07-05-2013

Vas a volver conmigo

Cuando llegué a la casa de Armando, bueno, nuestra casa en realidad, no me sorprendió ver el auto de su papá y de su hermano estacionados ahí.

Abrí con mi llave. Mi suegro estaba sentado con un whisky en las manos, mi cuñado miraba hacia el patio por el ventanal del living, Armando se paseaba de un lado a otro con las manos en los bolsillos.

- Qué pasa. ¿Me toca reunirme con la corte familiar o con mi marido?
- Creimos que sería mejor que estuviéramos aquí también Marguerite - dijo mi suegro.

Seguramente estaban ahí para ver que yo no me quedara con nada que no me correspondiera, que acordáramos términos de divorcio justos, más justos para su hijo que para mí, claro, ya que usar abogados salía tan caro. Me reí sola. Como si no hubiese sido yo la que sacó a la familia completa del barro, como si no me debiesen cada peso que ganaron con los trabajos que yo les conseguí con mis contactos, contactos con los que me tuve que acostar, aunque la mayoría hayan sido con gusto culpable a final de cuentas.

- No quiero nada, si es por eso que estás aquí. - le dije a mi suegro - Que no se te olvide que mi papá me dejó todo su dinero, si es eso lo que te preocupa, Armando puede quedarse hasta con mis calzones.
- Marguerite, por favor, siéntate - me dijo mi cuñado.

Hubo un tiempo en que pensé que yo le gustaba a mi cuñado. Mi cuñado solía viajar al extranjero bastante seguido cuando estaba estudiando, él estaba haciendo un posgrado y cada vez que volvía, siempre me traía un regalo. Era eso, la forma de mirarme, la forma de sonreírme cuando me hablaba, el abrazo unos segundos imperceptibles más largo que el que le daba al resto y un poco más apretado, su mano un poco más baja acercándose a mi trasero inconclusamente, ese abrazo que me dejaba sentir el vaho caliente de su aliento en
mi oreja y me llenaba la nariz del olor de su perfume mezclado con el sudor de su cuello, lo que me hacía pensar que algo sentía por mí. Mi cuñado es un hombre muy atractivo, objetivamente mucho más que Armando, más alto, más seguro de si mismo y de sus ideas, probablemente hasta más inteligente. Lamentablemente ha tenido sus periodos con la cocaína de los que le ha costado salir.

Después de que volvimos con Armando y nos casamos la relación no ha sido la misma con mi cuñado. Siento que me mira con desconfianza, que me ausculta. Sus ojos ya no me miran con ese brillo del deseo prohibido. Muchas veces me imaginé dando el primer paso, metiéndome en su cama a medianoche, pero mi cuñado es a la vez honesto, quizás me habría acusado, no podía perder a Armando por una noche con él. Mi cuñado me miraba ahora con esa misma cara de no saber con quien estás tratando ni qué esperarte de esa persona.

- No es por el dinero que estamos aquí. Creemos... creemos que no deberían separarse - dijo mi cuñado.
- Aquí da igual lo que ustedes crean o no. Esto es algo que tenemos que resolver Armando y yo, no ustedes.
- Armando nos contó sobre... su desliz, Marguerite. No seas testaruda, ¿No crees que eso es algo que ha pasado en todas las familias?

Miré a mi suegro con curiosidad. ¿Tendría él también hijos bastardos regados por ahí? ¿Me estaba pidiendo que perdonara a Armando y me convirtiera en una versión actualizada de mi suegra? La diferencia, la diferencia estaba en que mi suegro, desliz o no, había elegido a su familia, a su mujer e hijos, yo no podía sacarme de la cabeza que Armando había elegido a Merete, o al niño, como sea, no me había elegido a mí.

- No eches por la borda esto Marguerite - me dijo mi cuñado. Me recordó a años atrás, cuando me dijo palabras parecidas, igual de poco convencido que en ese entonces.

Los escuchaba hablar sin oírlos realmente. Argumentos como la familia, el amor, los años que llevan juntos, me parecían tan vacíos, tan cínicos viniendo de la boca de ellos, de quienes nunca me habían aceptado realmente, quizás intuían qué o quién era yo en el fondo, intuían que jamás sería una de ellos, pero me debían tantas cosas que se veían obligados a hacer el show por  última vez, para dejarme ir con la conciencia aliviada y tranquila. Hasta que mi suegro la cagó.

