no me importaba, yo quería estar contigo.
- ¿Te das cuenta de lo ilógico que suena lo que me estás diciendo? Creías que yo te estaba tendiendo una trampa, pero a la vez querías estar conmigo...
- Lo sé. Y le echo la culpa a la mierda que me estaba metiendo todas esas ideas estúpidas, pero hay algo Marguerite, dentro de todo eso, que fue sincero y lo sigue siendo - me miró a los ojos - y es que te amo, de verdad que te amo, y lamento todo el daño que te hice y el que pude llegar a hacerte, no sé como pedirte perdón, fui un animal, pero mi amor por ti, eso fue siempre sincero.

Nos quedamos un rato sentados sin decir nada. Me vibró el teléfono con un mensaje de Marcos, preguntándome si todo estaba bien. Le respondí que sí. Le pregunté a Pablo si tenía hambre y salimos a comer algo. No puedo decir que estaba enojada con él, a final de cuentas, había sido mi culpa, yo lo había involucrado en algo que él no quiso desde el principio, yo había complicado todo y bien sabía yo los efectos que te produce la anfetamina en el cuerpo, lo recordaba de Daniel. ¿Qué culpa tenía Pablo en todo esto? ¿Quererme había sido su única culpa?

Pablo no quiso beber, pero yo tomé algo de vino. Fuimos capaz de reírnos, de hablar de otras cosas, y ví como Pablo se relajaba, como la raya en la frente se le desaparecía y volvía a sonreír con esa sonrisa perfecta, los ojos a brillarle como la primera vez que comimos juntos. Volvimos a mi apartamento, yo seguí bebiendo, me sentía bien, relajada en su compañia.

Pablo me preguntó por Armando y le conté que estábamos separados. No le conté toda la historia, de la sueca, que Pablo seguramente recordaría, simplemente le dije que no estábamos bien y estábamos separados.

- Lo siento - me dijo con el tono más falso que he oído, los ojos brillantes.
- Jajaja mentiroso, no lo sientes para nada.
- No, es cierto, no lo siento, si no lo amabas, siempre te lo dije.
- No volvamos al tema...
- Tienes razón, para qué hablar de él cuando podemos hablar de otras cosas...

Pasaron las horas mientras seguíamos hablando de otras cosas, Armando era un recuerdo cada vez más lejano. Me fui sintiendo más y más alegre, como si el vino hubiese diluido toda mi rabia con Pablo, disipado todo lo que había pasado estas últimas semanas. ¿Armando? que se fuera a la mierda Armando, que saliera a la calle y lo atropellaran o se muriera de sida escandinavo, lo que fuera, YO estaba viva, y estaba contenta, y estaba borracha, y Pablo estaba ahí tan atractivo como la primera vez, y sabía que era solamente acercarme y dar el primer paso...

- ¿Estás segura? - creo que me dijo mientras le besaba el cuello, le desabotonaba la camisa y empezaba a recorrerlo con mis manos borrachas, cuales mariposas afiebradas, hurgando en su pantalón.

No hubo necesidad de decir más.

29-04-2013

Die jüdische Hund

Mi día empezó con un mensaje de Albert:

"Hola hermosa. Mi primer mensaje de la semana es para ti. Te echo de menos, espero que podamos vernos pronto. Te pienso todo el tiempo, que tengas un lindo día".

Me acurruqué debajo de las sábanas mientras pensaba en Albert. Soy mala con él, Albert no ha hecho más que apoyarme todos estos años, preocuparse por mí. Estar siempre ahí cuando lo he necesitado realmente. Te pienso, fue él quien me enseñó esa frase, te pienso, y la hice mía para siempre. Decidí contestarle.

- Estás en la oficina?
- Si, pero voy saliendo a clases
- Clases? de qué?
- de alemán. Viajo a Alemania la semana que viene. Quieres venir conmigo?
- Y qué has aprendido?
- Die jüdische Hund
- jaja que mierda es eso?
- perro judío, así al menos sabré cuando me estén insultando
- jaja ridículo
- No me respondiste si quieres viajar conmigo
- Ven a verme después de tu clase, lo voy a pensar, ahí te contesto.

Me quedé acostada unas dos horas, bajo las sábanas suaves, saboreando con anticipación a Albert. Los lunes tenemos que hacer un trabajo práctico, tenemos que estudiar un paciente, su comportamiento, exponer en clase lo que hemos avanzado e intentar analizar al paciente, dar opiniones o diagnósticos y discutir las diferencias de opinión en clases. Yo me analizo a mi misma, soy mi propio sujeto de estudio, claro que ellos no lo saben. Es bastante chistoso exponerme así sin que sepan que soy yo, aunque a veces me da la impresión de que Jorge, por sus preguntas y por lo que pasó, intuye que soy yo. Pero bueno, ese no es el tema, el tema es que el lunes es mi día libre, por la noche escribo algo, avanzo en mi caso de estudio, simplemente respondiendo a mis propias preguntas, contando con detalle mis propias reacciones.

Me duché y volví a la cama. Cerré los ojos. El frío invitaba a dormir otro rato. Me desperté con el timbre, era Albert. Me besó apenas entró y me llevó a la cama. Sentía los labios inflamados de la excitación acumulada. Nos acostamos entre besos. Albert tenía las manos y la nariz frías, me hacía cosquillas en los lugares que me besaba. Hicimos el amor lentamente, bajo las sábanas. Sentía sus piernas duras, musculosas y velludas entre las mías. Le acariciaba la espalda con cuidado, sintiendo los tendones tensados, las nalgas apretadas mientras me penetraba una y otra vez, su aliento en mi cuello, en mi oreja, susurrándome palabras a las que no les prestaba atención mientras me hundía más y más en un precipicio de placer. Como siempre, me dejó llegar al clímax primero, y luego él. Albert es tan preocupado por los detalles, conoce mis gestos más mínimos, busca complacerme y sabe como hacerlo.

Albert se acostó a mi lado y me abrazó por la espalda, como tanto me gusta.

- ¿Qué vas a hacer Marguerite?
- ¿Con qué?
- Con tu vida... ¿No piensas volver con Armando?
- No sé... no todavía... quiero tiempo para pensar.
- Vente a Alemania conmigo y lo piensas.
- No creo que pueda... tengo clases...
- ¿Estás enamorada de Armando?
- No sé. ¿Sabes que hubo un tiempo en que pensé que estaba enamorada de ti?
- ¿Cuándo fue eso?
- Cuando recién nos habíamos conocido, antes de conocer a Armando.
- Y llegó Armando y echó a perder todo...
- Si no hubiese llegado Armando jamás me habría acostado contigo, te seguiría tratando de usted y viendo casi como a un padre... ¿te acuerdas de la primera vez que lo hicimos, en tu oficina?
- Como si fuese ayer.
- ¿Todavía tienes el portalápices que te regalé?
- En mi escritorio
- Uuuuy en su escritorio de directoooor - le dije con un tono burlesco
- Marguerite... no vuelvas con Armando. Armando no te hace feliz, nunca te ha hecho feliz, yo te conozco desde antes, de cuando brillabas con una luz hermosa... cuando conociste a Armando te fuiste apagando y mírate ahora, nada es como quieres...
- Nada será nunca como yo quiero Albert... - me di vuelta y quedamos frente a frente en la cama.
- Podría serlo... Marguerite... he estado pensando mucho en esto... mis hijos ya están grandes, yo estoy ya mayor, tú me has repetido hasta el cansancio que no quieres hijos y yo ya terminé mi rol de padre... quédate conmigo, salgamos, viajemos, disfrutemos...
- ¿Me estás diciendo que te vas a separar?
- Quizás... no todavía, pero quizás, si las cosas salen bien...
- O sea me estás pidiendo que sea tu amante...
- No, te estoy pidiendo que le des una oportunidad a esto, nos conocemos desde hace cuánto, ¿13 años? Siempre he sabido que estamos hechos el uno para el otro y lo triste es que nunca hemos podido estar juntos de verdad, solo momentos pequeños... y aún así adoro esos momentos aunque sean efímeros.
- Si estuviésemos hechos el uno para el otro, habríamos estado juntos hace rato.
- No porque tú siempre has estado enceguecida y has preferido a Armando.
- No porque tú estás casado y siempre tuvimos muy claro que tú no ibas a dejar a tu esposa, tu familia, tu religión, tu comunidad y comodidad por mí. Sabes que a mí no me va vivir en las sombras, ser la amante, ser la otra, la que se conforma con los restos y migajas...
- Lo sé, y es por eso que ahora, y estoy confiado en que no sea demasiado tarde, te lo estoy ofreciendo, todo Marguerite, todo lo que me pidas, lo dejaría por ti. Te amo.

