La fiesta
Me duele horrorosamente la cabeza. Ayer vino tanta gente, conocidos míos, compañeros de trabajo de Armando, Pablo...
Y Carolina me dió una de las peores sorpresas. Apareció con Marcelo. Tuve que mirarlo dos veces para reconocerlo, por dios qué cambiado que está. Del profesor pobretón artista ahora está mino mino. El pelo en un corte que le quedaba perfecto, menos delgado que la última vez que lo vi, de cuerpo me imagino que va al gimnasio porque la camisa negra se le pegaba a unos músculos bien marcados que antes definitivamente no tenía. La barba bien recortada, una mirada profunda, una sonrisa de la que no tenía memoria, blanca, perfecta, masticando un chicle eterno e invisible. Me saludó con un beso bien apretado en la mejilla y fue a servirse una cerveza.
- ¿Estás loca? ¿Por qué viniste con Marcelo?
- Ah, es que se me había olvidado contarte que me aceptaron para el magíster. Ayer fui a la facultad y me encontré con Marcelo, me preguntó por ti, le dije que por qué no venía hoy conmigo y te preguntaba él en persona...
Decir que me dieron ganas de matarla es poco. Es mi amiga desde hace muchos años, pero a veces simplemente no piensa.
Estaba a punto de decirle a Carolina que viera una forma de que Marcelo se fuera cuando vi aparecer a Pablo.
- ¿Y ese mino quien es?
- Es mi médico
- ¿tu qué?
- Mi ginecólogo
- Noooo, hueona, no te creeeeo, ¡pero tremendo mino! ¡A ver si me animo a hacerme una revisión yo!
- Claro, si lo que estás buscando en una inseminación artificial...
- ¿Qué?
- Que es mi ginecólogo en fertilidad... Armando quiere saber por qué no nos hemos embarazado, qué gusto de hablarlo en plural como si fuera él a cargar con un crío.
- Oye pero... ¿y por qué lo invitaste?
Tuve que tomar aire antes de contestarle.
- No lo invité... se dió una situación y...
- Noooo. ¿No me digai que te lo estai agarrando?
- ¿Te traigo un micrófono para que te escuche todo el mundo?
- Marguerite, ¡erí demasiado turbia! ¡me encanta!
Marcelo había vuelto con una botella de cerveza y se paró a mi lado. Olía bien. Carolina nos dejó solos con un guiño, la muy tonta.
- Así que... casada y convertida en toda una señora.
- Te ves bien Marcelo.
- Tú también Marguerite.
- Y... ¿qué hay de nuevo? ¿Cómo está tu hijo?
- Bien, bien... - y empezó a contarme maravillas de su hijo, que no escuché ni la mitad.
- ¿Qué estás haciendo aquí Marcelo? ¿Por qué viniste? - lo interrumpí.
- Quería verte... conocer al famoso Armando del que tanto me hablabas hace tres años...
- ¿Estás saliendo con alguien?
Marcelo se puso colorado.
- Sí... es una colega... se llama Verónica. Nada serio todavía.
- Felicitaciones.
- Y tú... ¿estás?...
- ¿Me quieres preguntar si sigo en lo mismo?
- Sigues igual de directa.
- Qué quieres que te responda Marcelo. Que no, ¿que ahora soy una fiel ama de casa amante de su esposo?
- Simplemente quiero saber si estás bien.
- Estoy bien.
- El tono de tu voz dice lo contrario.
- ¿Y desde cuando me conoces tan bien?
Me ponía nerviosa ver a Pablo hablando con Armando en el patio. Se reían mientras intentaban llenar los vasos con cerveza. Armando apoyó la mano en el hombro de Pablo mientras Pablo bebía y me miraba. Armando fue a abrir la puerta cuando tocaron el timbre y Pablo continuó mirándome desde el patio.
- No pierdes tu toque mágico con los hombres Marguerite - me dijo Marcelo, que había seguido mi mirada.
- ¿Te gustaría que nos viéramos? ¿En privado?
Noté el pequeño saltito, la sonrisa de Marcelo, el destello en sus ojos. Intenté fijarme en su chicle invisible.
- ¿Estás proponiéndome...?
- Que nos veamos en otra ocasión, que hablemos, pero no aquí.
Otra sonrisa, esta vez más amplia.
- Claro, me encantaría... vernos de nuevo.
- Ok. Juntémonos en el café de Pio Nono al que solíamos ir, el lunes, ¿a eso de las cinco puedes?
- Si, claro que puedo.
- Nos vemos ahí entonces. Ahora... puedes quedarte, conversar con la perna de Carolina... no sé, lo que quieras, pero discúlpame que te deje solo, me pone nerviosa estar conversando contigo aquí...
- No te preocupes, es entendible. Creo que prefiero que nos veamos... el lunes.
