09-01-2010

La caja de Pandora

Volver con Ryu fue un gran error, pero eso no lo supe hasta más tarde. Hasta que fue demasiado tarde.

Había pasado mi cumpleaños sola. Ya no estaba con Claudio, ni con Leo, así que mi última y única opción era Ryu. Al día siguiente de mi cumpleaños, en que esperé en vano que alguien me saludara, me fui a casa de Ryu. Recuerdo que llovía y hacía frío. Ryu me hizo pasar a su dormitorio, ese cuartito cerrado con cortinas y frazadas, del que ahora disponía para él solo y más temprano que tarde terminamos en la cama que era de su hermano antes de que las acusaciones de los vecinos lo obligaran a esconderse. Besos, desnudez, penetración, todo fue uno solo. Y se sintió tan bien estar en brazos de alguien nuevamente, mitigar esa soledad, ese dolor de lo más profundo de mi corazón con besos y orgamos, que no me detuve a pensar en si estaba en un periodo fértil o no. Ni lo hice los meses siguientes.

Yo estaba desesperada por un poco de amor. Y Ryu me lo daba a su ritmo, como él quería. Me llevó algunas veces a alguna fiesta, a verlo jugar fútbol en canchas de tierra. Me presentó a sus amigos. Ya no me daba miedo acompañarlo a esos barrios pobres, a pesar de que una vez incluso terminé metida en medio de una pelea con una tipa tirándome del pelo. No me daba miedo subirme a la micro con él ni me daba vergüenza que le pidiera al chofer que nos llevara a los dos por menos de lo que valía un pasaje escolar. No me daba miedo hacer el amor con él en días que no eran seguros. No me daba miedo nada. Estábamos juntos, nos amábamos, éramos uno solo, para siempre.

Ryu tenía en su dormitorio, debajo de su cama, una caja amarilla de madera, cerrada con un candado enorme. Nunca me había mostrado lo que había en esa caja y yo tenía curiosidad, pero nunca me dejó mirar y ni siquiera a su familia dejaba que tocaran esa caja. Siempre llevaba la llave de la caja colgada de una cadena a su cuello, lo que me provocaba aún más curiosidad, pero no me atreví a insistirle en que me mostrara el contenido. Él le llamaba la caja de Pandora y me decía que si la abría, nunca podría volver a meter dentro lo que saliera.

Pasaron dos o tres meses. Con Ryu nos veíamos a diario. Yo me iba a su casa después del colegio, su mamá me invitaba a almorzar y yo comía, tratando de disimular el asco que me producían sus comidas. El olor a gato se había hecho insoportable y casi a diario cocinaba la madre de Ryu lo mismo: arroz con jurel en salsa de tomates o fideos con jurel en salsa de tomates. No tenían dinero para nada más. De vez en cuando hacían alguna ensalada con las verduras medio podridas que el padre de Ryu encontraba botadas en la feria o un salpicón de papas harinosas y viejas y zanahorias duras con jurel en salsa de tomates. Eran pobres, muy pobres, pero yo me sentía querida con ellos y hacía lo posible por no mostrarles mi asco a esos olores, a esa pobreza.

Después de comer todos se iban a dormir una siesta, supongo que para disimular el hambre que murmuraba en los estómagos, después del frugal almuerzo. A veces tenían pan duro para remojar en la salsa del jurel. A mi me daba vergüenza comer con ellos, quitarles su comida, pero para ellos era un orgullo darme la mejor ración, la mejor parte. A veces les decía que ya había comido en el colegio y me negaba a comer, pero cuando veía los ojos llorosos del padre mirándome con tristeza o la cara suplicante de la madre, me ablandaba y les decía que bueno, que comería un poquito con ellos, y todos volvían a sonreír y a brindar con vasos resquebrajados llenos con jugo de naranja yupi aguado, todo un lujo. Yo comía muy poco y decía que ya no podía más, que estaba llena. La madre me decía entonces que yo comía como pajarito y luego se peleaban por llevarse los platos a la cocina. Yo me iba al dormitorio de Ryu. Me daba pena oír como en la cocina se comían lo que yo había dejado, o como lamían los platos. En esos momentos me preguntaba qué estaba haciendo yo ahí, con esa gente tan distinta, pero entonces todos se iban a dormir un rato, los padres al dormitorio en la cama de abajo y la hermana de Ryu en la cama de arriba. Entonces llegaba Ryu a mi lado, después de haberse cepillado los dientes y con una pastilla de menta en la boca. Supongo que se daba cuenta de que no me gustaba el olor del jurel y hacía lo posible por disimularlo y yo lo agradecía, a pesar de que el olor de esa dieta diaria emanaba de su boca como un gas pernicioso sin importar cuanta pasta de dientes hubiera usado o cuantas pastillas de menta se hubiera comido. Era en ese momento cuando yo recibía mi recompensa. Ryu se acostaba a mi lado y esperábamos a oir los ronquidos del padre para besarnos y desnudarnos.