Te amo. Nunca lo había escuchado decirme te amo. Me quedé sin palabras. Me estaba mirando a los ojos, sus ojos negros, profundos, de una herencia orgullosa y dolorosa, y me estaba por fin, después de tantos años y tantas camas compartidas, diciendo que me amaba. No supe que contestarle, así que lo besé, lo besé con fuerza, con la rabia del que llega demasiado tarde y Albert me besó sorprendido, sin entender por qué reaccionaba así, pero me besó con fuerza él también ante mi insistencia. No tardé en notar su erección.

- Viólame.
- ¿Qué?
- Viólame. Tómame con fuerza, con rabia, como si me estuvieras violando.
- Marguerite... no puedo hacer eso...
- Viólame - le repetí mientras le enterraba las uñas en la espalda.

Y lo hizo. ¿No hace Albert siempre lo que le pido, al menos en la cama? Me afirmó de las muñecas mientras yo me retorcía intentando alejarlo de mí, mientras pateaba el aire con él entre mis piernas abiertas, y me penetró con fuerza, con dureza, y creo que lo disfrutó tanto como yo. Me dejó las muñecas enrojecidas y adoloridas y el clítoris aturdido de placer brutal.

Volvió a acostarse a mi lado en la cama y abrazarme por la espalda. Con el dedo me recorría las curvas de la cadera y la cintura.

- Me gustas tanto Marguerite...
- En unos años más no te voy a gustar, voy a ponerme fea y gorda y vieja...
- Feita y viejita y gordita me vas a gustar igual.

Cuando Albert se fue, cambié las sábanas, me volví a duchar y me vestí. Empecé a redactar el avance de mi informe. Me reía sola de lo que iban a pensar mis compañeros, sus análisis básicos de mis desórdenes mentales, como la paciente, que en algún momento de su vida fue abusada, ahora disfruta pretendiendo ser abusada. También sonreía de recordar la sensación de escuchar a Albert decirme "te amo". ¿Y si me fuese con él? Y si me fuese a Alemania, aceptara su oferta, viajáramos... ahora que Albert era el director podría hacer prácticamente lo que quisiera, pero ¿estaba dispuesta yo a hacer algo así? pensaba en Derek, en que no me fui, no pude irme con él y dejar a Armando. Y Armando... aún no decidía que iba a hacer con él.

En eso me llegó un mensaje de Albert.

"Cuando te dije que te amo, lo dije en serio. Te amo. Piénsalo".

Sonreí. Albert sabía que estaba pensando en él, y el tarado de Armando ni siquiera entendía por qué no aceptaba sus disculpas. Estaba respondiéndole a Albert algo en alemán inventado cuando entró una llamada, otra vez el número desconocido, y contesté. Se me heló la sangre en las manos cuando escuche su voz.

- ¿Marguerite? Soy Pablo, estoy en Santiago. ¿Podemos vernos?

Le dije que sí, debe estar por llegar en cualquier momento. Tengo el corazón en la garganta. El judío que espera que le diga que sí en un lado de la balanza, Armando en el medio, y en el otro lado este, el perro que ya me ha mordido la mano con anterioridad.

28-04-2013

Carne fresca

Me vibra el teléfono con un mensaje.

- Qué estás haciendo
- En clases
- Quiero verte
- Hoy no puedo
- Te echo de menos
- hmm ocupada...
- Me ascendieron a director. Salimos a celebrar?
- En serio no puedo. Clases, exámenes, trabajos.
- Odio los días nublados y fríos, tomémonos un café?
- Hoy no
- Estás enojada conmigo?
- no, ocupada.
- Qué llevas puesto?

Apago el teléfono enojada. Albert... de cuando que se ha puesto tan básico. Pareciera que la edad lo ha hecho retroceder a la post adolescencia. Prendo el teléfono cuando salgo de clases, tres llamadas perdidas de Armando, una de Marcelo, dos de un número desconocido, cinco mensajes de Albert.

Armando estuvo diez días en Suecia. Volvió diciéndome que había hablado con Merete, que se había hecho un aborto, que ella volvería a trabajar para su antigua compañía en Suecia y que no quería volver a Chile. Ese último día que hablé con él... no sé que sentí. O que siento. Como si todo lo que pasó me hubiera congelado el corazón en un invierno prematuro, miraba a Armando a hablar, sin sentir nada por él, ni rabia, ni lástima, quizás desprecio, sí, desprecio. Se le notaban las ojeras a Armando. Por primera vez me fijé en él detalladamente, sin el aturdimiento del amor ciego, me molestaron sus cejas, su nariz, sus ojos oscurecidos por la tristeza. Y de todo lo que me decía Armando, lo único que se repetía en mi cabeza es que no me eligió a mí y que ahora volvía por su premio de consuelo.

- Vuelve a la casa Marguerite
- No
- Yo sé... yo sé que la cagué, pero sé que esto podemos arreglarlo, tú y yo somos más fuertes que esto juntos mi amor - y me tomó de la mano.
- No me toques Armando, por favor no me toques. ¿Sabes que pienso cada vez que te veo? Te imagino en la cama con Merete. ¿Sabes qué es lo único que escucho cuando hablas? Que la elegiste a ella y a ese bastardo...
- Marguerite...
- Y lo que es peor Armando, es que la elegiste a ella a pesar de cómo estaba yo, había perdido recién a nuestro hijo, tú hijo, el de Merete no sabes ni siquiera si era tuyo...
- Marguerite... no sé como pedirte que me perdones...
- Es que no hay perdón Armando, no lo hay. ¿Qué habrías hecho si yo no hubiese perdido nuestro hijo y ella no hubiese querido abortar?
- No lo sé...
- No lo sabes. Ves, ese es tu problema,  no sabes nada, no entiendes nada. No. No voy a volver contigo, no ahora, no quiero verte Armando.
- Marguerite, nosotros tenemos una historia, son más de diez años...
- Diez años que echaste por la borda con tu calentura y sobre todo con tu estupidez Armando. No me llames, no me busques, dame tiempo para pensar, yo te voy a llamar. Mis cosas... dile a la nana que las ponga en una maleta o cajas y las paso a recoger, pero no quiero verte.

Y lo dejé, ahí, de nuevo. Disfruté el dolor que le causé con mis palabras, su cara sorprendida cuando le dije que no iba a volver. Aún no sé si voy a volver, pero qué creía, ¿que iba a volver corriendo a sus brazos después de lo que me hizo? Marcos se rió a carcajadas con esto último cuando se lo conté, cuando le repetí la conversación.

- Con lo que te hizo él Marguerite, jaja, es que no puedes ser más caradura. ¿Y lo que le has hecho tú a él?
- Yo a él no le he hecho nada, nada que él sepa al menos, y corazón que no ve...
- Es ojos que no ven corazón que no siente. Ven para acá, descarada.

Marcos empezó a besarme el cuello y a meterme los dedos en la entrepierna, pero no tenía ganas, no de él. Marcos me recuerda a la carne vieja, dura, su sabor no me tienta. Le dije que tenía que hacer, que lo llamaba más tarde, pero que si Armando lo llamaba siguiera haciéndolo sentir mal, que le dijera que todo era su culpa y que siguiera insistiéndome en que vuelva con él, que le lave el cerebro con toda su mierda religiosa del matrimonio y tonterías.

Volví a ver a Marcelo. No sé si por lástima o simplemente porque me conviene tener alguien así de fiel a mi lado, que casi no haga preguntas, que no me critique y que me pueda suplir de marihuana a la hora que sea. Marcelo acepta lo que le doy como un perrito faldero al que le acaricias el lomo después de haberle dado una patada porque te estorbaba en el camino. Lo noto más gordo, los músculos que había conseguido marcar en el gimnasio se le han ido, así que lo mandé a hacer ejercicio. No me gusta fofo, flojo, si quiere estar en la cama conmigo que se comporte a la altura.

