Leo
Leo era mi compañero de curso y todas en la clase y en otros cursos suspiraban por él. Leo era lindo, tenía el pelo rubio clarito, los ojos oscuros, un par de pecas en la nariz recta y una boca ancha, siempre dispuesto a sonreír. Le iba mal en clases, pero creo que era porque no prestaba mucha atención. Por alguna razón nos tocó hacer una maqueta juntos, y le gustó trabajar conmigo, o le gustó sacarse una buena nota, porque el segundo trabajo en grupo también lo hicimos juntos. El segundo semestre ya estaba en curso y Leo necesitaba sacarse buenas notas para no repetir de curso de nuevo, se había quedado pegado el año anterior. Su papá era uno los que tenía más dinero en el colegio, pero Leo no tenía buena cabeza para estudiar y su papá lo amenazaba con quitarle la plata semanal que le daba si no sacaba buenas notas.
Un día entre bromas terminamos besándonos. Leo tenía 14, igual que Claudio, y estábamos solos en su casa preparando un informe para el día siguiente. Nos besamos y nos besamos y yo me llevé el trabajo a casa para terminarlo. Nos sacamos una buena nota y continuamos besándonos a diario en la sala de clases, en los camarines, en los paseos y salidas de curso. Todos sabían que nos besábamos pero estuvimos así unas 3 semanas antes de que a Claudio le llegaran los rumores. Me preguntó directamente si era verdad que yo andaba con Leo y yo le dije que no, que no era verdad. Mi hermano los vio abrazados, me dijo Claudio. Yo abrazo a muchos de mis amigos y compañeros de curso, le dije tratando de parecer ofendida. Alguien me dijo que te había visto besándolo, me dijo Claudio sin mirarme.
Mire a Claudio directamente a los ojos, hice que me mirara, y le dije claramente que jamás lo había engañado y que si alguien le había dicho eso, yo no entendía las razones para hacernos daño y que si su hermano me había visto abrázandolo, era un abrazo de amigo, pero que si le molestaba jamás volvería a hacerlo. Claudio me había dejado bien claro que más allá de los besos y los abrazos lo de nosotros no pasaría a más y yo necesitaba más, pero no estaba dispuesta a terminar con Claudio, no todavía. Quizás quería ponerlo a prueba, ver cuanto se resistía. Sentía que Claudio no me quería. Quizás yo no le gustaba tanto? Por eso no quería tocarme? O quizás no le parecía bonita? Oh, que insegura era en ese tiempo, y todavía soy así! Claudio me creyó y seguimos juntos unos días más, hasta que nos volvieron a dar un trabajo en grupo o en parejas.
Leo y yo nos fuimos al centro. Teníamos que dibujar un edificio arquitectónico antiguo y habíamos elegido el edificio del correo, en la plaza de armas. Yo fui quien hizo todo, por supuesto. Leo nunca hacía nada. Era muy flojo y a veces sospechaba que la única razón por la que estaba conmigo era para sacarse buenas notas. En el trayecto de ida y vuelta nos besamos sin parar, mientras la gente comentaba al bajarse sobre la juventud indecente y sin respeto. Yo hice el borrador del edificio mientras Leo, sentado a mi lado, alimentaba a las palomas con migas de un sandwich. Al día siguiente teníamos que volver a terminar el edificio, pero yo sabía que no alcanzaría. El trabajo era de a dos y yo estaba haciendo todo sola, así que decidí hacer la cimarra, no ir al colegio e irme a terminar de dibujar. Me encontré con Claudio a la entrada del colegio y le dije que me iría al centro y lo convencí de acompañarme. Después de dudarlo un poco, se fue conmigo. A la hora que se suponía salía del colegio, Claudio se fue a su casa y yo me quedé dibujando sola, desesperada porque sabía que no alcanzaría a terminar. Me acordé de Ryu y de sus bocetos de animación japonesa. Le fascinaba dibujar. Lo llamé, a mi pesar, y Ryu se fue a la plaza de armas, a ayudarme con mi trabajo. Hacía semanas que no nos veíamos. Me saludó con un beso en la mejilla y se puso a dibujar. En dos horas tenía todo terminado y tan bien que casi pensé que el profesor no nos iba a creer que lo habíamos hecho nosotros. Entonces me fue a dejar a mi casa.
No pasó nada ese día, camino a mi casa, en la micro. Cuando íbamos llegando a mi casa se me paralizó el corazón. Desde la esquina vi que mi mamá estaba parada afuera conversando con un hombre alto y Claudio estaba con ellos. Ryu me dejó en la esquina y se fue sin despedirse. Yo me acerqué a mi mamá y oí que el papá de Claudio le decía: Mira a la hora que viene llegando, y más encima con otro! Para que veas en lo que te estás metiendo... esta niñita va a salir igual a su madre.
