21-04-2009

Prostituta

Supongo que el que me acueste con hombres por dinero me hace una prostituta. O quizás no. Todo depende del punto de vista con que se le mire.

Soy bonita, muy bonita, según los cánones de belleza actuales. Soy delgada, pero tengo un cuerpo muy formado, gracias a la herencia de mi madre. Si tengo algo que agradecerle es que me haya heredado su belleza, si es que eso es algo para agradecer, que sería lo único. Tengo el pelo largo, ondulado y negro como el azabache, el rostro ovalado y los ojos grandes y claros. Una boca bonita y la piel clara. Eso, a grandes rasgos.

El hecho de ser bonita y bien formada me acercó a los hombres y me alejó de las mujeres. Nunca tuve amigas, quienes me veían como una rival. Supongo que el instinto les advertía como era yo en el fondo, en que me convertiría, y por eso se alejaban de mí. Yo tampoco trataba de cultivar amistades, debo admitirlo. Los hombres en cambio me veían, desde temprano, como un objeto que deseaban poseer. Muchos me vieron como inalcanzable, me confesaban en la cama, sin poder creer el estar ahí, conmigo.

Supongo que debería definirme como una persona sexual. Uso el sexo para todo. Fanática? Adicta? no sé cuál es el adjetivo que queda mejor. Me gusta el sexo y lo disfruto, de una manera un tanto enferma, quizás sí, pero lo disfruto. Me excitan las primeras veces, sea quien sea. El coqueteo, el descubrimiento, los primeros besos y las primeras caricias. La mayoría de los hombres son decepcionantes. No saben como acariciar. No saben besar. No saben hacer el amor. Educados por películas pornográficas creen que a una le exita lo que allí han aprendido y no es así. O quizás es que yo soy demasiado sensible. A mi me gustan las caricias lentas y suaves, los besos que se dan rozando con los labios y no los langüetazos ni los manotazos que los hombres creen que a las mujeres les calientan porque los han visto en películas baratas.

Los hombres que me decepcionan en la cama me dejan de interesar de inmediato. Los que son buenos suelen interesarme un tiempo, pero me terminan aburriendo. Por ejemplo Albert, quien es excelente en la cama, uno de los amantes más considerados y expertos que he tenido, pero quien ya me aburre. Lo conozco, conozco su cuerpo, sé sus movimientos, preveo sus deseos y eso me desespera, me fastidia. Hubo un solo hombre que no me cansó. Armando, como siempre Armando. Cada beso de Armando era el más dulce. Cada caricia que me daba me hacía llorar de amor. Al final, cuando vinieron los problemas, me daba su amor como el amo que le tira un hueso a su perro preferido y yo lo recibía gustosa, cada migaja de su cariño. Casi me muero por Armando y aún moriría gustosa si pudiera volver a estar entre sus brazos. Armando no era un buen amante. Yo lo enseñé. Lo amoldé a mi gusto. Desde la primera vez, en que él, inexperto, pensó que yo era virgen como él. Lo eduqué sin que se diera cuenta, porque sabía que Armando estaba predestinado a ser el amor de mi vida, aunque nunca pude preveer que todo terminaría como terminó. Armando me intoxicaba, y tanto fue que me volví loca cuando terminamos. Aún estoy loca, creo.

Se aprende a ser prostituta. Se aprende a fingir orgasmos. Se aprende a conocer a cada hombre con el que una se acuesta, a saber que movimientos les gustan más y cómo hacerlos llegar al orgasmo más rápido. Me aburre el sexo últimamente, pero me he vuelto adicta. Adicta al dinero y adicta a sentirme deseada. Cuando me acuesto con alguien lo hago automáticamente, ojalá para terminar lo antes posible. Cuando vuelvo a estar sola sueño con Armando, rememorando las veces que estuve en sus brazos y deseando volver a estarlo, aunque sea por unos minutos, y me masturbo en sueños, pensando en él y en la frustración de no poder tener un orgasmo real con aquellos que me pagan.