Tú no vas a ser joven siempre, me recuerda Marcos de vez en cuando, cuando me insiste en que no sea tonta, en que vuelva con Armando, tenga hijos y deje mi orgullo de lado. Marcos es otro que no entiende nada, me dice que la belleza no dura para siempre, que me quedan cuánto, cinco, máximo diez años, y si no tengo mi vida asegurada para entonces, lo perderé todo. No deja de tener razón, pero pienso... en si quiero pasarme los cinco años que me queden encerrada en una vida que no me satisface o disfrutarlos. El problema es que no sé lo que quiero. Quería a Armando, pero ahora... ahora todo ha cambiado, y volver a mi vida alocada de antes ha sido tan... placentero. Salir a tomarte una copa sin saber a quien vas a conocer, con quien vas a acabar en la cama, la adrenalina de volver a drogarme como en los tiempos que estaba con Daniel, ha sido un placer indescriptible. Me aburre la rutina, eso es, la rutina es lo que me ha estado matando y Armando es eso, rutina, y por mucho que lo ame simplemente no puedo ir contra mis instintos más básicos. A final de cuentas, Armando se ha ido y vuelto, y se ha ido otra vez y ha vuelto otra vez, el sexo es lo único que me ha acompañado toda mi vida, es lo único que siempre ha sido seguro, que puedo controlar, que sé que no me va a defraudar y algo tiene el sexo casual, con desconocidos, o fuera de la relación, ese sabor a peligro y prohibido, que es lo único que me hace sentir viva de verdad.

Tengo un compañero, Jorge, tiene 20 años, el típico mateo que empieza la universidad apenas sale del colegio, concentrado en sus estudios, pololeando con una niña de primero. Un niño bien que jamás cometería una infidelidad, que jamás se saldría de las reglas. Lo conozco desde primero, pero antes era tan niño... creció ahora durante el verano, más hombre, distinto. Puse mis ojos en él y empezó la cacería lenta pero segura, empezó con estar en el mismo grupo, con hacer un trabajo juntos, con arreglármelas para quedarnos solos, estudiando hasta más tarde en la biblioteca, preguntándole si no prefería estudiar en mi apartamento donde estaríamos más cómodos. Aceptó con reticencia. Mientras conducía en mi auto, me sentía casi como un violador en serie, con mi víctima sentada a mi lado. A veces pienso eso, que si yo hubiese nacido hombre, sería un violador serial, una tras otra caerían ante mis garras. Me reí del pensamiento mientras conducía y Jorge me preguntó de qué me reía, y le conté un chiste estúpido para nada gracioso, pero él se rió y entendí que estaba nervioso, que sabía que iba a algo más que a estudiar, o que lo presentía, o que se lo esperaba, o bien que se lo imaginaba sin llegar a pensar que podría pasar de verdad. Ah, estaba tan excitada que podría haber acelerado a doscientos y habernos matado en la siguiente intersección. Me temblaban las manos.

Llegamos a mi apartamento. Lo primero que Jorge me preguntó fue si vivía sola. Estoy separada, le dije mientras ponía la tetera para hacer café. Nos sentamos a estudiar e intercambiábamos preguntas de vez en cuando. Dieron las ocho y estaba oscuro. Jorge me dijo que ya no quería seguir, estaba cansado, y le pregunté si quería que lo fuera a dejar, me imaginaba violándolo en un sitio eriazo, o prefería comer algo. Me dijo que se iría en micro, le dije que no fuera tonto, no me costaba nada ir a dejarlo, o violarlo, y que se quedara a comer algo, que me hiciera compañía.

Al final aceptó. Hablamos de las clases, los profesores, los compañeros mientras Jorge se tomaba una cerveza y yo preparaba algo rápido. Comimos entre risas, recordando anécdotas de los años anteriores y pensaba mientras lo miraba en lo mucho que había cambiado Jorge en un par de meses, un último estirón a la hombría, y pensaba en cómo hacerlo caer en mis garras, en mi cama, pero Jorge es tan correcto, y tiene polola, la niñita esa de primer año que entró a la misma universidad que su pololo la muy tonta. Terminamos de comer y Jorge miraba la hora, le pregunté si en la casa lo controlaban y me dijo entre risas que no, que había quedado de ir a ver a su polola pero que se le había hecho muy tarde, que mejor la llamaba para avisarle que no iría y eso hizo. Le ofrecí quedarse en mi apartamento, yo me iba a quedar estudiando para el examen del día siguiente. Jorge miró confundido alrededor y antes de que dijera nada, le dije que el sillón era un sofá cama, y podría dormir un par de horas antes de irnos a clases. Dudó una última vez antes de aceptar. Me relajé. Sabía que había caído en mi trampa.

Jorge llamó a su casa y lo escuché decir que se quedaba en casa de un "compañero" estudiando. Sonreí. Me llamó Armando, no contesté el teléfono, le dije a Jorge que era mi ex y no hice más comentarios.

A eso de las 22:30 hicimos otra pausa, hice más café y le pregunté por su vida, con quien vivía, cuánto llevaba pololeando. Me contó que con sus papás y dos hermanos menores, con la polola llevaba un año.

- O sea... que empezaste a pololear cuando ella estaba en el colegio.
- sí, va en el mismo colegio que mis hermanos.
- Te gustan las cabras chicas...
- Jajaja, no, es tres años menor que yo.
- Chica po... Apuesto que eres su primer pololo...
- Sí, ella también es mi primera polola seria.
- En serio...
- Sí.
- Qué pena
- ¿Pena por qué?
- Tan chicos y ya comprometiéndose así de serios... no has vivido nada, nadie te ha enseñado nada, no puedes enseñarle nada a tu polola...
- Jajaja... yaaa, o sea, ¿me estás diciendo qué? no entiendo
- Nada, simplemente te estoy diciendo que es una lástima que tengas tan... poca experiencia. Si fueses más experimentado, si una mujer, y mujer de verdad, un poco mayor, te enseñara algunas cosas... podrías experimentar con tu polola, cosas que ella al tener 18 años nunca va a saber si no se las enseñas tú, o si no se te adelanta y se las enseña otro.
- ¿Y con una mujer más experimentada te refieres a quién?

Lo miré intensamente, sin responderle, sé que tengo una mirada que algunos describen como hipnotizante, puedo expresar sin una sola palabra, solo con mirar, todo lo que estoy pensando. Podía sentirse la corriente estática en el aire, entre nosotros.

- A quien quieras Jorge, eres atractivo, puedes tener a quien quieras en tu cama - y casi podía escuchar al violador serial hablar con mi voz.
- Y ese a quien quiera... ¿te incluye a ti? - ahí estaba, ahí había caído, Jorge pensaba que era él quien dominaba el juego, quien tenía la pelota, quien me estaba conquistando a mí.
- Hmm, voy al baño a mojarme la cara, hace un poco de calor acá.

Me levanté y dejé la puerta del baño entreabierta. Me incliné a lavarme la cara mientras veía de reojo por el espejo a Jorge que me había seguido y me miraba aturdido a mis espaldas. Veía que estaba indeciso, que no se atrevía a dar el siguiente paso, sabía que pensaba que quizás me había mal interpretado pero se preguntaba mil cosas por segundo, por qué lo había invitado, por qué le había dicho lo que le había dicho y sabía que en su inexperta cabecita algo le decía que todo encajaba pero a la vez, una señal de alarma le avisaba que no. Me saqué el sweater y la polera y los tiré al suelo, sin mirarlo, que pensara que era él quien daba el primer paso, y me quedé de pie en pantalones y sostén mientras me pasaba una toallita húmeda por el cuello.

Sentí a Jorge a mis espaldas mientras me besaba el cuello y me exploraba la entrepierna, y qué distintos sus besos de los de Marcos, su hambre, su olor casi adolescente, su cara sin esos vellos duros como pelos de cerdo cortados a ras. Lo dejé hacer. Ya habría tiempo para enseñarlo a mi manera. Me abrió el botón del pantalón y me los bajó. Sentía el frío del lavamanos en mis piernas. Me dí vuelta y empezamos a besarnos. Lo empujé contra el lavamanos y empecé a frotarme contra él. Si quería un orgasmo, tendría que ser así, sabía que él no duraría mucho durante la penetración.

Estuvimos así un rato hasta que estuve satisfecha. Saqué entonces un condón del estante del baño y se lo puse con delicadeza. Volví a ponerme frente al lavamanos, me incliné hacia adelante y le pedí que me penetrara mientras me acariciaba los pezones. Como sabía que pasaría, no duró mucho, pero fue delicioso. Esa noche la usé para enseñarle un par de cosas en vez de estudiar. Tuvo problemas el pobre para explicarle a la polola donde se había quedado y con quién y por qué llevaba la misma ropa. Consiguió que un compañero le hiciera de tapadera. Me mira con cara de toro en celo ahora Jorge, pero ya no me interesa,  ya no es carne fresca, ahora tengo los ojos puestos en otro compañero, Alejandro, aunque tengo mis sospechas de que es gay o al menos bisexual. Lo bueno de Jorge es que sé que no le va a contar a nadie lo que pasó entre nosotros, no va a arriesgar perder a su polola, y eso me hace tener el control de nuevo.

