El tercer embarazo
Yo tenía 17 años y mi mamá ya me había advertido que a los 18 tendría que irme y buscármelas por mi misma. Como si no hubiera llevado toda una vida haciéndolo.
Mi mamá tenía 40 años y llevaba un par de meses viéndose con Jaime, carabinero en servicio, cuando se lo llevó a vivir a la casa. Jaime debe haber tenido unos 45 años. Era atractivo, muy atractivo, debo reconocerlo. Él estaba divorciado, tenía dos hijos de unos 12 y 10 años y al parecer tenía planes serios con mi mamá. Cuando él no estaba en la casa, mi mamá me trataba como siempre lo había hecho, a malas palabras o como si yo no existiera. Cuando Jaime estaba en casa, me llegaban a dar risa sus intentos cínicos de parecer buena madre. Me preguntaba por el colegio, si había pensado qué estudiar, si salía con alguien. Seguramente quería hacerle creer a Jaime que ella era la madre perfecta, porque ese fue el tiempo en que ella empezó a hablar de embarazarse e incluso se sacó el DIU. Yo miraba el cuadro desde afuera. Esa mujer pensaba tener hijos, a esa edad, cuando nunca había sabido ser madre. Me imagino que lo que quería era atrapar a Jaime y amarrarlo con un hijo, hacer que la mantuviera y tener buen pasar. Yo estaba a meses de cumplir 18 y la gallina de los huevos de oro se le iba del nido, necesitaba otro anzuelo, otro hijo. Otro hombre que la mantuviera.
No debe haber pasado un mes cuando Jaime empezó a darse cuenta de muchas cosas. Mi mamá tomaba casi a diario y jalaba de vez en cuando, alternado con somníferos. Cuando Jaime se fue a vivir con nosotras dejó de jalar, pero no de beber. Una copa, y otra, y otra, al poco rato estaba borracha. Jaime la miraba con desaprobación pero no decía nada, la acostaba y él volvía a sentarse en el living, con un vaso de whisky con hielo en las manos, pensativo, y me preguntaba cosas. Quería saber de mi niñez, cómo era mi mamá, cuáles eran sus hábitos. Yo trataba de escurrirme, de cambiarle el tema, no quería meterme en problemas y Jaime se callaba y me miraba en silencio.
Pasaron dos o tres meses y la situación iba de peor en peor. Mi mamá ya no ocultaba su forma de ser. Me imagino que su cerebro estaba demasiado destruido como para siquiera intentar fingir o dejar el alcohol al menos. Jaime seguía sin decirle nada pero sin decidirse a irse y dejarla tampoco. Un día llegué del colegio, mi mamá estaba ebria y empezó a gritarme. Creo que le dije que se callara, que estaba loca, y agarró un florero y me lo quebró en la cara. Mala suerte para ella, Jaime entró en ese preciso momento. Discutieron, mi mamá se encerró en su dormitorio y se dió un cóctel de somníferos. Jaime me curó las heridas, más en la sien izquierda que nada, y me pidió que fuéramos a urgencias. Me negué. No era la primera vez que pasaba, al día siguiente me cubriría con el pelo y un poco de maquillaje. Me puse a llorar. Jaime me acarició la cara. Quizás fue la cercanía o la atracción muda que ambos sentíamos, una cosa llevó a la otra, un beso llevó a una caricia debajo de mi blusa y a mi cama no hubo más que un paso. Tuve el destello de inteligencia de preguntarle si tenía condones, yo no estaba tomando pastillas, y me dijo que se había hecho la vasectomía. Eso explicaba, entonces, muchas cosas.
Estuvimos casi un mes así. Yo volvía temprano del colegio y Jaime volvía temprano del trabajo. Él y mi mamá bebían juntos, mi mamá estaba tan feliz que no se daba cuenta de que Jaime fingía beber. Cuando estaba lo suficientemente ebria, nos ocupábamos de dejarle a mano somníferos y al rato estaba ella roncando y Jaime y yo desnudos en mi cama. Me recordaba a Marcos, quizás era por la diferencia de edad.
