20 días
Hace 20 días Armando, traté de morir. Apenas hoy me han dejado volver al computador. Tengo decenas de e-mail que no quiero revisar. La mayoría de ellos de Gustavo, que ocupa un importante cargo en cierta empresa automotora. Está casado y tiene dos hijos hermosos, pero su esposa rara vez lo toma en cuenta. Cuando estamos juntos me paga para montarme encima de él durante 30 segundos hasta que eyacula lamentablemente dentro de un preservativo color rojo. Luego se pasa media hora en el baño llorando mientras yo me doy vuelta de costado en la cama y pienso en ti, como siempre. La siguiente media hora él se la pasa tendido en la cama, de espaldas, mirando hacia el techo. Yo le doy la espalda mientras él me habla de sus traumas. Siente que tiene el pene chico. Realmente lo tiene pequeño, apenas como mi dedo índice, una lombriz pequeña y gorda que nunca logra ponerse rígida por completo, pero yo no le digo nada. Su esposa ya le dice suficiente. Gustavo es un hombre lindo, es atento, caballero y católico recalcitrante. La primera vez que tuvimos sexo me pidió que me depilara completamente. A mí no me extrañó. Será que ya me había acostumbrado a las costumbres de mis clientes, sus preferencias y exigencias. Ese día me pidió que lo esperara en la cama con las piernas abiertas mientras él terminaba de lavarse en el baño. Esa es otra de sus costumbres, constantemente se lava. Las manos las tiene blanquísimas y siempre impecables. Cuando entró al dormitorio levanté la vista. Vi que ya se había puesto el condón. Me miró largamente, con su pene fláccido y sus ojos tan faltos de cariño. Quiso acercarse a besarme pero se detuvo. Me pidió que le dejara espacio para acostarse y que me montara en él. Yo pensé que aún no estaba listo pero le obedecí, quizás tenía alguna clase de problema y no me lo había contado. Con dificultad conseguí introducir su pene dentro mío. Entonces empecé a moverme, apretando mucho las piernas para que no se me escapara. Después de 5 vaivenes hizo una mueca y me abrazó, me dijo que no siguiera, que ya había terminado. Afirmé el condón y me retiré. Me puse a su lado. Como primera vez, no supe que esperaba él de mí. Se levantó y salió de la habitación. Cuando pensé que se estaba demorando demasiado salí a ver si estaba bien. En el pequeño altar que tenía en el pasillo estaba de rodillas, llorando. Hice la nota mental de sacarlo apenas él se fuera. No soy realmente religiosa y me pareció una burla, cuando lo ví ahí. Ahora llora en el baño. Después de esa primera vez, las siguientes ocasiones no han diferido mucho.
Gustavo está preocupado por mí. Antes de tratar de morir, hablaba con él todos los días. Me gusta Gustavo, pero jamás tendría una relación seria con él. Me gusta mirar sus ojos verdes, cuando hablamos de cualquier cosa menos de su familia y sus traumas. Tiene una hermana mayor que es una eminencia, no recuerdo ahora en qué. Trabaja como profesora en una de las universidades más grandes de Chile. Siento que Gustavo se siente celoso de ella, pero no puede competir. Cuando Gustavo aún no sabía a que me dedicaba yo, solíamos juntarnos a conversar como buenos amigos. El día que fuimos a una heladería cerca de tu casa, una pequeña y escondida dentro de una avenida grande, me besó por primera vez. Me había pasado a buscar al trabajo en su auto gigantesco, último modelo de los Honda más caros, nunca he sido buena para identificarlos, nunca he sido muy buena para nada de eso que te interesa a ti. En ese tiempo yo aún tenía trabajo fijo y con contrato, con el que trataba de encubrir mis cada vez más abultados ingresos, y, por supuesto, te tenía a ti. Quería ir a verte aunque tuviera que cruzar medio Santiago en micro, mientras tú esperabas cómodamente en tu casa. Gustavo me llamó, quería verme y yo quería verte a ti. Le dije que no tenía tiempo y se ofreció gentilmente para ir a buscarme. Hasta ese momento jamás había visto a Gustavo como un potencial cliente, pero sí me entusiasmó la idea de cambiar el viaje en micro por un viaje en auto. En ese tiempo yo aún no tenía auto porque me decías que era un gasto innecesario, y como siempre, yo te hacía caso en todo. Le dí 40 minutos de plazo, si no llegaba, me iba. Aunque no era su horario de salida, llegó en menos de media hora. Supongo que tomó Américo Vespucio y condujo a más de 100 km/h para llegar al otro extremo de la ciudad. Adonde te llevo, me dijo. Le dí