Carne fresca, eso es lo que quiero, ya no quiero a Armando, sigo amándolo, claro que sí, nunca jamás amaré a nadie como lo amo a él, pero ese amor no llena el enorme, eterno vacío que me deja la monogamia. A Armando puedo seguir amándolo desde la distancia, como lo amé todos los años que estuvimos separados, pero esto, esto es lo que soy, una cazadora, y lo seguiré siendo por los años que me queden, sean cinco o máximo diez como dice Marcos.

04-04-2013

Separados

- Necesito que me ayudes.
- A qué.
- Necesito eliminar a la sueca.
- Eliminarla... ¿eliminarla?
- Eliminarla.
- Cómo eliminarla...
- Marcelo, por favor, no te hagas el hueón... tú mismo fue el que me propuso mandar a eliminar a Pablo...
- Pero Marguerite... es distinto, un hueón psicópata que una mina embarazada...
- Me vas a ayudar o no...
- Marguerite, no creo...

Y le corté. Ese fue el debut y despedida de Marcelo como asesino a sueldo. Pero han pasado tantas cosas en un mes... A Marcelo no lo he querido ver pese a los mensajes de disculpa, de haré lo que me pidas dentro de los límites razonables porque te quiero Marguerite y se que no estás pensando con claridad, de por favor no me alejes de tí...

Patético. Me pareció patético que ni siquiera fuese capaz de comportarse como un hombre y llevar a cabo sus propias ideas...

Pero a fin de cuentas, eso no tiene importancia, porque Merete se fue a Suecia. Y a la vez, eso tampoco tiene importancia porque Armando y yo estamos separados.

Algo que yo no sabía, porque a la muy puta no se le notaba, era que Merete tiene casi 38 años. Cuando le exigí a Armando que la despidiera y me dijo que no podría, que Merete quería quedarse en Chile, hablé con ella. Y la muy desgraciada fue sincera conmigo. Me dijo que le gustaba Chile, que le gustaba estar aquí, que se había dado cuenta de que el reloj biológico le estaba haciendo tic-tac y que si no era ahora, cuando... No sé cómo no le salté al cuello y la ahorqué. Por qué ahora y por qué con MI Armando, le preguntaba a gritos silenciosos. No me voy a ir, me dijo muy caradura.

Entonces fue cuando cometí el error. Le exigí a Armando que dejara de verla, que escogiera entre ella y yo. Y Armando me dijo que lo había pensado y mucho, que quizás esto era una señal de Dios, que él no podía no escoger a su hijo. Y yo le grité que era un estúpido, que ni siquiera sabía si era su hijo. Armando me miró dolido, por un momento pensé que sabía lo de Pablo. Con una voz muy tranquila, una voz que se me repite y se me repite como un eco maldito, me dijo que escogía el bebé, porque algo, y ese "algo" fue como haberme dado un estocazo en pleno corazón, le decía que ese bebé era su hijo.

No fui capaz de llorar, de responderle, de moverme. Me quedé ahí, parada como una idiota en el living de nuestra casa que no alcanzó a ver siquiera un año de matrimonio. Armando salió, no sé cuando, pero de repente no estaba ahí, se había ido. A ver a la sueca, pensé. Tuve la certeza de que Armando ahora si que se había ido para siempre.

Subí al dormitorio, agarré tres maletas, metí mi ropa, libros de la universidad, lo más básico para irme. De todas maneras tengo de todo en el apartamento, pero Armando no sabe eso. De mi escritorio tomé una foto de nosotros dos. Eso fue hace unas tres semanas. Salí de la casa ahogada, apurada, sabiendo que si volvía a ver a Armando no sabía que iba a pasar. Quizás lo habría matado y le habría hecho el amor a su cadáver por última vez.

Llamé a Marcos, que tomó el primer avión desde Punta Arenas. Llegó quejándose de los precios de LAN y queriendo besarme. Yo estaba todavía aturdida, sin ser capaz de reaccionar. Armando me había dejado. Armando me había dejado. Qué iba a hacer ahora, es lo único que me daba vueltas una y otra vez en la cabeza. Marcos me prometió hablar con él, hablarle de la importancia de los votos matrimoniales, de que la sueca era claramente una señal del demonio, el pecado, la infidelidad, que no sería la primera vez que alguien tenía un hijo ilegítimo por fuera sin que eso socavara el sagrado vínculo del matrimonio y yo miraba a Marcos como quien mira una película en un idioma desconocido, lo miraba mover la boca, escuchaba las palabras, pero no entendía de que mierda me hablaba, si Armando me había dejado, es que no entendía que me había dejado por la puta sueca y su hijo bastardo y que todo, todo era absolutamente mi culpa, que yo había abortado con las mismas píldoras que Marcos me había entregado con sus propias manos al hijo de Armando, que a final de cuentas yo me había buscado todo lo que estaba pasando... tenía ganas de gritar, pero no podía. Un sentimiento de vacío, de precipicio, me inundaba.

Dejé de comer. Dormía a saltos. Cada mensaje de Marcelo me hacía saltar de los nervios, pensando que podía ser Armando. No quería llamarlo yo, no quería rogarle, suplicarle, pero al mismo tiempo sabía que cada hora que pasaba era una hora más que se lo entregaba a Merete, en sus garras, la muy puta.

Volví a clases sin entender nada. Estas semanas he funcionado como zombie, no sé cómo llegué de un lugar a otro, hay horas que me faltan, han habido días en que me siento en el sofá a mirar el techo y sin darme cuenta se ha anochecido. No sé si he comido, no sé si he dormido, si me he pasado la noche pensando en Armando o ha sido todo una pesadilla.

El sábado por la tarde vino a verme Albert. Estaba preocupado por mí, algo se enteró de que Armando y yo ya no estábamos juntos, me escribió, me llamó, y cuando no le contesté, decidió finalmente venir a verme donde sabía que estaría. Albert, mi fiel Albert. Se acostó a mi lado y me hizo cariño hasta que me quedé dormida. Me desperté dos horas más tarde y él dormía a mi lado. Me acurruqué entre sus brazos y Albert me besó, y ese beso... fue como haberme despertado de los cien años de encantamiento. Desde el aborto que había tenido cero interés en el sexo. Ni Marcelo ni Marcos, ni siquiera Armando... pero Albert, Albert es distinto, Albert me conoce, Albert hace el amor como nadie, sabe donde acariciarme, donde besarme, como penetrarme... lo hicimos una sola vez y fue suficiente para despertarme y sacarme del estado de letargo en que estaba.

Albert se fue y me quedé en la cama, fumándome un cigarro tras otro, sintiendo la rabia crecer en mi vientre como un embarazo invisible. Armando...

La foto de nosotros que me había traído es del tiempo en que ambos éramos estudiantes, hace unos diez años, y me veo tan feliz, tan enamorada... es del tiempo antes de que todo se pudriera, Armando mira a la cámara, seguro de sí mismo, con esa media sonrisa que solía tener. Yo lo miro a él, mis ojos perdidos en sus ojos, mis labios entreabiertos, si el amor absoluto tiene una cara, es esa, la mía, en esa foto. Apagué el último cigarro y me puse, por fin, a llorar con la foto entre mis manos. Armando. Lo único que me importaba en esta vida era Armando. Si quería un hijo se lo daría, con tal de no perderlo, Armando, vuelve a mí, Armando...

Sin saber cómo, estaba de rodillas en el suelo, rezándole al dios de Marcos, a ese dios que le permitía engatusarme a los quince años, que por favor hiciera algo, algo, ALGO para que la sueca desapareciera del mapa. Le prometí que cambiaría, que nunca nunca nunca más volvería a acostarme con nadie que no fuera Armando, Albert había sido el último. Le pedí que por favor, solo esta vez, me hiciera el favor de arreglar el puto desastre en el que estaba, le recordé que nunca en mi vida ÉL había intervenido en mi favor, y le exigí que ahora, por una sola vez, hiciera algo.

