30-01-2010

El retiro espiritual

Apenas llegué a casa después de misa falsifiqué la firma de mi mamá para autorizarme a asistir a los retiros espirituales. Había pensado en decirle que era obligación asistir, que el colegio, por ser católico, lo requería, pero preferí no decirle nada. A fin de cuentas ella salía casi todos los fines de semana y ni siquiera se fijaba si yo estaba en casa o no. No le importaría.

Los días pasaron lento hasta el viernes. Yo estaba nerviosa, tan nerviosa. No podía concentrarme. No podía estudiar. Me pasaba el día en una nube soñando despierta con Marcos y la imposibilidad de algo entre nosotros, pero soñar era gratis, no me costaba nada. Cuando por fin llegó el viernes me levanté temprano y sonriente. Estaría con él todo el fin de semana. Mi mamá ni siquiera se dió cuenta del enorme bolso que me llevé al colegio. Creo que ni siquiera estaba en la casa.

Los que íbamos al retiro espiritual teníamos permiso de salir de clases a las 11:30 en vez de las 3:30. Éramos apenas siete los que íbamos. A pesar de lo tentador de salir de clases temprano, no era tentador encerrarse un fin de semana a hablar de temas espirituales. A mí me daba igual. Mientras pudiera ver a Marcos... Creo que fue algo así como "amor a primera vista". O quizás obsesión a primera vista.

A la hora acordada estábamos con nuestros bolsos en la parroquia. Marcos nos esperaba con su propio bolso. Estaba vestido igual que la primera vez que lo vi con camisa negra y pantalon de tela negro. Se veía tan bien! También llevaba el cuello blanco de sacerdote y tuve que recordarme que era cura. Estaba un poco desilusionado de que fuéramos tan pocos pero recibió los permisos de los padres con una sonrisa. No se dió cuenta de que el mío tenía una firma falsa. Nos fuimos en un minibus.

La casa de retiro quedaba a los pies de la cordillera. Era propiedad del colegio y no nos cobraban por usarla por ser alumnos. Supongo que era suficiente con la mensualidad que pagábamos, me imagino que la cuota estaba incluida en el cheque mensual. Creo que los fines de semana restantes la casa de retiro se arrendaba a otros grupos, a viejitas artríticas que apenas podían pasar las cuentas del rosario.

En la casa de retiro vivía un matrimonio de personas mayores que cuidaban y mantenían limpio. El viejito era también el jardinero. La casa estaba dividida en cuatro dormitorios grandes con capacidad para 7 personas cada uno. Las puertas de los dormitorios daban todas a un mismo pasillo. Cada dormitorio grande tenía un baño común con duchas. El dormitorio de los sacerdotes estaba al otro extremo del pasillo. En medio del pasillo había un corredor, una especie de área abierta como una pequeña biblioteca llena de libros religiosos. De ahí se pasaba al living. Las puertas de los dormitorios no se veían desde el living. El living conectaba con el comedor y la cocina. Los cuidadores vivían en una casa aparte, a varios metros de la casa grande. Era una casa muy acogedora. Tenía un gran jardín y bancas para sentarse y meditar, lo que supongo era el objetivo. También había un altar de la Virgen María donde se podían prender velas y una pequeña fuente de agua con bancas alrededor en el extremo más alejado del jardín. El jardinero hacía un buen trabajo. Las plantas abundaban por doquier. Verde y flores, árboles y plantas pequeñas. Habían también muchas enredaderas y lagartijas que se escondían apenas oían pasos. Ahí pasaría mis fines de semana una vez al mes. Me parecía casi un paraíso. Me pregunté porqué no me había acercado a la iglesia antes. Sentí los efectos del retiro espiritual apenas llegamos.

En el bus habíamos hablado poco. Marcos se había sentado solo en el primer asiento, con un libro en las manos. Mis compañeros de retiro se habían sentado al final y hacían bromas, hablaban alto y se reían ruidosamente. Yo me senté en un asiento del medio y apoyé mi cabeza en la ventana. Pensaba en la vida. Pensaba en Ryu. Ya no me dolía haber perdido al bebé. Pensaba que incluso había sido lo mejor. Objetivamente, no me imaginaba viviendo en la miseria. Creo que me dí cuenta también de que en realidad no amaba a Ryu. Ryu había sido el primer hombre y yo había sido tonta, me había embarazado de él y lo había dejado engañarme. Lo demás que había pasado... eso prefería olvidarlo. No quería recordar esa noche, el aliento de los hombres en mi cara, el olor a cerveza y marihuana, los golpes... No. Eso lo empujaba al fondo de mi mente. Eso nunca había pasado. Me fui mirando el paisaje. No nos demoramos mucho en llegar. Tomamos nuestros bolsos y entramos a la casa. Marcos se fue directo a su dormitorio y yo seguí a mis compañeras.

