Y ahora qué
Siento el cuerpo tan frío, tan frío. Llevo una semana en Río de Janeiro, sola. Necesitaba tiempo sola después de todo lo que ha pasado.
Es todo tan confuso... me he pasado esta semana entre dopada, tapada hasta el cuello a pesar del sol que hay afuera, las cortinas cerradas, apenas he tocado la comida. Me siento vacía, como si el sangrado, el aborto, se hubiese llevado todo lo que me quedaba dentro, y ahora ya no tengo nada, nada más.
Sé que Marcos habló con Pablo. No tengo claro qué le dijo, algo como que todo lo que me había pasado era culpa de él, de su poca profesionalidad, de su acoso. Sé que lo amenazó, le dijo que yo no quería denunciarlo pero que él, como sacerdote, lo haría, y que no dudara de que lo iba a destruir. El último día que ví a Pablo, más pálido y delgado que nunca, sus ojos grises húmedos, fue el día en que tal como había dicho el cura gallego, empecé a sangrar.
Ese día me propuse cambiar. Todo el lío en que me había metido había sido únicamente por mi culpa, por estúpida. Todo estaba tan bien, dentro de todo, con Armando... y yo, una vez más, me las había arreglado para echar todo a perder.
Lloré, no por ese bebé que perdía, ese pequeño Pablito con el que me había autotorturado imaginándomelo idéntico a Pablo, en una versión pequeña, pero por mí, por como no soy capaz de conservar la cordura, por cómo soy capaz de arruinar mi vida una y otra y otra vez.
Estuve tres días en cama, sangrando horrores, con contracciones dolorosas, con Armando suplicándome que fuéramos al hospital y yo negándome por miedo a que descubrieran que había sido un aborto provocado, aterrorizada a la vez de que la hemorragia no disminuyera. Tres días con sangrado intenso y luego fue como una regla normal y pude levantarme de nuevo.
Armando... la pasó tan mal. Lo veía con los ojos enrojecidos todo el tiempo, lo escuchaba sollozar desde el primer piso, pero no lloraba delante mío. Recién ahí me dí cuenta de lo mucho que importaba para él tener un hijo, y me sentí mal, pensando además en lo que me había dicho Pablo, en que probablemente Armando era infértil. No sabía que haría ahora. No podría decirle que fuésemos a un especialista por su bajo recuento de espermios, porque descubriría que el bebé no era de él. Lo mejor que podría hacer era esperar, un par de años quizás. Hasta pensé en hacerme la embarazada y perder a los bebés, abortos espontáneos falsos con cierta regularidad, que le hicieran pensar que era yo la que no podía embarazarse. No iba a ser fácil, pero no era imposible, conseguirme con alguna ex compañera orina de embarazada, falsificar tests de embarazo, que cada vez que me llegara la regla fuera como que estaba sufriendo un aborto espontáneo... eso no sería difícil, podría regular cuando quisiera que me llegara el periodo con las pastillas anticonceptivas, pero ¿cuánto tiempo podría estar así? un par de años quizás, y luego qué. Luego iríamos a un especialista que volvería a tomar exámenes, que descubriría que no tengo nada, que al contrario, soy la fertilidad personificada en la mala suerte, que me quedo embarazada al menor intento, que es Armando el del problema. Quizás en el intertanto podría pasar "algo" que hiciese que Armando fuera menos fértil, un cambio en la dieta, exposición a algo... todo eso pensaba. Mientras, lo importante era ganar tiempo, y para eso estaba dispuesta a hacerme la embarazada que no puede seguir con su embarazo por más de dos meses el tiempo que fuese necesario. Necesitaba recuperar nuestra documentación de la consulta de Pablo lo antes posible.
De ahí... empieza mi confusión. El jueves, apenas estuve en condiciones de levantarme, fui a la consulta de Pablo. Sabía que él no estaría ahí, pero si estaba Susana. La había llamado y fui a la hora de almuerzo. La invité a almorzar y le pedí que me pasara la documentación de nuestros estudios. Le dije que Armando quería consultar con un especialista gringo, que habíamos planeado irnos de vacaciones de Nueva York, que quería saber si había algo que mereciera la pena revisar exhaustivamente. Durante el almuerzo ella me intentaba convencer con la boca llena de ensalada que Pablo era un buen médico, que para qué iba a ir a otro especialista, que lo mejor en todo caso era guardar reposo y esperar un mes al menos a intentarlo de nuevo, que por la mañana había mirado el expediente y había encontrado todo normal y que si ya me había embarazado una vez... era sólo cosa de esperar.