El dolor de las marcas de alfombra en mis rodillas me hizo notar lo ridículo de la situación. Creo que entré en un estado psicótico, empecé a reírme alocadamente, tirada desnuda en el suelo, como una demente, las carcajadas que no reconocía como mías me taladraban los oídos.

Me duché, me vestí y salí. Me fuí a recorrer bares. Bebí y bebí, alguien tenía cocaína, alguien tenía éxtasis, probé ambos. Me sentía eufórica. A la mierda Armando, que se quedara con la anciana sueca y su hijo. Alguien me pidió que se lo chupara en el baño a cambió de dos rayas de coca, le pregunté si tenía condón y se puso a reír, dónde se ha visto que te lo chupen con condón, le respondí a carcajadas que si creía que los condones con sabor eran para dejarte el culo pasado a frambuesa. Volví a sentirme feliz como hacía tanto que no me sentía. Me besé no sé con cuantos. Si algo más que eso pasó, no lo recuerdo. Fumé marihuana y eso me tranquilizó un poco. No sé cuando ni cómo volví a mi apartamento, pero me pasé el resto del domingo con una resaca de mil demonios.

El lunes me llamó Armando. Iba saliendo de clases y contesté sin mirar. Me pidió que nos viéramos y nos juntamos media hora más tarde en un restaurant, como si fuésemos dos desconocidos. Pensé que quería hablar de la separación, de cómo nos repartíriamos los bienes matrimoniales, de cómo íbamos a anunciarlo a los amigos y conocidos. Cuando lo ví, me sorprendí de su cara, pálida y ojerosa, y de notar que algo en mí, en mis sentimientos por Armando, había cambiado. No podría decir que había dejado de amarlo, eso nunca, pero algo, indefectiblemente, no era lo mismo.

Nos sentamos frente a frente y pedimos algo que nunca tocamos. Armando me dijo que Merete se había ido a Suecia a hacerse un aborto. Habían ido juntos, y en mi cabeza se repetía juntos, juntos, juntos, como un mantra endemoniado, a hacerse una ecografía. Habían descubierto que el pliegue nucal del bebé estaba aumentado y que debido a la edad de Merete, las posibilidades de un bebé con síndrome de down eran altas.

Merete se había ido en el primer avión a Suecia a hacerse más exámenes y le había advertido a Armando que se haría un aborto si el bebé venía con problemas.

Y ahí estaba yo de nuevo, mirando a Armando hablar, como en la película extranjera, sin entender qué era lo que me estaba diciendo realmente. Qué era lo que me pedía. ¿Comprensión? ¿Tiempo? ¿Que volviera con él? ¿Qué esperara a ver qué decidía hacer la sueca con el engendro aquel? Me puse de pie, dejé el dinero de lo que pedí en la mesa y salí, y Armando salió detrás de mí. Me abrazó en la calle y lo alejé de mí. No quería verlo, no quería estar con él, quería que cruzara la calle y lo atropellaran por maricón, por haberme cagado de esa forma, por no haberme elegido a mí, sobre todo por eso.

Ahora me acaba de llegar un mensaje de Armando, pidiéndome que hablemos. Me ha puesto que Merete ha enviado su renuncia y dice que no volverá de Suecia. Armando debe pensar que ha abortado, ¿pero y si no? ¿Y si ha decidido quedarse allá con el hijo de Armando, o de Thomas? ¿Y si vuelve en un tiempo más embarazada? No me confío de ella. No quiero ver a Armando, tengo demasiadas cosas en las que pensar, que decidir, pero sobre todo, me duele sentirme el premio de consuelo, me repito una y otra vez que él los escogió a ellos, a la sueca y al engendro, no a mí. Armando llamó a Marcos también, para pedirle que lo oriente, y Marcos me dice, muy católico él, que recuerde aquello de quien esté libre de pecado que lance la primera piedra, que no deje que un error de Armando me haga olvidarme de todos los míos.

Armando... ¿lo quiero realmente tanto como creo? Tengo rabia, cuando pienso en Armando siento rabia, y recuerdo la dulce sensación de libertad en los latidos alocados de la cocaína, el relajante amargor de la marihuana, besarme con uno y otro y otro sin tener que darle explicaciones a nadie... y de repente estar separados no me parece tan mal, ahora que he vuelto a sentirme viva.

03-03-2013

Merete, puta Merete

Dolor. Y una resaca infernal que no se acaba y el cuerpo como si tuviera una gripe eterna. Así me he sentido todo este verano de mierda.

Anoche se quedó Marcelo aquí. No tengo queja alguna de Marcelo, se ha portado como un caballero, como el amigo que necesitaba en estos momentos. Me cuida, me escucha, me abraza en la cama, él vestido y encima de las tapas, hasta que me quedo dormida, o él cree que duermo. Entonces se levanta y lo escucho armarse una cama en el sofá y el tecleo en su notebook y la música apagada de Radiohead en los audífonos reventándole los tímpanos. Me duermo con dolor de cabeza y me despierto con náuseas. Marcelo me pide que no tome ya nada más, una pastilla o varias para dormir, otras para estar despierta, le da miedo el cocktail que me automedico, pero es que si no no puedo, realmente no puedo, y lo veo preocupado cuando me observa con cuidado, buscando signos invisibles de que es demasiado tarde. Marcelo tiene miedo de que me suicide, pero me río y le digo que no, que casi me morí una vez por Armando, no dos, no ahora, no así, y me abraza por la espalda acariciándome el pelo y me pide que me duerma y cierro los ojos y pienso en Armando mientras siento a Marcelo respirarme tibio en el cuello. "Te quiero" me dijo anoche mientras me daba un beso en la cabeza antes de levantarse. Hoy se fue temprano porque le tocaba estar con su hijo.

Marcelo ha sido mi salvavidas, pero no quiero que él lo sepa. Cuando volvimos de Brasil, con un plan imposible para sacar a Pablo del camino, y me di cuenta de que él realmente estaba dispuesto a hacer lo que fuera por mí, es que me cuestioné muchas cosas. Lo de Pablo no fue necesario en todo caso. Parece que lo que Marcos le dijo le dolió, no tengo muy claro qué fue, pero algo como que era su culpa todo lo que me había pasado, y que era su culpa que su mujer se hubiese muerto, que si no se daba cuenta de que era el castigo de Dios por su manera de actuar, que si no se daba cuenta de que jugaba a ser Dios al intentar crear vida en una probeta. Un desgraciado este Marcos, pero al menos me sirvió para sacar al loco de Pablo fuera de mi camino. La última vez que hablé con él fue para pedirme perdón. Su mirada estaba tan seca, tan muerta, que supe que realmente no me iba a molestar de nuevo, y cuando me dijo que se iba a Inglaterra a especializarse en oncología, que quería pasar el resto de su vida dedicado a honrar la memoria de su difunta esposa y encontrar, Dios mediante, una cura para el cáncer de cérvix, respiré tranquila porque iba a ser lo último que supiera de él.

Y el resto... el resto es un desastre. Volví de Brasil dispuesta a perdonar a Armando. Tal como Marcelo me había dicho, ahora lo tenía en mis garras, con su sentimiento de culpa lo tenía en mis manos, pero no contaba con lo que pasó.

Le pedí que despidiera a Merete, y Armando estaba dispuesto a hacerlo. Nos fuimos un fin de semana a la playa a conversar y arreglar todo. No estaba dispuesta a perderlo. Amo a Armando, lo amo, siempre lo he amado, a quien no amo es a mi misma, me autodestruyo una y otra vez, me autoconvenzo de que no puedo cambiar quien soy, lo que soy, un animal instintivo que busca satisfacer sus necesidades, pero ese fin de semana en la playa... me di cuenta de que solamente Armando me hace ser algo más que eso, querer algo más durarero que los tres minutos de orgasmo que puedo tener con cualquiera.

Estaba tan dispuesta a cambiar, de nuevo, por él, por creer en un nosotros. Tenía mis dudas sobre tener un hijo, todavía no, quería esperar un tiempo, pero estaba dispuesta a demostrarle a Armando que de verdad lo perdonaba, y quería a la vez perdonarme a mi misma, empezar de nuevo, esta vez bien, esta vez de verdad.

Y volvimos a Santiago y citamos a Merete a nuestra casa sin decirle para qué. Armando trabajó desde la casa ese día, para no tener que verla en el trabajo y yo le dije que me iba a reunir con una amiga, pero me junté con Thomas. Quería decirle que Merete iba a perder su trabajo, pedirle que se fueran, que hiciéramos como que aquí no ha pasado nada, pero no me esperaba que Thomas me contara que Merete lo había dejado y que él se volvía solo a Suecia.

