El fruto prohibido
Se me cayó el alma a los pies cuando Christian me dijo que Marcos era sacerdote. Ahí se terminaban todos mis sueños y fantasías con él. Christian se dió cuenta y me empezó a molestar.
- Te gusta el cura... Jajaja, te gusta el cura...
- Cállate! No seas estúpido. No me gusta.
- Oye Marguerite, en serio, no se te vaya a ocurrir meterte con el cura eh! ahí si que te meterías en problemas.
- Porqué no te callas mejor? Ya te dije que ese tipo no me gusta. Además tú y yo estábamos hablando de otra cosa.
- Ya te pusiste fome...
- Es en serio Christian. Tú estás con Ana María y yo no quiero seguir siendo la otra!
- No seas tontita... Sabes que me queda tan poco para irme donde los milicos... Porque no aprovechamos de estar juntitos? te apuesto que para cuando yo vuelva ya vas a estar pololeando y ni me vas a pescar...
Christian me convenció a besos de ir con él a su casa. Volvimos a hacerlo con cuidado en su cama ruidosa mientras yo pensaba en Marcos y en las miradas que me había dado en la iglesia. Marcos, el fruto prohibido. Estaba segura de que yo le había gustado, sus miradas, su media sonrisa, sus palabras... No podían significar otra cosa que eso.
Fue una semana agónica hasta la siguiente misa. Quería volver a ver a Marcos. Quería comprobar si me miraba de nuevo como lo había hecho. Quería adivinar si me había pensado como yo lo había pensado a él. Y soñado, oh, como lo había soñado. Tenía sueños eróticos y estúpidos con él. Lo soñaba vestido con una sotana larga y negra y el cuello blanco de sacerdote. Nos reuníamos en la Plaza de Armas, en un mall, en la playa, siempre estaba lleno de gente, la multitud nos rodeaba. Yo iba vestida con una faldita de tul cortísima que se traslucía, eso era todo, lo demás era desnudez. Marcos me veía, corría hacia mí y me decía que debía cubrirme, que no fuera así por la calle, que era pecado. Y yo me reía a carcajadas. Marcos entonces me cubría los senos con sus propias manos y yo aprovechaba de besarlo. Primero se quedaba estático, como si no supiera qué hacer, como si la sorpresa fuese demasiada y yo me sumergía en su olor tal como lo recordaba de la misa y lo besaba con más ganas. Marcos me correspondía y me besaba y me tocaba delante de toda la gente que pasaba sin mirarnos siquiera. Siempre los sueños eran nublados, como si hiciera frío y la gente caminaba rápido a nuestro alrededor. Marcos y yo estábamos en el centro de un remolino y yo empezaba a desabrocharle los mil botones de su sotana. Debajo de la sotana vestía todo de negro, con pantalones y camisa como lo había visto en la iglesia. Sentía su erección en mis manos, cálida, suave, ansiosa... y entonces siempre despertaba. Mis sueños no llegaban más allá. Marcos era el fruto prohibido y por más que yo hubiera querido pensar que yo le gustaba, sabía que era imposible.
Me ví con Christian esa semana. Lo seguimos haciendo, siempre en su casa, pero empecé a darme cuenta de que más allá del sexo, no teníamos nada en común. Las pocas veces que hablábamos no llevaban a nada. A Christian no le interesaba hablar de nada. No me quería hablar de su familia ni de lo que quería estudiar, porque sabía que no iba a ir a la universidad por no tener plata para pagarla. Entonces empezaba a burlarse de mí, de mi colegio cuico como lo llamaba él y de la vida fácil que teníamos todos los de mi nivel social. Christian... No tenía idea de cómo era mi vida. Si mi mamá me había puesto en ese colegio era porque mi papá pagaba todo. De su bolsillo jamás habría salido un peso. Mi mamá me daba una mensualidad, algo mínimo con lo que se suponía debía alcanzarme para todos mis gastos del mes, y ella se gastaba el resto de manutención que mi papá le pagaba. Y Christian me llamaba cuica. Yo no le contaba nada de mi familia tampoco. En realidad no teníamos nada en común.
Por fin llegó el día de la misa. Recuerdo que me levanté nerviosa. Había planchado el uniforme mil veces. Había lustrado los zapatos hasta que me dolieron las muñecas. Le había hecho una basta diminuta a la falda. Las monjas revisaban de vez en cuando el largo, pero supuse que valía la pena correr el riesgo después de recordar la forma en que Marcos me miraba las piernas. Me maquillé con cuidado. Ese día no me puse camiseta bajo la blusa como ordenaba el colegio. Sabiendo que la blusa se traslucía, me puse un sostén de encaje que también se traslucía. Me senté en primera fila. Sabía que era Marcos, el cura que volvía de vacaciones, quien oficiaría la misa.
Marcos estaba vestido esta vez con una túnica blanca y y lila. Estuve embelesada durante todo el servicio. Lo miraba, pero él no me miraba. No me importaba. Sería mi amor platónico. Mil ideas se me pasaban por la cabeza, todas relacionadas con Marcos y mi deseo imposible. Llegó la hora de comulgar. No me decidía a levantarme e ir con los demás. Pensaba que Marcos me iba a descubrir, que se daría cuenta de que yo no debía estar ahí. Al final, al ver que Christian me miraba y me hacía gestos, me puse al final de la fila. Sentía que el corazón se me iba a escapar. Cada paso que daba retumbaba en mis orejas. En un momento pensé en volver a sentarme, pero era demasiado tarde. Todos me verían y se preguntarían el porqué de mi actuar. Solo unas pocas personas me separaban de Marcos que entregaba las hostias, de Christian que las sostenía, del altar, de mis deseos y mis pecados. Llegó mi turno. Abrí la boca. Miré a Marcos a los ojos. Me puso la hostia en la boca y mientras me decía con su media sonrisa "el cuerpo de Cristo" me tocó la cara. Fue un gesto mínimo y casi imperceptible, pero lo sentí, y supe que no era mi imaginación. Yo le gustaba a Marcos. Me fuí a sentar. Me sentía entre las nubes.
Al final de la misa Marcos hizo dos anuncios. Iban a empezar las catequesis de primera comunión y las de confirmación. Para quienes se inscribieran en la confirmación se harían retiros espirituales de un fin de semana completo al mes. El grupo se iría fuera de Santiago y Marcos estaría con el grupo todo el tiempo. Me miró un segundo eterno y agregó que las confirmaciones eran para los alumnos a partir de primero medio y que podían inscribirse con él. No dudé en hacerlo apenas terminó la misa.
Me acerqué a Marcos. Estaba con un cuaderno anotando a los grupos de catequesis. En la confirmación éramos pocos, creo que no más de quince. Esperé hasta el final. Marcos me sonrió. Anotó mi nombre y mi apellido, el curso, la edad. Me dió una hoja de autorización para que la firmaran mis padres y me avisó que el primer retiro empezaría ese mismo día viernes. Nos iríamos del colegio. Ahí podremos conversar y conocernos más, me dijo con un guiño antes de que me fuera a clases.
El fruto prohibido. Estaría con él un fin de semana completo...