Cuando la regla no me llegó, no me preocupé. Ese mes había estado sólo con Jaime y según me había dicho, él no podía tener hijos. A la semana de no llegarme la regla se lo comenté a Jaime mientras estábamos en la cama. Se puso pálido. No me digas que es mío, me dijo el desgraciado. Ni siquiera le había dicho que estaba embarazada, sólo con atraso, pero su actitud levantó mis sospechas. Le pregunté cuando se había hecho la vasectomía y se puso rojo hasta la raíz del pelo. Se agarró la cara entre las manos, yo me cubrí con la sábana y le grité que me dijera la verdad. Me dijo que no se había hecho nada. Me había mentido porque no se le paraba con condón. Mierda. Mierda. Mierda. Si hubiera un premio a la estupidez, yo me lo habría ganado sin problemas. Oí a Jaime hablarme de irnos juntos, de que él estaba en contra del aborto, de que me faltaba poco para cumplir la mayoría de edad, de que podría darme todo aquello de lo que me habían privado y yo lo escuchaba como entre nubes. No entendía de qué hablaba. Yo tener un hijo de él... estaba loco. Nos separaban demasiados años, para mí él no había sido más que un polvo, y ahora estaba embarazada de la pareja de mi mamá, de mi padrastro no formal. Me levanté enojada, envuelta en la sábana, y me fuí a la cocina. Casi me desmayé cuando ví a mi mamá mojándose la cara con el agua del lavaplatos. No alcancé a reaccionar. Ella me vió y vió a Jaime salir en pelotas de mi dormitorio. Se me fue encima.
- Maraca de mierda! Lo sabía, eres una puta!
Trataba de cubrirme y de evitar que me arañara la cara. Me agarró del pelo y me tiró al suelo, azotándome la cabeza contra el piso. Ví los testículos de Jaime moverse de manera chistosa sobre mí mientras intentaba separar a mi mamá y hacer que me soltara. Cuando logré ponerme de pie vi a mi mamá tan patética, afirmada por Jaime desnudo, sus ojos aún ebrios... tuve compasión de ella y le dije que no se preocupara, que su Jaime la amaba a ella, que conmigo ni siquiera se le había parado y que me iría de la casa ese mismo día. Volví a mi dormitorio, me vestí, metí mis libros y cuadernos en mi mochila y el resto de mis cosas en una maleta y salí.
Esperé sentada por tres horas en la esquina a que Jaime saliera. No tenía dinero. No tenía dónde ir. Pensaba en acudir a Marcos cuando Jaime salió. Me dijo que mi mamá se había metido a darse un baño de tina y no tenía mucho tiempo. Le pedí plata. Me pasó todo el efectivo que llevaba y me hizo dos cheques para que los cobrara cuando se me acabara el dinero. Me pidió que lo llamara al día siguiente. Esa noche me fuí a dormir dónde una compañera de curso y por la mañana me dirigí a la clínica donde Marcos me había hecho abortar. Hablé con el mismo médico, le dije que estaba con un atraso de una semana y que necesitaba algo para que me llegara la regla. El médico juntó las manos sobre su escritorio y me miró largamente, pero no me hizo preguntas. Me imagino que pensaría que el bebé era de Marcos, o quizás pensó que era una puta, una suelta, pero no dijo nada. Me dijo el precio. No me alcanzaba. Puse sobre el escritorio los dos cheques y el efectivo que tenía, eso era todo, necesitaba que me ayudara. Miró los cheques y me preguntó quién era Jaime. Le dije que mi padrastro. Me dijo que aceptaría los cheques y que me quedara con el efectivo. El procedimiento esta vez fue mucho más rápido. No sentí nada. No me dolió nada. Ese embarazo no significaba nada para mí. Diez minutos y de nuevo estaba tomándome un café y un ejército de píldoras. Las indicaciones fueron las mismas, a la semana debería volver a revisarme a ver que no quedara nada, pero nunca volví.