Entré detrás de ellas en uno de los dormitorios. Inspeccioné las camas y escogí la que quedaba más cerca de la ventana y más lejos del baño. Las demás escogieron otras camas. Había espacio suficiente para todos. Las camas eran pequeñas, como esas camas antiguas de metal y tenían cobertores que parecían tejidos a crochet. Todo estaba decorado en tonos suaves y habías cuadros con motivos religiosos. Los hombres escogieron el dormitorio de al lado. Nos llamaron para almorzar. Los demás seguían conversando entre ellos y yo me sentía completamente ignorada, invisible. Ellos ya habían estado ahí antes, me contaron después, entre otras cosas. Marcos apareció sonriente en el comedor. Se había cambiado de ropa al igual que nosotros. Nosotros habíamos dejado el uniforme colgado y nos habíamos puesto jeans y poleras. Marcos también se había puesto jeans muy oscuros y una camisa celeste. Vestido así no parecía cura. El corazón me latía rápido al verlo.

Comimos arroz con carne y ensaladas. La señora que vivía ahí preparaba las comidas y lavaba los platos. Era muy callada, no hablaba mucho con nosotros. Me daba la impresión de ser un fantasma siempre silencioso y servicial. Mientras comíamos Marcos nos empezó a preguntar cosas. Mis compañeros y él ya se conocían, ya que habían hecho la primera comunión con él y llevaban en el colegio desde chicos. Sin darme cuenta empezaron a interrogarme. Yo era la nueva, me sentía casi como una intrusa. Así que tuve contestar varias cosas: porqué me había cambiado de colegio, qué quería estudiar cuando saliera de cuarto medio, qué equipo de fútbol me gustaba, sí tenía pololo... A todo respondí con la cara colorada mientras jugaba con la comida. Tenía un nudo en el estómago, no podía comer. Sentía que Marcos me desnudaba con la mirada y adivinaba todos mis pensamientos. Tuve esa sensación en ese momento y casi siempre después, era algo en sus ojos, algo en su forma de mirar que te hacía sentir que sabía todo de ti.

Terminamos de comer el postre y Marcos nos dijo que podríamos salir a caminar si queríamos, pero nos advirtió que no podíamos salir fuera del terreno de la casa de retiro. También podíamos estar en los dormitorios o en el living o en la biblioteca y leer. Dijo que él estaría en el patio, caminando, y que si alguien quería confesarse que podían acercarse a él en cualquier momento. Dejamos la mesa y cada uno se fue a distintos lados.

Yo me fui al dormitorio. Mis compañeras estaban ahí y hablaban a cuchicheos. Se quedaron calladas cuando entré. Me miraban. Me sentí mal. Pensé que estaban hablando de mí o algo cuando una de ellas se dirigió a las otras dos y dijo

- Ya, quien le dice a Marguerite?
- Decirme qué?
- Mira - una de ellas se animó a hablar - te vamos a contar algo, un secreto, pero júralo que no le dices a nadie.
- Está bien
- Tienes que jurarlo
- Lo juro
- Nosotras... vinimos al retiro espiritual con nuestros pololos. No sabíamos que iban a venir tan pocos pero ya que se dió la oportunidad... por la noche nos iremos a dormir con ellos. Hay cuatro dormitorios, así que te puedes quedar acá sin problemas, nosotras saldremos sin molestarte. Queremos que te quedes callada y no nos acuses.
- No, obvio que no diré nada
- Gracias! Te pasaste! - se dirigió a las otras - Ven? les dije que podíamos confiar en ella.

Salí al patio mientras ellas seguían conversando. Me senté en una banca a mirar las plantas. Se me acercó a Marcos.

- Ví que te sentaste sola en el minibus. Te pasa algo? Estás bien?
- Sí, estoy bien.
- Quieres conversar?
- Bueno...

Nos quedamos en silencio un rato. El olor de Marcos parecía seguirlo. Ah, esa sensación... Cómo traspasarla a palabras. El corazón me latía rápido, tan rápido. Tenía miedo de que se me detuviera de repente.

- Así que... eres nueva en el colegio.
- Sí
- Te gusta?
- No está mal...
- Jajaja

Me reí yo también. Marcos tenía una sonrisa hermosa, de dientes parejos y muy blancos.

- Y... tu familia que hace? Tienes hermanos?
- Soy hija única - evité hablar de mis padres
- Qué... te gusta hacer en tu tiempo libre? - Marcos no se daba por vencido.
- Leer... - Pensé en decirle "tener sexo" pero me abstuve
- Puedo recomendarte algunos libros, si quieres...
- Bueno...
- No hablas mucho, no?
- No. Quiero decir sí. Es que no sé que decir. Es primera vez que... vengo a algo así.
- No te preocupes. Quizás echas de menos a tu pololo?
- No tengo pololo - dije más rápido de lo que quise
- ah no? - Marcos levantó una ceja - Te... había visto con Christian. Pensé que estaban pololeando
- No, somos amigos solamente
- ah... - Mierda! quizás Christian le había contado algo? Preferí asegurarme.
- Yo... usted... dijo... que podíamos confesarnos...
- Sí, quieres hacerlo?
- Confesarme? - No sé porqué hice una pregunta tan estúpida. Qué pensaba? que me decía hacerlo "hacerlo"? - eh, sí!
- Está bien. Déjame ir a buscar mi estola y vuelvo.

Me quedé sentada. Empezaba a hacer frío. Subí los pies a la banca y me abracé a mí misma por las rodillas. Me sentía sola. No sabía por donde empezar mi confesión. Cuando ví volver a Marcos decidí contarle toda la verdad. Un gran error que desencadenaría en todo lo que vino después.