Me quedé de piedra. Le pregunté cien, mil, un millón de veces si Merete sabía que él se había acostado conmigo, y me juró y re juró que no, que de eso estaba seguro, que simplemente le había dicho que lo de ellos ya no funcionaba, que quería estar sola, y Thomas hastiado del calor de Santiago había decidido volver a Suecia, a su trabajo y a sus amigos, como si nada.

Me fui a la casa con mil incertidumbres. Merete llegó al poco rato, no podía contarle a Armando lo que sabía, no tenía como justificar un encuentro con Thomas, así que esperé. Nos sentamos en el living, hacía calor, me palpitaba el cuerpo de nervios y sentía un vacío horrible en el estómago. Armando se sentó a mi lado, Merete frente a nosotros, como una corte, me imaginé. La observaba atentamente a la muy desgraciada. Sonrió cuando Armando le dijo que debido a las circunstancias que ya todos sabíamos consideraba que lo mejor era que dejara su trabajo, con un bono jugoso por supuesto. Sonrió. Y ahí supe que la que había perdido era yo.

- No puedes despedirme Armando, y yo no voy a renunciar.
- Si puedo despedirte Merete, y lo haré, pero creo que lo mejor para todos es que te vayas por tu cuenta. Puedo incluso recomendarte para otros proyectos.
- No me voy a ninguna parte, me gusta aquí. - Merete se recostó en el sofá reclinándose hacia atrás y se llevó las manos, entrelazadas, al vientre. Podía sentir los segundos pasar eternos. - Y no puedes despedirme, porque estoy embarazada.

Nos quedamos todos como congelados, a pesar del calor. Merete me miró a los ojos, porque Armando había bajado la cabeza y se masajeaba la frente y agregó:

- Y el bebé no es de Thomas.

Más segundos eternos. Pude finalmente sacar la voz.

- ¿Me estás diciendo que te acuestas una vez con mi marido y quieres achacarle un hijo ajeno?
- ¿Una vez?

Miré a Armando. El muy cobarde seguía con la cabeza entre las manos.

- Las que sean. No te creo nada.
- Marguerite, querida... tú misma como mujer debes saber que hay un cierto... instinto, que una mujer siempre... simplemente sabe. ¿no?

Maldita Merete. ¿Acaso sabía algo que no debía? ¿Cómo? ¿Por qué me lanzaba ese tipo de indirecta? O quizás no lo era, quizás era un comentario sobre ella y yo lo malinterpretaba. Tuve ganas de, como en una mala telenovela, empujarla escalera abajo y que perdiera el bebé o se rompiera el cuello, o romperle yo la cara. Casi no podía controlar el temblor que quería sacudirme todo el cuerpo. Le pedí que por favor se fuera.

Se puso de pie con una dignidad que ya habría querido para mí y dijo que por supuesto, que entendía que quisiéramos hablar a solas, pero que no pensáramos que desaparecería.

No sé cuánto rato estuvimos sentados en la misma posición Armando y yo. Sentía que la rabia me superaba. En qué momento había pasado Armando de ser un hombre estéril a ahora un semental con hijos regados por todos lados.

- No sé cómo va a reaccionar mi familia
- ¿¡Qué?!
- Que no sé cómo van a reaccionar cuando sepan de mi hijo...

Ahí sentí que algo explotó. Me puse de pie y empecé a pegarle, y pegarle, y pegarle. Es que cómo era tan estúpido, es que cómo siquiera se planteaba que ese bebé pudiera ser SU hijo, es que cómo siquiera le era tan fácil hablar de su hijo, y yo, qué pasaba conmigo, yo que estaba dispuesta una vez más a dejar todo por él, a borrarme y rehacerme, y él qué, ¿era tanta su desesperación por ser padre que tiraba por la borda lo nuestro sin cuestionamientos?

Le grité hasta quedar afónica. No recuerdo que le dije, sólo recuerdo que le pegaba con rabia, patadas, cachetadas, rasguños, mordiscos, quería matarlo por estúpido, por echar a perder todo, por cagarla con la primera estúpida con que se calentaba, por no saber hacer las cosas bien, por elegirla a ella, a ese bebé, y no a mí por sobre todas las cosas.

Después de eso todo ha sido discusiones, peleas, me he quedado a menudo a dormir en mi departamento, Armando cree que me quedo donde alguna amiga, y me paso las noches en vela preguntándome si no se lo estoy entregando en bandeja a la sueca. Thomas se fue hace semanas, ella está sola, y realmente no sé qué se le pasa a Armando por la cabeza. No tengo fuerzas para nada, mañana empiezo las clases en la universidad, Merete tiene por lo que sé alrededor de tres meses y medio de embarazo.

Realmente no sé qué hacer. Marcelo me dice que quizás el bebé es de Thomas, que espere, que deje pasar el tiempo, y me repite que no me vaya a suicidar. Me zumban los oídos, mi capacidad de concentración es nula y cuando no estoy en mi casa discutiendo con Armando o paseándome sola pensando en la vida que se me escapó de las manos, sin saber si ha sido realmente por mi culpa o por culpa de Armando, estoy en mi departamento pensando en Armando. Lo único seguro en mi vida ahora es Marcelo y me aferro a él como un náufrago que se ahoga se agarra de una tabla. Mi vida está hecha pedazos. Si ese bebé es realmente de Armando, sé que lo he perdido para siempre y nada saco con lamentarme ni preguntarme qué habría pasado si esto o lo otro.

Merete, puta Merete, quiero que se muera, ella y su bastardo. La odio.

21-01-2013

Vacaciones

- ¿Estás de vacaciones?
- Sí...
- ¿Tienes ganas de viajar a Rio de Janeiro, todos los gastos pagados?
- ¿Es en serio?
- Sí. Pero ten claro que no quiero un fuck buddy, así que no te estoy pidiendo que vengas a satisfacer todas mis fantasías sexuales. Simplemente necesito... hablar con alguien, un amigo, un consejo neutral.

Así es como Marcelo llegó ayer en el vuelo de la mañana. Hablamos todo el día y buena parte la noche. Lo escucho roncar desde la cama en que duerme. Yo no puedo dormir.

Me gusta Marcelo. Me gusta como amigo. Yo sé que todavía le gusto a Marcelo, yo sé que todavía piensa que juntos pudimos ser algo grande, pero no, se equivoca, solamente funcionamos así, como amigos, como un polvo ocasional, sin culpas ni obligaciones. Me gustaría saber que él tiene eso claro.

Hace unas horas cocinó Marcelo, tuvimos una cena tranquila, bebimos vino, encendimos velas aromáticas, le conté lo que pasó con Pablo, con Armando. De Marcos no sabe, no necesita saber. Le pedí que me diera un consejo.

- Mátalo.
- ¿Qué?
- A Pablo. Mátalo.
- Como si fuese tan fácil...
- Puedes pagarle a alguien...
- Claro, hueón, y me voy presa si me descubren...
- Hmm... puedes mandar a sacarle la chucha...
- ¿Tienes alguna sugerencia que no sea contratar a alguien que actúe con violencia?
- No. No sé... igual, quizás asustándolo... te deje tranquila.
- Para eso tendría que saber que soy yo quien lo manda a amenazar... y podría denunciarme.
- Hmm... que complicado, te metes en puros problemas Marguerite.
- Gracias, no me lo recuerdes...
- Es que de verdad no se me ocurre qué puedes hacer... ese hueón está demasiado psicopateado contigo... y no lo culpo...
- ¿Se supone que eso es un halago?
- Jaja
- Pero bueno... Pablo es un tema, el otro es Armando.
- ¿Qué vas a hacer con él? ¿Divorciarte? Porque yo estoy disponible...
- No sé. Supongo que hablar con él...
- Lo bueno de todo esto es que ya no te va a hueviar por un tiempo con el tema de tener guagua. Cada vez que te saque el tema, le sacas en cara que te cagó, y Armando es tan momio, en serio no entiendo como puedes estar con él, pero bueno, es tan momio y tan opus que con el cargo de conciencia lo puedes manejar con el dedo meñique.
- Hmm...
- ¿Estás enojada con él?
- No... - casi se me sale que me acosté con Thomas - enojada no. No sé, creo que en realidad no me importa.
- Yo creo que en realidad a Armando no lo quieres.
- ¿Tú lógica es que si no me importa es porque no lo quiero?
- Claro... si ni siquiera sientes celos, ¿tú crees que eso es amor?
- Y tú eres de los que piensa que los celos son amor... no entiendes, el sexo no tiene nada que ver con el amor, con el cariño, el sexo es una pura necesidad fisiológica, como comer, como dormir. Perfectamente se puede satisfacer la necesidad sexual sin involucrar los sentimientos...
- Entonces tú no sientes nada porque Armando se haya acostado con otra.
- Sí y no. Si supiera que Armando entiende el sexo como yo, no me haría dramas, pero ya vez, se acuesta una vez con otra y cree que el aborto es su culpa, su castigo. Para él el sexo está en otro plano que para mí, para él el sexo fuera de la relación es una tentación prohibida y por lo tanto merece ser penalizado con represalias divinas, para mí no significa nada más que el placer del momento, la satisfacción de una necesidad real.
- Intento seguir tu lógica, pero de verdad me complica...
- No importa. Yo sé que tú eres enrollado. No pesques.

