15-04-2009

Mi vida hoy

Hace poco más de dos años escribí por última vez. Armando se moría irremediablemente y con él me moría yo. Traté de suicidarme varias veces sin resultados. No soy ni lo suficientemente valiente ni lo suficientemente cobarde para quitarme la vida. Dos largos años en los que casi nada ha cambiado. He perdido un par de kilos, tengo el pelo de otra forma y sigo amando a Armando, con toda mi alma.

Armando sufrió un accidente automovilístico hace dos años, motivo por el que empecé este blog. Estuvo a punto de morir. Medio país siguió la noticia por televisión y cuando nadie se lo esperaba, Armando pareció resucitar de entre los muertos y se recuperó. Él volvió poco a poco a su vida y yo me hundí más y más en la muerte. Armando tuvo la suerte de recuperarse completamente y rehacer su vida. Hoy está comprometido para casarse y mis días pasan vacíos, en la espera de nada, pensando en él.

A Armando lo conocí cuando ambos éramos estudiantes, el de ingeniería y yo de enfermería. Fuimos, durante un tiempo, la pareja ideal, vista desde fuera. La verdad es que yo me enamoré de Armando a primera vista y lo enamoré rápidamente. Armando es de buena familia, antiguos millonarios que con el paso del tiempo se han gastado todo y lo único que les queda son una casa que se ve hermosa por fuera pero que se cae a pedazos por dentro, un apellido de alcurnia y sus preciosos genes, que cuidan no se mezclen con alguien de clase inferior a la de ellos, por ejemplo, con los míos. Tardé un tiempo en darme cuenta de esto. La familia de Armando nunca me quiso realmente, hasta que me volví prostituta y empecé a mantenerlos. Claro que ellos nunca supieron de donde sacaba yo el dinero, o quizás se lo imaginaban, pero nunca dijeron nada. Yo me inventaba trabajos por aquí y por allá, para tener tiempo para mis citas y para justificar mi abultada cuenta bancaria. Mi trabajo como enfermera me permitía tener turnos de noche sin levantar sospechas. Fue un tiempo estresante, cuando tenía varios teléfonos celulares que tenía que esconder de Armando. Ahora ya no me escondo de nadie, ya no me estreso, pero extraño a Armando.

Mi vida es fácil, pero me siento sola. Nadie sabe abiertamente a qué me dedico, ni yo se los diría, por supuesto. Eso me sepultaría inmediatamente. Hace años que no ejerzo como enfermera ni trabajo en nada. No lo necesito. Quizás algún día pueda contar mi vida, daría para escribir un libro, el cómo crecí y el cómo llegué a ser lo que soy ahora. Algún día lo haré.

Armando, Armando... tiene una novia rancia de apellido imposible, ojos azules, nariz respingada y pelo rubio ceniza tan falso como el amor que ella le tiene a Armando. A veces he pensado en aparecerme en la casa de Armando y ver que pasa. Yo sé que me sigue queriendo. Tiene que seguir queriéndome. Esto es lo que pienso a diario, que Armando me sigue amando pero no se atreve a decírmelo, a buscarme. Esto es lo que me mantiene viva, lejos de las pastillas para dormir, los cuchillos, las sogas y las líneas del metro.