24-04-2009

John

Mi segundo novio, con el que duré un tiempo, lo tuve a los 12 años. Él tenía 16 y se llamaba John. Era el hermano mayor de un compañero de curso. Supongo que entre Mauricio, el primer chico que me besó, y John, hubieron otros, pero no consigo recordarlo. John no era atractivo, por lo menos según lo que decían mis compañeras de curso, pero a mi me gustó la primera vez que lo ví. Él había ido a buscar a su hermano al colegio y como salíamos todos juntos, me tocó verlo ahí apoyado en la reja, esperando. Recuerdo que llevaba una camisa en colores tierra y jeans y tenía el pelo rizado y con mucho volumen, como se usaba en esos años. Al día siguiente hablé con John, porque había ido a buscar a su hermano al colegio nuevamente. Me preguntó que haría el sábado y me citó a verlo el sábado siguiente, a las 10 de la mañana, en la puerta del colegio. Le dije que si.

El padre de John era diplomático y habian llegado a Chile hacía poco. Cuando llegué al colegio ese día sábado, John ya estaba esperándome. Me dijo que quería visitar el cerro Santa Lucía y me preguntó si quería acompañarlo. Le dije que sí. Se echó a caminar y yo lo seguí como un perrito. No nos demoramos mucho en llegar al cerro. A esa hora temprana eran pocos los caminantes. Un par de personas que corrían en ropa sudada, una mujer paseando un perro. Recuerdo que era primavera y la ciudad despertaba. Se veían flores por todas partes, verde, mariposas, sol, calor. Recuerdo que John, en un español forzado, me preguntó por mis padres. No sé porqué razón sentí vergüenza. No quise contarle la verdad. Me inventé una historia creíble. Le dije que éramos una familia feliz, que mis padres se querían mucho, pero que mi papá se lo pasaba viajando y mi mamá tenía mucho trabajo, eso explicaba la razón de que tuviera la libertad de salir sola. John me preguntó cómo me iba en el colegio. Le dije que bien. Él ya lo sabía. Le había preguntado por mí a su hermano y ya había decidido que yo le gustaba. Llegamos a la cima del cerro sin mucho esfuerzo. Yo llevaba un vestido corto, con flores amarillas. John vestía pantalones cortos y una camiseta sin mangas. John se sentó en un muro de piedra, no muy alto y me pidió que me acercara. Me abrazó. Yo estaba de pie mientras él estaba sentado. Puse mi boca en su cuello y me quedé acurrucada, esperando. Él me tocó el hombro desnudo. Su cuello sabía salado y estaba caliente. Pon tu mano aquí, me pidió, mientras me guiaba a la erección oculta bajo sus pantalones cortos. Tenía un pene suave y tibio y seco. Me bajó el vestido y tocó mis senos incipientes. Estábamos solos y John no tenía miedo de que nos descubrieran. Según él, desde su posición, podía ver si alguien se acercaba. Yo quise tocarlo como mi primo me hacía tocarlo pero John me decía que así no, y me guiaba. Me enseñaba como le gustaba a él que lo tocara. Le pregunté si había tenido muchas novias y me dijo que solo dos, ambas en Inglaterra. Y tú? me preguntó. Sólo uno, le dije. John me miró extraño pero no me dijo nada. A los 12 años aprendí a identificar lo que a cada hombre le gusta rápidamente y a nunca hablarles de los hombres anteriores.

Cuando bajamos del cerro John quiso ir a dejarme a mi casa, pero yo se lo impedí. Era sábado por la mañana y podía esperarme cualquier cosa, desde una madre ausente, a una madre borracha desnuda en el sofá con el amante de turno.

Desde entonces nos vimos muy seguido con John. Él aprendió español rápido, o más bien, mejoró lo que ya sabía, y me enseñó a hablar inglés. Me invitaba a su casa, porque yo me negaba a que fuera a la mía. Una sola vez llegó de improviso a mi casa. Recuerdo que casi se me paralizó el corazón cuando mi mamá me dijo que me buscaban. Salí y ahí estaba John. Me dijo que tenía ganas de verme y que, preguntándole a su hermano, quien había preguntado a otra compañera, había averiguado mi dirección. No lo hice pasar y lo despedí lo más rápido posible. No volvió a ir a mi casa sin preguntarme.

Después de unas semanas, en que subimos el cerro cada sábado, John empezó a invitarme a ir a su casa. Su familia era maravillosa y aprendí inglés muy rápido con ellos. Yo iba a almorzar o a desayunar, según la hora, y poco a poco me fui acostumbrando a la comida inglesa. Lo pasaba muy bien y me sentía querida, aunque supongo que les parecía raro que John llevara a casa a una niña varios años menor. Ellos eran tres hermanos, John era el mayor, luego le seguía Maurice, que era mi compañero y el hermano menor Nicholas, un año menor que yo. Los padres de John no decían nada. Siempre me trataron con mucho cariño. Después de comer la familia, es decir los padres y los dos chicos menores, solían salir de paseo y John y yo nos quedábamos solos. John ponía música o hacía algo de beber, y nos besábamos hasta que se nos dormía la lengua. John bebía a veces alcohol o fumaba marihuana, pero nunca me ofreció. Solíamos desnudarnos y acariciarnos en el suelo, o sobre cojines. Nunca lo ví eyacular, a pesar de que, según yo, traté de estimularlo. Yo hacía lo que había visto hacer a mi primo pero según John lo hacía mal. Él trataba de corregirme, pero se daba por vencido. Me parecía tan difícil masturbarlo. Me dolía la mano y me cansaba muy rápido. Entonces John prefería fumarse un porro.

Así pasaron los meses. Con John nos veíamos a veces en las noches, cuando llegó el verano. Entonces salíamos a pasear, mirábamos en los puestos de ferias artesanales y caminábamos de la mano. Yo me sentía la persona más feliz del mundo. Cuando nos quedábamos solos yo trataba de llegar hasta el final, pero John siempre se negó. Supongo que le daba miedo dejarme embarazada. Sus padres eran muy abiertos con el tema y, según me contaba él, lo habrían matado de haber dejado embarazada a alguien. Cuando yo insistía, John se levantaba, se vestía y me decía que ya estaba bien, que saliéramos a dar una vuelta. Yo me vestía enojada y salíamos. Después de un rato se me pasaba el enojo. John me decía que no quería hacerme daño. Que mi primera vez tenía que ser especial y que si tenía que ser él el primero, aún no era el momento.

En enero, a fines de enero, trasladaron al padre de John a Brasil y lo siguió toda la familia. Lloré mucho, pero no había nada que hacer. John me llamó un par de veces desde Brasil. Me contaba sobre las garotinhas que tomaban el sol semi desnudas en la playa y sobre la caipiroska, lo nuevo que solía beber. Años después la familia de John volvió a Chile, pero John se quedó en Brasil. Se había casado con una brasileña y de acuerdo a lo que me contó su padre, era feliz. Su padre me recordaba con mucho cariño y me pidió que mantuviera el contacto, pero nunca lo hice. No pude. Siempre he recordado a John con cariño.