- Piensa además Marguerite en la imagen, ahora que estamos en plena campaña política. Piensa en como nos va a dañar como familia todo esto dentro del partido. Inténtenlo por lo menos hasta que las elecciones hayan pasado y ahí decidan con la cabeza fría...

No lo dejé continuar. Me puse de pie y les pedí que se retiraran. Miré a Armando, que el muy cobarde no había dicho una sola palabra, y le dije que o hablábamos solos, para eso era un hombre, o simplemente me iba y que se contactara con mi abogado sin más que discutir. Mi suegro carraspeó, se tomó lo que le quedaba en el vaso, mi cuñado me dió una mirada muy extraña que no supe interpretar y salieron sin despedirse.

Fui a la cocina a servirme algo de vino. Tenía tanta rabia con Armando, de su cobardía, tuve que contar hasta cien, hasta mil antes de calmarme. Sonó mi teléfono y lo revisé mientras me bebía el vino, era un mensaje de Marcos: "no hagas NADA no veas a NADIE. ven a verme URGENTE te espero en la iglesia HOY".

Perfecto, lo que me faltaba, que Marcos me siguiera molestando. En otro momento, en otra situación, su mensaje habría provocado mil alarmas, pero estaba tan enfurecida con Armando que simplemente apagué el teléfono y volví al living.

- ¿Desde cuando necesitas a tu papito para que defienda tus intereses?
- Marguerite... sabes que no es así. Vinieron porque quisieron, no porque yo se los pedí.
- Que casualidad... que vinieran precisamente a contarme cómo esto les puede arruinar la imagen durante la campaña.
- Sabes que eso a mí me da igual.
- ¿Perdón? No te oí decir ni una sola palabra mientras ellos hablaban.

Nos quedamos callados un rato. La casa olía distinto, excesivamente a limpiador quizás. Me fijé en los detalles, algunos adornos cambiados de lugar, polvo debajo del sofá. Se notaba que la nana se había descuidado bastante, limpiando las superficies pero dejando la mugre escondida donde Armando no miraba.

- Cuéntame a qué vine Armando. Tú me citaste aquí.
- Marguerite... no sé... cómo pedirte perdón.
- Sabes que mientras más veces lo dices, más falso suena...
- Qué quieres que haga...
- Nada. Ya no quiero nada de ti.
- Marguerite... suenas tan fría... como si ya no me quisieras.

Lo miré a los ojos. Ya no lo quería. ¿Podía ser así de simple? Ya no lo quiero, me repetí varias veces, pero sabía que era mentira. Lo amaba como nunca, pero no podía, simplemente no podía perdonarle lo que me hizo. La voz de Marcos, como un pepe grillo lujurioso se dejó oír: "¿Y lo que le has hecho tú a él?". La diferencia estaba en que Armando no lo sabía, no sabía nada, y en el caso de haber tenido que elegir, siempre siempre siempre lo habría escogido a él sobre todas las cosas. La voz de Marcos de nuevo: "¿Estás segura?". Por supuesto que estaba segura, ¿no era eso, acaso, lo que había hecho cuando no sabía de quien era el bebé, escoger a Armando por sobre todo, pese a las amenazas de Pablo?. Marcos: "Entonces... por qué lo dejas ir ahora, después de todo lo que has sacrificado"...

- ¿Tú crees que no te quiero Armando? No hay persona a la que haya amado más que a ti, pero... - le hice un gesto de desapruebo - no puedo perdonarte.
- Pero no me perdones mi amor, no me perdones, no ahora, simplemente... no me dejes, intentémoslo de nuevo, te prometo que nunca nunca nunca voy a traicionarte de nuevo. Y con el tiempo... quizás puedas perdonarme con el tiempo. No te estoy pidiendo que hagas borrón y cuenta nueva ahora, pero no te alejes de mí, ya te perdí una vez, no quiero perderte de nuevo.

No. Yo te perdí a ti Armando, de hecho, nunca has sido completamente mío, pensé.

- Armando... yo... estoy saliendo con alguien.

Armando se puso pálido y antes de que dijera nada, le lancé todos mis dardos llenos de veneno.