Alguien había acusado a Claudio de que había hecho la cimarra, del colegio llamaron a su papá y se fueron a mi casa a hablar con mi mamá sobre la mala influencia que yo ejercía sobre Claudio. Esperaron por horas hasta que yo aparecí. El papá de Claudio le advirtió en un español raro a mi mamá que no me quería ver cerca de su hijo y se subieron a su auto y se fueron. Claudio no dijo una palabra y estuvo siempre mirando al suelo. Apenas doblaron la esquina mi mamá, que no me había dicho nada, me empezó a pegar. No sé qué tenía en las manos, pero me dió un golpe en la cara, y luego otro y luego otro hasta que me caí al suelo. En el suelo me siguió pegando. Supongo que era un palo lo que tenía, aunque no sé de dónde pudo haberlo sacado. Mientras, a cada golpe, me iba diciendo que eso era por dejarla en vergüenza, que era una estúpida, que jamás debí haber nacido. Me pegó con rabia. Yo lloraba tratando de cubrirme la cara pero era inútil, y su fuerza era increíble. Creo haberle entendido en su soliloquio furioso que conocía al papá de Claudio de alguna parte. Quizás se había acostado con él, eso nunca lo supe. Mientras, los golpes seguían machacándome los brazos, las costillas, las piernas. Me oriné encima. Tenía frío, pero ella seguía pegándome. Un vecino la detuvo, le afirmó el brazo y le dijo ya basta señora, o llamaré a los carabineros, ya le pegó suficiente. Supongo que habían presenciado la escena desde el principio. Mi mamá entró a la casa y el vecino me ayudó a levantarme y me dijo que me pusiera hielo en la cara y que me cambiara de ropa. Y se fue a su casa. Yo estaba sola de nuevo.
Al día siguiente había pensado no ir al colegio. Tenía que entregar el dibujo, pero ya no me importaba sacarme una mala nota, ni me importaba Leo, ni Claudio. No me importaba nada ni nadie. Me dolía todo el cuerpo y tenía un ojo tan hinchado que ni siquiera podía abrirlo. Tenía un moretón en la mejilla contraria y el labio inferior partido e inflamado. Quería quedarme en cama hasta que todos los moretones se hubieran ido. Quería que mi mamá se muriera, le deseaba que nunca hubiera nacido tal como ella quería lo mismo de mí. Esa mañana oí a mi mamá en la cocina, así que no me atreví a quedarme en cama y me levanté. Me bañé como pude, tratando de tocarme lo menos posible, me vestí y me fui a tomar desayuno. Mi mamá estaba sentada a la mesa con una taza de café, un cigarro y cara de haber dormido muy bien. No hablamos. Ni siquiera me miró. Yo me fui al colegio.
En el colegio nadie me preguntó qué me había pasado. Ni siquiera los profesores. Yo me sentía como la atracción del circo ambulante, todos me miraban en silencio. El maquillaje no disimulaba la hinchazón de la cara y la profecía del padre de Claudio resonaba en mi cabeza como un eco: esta niñita va a salir igual a su madre. Entregué el dibujo, Leo se sacó una buena nota y nunca volví a hacer un trabajo con él. De ahí en adelante siempre trabajé sola. Yo estaba sola.
A Claudio lo vi en el recreo. Se puso pálido cuando me vió. Nos sentamos en el patio, alejados uno del otro, a conversar. Claudio me dijo que había conversado con su papá, que le había prohibido volver a verme (algo difícil, si estábamos en el mismo colegio) y que él estaba dispuesto a hacer lo que su papá le ordenara. Le pregunté qué habría dicho su mamá si él le hubiera contado y me dijo: mi mamá me dijo lo mismo, hace tiempo, cuando empezamos.
Me dolió lo que me dijo. Me dió rabia. Todo era su culpa. Todos mis golpes eran su culpa. Él había llevado a su papá a mi casa, le había dicho dónde yo vivía, le había mostrado a mi madre. Él se había dejado convencer de no ir al colegio. Todo, todo, todo era su culpa. Y de Leo. Y de Ryu. Y mía, por haber nacido. Desde ese momento dejamos de hablarnos con Claudio. Nos dedicamos el resto del año a ignorarnos completamente cuando no conseguíamos evitarnos en las zonas comunes. Años después volví a hablar con él. Cosas tontas, sin importancia, recuerdo. Y casi en cuarto medio me enteré de que había dejado embarazada a una de sus compañeras de curso, pero para ese entonces Claudio era un solo recuerdo: los besos dulces que en un tiempo muy lejano nos habíamos dado y los golpes dolorosos de mi madre.
Tampoco seguí con Leo. Supongo que le dió miedo besarme con mi cara toda hinchada y supongo que intuyó que esa última buena nota que se sacó tenía que ver con mis moretones. Esos pocos trabajos que hizo conmigo no sirvieron para salvarlo de repetir de curso. Tenía malísimas notas en todos los otros ramos y con varios promedios rojos no salvó el año. Su papá lo cambió de colegio y nunca lo volví a ver.
Y yo volví a Ryu arrastrándome a sus pies, tal como él había dicho que haría.