Después de los dos meses
Fue un mes y medio terrible el que pasé embarazada hasta que Marcos volvió de Roma. Yo tenía casi cuatro meses ya, y una pancita incipiente que ocultaba con una faja. No me decidí a hacerme el aborto con la mujer de los dientes podridos, me daba miedo que me dejara estéril o que me matara de una infección y dado el avanzado estado, no tenía más opciones que la de esperar.
Yo no sabía como iba a reaccionar Marcos. En los momentos en que me sentía optimista me gustaba imaginarme que Marcos se alegraría, que me diría que ese niño era prueba de nuestro amor y que todo iba a estar bien, pero lo cierto es que el optimismo me duraba muy poco. Volvía a recordarme que Marcos era sacerdote y que probablemente no dejaría el sacerdocio por mí. Nunca me dijo que me amaba, sí que me quería, pero el ansiado "te amo" jamás salió de sus labios.
Yo sabía el día que Marcos volvía, pero tuve que esperar dos o tres días para verlo. Fue en la misa del colegio. Marcos seguía tal como lo recordaba, tal como lo había soñado cada noche y tal cual era en realidad: un cura católico, el cura con el que llevaba meses acostándome y de quien esperaba un hijo. El bebé era lo único que tenía en la cabeza todo el tiempo, eso y el no saber qué hacer.
Marcos se veía feliz. Hablé con él unos segundos después de la misa y me dijo que me pasaría a buscar esa noche, donde siempre.
Me fui a mi casa nerviosa. Ese era el momento de la verdad, de saber qué pasaría con nosotros. Ya había pasado el tiempo de hacer un aborto, ahora quedaba saber si Marcos se haría responsable o me dejaría sola con el niño. Me bañé, me arreglé y después de pensarlo mucho, me puse la faja. Marcos me pasó a buscar puntual. Nos fuimos a un mirador y estacionamos ahí.
Marcos me abrazó y me besó y me dijo que me echaba de menos. Empezó a meterme la mano debajo de la polera y yo lo detuve. No me había preguntado nada en todo el trayecto. No me había preguntado cómo estaba, ni qué había hecho, ni siquiera cómo me había ido en clases durante los dos meses que habíamos estado separados. Para él era como si nos hubiéramos separado el día anterior. Para mí habían sido dos meses infernales.
- Qué pasa ahora...
- Nada. No me preguntas nada...
- Nada de qué?
- De mí, de cómo he estado...
- Eso podemos hacerlo después. Ahora lo único que quiero es comerte a besos...
Marcos reclinó los asientos y volvió al ataque. Yo me dejé hacer. Marcos me tocaba la entrepierna, en un burdo intento de excitarme. Me subió la polera y vió que llevaba faja.
- Y esto?
- Estoy embarazada.
- Qué?
- Que estoy embarazada!
Nos sentamos ambos. Marcos puso las manos en el volante y miró hacia el frente mientras yo me arreglaba la ropa.
- Y me lo dices así?
- Y cómo quieres que te lo diga?
- Cuándo... cuánto... de cuándo estás?
- Casi cuatro meses
- Fuiste al médico?
- Sí, lo confirmé la semana después de que te fuiste a Roma.
- Es mío?
La pregunta me hirió. Me puse a llorar.
- Tú qué crees?
- No quise... preguntarte así, disculpa...
Nos quedamos en silencio. Marcos no me abrazó mientras yo sollozaba ni me dirigió una sola mirada. Fue él quien habló primero.
- Por qué no me avisaste?
- No tenía dónde!
- Pensaste en hacerte un aborto?
- Sí... Traté todo, me tomé pastillas anticonceptivas, té de hierbas...
- Esas tonteras nunca funcionan
- Fui a ver a una mujer. Me cobraba doscientos mil pesos, pero me dió miedo
- Y ahora estás de cuatro meses...
- Casi cuatro
- Qué estupidez haber esperado tanto! Ahora va a ser más difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a hacerte el aborto...
Marcos encendió el auto y condujo lento y en silencio hasta mi casa. Yo no sabía qué decir. Todo estaba dicho. Un segundo aborto en menos de un año.
- Déjame pensar en algo. Ven el lunes a la confesión, ahí hablaremos.
Esa fue toda la despedida de Marcos.
Me fui a mi dormitorio y me tendí en la cama y no me levanté en todo el fin de semana. Eso era todo. Eso era el fin entre Marcos y yo. El día domingo por la noche, recuerdo, me acosté en silencio después de haber estado en baño. Cada vez que iba al baño veía mi ropa interior con detenimiento, con esperanza de encontrar alguna gota de sangre que fuera la señal, el inicio del fin de mi embarazo. Me acosté con la luz apagada, sobre mi espalda, y puse ambas manos en mi vientre, entrelazadas. Creo que fue la primera vez en que realmente fui consciente de que llevaba un niño en mi interior, un ser humano, un alma, un ser inocente. Unas lágrimas tibias me corrían por las mejillas y la garganta me dolía en un nudo apretado. Pensé en no hacerme un aborto, pensé en no ir más al colegio, desaparecer, vivir en la calle, cualquier cosa, pero quedarme con ese niño. Hasta ese momento yo aún quería ser madre, algún día, pero ser madre, aunque ese algún día hubiera llegado demasiados años muy temprano. Hasta ese momento aún era capaz de amar. Amaba a Marcos y amaría a ese hijo, hijo de mi amor por Marcos, sin importar si Marcos no me apoyaba. Pero Marcos era más fuerte que yo, sabía que yo acabaría haciendo lo que él me ordenara que hiciera. No quería dañarlo. No quería ser un estorbo para él. Si solo me dejara conservar a mi hijo, pensaba, me las arreglaría sola, sin ser una molestia. Y quizás con el tiempo, cuando el bebé hubiera nacido, quizás Marcos cambiaría de opinión...
Fue entonces cuando sentí un movimiento en mi vientre, una oleada delicada bajo la piel de mi vientre, un borboteo de mariposa bajo mis manos. Era la primera vez que sentía al bebé moverse y lo interpreté como la señal que estaba esperando. Ese bebé quería vivir y yo quería que viviera. Lloré con fuerza hasta que me dió hipo. Ya no estaba sola. Ese niño estaba conmigo. Enfrentaría a Marcos al día siguiente, y al mundo entero.