16-11-2012

Pablo

Después de mi cumpleaños Armando retomó el tema de un embarazo. Sabía que no podía seguir dándole largas al tema y había contactado a Susana, una de mis ex compañeras que trabaja con un especialista en infertilidad. La primera cita fue para tomarnos los datos, explicarnos los procedimientos y responder preguntas que tuviésemos. Esa primera cita fue con mi Susana. También le había pedido que me hiciera el favor de hacerme una cita a solas con el médico, antes de tener que ir con Armando.

Pablo es ginécologo especialista en infertilidad. Estudió en Estados Unidos y volvió hace un año o así a Chile, a trabajar en este centro médico. Lo primero que me sorprendió cuando entré a su oficina fue los pocos años que tiene, no pasa de los 35. Lo otro es su atractivo. Ojos grises azulados, con un reflejo metálico, enmarcados de pestañas oscuras y espesas, labios perfectos, mandíbula cuadrada, manos grandes, pelo castaño, sonrisa encantadora. Lo primero que se me vino a la cabeza cuando lo vi fue que no tendría problemas en aceptarlo como donante de semen. Susana me dió una mirada traviesa antes de salir de la oficina, después de dejarle mi documentación a Pablo, y más tarde me daría un codazo con confianza al comentarme lo atractivo que era y "mi suerte" de que me examinara él.

Nos saludamos con un apretón de manos, su mano fuerte y firme, la mía temblando sin saber por qué, sin saber si era por las mentiras que tenía pensado contarle o por su sola presencia. Pablo sintió mi leve temblor y me sonrió, mientras me invitaba a sentarme, me pidió que no estuviese nerviosa.

- Así que... Marguerite... comprobemos primero que todos estos datos están correctos...
- Primero doctor...
- Pablo, llámame Pablo, si no te importa que nos tratemos de tú - otra sonrisa
- No, claro que no, Pablo... hay... ciertas cosas que no mencioné a la enfermera... fuimos compañeras de universidad y la verdad es que... no me sentí cómoda.
- Entiendo. Pediré que te cambien de enfermera entonces...
- No, no es eso... son cosas que... la verdad es que no quisiera que figuraran en ningún informe o documento.

Pablo entrecruzó sus dedos y se inclinó sobre su escritorio, hacia mí. Pude notar el latido de su yugular y oler su perfume y me lo imaginé por la mañana, recién duchado y afeitado, poniendo unas gotas de aquel exquisito olor en su cuello. Qué me estaba pasando... quizás las hormonas ya revueltas me estaban jugando una mala pasada.

Me aclaré la garganta.

- Verá... verás, Pablo. Quisiera hacerte una pregunta. ¿Puede un aborto tener incidencia en mi imposibilidad de quedarme embarazada?
- Un aborto... - noté que el tono de su voz había descendido - bueno, eso depende muchísimo de cómo fue hecho...
- Mi marido no lo sabe, no puede saberlo...
- ¿Qué edad tenías?

Por un momento me quedé callada, pensando. ¿Cuál aborto contarle? ¿Cómo camuflar la verdad? Pablo me tomó la mano por sobre su escritorio. En su anular derecho un anillo de platino, una argolla simple con algunas inscripciones, fue lo que se llevó mi vista.

- Marguerite... tranquila. Estamos en confianza, nada de lo que digas aquí, de lo que me digas a mí, saldrá de estas paredes sin tu consentimiento.

Tragué saliva. Me inventé una historia en segundos.

- Yo tenía 18 años... fue... un error, una fiesta de la universidad, unos tragos de más, un condón roto... apenas noté que no me llegaba la regla acudí a alguien que sabía los practicaba...
- Bueno... si fue de tan poco tiempo no creo que hayan quedado consecuencias - pensé en los cuatro abortos, pensé en instrumentos raspándome por dentro, pensé en las consecuencias - a menos que haya sido mal hecho. ¿Recuerdas si sangraste, si tuviste dolores?
- No, nada, fue como si me hubiese llegado la regla - mentí
- Bueno, para que te quedes tranquila, puedo hacerte un examen físico primero, una ecografía transvaginal, y si no hay nada, no tiene por qué considerarse siquiera esto, puedes olvidarte de que tuviste un aborto.

Accedí y llamó a una enfermera, que estaría presente durante el examen, para asistirlo. Me advirtió que sería un poco incómodo mientras por la cabeza se me pasaban mil cosas. ¿Y si descubría que le había mentido? En eso volteó el monitor hacia mí y me mostró lo que se veía, todo bien y en su lugar, ningún tipo de anormalidad ni cicatrices. Físicamente todo parecía estar bien. Me vestí y volvimos a su escritorio.

- Bueno... físicamente no parecen haber problemas, pero obviamente no podemos saberlo hasta hacer exámenes más exhaustivos, aunque eso será más adelante, lo primero es hacer un espermiograma, exámenes a tu marido... es mucho menos invasivo examinar a un hombre que a una mujer y nunca está de más descartar si él tiene algún tipo de problema. Pero a primera vista, de tu parte no debería haber problemas en quedarte embarazada. Aquí dice que llevan un año intentándolo...
- Un año... eso es lo que mi marido cree...

