Armando
Armando. He decidido llamarte Armando. Armando... Después de horas interminables en la cama, tratando de dormir, cayendo en una sima negra e interminable de pesadillas y malos recuerdos, alimentados estos por la verdad, la innegable verdad, de que puedes morir. La noticia me impactó como una bala, directo al corazón. Armando puede morir. A pesar de que Armando no es tu nombre real, y de hecho, dudo siquiera de que te guste que te llame Armando, no importa. Necesito sacarme la mala noche, una más, del cuerpo. Pero esta vez he decidido no salir, sino quedarme aquí, escribiendo. Nunca te gustó, Armando, que escribiera. Me decías que debía dedicarme a cosas más serias, que debía usar mi inteligencia en algo más provechoso, que diera más dinero. Te hice caso Armando, sabes a que me dediqué todos estos años?, me convertí en una puta. Si, así con sus cuatro letras, una P U T A. Y lo peor es que nunca te diste cuenta. Ahora, en coma, conectado a cuatro cables, que ironía, cuatro como las letras de mi profesión, que te alimentan y te soplan vida. No lo asumí hasta ayer por la tarde, una llamada de urgencia me mostró lo que hace rato no quería ver. Armando puede morir.
Anoche no dormí pensando en esto, en que puedes morir. Nunca la muerte fue algo tan real y tangible como ahora, porque nunca nadie me ha importado como tú, Armando. Necesito escribirlo una y otra vez para asumirlo, para entenderlo, para aceptarlo. Si vas a morir Armando, necesito que antes de irte sepas toda la verdad, de mí, de nosotros. Siempre me dije que debía decírtelo, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que algo como esto pasara. Es demasiado tarde ahora?.
Tampoco te gustaba que leyera. Recuerdas como te enojabas cada vez que llegabas a casa y me encontrabas con un libro en la mano?. Leer o escribir era, según tú, una pérdida de tiempo.
He decidido llamarte Armando, como el protagonista de La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas. Yo seré Marguerite, aunque nuestra relación dista bastante de parecerse siquiera a aquella transcurrida hace más de un siglo y medio.
Hay tantas cosas que necesito contarte, que las ideas se me escapan y los dedos se me enredan y me sale cualquier cosa menos lo que quiero decirte. Armando... daría mi alma por sacarte de esa cama de hospital que te aprisiona, llevarte lejos y cuidarte como lo quise hacer siempre, antes de que nuestros caminos se separaran, antes de decidir por ti y por mi que dejarte sería lo mejor, cuando el vicio me estaba corrompiendo el alma y ya no tenía nada más para darte. Recuerdo esa última discusión, cuando el desprecio en tus ojos me hirió como mil puñaladas, cuando me dijiste que al alejarme de ti te hacía un favor. Ya entonces no entendías nada de lo que pasaba, nada de lo que yo hacía por ti, y solo por ti. Seguramente aún no lo entiendes, y claro, como podrías, si jamás te expliqué nada. Nada de los llantos, de los silencios prolongados, de las ausencias y de las compensaciones. Nada. En eso, Armando, me convertí. Por ti. De todas formas, la primera revelación la tuviste hoy día, y no fue tan difícil escribirla, supongo que porque de alguna forma sé que es muy poco probable que leas esto. Si, Armando, fui una puta, soy una puta y jamás podré sacarme este peso del alma. Debería contarte como empezó todo, pero ahora no me siento con fuerzas para hacerlo. Lo dejaré para mañana, o quizás para esta noche, cuando las pesadillas no me dejen dormir y tu recuerdo me persiga por los rincones.