Todo normal... ¿Había falsificado Pablo algo? seguí hojeando con manos temblorosas mientras Susana seguía hablando y comiendo. Los exámenes de Armando. Recuento de espermios: normal. Morfología: normal. Motilidad: normal. Todo estaba normal, todo dentro de los rangos estimados.
Le pregunté a Susana si esto se había analizado en la misma consulta y me dijo que por supuesto que no, que se mandaba a un laboratorio externo, yo misma podía ver el membrete, y me volvió a repetir que si ya me había embarazado eso quería decir que Armando no tenía problemas y siguió hablando, pero no la oí, algo sobre mujeres que tienen abortos naturales y es completamente normal y no sé qué porcentaje de qué.
Anoté el número del laboratorio y llamé después de almuerzo, haciéndome pasar por Susana. Les dije que por un tonto error, había derramado café sobre el informe. Les pedí que me reenviaran otro por fax, pero que tenía a los pacientes en la consulta ahora, esperando por el médico, y que si me repetían los valores para pasárselos al médico, me salvarían la vida.
Sentí como me caía en un hondo precipicio cuando escuché los mismos valores que ya había leído. Todo estaba normal con Armando. Pablo me había mentido. ¿Y si el bebé era de Armando? ¿Y si había abortado un hijo de Armando? ¿Cuáles eran las posibilidades de que hubiese sido de Pablo, luego de haberlo hecho una vez sin condón, versus de Armando, que lo habíamos hecho casi diario? Me sentí enferma.
Me llamó Marcos para decirme que Armando había estado en la iglesia. Marcos se iba al día siguiente y me dijo que me fuera a la casa y hablara con Armando, que él no me podía decir lo que habían hablado, pero que yo tenía que hablar con Armando. Me dijo también que si necesitaba tiempo sola, que me fuera a Punta Arenas por unas semanas. Le insistí que me contara de qué se trataba y el muy estúpido me dijo que no podía, que era secreto de confesión, pero que hablara con Armando.
Le corté con rabia. Ahora se hacía el sacerdote, correcto y preocupado. Me pasé mil películas. ¿Por qué mierda había ido Armando a hablar con Marcos? ¿Qué sabía? ¿Qué le había dicho Marcos a Armando? Me fui a la casa y ahí estaba Armando, pálido, ojeroso, con una copa de vino en la mano, mirando al vacío. Sentí que se me revolvió el estómago. Armando lo sabía todo. El maldito de Pablo se lo había dicho, estaba segura. Me senté frente a él.
- ¿Dónde estabas?
- Fui... - pensé en decirle que con Susana, en que había ido a una revisión o algo, pero pensé que empeoraría las cosas. - salí a caminar a un parque un rato, necesitaba aire... - le dije al fin.
- Marguerite, necesitamos hablar... - me dijo sin mirarme.
Tragué saliva y me hice la desentendida.
- Hoy... estuve con el padre Marcos. Necesitaba hablar con alguien... sobre... lo que ha pasado, sobre el bebé.
Mierda, mierda, mierda, pensé. Pablo le contó todo.
- Siento que... todo esto que ha pasado... es mi culpa.
- ¿Tu culpa?
- El que hayas perdido al bebé... ya no podía más Marguerite, con el cargo de conciencia. Me puse tan feliz cuando supe que estabas esperando un hijo mío - hijo mío... no sabía lo de Pablo entonces - después de todos estos meses... estaba tan preocupado, y ahora tan feliz... y cuando lo perdiste... supe que era mi culpa... y ya no daba más, fui a hablar con el padre Marcos...
- Armando... ¿de qué estás hablando?
- Yo... te engañé Marguerite... - se puso a llorar - cuando perdiste al bebé... entendí que era mi castigo por lo que hice... - entre sollozos me costaba entenderle - y todo es mi culpa y tú estás pagando por algo que no debes y el bebé - inentendible ahora lo que decía.