Al día siguiente no fui al colegio. Me quedé en casa de otra compañera. No me sentía mal, sólo sangraba como si tuviera la regla, así que al segundo día después del aborto fui a clases. Fue después del segundo recreo que apareció una inspectora a buscarme a la sala de clases. Se me pasaron mil películas por la cabeza. El médico me había acusado... pero si me acusaba, se iba detenido él también. Me hicieron pasar a la oficina del director. Un silencio sepulcral me envolvía y sentía cómo todos en la dirección se daban vuelta a mirarme, todos sabían mi sucio secreto. Me hicieron sentarme en la oficina del director y cerraron la puerta. El director fue el primero en hablar.
- Marguerite, la hemos llamado porque nos han informado...
La pausa se me hizo eterna. Sabía que él sabía y alargaba mi tortura. Qué era lo peor que podía pasar? Me echarían del colegio a mitad de terminar cuarto medio? Me detendrían?
- Nos han informado de la clínica que su madre se encuentra en coma. La autorizo que vaya a buscar sus cosas y vaya a ver a su madre.
Me quedé estupefacta. Qué había dicho? Le pedí que me explicara, no entendía nada.
- No sabemos los detalles, sólo que a su madre la han internado anoche en estado de coma. Tengo entendido que usted ha pernoctado en casa de una compañera y no tenían forma de avisarle más que llamando al colegio...
Me dieron la dirección de la clínica, fui a buscar mis cosas, le avisé a mi compañera que trataría de pasar más tarde a buscar mi maleta y me fui. En la micro iba como en trance. Mi mamá en coma? Qué mierda había pasado?
En la clínica estaba Jaime, ojeroso y demacrado. Me abrazó fuerte y yo lo alejé. No quería que me tocara. Pregunté qué había pasado pero no me dijo nada. Jaime me agarró de un brazo y me llevó a la cafetería. Nos sentamos en el rincón más alejado y hablamos a cuchicheos. Jaime me dijo que cuando me fui habían discutido. Mi mamá quería saberlo todo y Jaime, el muy estúpido, se lo dijo. La había dejado sola y había intentado ubicarme. Al día siguiente había vuelto, había encontrado a mi mamá en cama, con jaqueca y borracha. Me dijo que le había dado unas pastillas para dormir y más trago. Que le dió la impresión de que a mi mamá no le habían hecho efecto y había buscado unas más fuertes, y se las había dado en varias dosis, además de alcohol. Por la tarde había seguido metiéndole pastillas porque no quería que se despertara y por la noche le volvió a dar, para que durmiera de largo. Por la mañana la había encontrado sin reacción y la había llevado a la clínica.
- Pero eres estúpido o qué, lo que le has dado es una dosis mortal de somníferos!
- Lo sé... lo sé... es que... no pensé, pensé en ti y en el bebé...
- Qué bebé, tarado, si me hice un aborto!
Jaime me miró incrédulo. Quiso tomarme de las manos y lo alejé.
- Sabes qué, de mí no te preocupes, sin un engendro tuyo estoy muy bien, pero mejor anda rezando que mi mamá se muera y no te pillen, o no sabes la que se va a armar.
Fui a sentarme a la sala de espera con mis audífonos a todo volumen. Con las manos entrecruzadas y los ojos cerrados pedía a lo que fuera, a Satanás, que mi mamá se muriera, que se muriera, que se muriera.
Unas horas más tarde me llamó un médico y fuimos a la habitación de mi mamá. Me costó reconocerla con tubos saliendo de su boca y conectada a tantas máquinas. Creo que por primera vez me sentí superior a ella. El médico me informó que había sufrido muerte cerebral y que el pronóstico era que sus órganos fallarían en cualquier momento. Ni las máquinas conseguirían mantenerla con vida después de tantos años de autodestrucción. El médico me preguntó si yo pensaba que era un suicidio y le dije que sí. Lamentablemente mi querida madre llevaba muchos años deprimida, siempre quiso tener más hijos después de mí pero no pudo, y había ido aumentando el consumo de alcohol y drogas. El médico asintió, lo anotó en su informe y yo volví a sentarme en la sala de espera, con una sonrisa imperceptible en mi cara. Ya le había dicho a Jaime que se fuera y que ni se le ocurriera aparecerse en mi vida de nuevo, o le haría mierda su carrera y su familia. No me molestó nunca más.
Horas más tarde esa misma noche, fui libre para siempre.