las señas mientras él me miraba nervioso. Me pidió que paráramos en algún lugar porque quería conversar conmigo, así que paramos en la pequeña heladería, donde su auto estacionado afuera llamaba la atención más que cualquier cosa. Elegí la mesa más alejada de la puerta, en un segundo piso endeble que amenazaba con caer al más mínimo remezón. Una amable señora miró a Gustavo mientras me tomaba el pedido. Gustavo es alto y rubio, llama la atención, además de tener una facciones que invitan a la contemplación. Yo miraba nerviosa hacia afuera, tenía miedo de que alguien que te conociera me viera, a pesar de que no estábamos tan cerca de tu casa. Gustavo me tomó de la mano y me obligó a mirarlo. Siempre me decía que le encantaban mis ojos, es algo a lo que estoy acostumbrada a que me digan. Lo miré fijamente, me perdí por 15 segundos en la profundidad verde de sus ojos mientras pensaba que ojalá no me llamaras por teléfono, que ojalá no te hubiera llamado para decirte que iba a tu casa. Me dijo que había estado pensando mucho en mí. Que se había dado cuenta de lo importante que me había vuelto en su vida. Que se había dado cuenta de que su familia era una parodia. Llegó la señora con los helados y al ver que sostenía mi mano entre las suyas me miró con ojos asesinos. Tiró, porque no dejó, sino que tiró los helados en la mesa y se fue, pisando fuerte y remeciendo el piso. Gustavo y yo nos miramos y sonreimos. Me dijo que le encantaba mi sonrisa. Me dijo que lo estaba volviendo loco. Me dijo que me tenía en su mente día y noche, que no dormía y que trabajaba mal. Que se contenía para limitarse a llamarme solo tres veces al día y que ya no podía más con eso. Lo miré, ahora con otras intenciones. Ya había practicado miles de veces esa mirada, invitándolo a que diera el primer paso. No esperó demasiado. Entrelazó una de sus manos con la mía mientras con la otra me acariciaba la cara. Recorrió cada centímetro de mi rostro con sus dedos, contrastando mi piel morena con su piel pálida. Tocó mi pelo, negro como la noche, y quizás pensó en el pelo de su esposa, lejos de su vida hacía tanto tiempo, rubio como la miel. Con la misma mano, temblorosa, afirmó suavemente mi cabeza y vi en sus ojos la súplica muda de que no lo rechazara, no yo, nunca. Se acercó lentamente, tal como uno sueña que debería ser el primer beso con ese gran amor, tuvo suerte de que la mesa de esa heladería insignificante fuera tan pequeña, y me besó. Sus labios delgados, tan distintos de los tuyos, temblaban. No me lo habría esperado de un hombre de 35 años. Los minutos pasaron mientras el me seguía besando, estábamos solos en el piso, en el mundo, y nada más importaba, ni siquiera los helados que se derretían. En eso llamaste a mi celular y dejé de besarlo. Te contesté y te dije que estaría ahí en 10 minutos, que iba en camino. Gustavo me miró confundio, algo se había quebrado, el momento mágico había desaparecido y volvíamos a ser el hombre casado y su amiga comprometida. Le dije que pidiera la cuenta y que me fuera a dejar. Cuando estuvimos a dos cuadras de tu casa le dije que parara, no quería que ningún vecino me viera y preferí caminar las dos cuadras cuesta arriba. Antes de bajarme me tomó del brazo, me acarició lento y me preguntó si esta era la última vez que nos veíamos. Le pregunté si eso quería él, y me dijo que no. Le respondí entonces que sería como él quisiera, pero no le dije cuanto le costaría. Eso lo guardé para un mejor momento. Los Negocios son los negocios.
Gustavo me pregunta gradualmente en sus e-mail si estoy enojada con él, si he decidido terminar con todo, si he decidido no verlo más, me pide que se lo diga. Finalmente me da un ultimatúm y me dice que es el último e-mail que me envía. Eso fue hace tres días. Volvió a enviarme un e-mail hoy por la mañana, supongo que desde su trabajo, para suplicarme que le dé una señal de vida. Lo llamé y le dije que estaba en la clínica. Que hace 20 días me corté los brazos con el cuchillo más grande de mi cocina y que me arrepentí cuando vi salir la sangre a borbotones. Le dije que la ambulancia se había demorado diez minutos y que desde entonces había estado internada sin querer ver a nadie. Sin teléfono y sin internet. Me dijo que venía para acá inmediatamente. Supongo que debe estar por llegar en cualquier momento, de todas formas, la enfermera ya me dijo que deje de escribir, por lo de las heridas.