- ¿Me cagaste?
- Fui a hablar con el padre Marcos porque ya no daba más... el peso...
- ¿Cuándo?
Levantó la vista y se secó las lágrimas.
- ¿Qué?
- Que cuándo fue que me engañaste.
- ¿Es importante eso ahora?
- Fue con Merete, ¿no es cierto?
Su súbita palidez me bastó como respuesta.
- Marguerite...
- Por favor, Armando, no seas más conchadetumadre de lo que eres. Solamente te estoy preguntando cuándo fue.
- El... fin de semana cuando te asaltaron...
O sea que si estaba acostado, y con ella, cuando lo llamé.
Me quedé sentada, la barbilla apoyada en mi mano, pensando. ¿Qué sentía? No sabría describirlo. No era rabia. No era desilusión. No sé qué era. Por otro lado, me decía a mi misma, cúantas veces no he engañado yo a Armando. Cuánto no me imaginé las últimas semanas qué iba a hacer si Pablo decidía contarle a Armando. ¿Qué esperaba que pasara si hubiese sido al revés? ¿Qué reacción me imaginaba de Armando si él se llegase enterar de que yo le había sido infiel? Pero Armando no lo sabía y yo no podía reaccionar como que no me importase.
- ¿Cuántas veces fue?
- Sólo esa vez.
- No te creo.
- Es la verdad... y no sabes cómo me ha pesado Marguerite.
- ¿Puedes ser más cínico? ¿Te ha pesado? ¿Crees que no me dí cuenta del coqueteo cuando vinieron para la navidad? Más encima, cuando me pediste que querías cumplir tus... fantasías... ¿crees que no me di cuenta de que querías hacerlo con ella? ¿Cómo es que tuviste cara de sentarte frente a su marido - le dije casi gritando - sabiendo que te la agarraste?
De repente me dieron unas ganas locas de reírme. De lo absurdo de mi situación, de mí, tan caradura de recriminarle un polvo a Armando. Me mordí la lengua hasta que me dolió y con un grito me levanté, agarré un adorno de navidad pesado y horrible, regalo de mi suegra, y lo lancé contra la mesa de centro, haciendo mierda el vidrio. Armando se acercó a mí.
- No se te ocurra tocarme - le dije mientras agarraba mi cartera y las llaves de mi auto.
- Marguerite, pero donde vas...
- Lejos de ti. No quiero verte ahora.
- Pero tenemos que conversar...
- No se te ocurra seguirme o te hago un escándalo en la calle.
Salí dando un portazo. Tenía tanta rabia... llamé a Marcos.
- Así que... estás con mariconadas conmigo. ¿Por qué no me dijiste nada?
- Marguerite... no podía, Armando vino a confesarse conmigo...
- ¿Me estás hueviando?
- No sé de qué te enojas, si al final lo convencí de que te contara él mismo, que era lo mejor... el pobre está destrozado.
- Así que ahora el pobre es él...
Hablamos largo y tendido. Marcos me repetía que me tomara unas vacaciones, que me fuera a Punta Arenas con él, como si hubiese tenido ganas de estar con él. Me decía que pensara muy bien lo que quería hacer, que si bien yo no tenía mucho derecho a reaccionar tan mal, ahora por fin tenía a Armando y su conciencia culpable completamente en mis manos. Me pidió que no tomara ninguna decisión apresurada.
Volvi tarde a la casa. Armando seguía sentado en el living, con la misma copa de vino, a oscuras y los vidrios todavía desperdigados por el suelo. Por un momento me asusté, pensé que estaba muerto, pero cuando se quiso levantar subí corriendo y me encerré en el dormitorio con llave.
Esa misma noche hice mi maleta, reservé pasaje al otro día para Río con escala en Sao Paulo y salí temprano y en silencio al aeropuerto. Armando dormía en el sofá, todavía vestido, los vidrios todavía en el suelo. En la cama le dejé una nota a Armando, le dije que necesitaba vacaciones, pensar, estar sola. Me ha mandado muchísimos correos que no tengo ganas de leer, no sé cuántos días más me quede aquí, esta semana me la he pasado durmiendo y preguntándome y ahora qué.