Pablo levantó la vista. No podía mentirle a sus ojos de acero.

- La verdad es que... es un poco complicado y no sé siquiera por dónde empezar... creo que más que un médico lo que necesito es un amigo que sepa aconsejarme. Necesito hablar con alguien, pero no aquí...

No sé qué cara habré puesto, pero Pablo miró su reloj de pulsera y me invitó a almorzar. Salimos por separado y nos juntamos donde habíamos quedado. Pedí una ensalada. No tenía estómago para comer.

- ¿Eres casado Pablo? - le pregunté mirando la argolla que llevaba.
- No - me dijo tocando el anillo y dándole vueltas. - Soy... viudo. Mi esposa falleció en Estados Unidos. Llevo la argolla en la mano derecha porque... la verdad es que no sé por qué - terminó con una sonrisa tímida.
- Lo siento, no debí preguntarte.
- No te preocupes, está bien... pero, por favor, cuéntame, por qué estamos aquí.

Consideré contarle la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad absoluta. Volvió a tocarme una mano, en un gesto tranquilizador, y decidí que no podía.

- Verás, Pablo... yo... la verdad es que no he sido del todo sincera contigo, con mi marido, con nadie... estoy tomando pastillas anticonceptivas, por eso es que no me embarazo...
- No quieres embarazarte
- No. Y no puedo decírselo a Armando.
- Tienes que hacerlo... no tiene sentido gastar la cantidad de dinero que van a gastar y someterte a la cantidad de exámenes, algunos muy invasivos, que van a someterse por algo que quizás es innecesario...
- Pablo - decidí jugarme la carta de víctima - traigo una historia a cuestas que no te imaginas... pero en resumidas cuentas... crecí con una madre que no me quería, mi padre me abandonó a temprana edad y creyó que heredándome todo su dinero al morirse podría perdonarlo. El dinero no es problema, si tengo que someterme a mil experimentos por tener a Armando contento. Pero no sé ser madre, no siento el llamado de ser madre, no visualizo mi vida con hijos...
- Marguerite... créeme que te entiendo, pero la sinceridad es primordial en una pareja y si no le cuentas a Armando esto...
- Esto, Pablo, no se lo he contado ni siquiera a ti, como médico. Estamos almorzando no como médico-paciente, te lo estoy contando como amigo.
- Entonces como amigo te aconsejo que le digas la verdad a tu esposo. ¿Qué va a pasar cuando, después de todos los exámenes, descubramos que no tienen nada?
- No lo sé, pero al menos habré ganado tiempo, tiempo para pensar bien qué es lo que quiero, para decidir.
- ¿Y lo del aborto?
- Tuve... un aborto... pero no creo que me haya dejado con consecuencias, simplemente quería salir de dudas, esto tampoco puede saberlo Armando.
- Entiendo. No estoy de acuerdo contigo en que le ocultes la verdad a tu marido, pero lo entiendo. No te preocupes, haré como que no sé nada de esto Marguerite.

Cambiamos el tema y pude comer. Nos reímos. Me habló de sus viajes, de los proyectos en los que había trabajado, de su mujer fallecida. Noté que la atmósfera entre nosotros iba cambiando, como tantas veces lo he notado antes con otros hombres, como bajan sus defensas cuando me ven desvalida, en necesidad de ayuda, en necesidad de ellos. Sentí como se me dilataban las pupilas, como las aletas de mi nariz se abrían en busca de más oxígeno, la adrenalina bombeándome en el pecho, lista para la caza. La misma situación, tantas veces repetida, distintos protagonistas, siempre así de rápido, sabiendo que le había gustado desde el primer momento en que me vió, sabiendo que él había intuido que me gustaba pero pensando en que algo así nunca podría ser, el médico-paciente, el profesor y la alumna, el sacerdote y su pupila, el padrastro y la hijastra, el sabor dulce de lo prohibido. El almuerzo se alargó. Pablo llamó a la consulta confirmando que no tenía más pacientes por la tarde y pedimos más vino. Pablo volvió a tocar el tema de la infertilidad. Volví a repetirle que simplemente no estaba segura de ser madre, todavía, pero sabía lo importante que era para Armando. Que solamente quería tiempo.

- Eres una mujer fascinante, Marguerite... tienes algo... no sé qué... estaría hablando contigo por horas y horas...
- ¿Lo dices como médico o como amigo?
- Como amigo, claro - me dijo entre carcajadas - realmente... hablo en serio, no sé qué me pasa, debe ser el vino, no suelo beber en días de semana. Me alegro que hayas venido a mi consulta, me alegro de que hayas sentido que puedes confiar en mí, aunque todavía no tengo muy claro qué es lo que quieres...
- Lo que quiero - le dije mientras lo miraba fijamente, mi cara a veinte centímetros de su cara - es tiempo. Tengo que tomar decisiones pero no quiero perder a mi marido y por eso - le dije mientras ponía mis manos sobre las de él - estoy dispuesta a cualquier cosa para conseguirlo.

Cuando entrelazó sus dedos con los míos, sin decir palabra pero hundiendo sus ojos en los míos, supe que la presa era mía.