Durmiendo con el enemigo
- Explícame de nuevo - me dice Pablo, recostado desnudo a mi lado en la cama - por qué es que estamos aquí.
Nunca he tenido problemas en ser "sincera" con los hombres con quienes me acuesto. Es sólo Armando quien no sabe, a quien siempre he protegido.
Suspiro cansada. Pablo me hace demasiadas preguntas. Demasiadas. Y me preocupa la forma que tiene de mirarme. Hace poco más de tres semanas, cuando después de comer nos vinimos a mi departamento, departamento que por cierto Armando no sabe que tengo, él cree que lo vendí, pasó lo que yo esperaba, empezamos con besos y terminamos en la cama. Y empezaron las preguntas. Por supuesto que no le conté todo, me faltarían vidas para contarle un tercio de la mía.
Pablo me pregunta si estoy segura de amar a Armando. Le digo que no lo sé, y es la verdad a medias, porque también yo me lo he estado preguntando. No sé qué es lo que quiero junto a Armando. Armando quiere una familia, quiere hijos, quiere repetir lo que ha aprendido, reproducirse y volverse un clon de su padre. Yo sólo lo quiero a él. Cuando pienso en la posibilidad de perderlo, de que me deje, se me hace un nudo en el estómago que me provoca náuseas. Hay noches en que no puedo dormir, en que me pregunto a gritos qué es lo que estoy haciendo, qué es lo que me estoy haciendo a mí, a nosotros, pero por otro lado no puedo cambiar quien soy, cómo me hicieron, en lo que me he convertido. Y me pregunto qué pasaría si Armando se enterara de la verdad, de mi verdad, de todo lo que lo he engañado. No me perdonaría jamás.
Pablo me acaricia la mejilla y yo pienso en Armando, en la primera vez que nos besamos. Me gustaría recordar cómo fue. Quisiera tener la imagen mental de ese momento, recordar si nos acercamos como en las películas, o si me acerqué yo, y conociéndome seguramente así fue, y el primer roce con sus labios. Quisiera recordar cómo le brillaban los ojos, pero lo único que recuerdo es el profundo vértigo, la sensación de estar cayendo, lo mismo que siento todavía por él. Vértigo. No sé si el amor puede llamarse vértigo.
- ¿No crees que la respuesta a si lo amas está aquí? - me insiste Pablo.
Me aburre su actitud de caballero armado, idéntica a todos los demás, que quieren ser mis salvadores, mis redentores, el último hombre en mi vida y en mi cama, mostrarme el camino correcto, cambiarme, volverme una mujer sumisa, ama de casa, obediente, alegre. Quieren mostrarme que pueden ofrecerme algo mejor que lo que tengo.
- Pablo... que tú y yo estemos en esta cama no tiene nada que ver con mis sentimientos por Armando.
- O sea que no estás utilizando el sexo conmigo como arma para que te ayude.
- ¿Tú no crees que si nos hubiésemos conocido, por ejemplo, en un bar, no habríamos acabado en la cama? Estoy aquí porque me gustas, porque te gusto, somos adultos, podemos decidir lo que queremos hacer o no...
- Pero tú eres una adulta comprometida.
- Comprometida... por papeles, por juicios sociales. Acostándome contigo no comprometo lo que siento por Armando, son dos cosas independientes.
- A veces hablas como si fueras un hombre...
- Y quizás lo soy, no lo sé. Simplemente los sentimientos no tienen nada que ver con esto, con nosotros. A veces he pensado que hago una disociación, yo la que ama a Armando y yo, o las mil yo, que quieren satisfacer otras necesidades, y que necesariamente no coexisten en un mismo plano. Cuando estoy con Armando soy otra yo, no estoy comiéndome el coco por lo que hice, porque lo he engañado. Supongo que sería un sujeto perfecto para un estudio clínico, pero claro, jamás me dejaría analizar y tampoco puedo analizarme yo misma.
- Explícame de nuevo por qué es que no quieres embarazarte.
Lo callo a besos. Sé por qué me interroga. Pablo quiere encontrar grietas en mis respuestas, fallos en mis argumentos. Quiere tener el control sobre mí, pero no sabe que ya lo tiene, porque he cometido un error que nunca me había permitido.
Todos los hombres con quienes he engañado a Armando han tenido algo que perder en caso de que su relación conmigo eventualmente llegara a saberse. Trabajo, familia, dinero, posición social, a todos los he tenido atados con algo, un chantaje silencioso en el que a nadie le conviene que se sepa nada. Con Pablo es distinto, él no tiene nada que perder conmigo, al contrario, soy yo la que pierde todo si esto se llegara a saber. Debí darme cuenta en esa primera cita, cuando me contó de su esposa fallecida. Debí notarlo en sus besos hambrientos, en la desesperación de sus movimientos al hacerme el amor por primera vez, en las lágrimas que dejó caer en mi hombro cuando me dijo "esto no es correcto".
Nos vestimos y nos sentamos a conversar con una copa de vino. Y empezaron las preguntas. Pablo quería saber todo, absolutamente todo. Le conté que no creía en la fidelidad y él me preguntó si Armando me engañaba. Le dije que no sabía, pero que no creía que lo hiciera. Me contó de su esposa gringa fallecida a los treinta años de cáncer cervical, de lo solo que se sentía desde que había vuelto a Chile, de lo incorrecto que era involucrarse con una paciente. Yo lo miraba hablar en silencio. Bebía mi vino a sorbos, él bebía a tragos y se servía más. Lo dejé emborracharse lo suficiente para que pensara que era él quien me seducía a mí y nos fuimos a la cama de nuevo.
- No quiero embarazarme Pablo - le respondí volviendo al presente - precisamente porque no estoy segura de lo que quiero. Amo a Armando, sí, de una manera que no te imaginas y de una manera que sé que no comprendes, pero un hijo en estos momentos o en un futuro cercano no encaja en mis planes. Armando quiere una familia y si yo se la niego, no estoy segura de que quiera seguir a mi lado. Hasta entonces, hasta decidir que es lo que yo quiero, es que necesito tiempo.
- Tiempo...
- Tiempo. Tiempo para pensar.
Pablo se recuesta sobre su espalda y se lleva las manos a la cara.
- Y quieres que yo te ayude con exámenes falsos a ganar tiempo.
- No tienen por qué ser falsos Pablo. Tienes que separar esto, nosotros, y tú como médico. Hacer de cuenta que de mi vida no sabes nada, no sabes que tomo pastillas, que no quiero embarazarme... puedes hacerme todos los exámenes que le haces a tus pacientes sin pensar en lo que sabes...
- ¿Y tú crees que eso me resultará muy fácil? ¿Cómo crees que podré mirar a tu marido a la cara la próxima vez que venga a mi consulta?
- Puedes... no sé, derivarlo a un colega, decirle que tu te especializas en... ¿reproducción femenina y no masculina?
Pablo suelta una carcajada y sé que es mi momento. Me apego a él y lo beso.
- Tiempo. Sólo necesito un poco de tiempo. La cuestión es si vas a ayudarme o si tengo que buscar otro médico.
Pablo me toma de las caderas con violencia y me sienta sobre él. Se sienta y me besa y me susurra que claro que me va a ayudar, pero que no sabe cuánto tiempo podrá fingir sin que se le note lo que está pasando.
Me levanto en silencio, me doy una ducha rápida y dejo a Pablo durmiendo, semi cubierto con una sábana. Tengo una cena con mi suegra y no puedo llegar tarde. Pablo, la excusa y el cómplice perfecto, pero a la vez, no puedo dejar de sentir que en realidad estoy durmiendo con el enemigo.