Marcelo se despidió para mi alivio y se fue. Se me acercó Pablo.
- Me cae bien Armando...
- ¿Te cae bien?
- Sí... no deberías... hacer lo que le estás haciendo.
- ¿Ahora eres su ángel guardián?
- Marguerite he estado pensando... en que no puedo seguir ayudándote.
- ¿Te parece que este es el momento y el lugar?
- No podemos seguir con lo que estamos haciendo. Pasado el año nuevo los derivaré a otro especialista. No sé con qué motivos, tengo que pensarlo, pero te aviso para que lo sepas desde ya. Creo que no deberías contarle nada de lo que me contaste a mí, es muy difícil mantener una actitud neutral cuando...
- Pablo, en serio, este no es el momento.
- Y lo último... ya no quiero que nos sigamos viendo... como hasta ahora. Nunca debió pasar...
- ¿Estás terminando conmigo?
- Supongo...
- Supones...
- Si, estoy terminando con... lo que sea que hayamos tenido.
- Pablo, este no es el lugar...
- Ya no podemos vernos de nuevo Marguerite. Apenas salga por esa puerta, ya no nos veremos más...
Suspiré y me bebi lo que me quedaba en la copa. Primero Marcelo, ahora Pablo.
- Podría decirte que como quieras Pablo, que me da igual, pero no me da igual. Pero este no es el lugar para hablar ni de lo primero ni de lo segundo, si no quieres que nos veamos en mi departamento puedo ir, como paciente, a tu consulta y ahí...
En eso apareció Susana, agarrándome de la cintura como si fuésemos las mejores amigas del mundo, y para variar oyendo el final de la conversación.
- ¿Qué? ¿Qué pasa con la consulta?
- Nada... estábamos hablando de si tengo que ir de nuevo antes o después de navidad...
- Uy... ¡yo diría que después de año nuevo! Estamos tapados en pega, ¿cierto doctor?
- Cierto... - dijo Pablo.
Susana olía a perfume barato y estaba maquillada con tanta exageración que se le notaban los vellos de la cara cubiertos en base. Nunca me había fijado en que tiene un poco de cara de caballo. Los dejé solos.
Armando me presentó a Merete, su nueva compañera de trabajo, una sueca que lleva apenas unos meses en Chile y de la que me había hablado varias veces. Muy bonita la mujer, rubia, de melena hasta los hombros, ojos celestes, cara cuadrada. Me daba la impresión de que le coqueteaba a Armando de una manera tosca, nada femenina. Había oído que los escandinavos, sobre todo con alcohol en el cuerpo, eran bastante desinhibidos, pero sus formas me superaban. De repente se le cayó "algo" de las manos y cuando se agachó a recogerlo, quedó con la cabeza a la altura de la entrepierna de Armando e hizo una broma, que hizo a Armando ponerse rojo hasta las orejas. Si así era delante mío, ¿le coqueteaba en el trabajo también? No tenía tiempo para pensar en eso, Pablo todavía andaba dando vueltas con Susana colgada de su brazo. Quería hablar con él antes de que se fuera.
Merete me presentó a su pareja, entendí que no estaban casados. Thomas, un sueco de ojos castaños y nariz recta, que técnicamente le da diez patadas a Armando en atractivo, me sonrió y me dió la mano. Con ese hombre, no entendí por qué Merete le estaba coqueteando a Armando, o quizás no le estaba coqueteando y eran simples diferencias culturales.
Thomas hablaba un español horroroso, así que seguimos hablando en inglés. Thomas tenía una frente amplia, ojos preciosos, cara muy varonil, demasiado mino, iba vestido de camisa pero sin corbata y me miraba sin parar, sonriendo a cada rato. Otra gente se nos acercaba y luego se iban, pero Thomas seguía hablándome. No estaba segura de si me estaba coqueteando, pero eso me parecía. Se nos acercó Pablo y se unió a la conversación sobre el calor, la comida, los chilenos. En un momento en que Thomas fue a buscar algo para beber, Pablo me habló bastante enojado.
- No pierdes el tiempo tú Marguerite... coqueteando con el sueco...
- ¿Estás bromeando?
- ¿Lo estoy? Crees que no se notan las miradas, las sonrisitas... me sorprende que nadie más se de cuenta.
El resto de la noche fue así, con Thomas buscándome a cada rato para conversar, Pablo y sus indirectas, Armando y la sueca... no es de extrañar que sienta que la jaqueca me revienta la cabeza.
Mañana veré a Marcelo, aún no sé para qué o por qué lo cité, pero ya está hecho. Thomas me dió su número de teléfono y me pidió que le mostrara Santiago, ahora que salgo de clases y él no tiene nada que hacer, mientras Merete y Armando están ocupados con un proyecto. Y Pablo... con Pablo no sé qué voy a hacer.