20-12-2012

Thomas

Ayer me junté con Thomas por la mañana. Armando se fue temprano, tomé desayuno y lo pasé a buscar a su departamento. Me sonrió, qué sonrisa más linda que tiene ese hombre, y me invitó a pasar. Me ofreció una taza de un café fuertísimo que él se bebió como si hubiese sido leche. El plan era llevarlo al cerro San Cristóbal, típico turista, así que salimos. No contaba con que el día estuviera horrible, chispeó todo el camino hasta la cima. Ya veía que se nos había arruinado el día, habían anunciado lluvia para el resto de la tarde. Pensé en ir a dejarlo a su departamento, pero me daba lata quedarme si me lo pedía. Tampoco quería llevarlo a mi casa. Le dije que tenía que ir a darle agua a las plantas de una amiga que andaba de vacaciones y le pregunté si me quería acompañar, ya que de todas maneras no tardaría en llover. Aceptó.

En el camino compramos una tabla de quesos, galletas, sushi, cerveza y vino. Nos instalamos en el living, puse música, velas. Thomas me preguntó si era verdad lo de mi amiga y sus plantas y cuando le pregunté por qué, me dijo que no veía plantas en ninguna parte, y que yo parecía en mi casa.

Me reí. Qué tonta. Le dije que era mi departamento de soltera, que apenas a un año de casada, aún no me acostumbraba a la vida de pareja, que a veces necesitaba estar a solas, estudiar. Por supuesto Armando no sabía nada de esto. Nos casamos con bienes separados, algo que parece en Suecia no tienen, porque tuve que explicarle de qué se trataba, y le dije que era una inversión a futuro, nunca está demás tener una propiedad, sobre todo si la tienes pagada del todo.

Comimos, vimos una película, hablamos, nos reímos un montón. Thomas me comentaba las cosas que le parecían extrañas de Chile, que se pudiera comprar alcohol casi en cualquier esquina y a cualquier hora, lo amorosa que era la gente, lo raro que era vivir una época navideña en pleno verano. Afuera la lluvia le pegaba fuerte a las ventanas y en Providencia había un taco horrible. Armando y Merete no llegan hasta el sábado, así que le pregunté si quería que lo fuese a dejar, con taco y todo, o prefería que nos quedáramos ahí. Me dijo que no le importaba quedarse. Le advertí que tenía una sola cama y vi el destello en sus ojos, la sonrisa mal disimulada. Le aclaré que yo podría dormir en el sillón. Me tomó del cuello, enredando sus dedos largos en mi pelo, y me besó.

Bajé a comprar algo más para comer y beber ya que nos quedaríamos ahí esa noche. Hablé con Armando, le dije que me acostaría temprano, para evitar que me llamara, que me dolía la cabeza. Cuando volví, Thomas había preparado pasta que encontró en la cocina y servido más vino. Comimos. Lo llamó Merete. No entendí qué le decía, el sueco sonaba a alemán, me pareció, gutural y cantado a la vez.

Me fijé bien en Thomas, sus dientes perfectos, las arruguitas alrededor de sus ojos, el lunar en su mejilla izquierda, los pelos rubio oscuro de sus brazos, la frente amplia. Lavé los platos y volvimos a sentarnos en el sofá. Y nos besamos. Por horas. Ya no sentía mis labios cuando nos fuimos a la cama.

Thomas me dió una mirada extraña cuando le dije que en el velador habian condones, pero no me dijo nada. No puedo decir que Thomas es un amante excepcional, simplemente promedio, pero obviamente estaba el excitamiento de probar con alguien nuevo, ese puntapié inicial de adrenalina al estar con alguien por primera vez, descubrir a que huele, a que sabe. Qué le gusta y qué no le gusta, cómo se sienten sus manos desconocidas recorriéndote el cuerpo, amasándote la piel.

Tuvimos sexo hasta que Thomas confesó que no podía más, estaba exhausto. Yo nunca lo estoy, nunca consigo llenar ese vacío, luego del éxtasis del orgasmo, en que siento que podría morirme ahí mismo de placer, siempre vuelvo a sentir vacío, a querer más.

Thomas se levantó al baño, quería ducharse, y yo me quedé acostada en la cama, fumándome un cigarro. De repente escuché que cerraba la llave y me preguntaba si me había llegado la regla, que el condón tenía algo de sangre. Me senté. Entre mis piernas corría un hilillo de sangre. No podía ser, faltaba una semana para que me llegara y yo suelo ser muy puntual.

Fue un poco extraño dormir con Thomas. No conseguía acomodarme ni conciliar el sueño. Su abrazo no era el abrazo de Armando y hacía tanto tiempo que no dormía con otro hombre... el sexo es una cosa, pasar la noche es otra.

Por la mañana lo fui a dejar, fui a mi casa a desayunar, dormir algo, ducharme y cambiarme de ropa. Me arreglé a propósito y me fui a ver a Pablo. Había pensado en comentarle lo del sangrado, pero por la mañana no tenía nada. Quizás lo habíamos hecho con demasiado entusiasmo con Thomas, alguna vez me pasó, cuando más joven. Pablo me vió después del almuerzo y le pedí que habláramos, antes de que tomara cualquier decisión. Lo que pasó después, no me lo habría imaginado nunca.