Me acurruqué en su hombro y Marcelo me hizo cariño en el pelo, en silencio. Cerré los ojos.

- ¿Cuándo vuelves a Santiago?
- No sé... No tengo ganas de enfrentarme a Armando...
- ¿Y no tienes miedo de que Pablo te busque y hable con él?
- Pablo... como quisiera que la vida fuese tan fácil como una novela, que pudiese decidir que lo atropelle un camión y desaparezca de mi historia.
- Pero entonces no serías un Best Seller, linda.

Miré a Marcelo desde su hombro y me dió un beso en la frente. De repente me puse a pensar que no sé nada de Marcelo. Alguna vez me habló de su mamá, de un hermano o hermana, y claro de Nicole y su hijo, pero aparte de eso, de su vida personal no sé nada. Volví a acurrucarme en él. Estaba tibio, sentía su cuerpo palpitar, sabía que si le daba un beso... pero primera vez mi líbido era nula, sólo quería estar ahí, acurrucada, sin pensar en nada ni en nadie.

- Marguerite... estaba pensando... quizás haya una forma de alejar a Pablo...

Me senté y puse atención.

- Pero quizás es un poco extremo... estaba pensando... que podrías hacer un último sacrificio final, acostarte con Pablo y acusarlo de que te violó.
- ¿Cómo?
- No sé po... citarlo en tu casa, hacerlo sin condón... cuando se vaya, pegarte, no sé, te puedo pegar yo si quieres. Ir a urgencias, que te tomen muestras, lo denuncias y lo cagas...
- ¿Y cómo hago todo eso sin que se entere Armando?
- Ese es el fallo de mi plan entonces... pero podrías hacerle creer a Armando que te violó de verdad.
- No sé...

Me levanté a buscar más vino, Marcelo puso música suave. El aire acondicionado me hacía temblar de frío, Marcelo me cubrió con una frazada y me dijo que tenía sueño. Le dije que se fuera a acostar. Me dió las buenas noches con un beso en la frente.

Cuando se apagaron las velas me puse a leer los correos de Armando, uno por uno, desde el primero que me mandó hace más de una semana. Y sus palabras me sonaban tan ridículas, tan vacías, tan sin sentido. La voz de Marcelo me retumbaba en la oreja, preguntándome si estoy segura de que a Armando lo quiero. Quizás debí responderle a Marcelo que si lo quiero, dentro de lo que soy capaz de sentir. Quizás yo no sé querer como el resto de las personas, nunca me enseñaron. O quizás estoy muerta y no lo sé. Los únicos momentos en que me siento con vida son los momentos del clímax, esos pocos segundos en la cumbre, en los que podría morirme de verdad del gusto, y después caigo de nuevo en el vacío, en el sinsabor, en el hastío, en la cotidianeidad. Armando... sí, a Armando lo quiero, pero no sé explicar de qué manera. Armando no reemplaza a esos momentos de orgasmo con él o con otros, Armando es mi cable a tierra, Armando es mi razón desde hace diez años de levantarme día a día. A Armando no quiero perderlo, ni por una sueca calentorra estúpida ni por el desquiciado de Pablo ni por nadie.

Le escribí a Armando. Le dije que volvería en tres días. Que íbamos a conversar. Me he quedado el resto de la noche bebiendo vino y pensando que el plan de Marcelo, con algunos ajustes, no suena tan descabellado después de todo.

18-01-2013

Y ahora qué

Siento el cuerpo tan frío, tan frío. Llevo una semana en Río de Janeiro, sola. Necesitaba tiempo sola después de todo lo que ha pasado.

Es todo tan confuso... me he pasado esta semana entre dopada, tapada hasta el cuello a pesar del sol que hay afuera, las cortinas cerradas, apenas he tocado la comida. Me siento vacía, como si el sangrado, el aborto, se hubiese llevado todo lo que me quedaba dentro, y ahora ya no tengo nada, nada más.

Sé que Marcos habló con Pablo. No tengo claro qué le dijo, algo como que todo lo que me había pasado era culpa de él, de su poca profesionalidad, de su acoso. Sé que lo amenazó, le dijo que yo no quería denunciarlo pero que él, como sacerdote, lo haría, y que no dudara de que lo iba a destruir. El último día que ví a Pablo, más pálido y delgado que nunca, sus ojos grises húmedos, fue el día en que tal como había dicho el cura gallego, empecé a sangrar.

Ese día me propuse cambiar. Todo el lío en que me había metido había sido únicamente por mi culpa, por estúpida. Todo estaba tan bien, dentro de todo, con Armando... y yo, una vez más, me las había arreglado para echar todo a perder.

Lloré, no por ese bebé que perdía, ese pequeño Pablito con el que me había autotorturado imaginándomelo idéntico a Pablo, en una versión pequeña, pero por mí, por como no soy capaz de conservar la cordura, por cómo soy capaz de arruinar mi vida una y otra y otra vez.

Estuve tres días en cama, sangrando horrores, con contracciones dolorosas, con Armando suplicándome que fuéramos al hospital y yo negándome por miedo a que descubrieran que había sido un aborto provocado, aterrorizada a la vez de que la hemorragia no disminuyera. Tres días con sangrado intenso y luego fue como una regla normal y pude levantarme de nuevo.

Armando... la pasó tan mal. Lo veía con los ojos enrojecidos todo el tiempo, lo escuchaba sollozar desde el primer piso, pero no lloraba delante mío. Recién ahí me dí cuenta de lo mucho que importaba para él tener un hijo, y me sentí mal, pensando además en lo que me había dicho Pablo, en que probablemente Armando era infértil. No sabía que haría ahora. No podría decirle que fuésemos a un especialista por su bajo recuento de espermios, porque descubriría que el bebé no era de él. Lo mejor que podría hacer era esperar, un par de años quizás. Hasta pensé en hacerme la embarazada y perder a los bebés, abortos espontáneos falsos con cierta regularidad, que le hicieran pensar que era yo la que no podía embarazarse. No iba a ser fácil, pero no era imposible, conseguirme con alguna ex compañera orina de embarazada, falsificar tests de embarazo, que cada vez que me llegara la regla fuera como que estaba sufriendo un aborto espontáneo... eso no sería difícil, podría regular cuando quisiera que me llegara el periodo con las pastillas anticonceptivas, pero ¿cuánto tiempo podría estar así? un par de años quizás, y luego qué. Luego iríamos a un especialista que volvería a tomar exámenes, que descubriría que no tengo nada, que al contrario, soy la fertilidad personificada en la mala suerte, que me quedo embarazada al menor intento, que es Armando el del problema. Quizás en el intertanto podría pasar "algo" que hiciese que Armando fuera menos fértil, un cambio en la dieta, exposición a algo... todo eso pensaba. Mientras, lo importante era ganar tiempo, y para eso estaba dispuesta a hacerme la embarazada que no puede seguir con su embarazo por más de dos meses el tiempo que fuese necesario. Necesitaba recuperar nuestra documentación de la consulta de Pablo lo antes posible.