Aprendí con Ryu que el sexo no conlleva, por lo menos para mí, un orgasmo, y que tenía que yo hacer lo posible por conseguir uno. Ese éxtasis momentáneo en el que me olvidaba del mundo era todo lo que yo necesitaba y aprendí rápido como obtenerlo.

Un día estábamos solos con Ryu. Era domingo. Hicimos el amor una, dos, cinco, seis veces... Yo estaba segura de que estaba en medio de mi periodo fértil y se lo dije a Ryu. Te imaginas? me dijo mientras se fumaba un cigarro que le había robado a su mamá, un hijo tuyo y mío... no sería genial? No sé lo que pensé. Me imaginé viviendo con ellos, comiendo eternamente jurel en salsa de tomates. Creo que no me importaba. Antes de que llegara su mamá, hicimos por última vez el amor en el baño. Yo quería ducharme, tenía el olor del sexo y de los orgasmos impregnado en la piel. Ryu se metió al baño conmigo y ahí lo hicimos, con el olor a mierda de gato en la caja de arena, a cuatro patas. En alguna parte había leido que esa era la mejor posición para quedarse embarazada y en ese momento pensé que sería lindo tener un hijo de Ryu, un hijo con sus ojos oscuros y sus pestañas espesas.

Al día siguiente empecé a preocuparme y seguí así toda esa semana. Lejos de la casa de Ryu, lejos de su influencia y de su sexo, yo sabía que no podía embarazarme. Ryu había cumplido 18 años y yo tenía 14 y juntos, no teníamos ningún futuro por delante, pero un niño... No, no podía embarazarme. A medida que pasaban los días yo sentía con más y más seguridad que estaba embarazada. Después de esa semana, hablé con una compañera de curso, y le dije que tenía una amiga que sospechaba que estaba embarazada y que si sabía que podía hacer mi amiga. Mi compañera me dijo que lo primero y más fácil era hacer un test de embarazo cuando se presentara atraso. Y yo me fui a la farmacia, una pequeñita cerca del colegio, después de clases, a preguntar por el test de embarazo. No sé que habrá pensado la farmacéutica cuando me vio, hace 15 años el embarazo adolescente no era tan común, o algo tan normal, como ahora, pero me explicó amablemente los diferentes tipos de test de embarazo, lo que costaban, y su efectividad. Y me explicó que lo más barato, sencillo y efectivo era que la mujer que presumía estar embarazada tomara una prueba de orina matutina en un frasquito estéril y que lo llevara a la farmacia por la mañana, entonces el test se hacía en la farmacia, sin margen de errores ni dudas.

Me fui a mi casa. Ese día no ví a Ryu. Busqué, por la tarde, un frasco que esterilizar. Lo herví en agua y lo dejé debajo de mi almohada. Al día siguiente me levanté, orine en el frasquito, me lo puse en el bolsillo del jumper y me dirigí a la farmacia, antes de ir al colegio. La farmacia abría a las 8 así que tuve que esperar a que abrieran. Era la misma farmacéutica del día anterior. Le di mi frasquito con orina y ella me preguntó el nombre, la edad y cuantos días tenía de atraso. Le mentí y le dije que tenía 9 días de atraso, cuando aún faltaba casi una semana para que me llegara la regla. Pensé que si salía negativo y no me llegaba la regla, siempre podría volver a repetir el test, pero no aguantaba la incertidumbre. Ella me preguntó si volvería a buscar el resultado por la tarde o prefería esperar. Le pregunté cuanto demoraba, mirando el reloj y pensando en que iba a llegar muy atrasada a clases y cuando me dijo que solo unos minutos, decidí esperar, en vez de estar todo el día en el colegio muriendo de angustia.

Los minutos pasaron lentos. Recuerdo el tic-tac del reloj y la farmacéutica a lo lejos, poniendo gotas en un tubo más pequeño e introduciendo una tira que parecía ser de papel. Esperó un poco, se acercó a mí, me entregó un papel donde ponía mi nombre y mi edad y encerrado en un círculo el resultado. Al mismo tiempo que yo leía, escuché su voz muy lejos diciéndome: el resultado salió positivo, estás embarazada.