De ahí... empieza mi confusión. El jueves, apenas estuve en condiciones de levantarme, fui a la consulta de Pablo. Sabía que él no estaría ahí, pero si estaba Susana. La había llamado y fui a la hora de almuerzo. La invité a almorzar y le pedí que me pasara la documentación de nuestros estudios. Le dije que Armando quería consultar con un especialista gringo, que habíamos planeado irnos de vacaciones de Nueva York, que quería saber si había algo que mereciera la pena revisar exhaustivamente. Durante el almuerzo ella me intentaba convencer con la boca llena de ensalada que Pablo era un buen médico, que para qué iba a ir a otro especialista, que lo mejor en todo caso era guardar reposo y esperar un mes al menos a intentarlo de nuevo, que por la mañana había mirado el expediente y había encontrado todo normal y que si ya me había embarazado una vez... era sólo cosa de esperar.

Todo normal... ¿Había falsificado Pablo algo? seguí hojeando con manos temblorosas mientras Susana seguía hablando y comiendo. Los exámenes de Armando. Recuento de espermios: normal. Morfología: normal. Motilidad: normal. Todo estaba normal, todo dentro de los rangos estimados.

Le pregunté a Susana si esto se había analizado en la misma consulta y me dijo que por supuesto que no, que se mandaba a un laboratorio externo, yo misma podía ver el membrete, y me volvió a repetir que si ya me había embarazado eso quería decir que Armando no tenía problemas y siguió hablando, pero no la oí, algo sobre mujeres que tienen abortos naturales y es completamente normal y no sé qué porcentaje de qué.

Anoté el número del laboratorio y llamé después de almuerzo, haciéndome pasar por Susana. Les dije que por un tonto error, había derramado café sobre el informe. Les pedí que me reenviaran otro por fax, pero que tenía a los pacientes en la consulta ahora, esperando por el médico, y que si me repetían los valores para pasárselos al médico, me salvarían la vida.

Sentí como me caía en un hondo precipicio cuando escuché los mismos valores que ya había leído. Todo estaba normal con Armando. Pablo me había mentido. ¿Y si el bebé era de Armando? ¿Y si había abortado un hijo de Armando? ¿Cuáles eran las posibilidades de que hubiese sido de Pablo, luego de haberlo hecho una vez sin condón, versus de Armando, que lo habíamos hecho casi diario? Me sentí enferma.

Me llamó Marcos para decirme que Armando había estado en la iglesia. Marcos se iba al día siguiente y me dijo que me fuera a la casa y hablara con Armando, que él no me podía decir lo que habían hablado, pero que yo tenía que hablar con Armando. Me dijo también que si necesitaba tiempo sola, que me fuera a Punta Arenas por unas semanas. Le insistí que me contara de qué se trataba y el muy estúpido me dijo que no podía, que era secreto de confesión, pero que hablara con Armando.

Le corté con rabia. Ahora se hacía el sacerdote, correcto y preocupado. Me pasé mil películas. ¿Por qué mierda había ido Armando a hablar con Marcos? ¿Qué sabía? ¿Qué le había dicho Marcos a Armando? Me fui a la casa y ahí estaba Armando, pálido, ojeroso, con una copa de vino en la mano, mirando al vacío. Sentí que se me revolvió el estómago. Armando lo sabía todo. El maldito de Pablo se lo había dicho, estaba segura. Me senté frente a él.

- ¿Dónde estabas?
- Fui... - pensé en decirle que con Susana, en que había ido a una revisión o algo, pero pensé que empeoraría las cosas. - salí a caminar a un parque un rato, necesitaba aire... - le dije al fin.
- Marguerite, necesitamos hablar... - me dijo sin mirarme.

Tragué saliva y me hice la desentendida.

- Hoy... estuve con el padre Marcos. Necesitaba hablar con alguien... sobre... lo que ha pasado, sobre el bebé.

Mierda, mierda, mierda, pensé. Pablo le contó todo.

- Siento que... todo esto que ha pasado... es mi culpa.
- ¿Tu culpa?
- El que hayas perdido al bebé... ya no podía más Marguerite, con el cargo de conciencia. Me puse tan feliz cuando supe que estabas esperando un hijo mío - hijo mío... no sabía lo de Pablo entonces - después de todos estos meses... estaba tan preocupado, y ahora tan feliz... y cuando lo perdiste... supe que era mi culpa... y ya no daba más, fui a hablar con el padre Marcos...
- Armando... ¿de qué estás hablando?
- Yo... te engañé Marguerite... - se puso a llorar - cuando perdiste al bebé... entendí que era mi castigo por lo que hice... - entre sollozos me costaba entenderle - y todo es mi culpa y tú estás pagando por algo que no debes y el bebé - inentendible ahora lo que decía.
- ¿Me cagaste?
- Fui a hablar con el padre Marcos porque ya no daba más... el peso...
- ¿Cuándo?

Levantó la vista y se secó las lágrimas.

- ¿Qué?
- Que cuándo fue que me engañaste.
- ¿Es importante eso ahora?
- Fue con Merete, ¿no es cierto?

Su súbita palidez me bastó como respuesta.

- Marguerite...
- Por favor, Armando, no seas más conchadetumadre de lo que eres. Solamente te estoy preguntando cuándo fue.
- El... fin de semana cuando te asaltaron...

O sea que si estaba acostado, y con ella, cuando lo llamé.

Me quedé sentada, la barbilla apoyada en mi mano, pensando. ¿Qué sentía? No sabría describirlo. No era rabia. No era desilusión. No sé qué era. Por otro lado, me decía a mi misma, cúantas veces no he engañado yo a Armando. Cuánto no me imaginé las últimas semanas qué iba a hacer si Pablo decidía contarle a Armando. ¿Qué esperaba que pasara si hubiese sido al revés? ¿Qué reacción me imaginaba de Armando si él se llegase enterar de que yo le había sido infiel? Pero Armando no lo sabía y yo no podía reaccionar como que no me importase.

- ¿Cuántas veces fue?
- Sólo esa vez.
- No te creo.
- Es la verdad... y no sabes cómo me ha pesado Marguerite.
- ¿Puedes ser más cínico? ¿Te ha pesado? ¿Crees que no me dí cuenta del coqueteo cuando vinieron para la navidad? Más encima, cuando me pediste que querías cumplir tus... fantasías... ¿crees que no me di cuenta de que querías hacerlo con ella? ¿Cómo es que tuviste cara de sentarte frente a su marido - le dije casi gritando - sabiendo que te la agarraste?

De repente me dieron unas ganas locas de reírme. De lo absurdo de mi situación, de mí, tan caradura de recriminarle un polvo a Armando. Me mordí la lengua hasta que me dolió y con un grito me levanté, agarré un adorno de navidad pesado y horrible, regalo de mi suegra, y lo lancé contra la mesa de centro, haciendo mierda el vidrio. Armando se acercó a mí.

- No se te ocurra tocarme - le dije mientras agarraba mi cartera y las llaves de mi auto.
- Marguerite, pero donde vas...
- Lejos de ti. No quiero verte ahora.
- Pero tenemos que conversar...
- No se te ocurra seguirme o te hago un escándalo en la calle.

Salí dando un portazo. Tenía tanta rabia... llamé a Marcos.

- Así que... estás con mariconadas conmigo. ¿Por qué no me dijiste nada?
- Marguerite... no podía, Armando vino a confesarse conmigo...
- ¿Me estás hueviando?
- No sé de qué te enojas, si al final lo convencí de que te contara él mismo, que era lo mejor... el pobre está destrozado.
- Así que ahora el pobre es él...

Hablamos largo y tendido. Marcos me repetía que me tomara unas vacaciones, que me fuera a Punta Arenas con él, como si hubiese tenido ganas de estar con él. Me decía que pensara muy bien lo que quería hacer, que si bien yo no tenía mucho derecho a reaccionar tan mal, ahora por fin tenía a Armando y su conciencia culpable completamente en mis manos. Me pidió que no tomara ninguna decisión apresurada.

Volvi tarde a la casa. Armando seguía sentado en el living, con la misma copa de vino, a oscuras y los vidrios todavía desperdigados por el suelo. Por un momento me asusté, pensé que estaba muerto, pero cuando se quiso levantar subí corriendo y me encerré en el dormitorio con llave.

Esa misma noche hice mi maleta, reservé pasaje al otro día para Río con escala en Sao Paulo y salí temprano y en silencio al aeropuerto. Armando dormía en el sofá, todavía vestido, los vidrios todavía en el suelo. En la cama le dejé una nota a Armando, le dije que necesitaba vacaciones, pensar, estar sola. Me ha mandado muchísimos correos que no tengo ganas de leer, no sé cuántos días más me quede aquí, esta semana me la he pasado durmiendo y preguntándome y ahora qué.