- Qué. ¿O creías que te iba a esperar para siempre? ¿O creías que me iba a quedar sentadita esperando a ver que pasaba con la sueca, qué decidías tú por nosotros? Te amo Armando, desde el primer día que te ví y probablemente hasta el día que me muera, pero me amo más a mi misma, ya no quiero seguir contigo.
- ¿Quien es?
- ¿Eso qué importa?
- ¿Lo... amas?
- Es muy pronto para responder a eso, pero creo que podría llegar a enamorarme de él, sí.
- O sea me estás diciendo que vas a dejar esto tirado, lo nuestro, lo que nosotros sentimos, por alguien de quien ni siquiera estás segura que quieres.
- Lo dices como si todo esto que ha pasado fuera mi culpa Armando.
- No, claro que no, y tengo claro lo difícil que va a ser que me perdones, si es que me perdonas, pero me es difícil de entender tu decisión...
- Tan difícil como me ha sido aceptar que tú escogiste a otra
- No fue así Marguerite, no lo tergiverses... yo escogí al bebé, no a ella.
- Siguen sonando falsas, estúpidas y vacías tus explicaciones.
- ¿Puedo preguntarte si lo conozco al menos?

Pensé en decirle un nombre cualquiera, inventarme una historia, no estaba lista para la verdad todavía pese a que tres horas antes estaba totalmente convencida de que quería estar con Pablo. Sentía la boca seca.

- Si lo conoces - no estaba segura de si me había oído.
- ¿Quien...?
- Pablo - y su apellido.
- ¿El médico que nos vió?
- Cuando... perdí al bebé, a nuestro bebé - remarqué el nuestro - acudí a él para saber si había algo mal en mí que hubiese provocado el aborto. Me apoyó muchísimo, nos hicimos buenos amigos - la historia que me estaba inventando sonaba muchísimo mejor que la del re encuentro en una fiesta - y cuando decidiste dejarme por la sueca esa Pablo estuvo a mi lado. Las cosas se dieron así.
- O sea que es algo que viene de hace tiempo...
- No, no llevamos ni una semana, no había sido más que una amistad hasta hace pocos días.
- ¿Te acostaste con él?
- ¿Qué? ¿Y tú con qué derecho te crees de hacerme esa pregunta?
- Con el derecho que me da ser tu marido.
- Ahora eres mi marido...
- Lo he sido desde que nos casamos.
- Debiste acordarte de eso antes de preñar a esa puta...

Armando se puso de pie rápidamente y se sentó a mi lado. Me tomó la cabeza con las manos. Su cercanía me embriagó. Tenía tanta rabia con él... la misma intensidad que el amor que sentía, que seguía sintiendo. ¿Se puede odiar y amar a una persona al mismo tiempo? Creo que sí. ¿no había amado y odiado a Marcos por cuántos años? Marcos... miré la hora, Marcos necesitaba verme urgente, ¿qué sería?...

- Tengo que irme Armando.
- No te vayas Marguerite... no hemos terminado de hablar.
- ¡Pero es que no tenemos más de qué hablar! Qué más quieres que te diga... si esto ya se acabo, tú lo arruinaste, ahora es demasiado tarde.
- ¿Lo dices porque estás con Pablo? ¿Por eso es demasiado tarde?
- No... suéltame...
- No te voy a soltar, eres mi mujer Marguerite, mía.

Y empezó a besarme. Dios como extrañaba sus besos. Cerré los ojos y me dejé llevar por el remolino, ese vértigo que nadie más que Armando me ha hecho sentir jamás. Me empujó suavemente hacia atrás sin soltarme, sin dejar de besarme y quizás hasta donde habríamos llegado de no ser porque sonó el timbre de la puerta.

- Mierda - exclamó Armando poniéndose de pie con rabia, alisando sus pantalones como si eso pudiese eliminar su erección.

Escuché que era la nana, se le había quedado su billetera y entró murmurando disculpas y sonrisas, "no sabía que estaba la señora" dijo al pasar. Pensé en decirle que se acordara de limpiar debajó del sofá, pero ya no era mi casa, no era mi problema, yo estaba sola, con Pablo, independiente de nuevo. Me arreglé y apenas la nana se fue, le dije a Armando que yo también me iba.

- No te vayas...
- Tengo que irme Armando. Yo... no puedo hacer esto, te dije que estoy con Pablo ahora - la voz de Marcelo era ahora la de mi conciencia "estás usando a Pablo para sacarle celos a Armando" - y tu problema es que tú solamente me quieres cuando no puedes tenerme o cuando estoy con otra persona. No voy a darte la oportunidad dos veces.
- ¿Lo dices por Derek?
- Lo digo por todo lo que ha pasado.
- No voy a perderte de nuevo Marguerite. Si quieres irte ahora, hazlo, pero ya me cansé de estar pidiéndote perdón por algo que simplemente no lo tiene. La cagué y punto. Sácamelo en cara hasta el día que me muera, pero vas a volver conmigo, no lo dudes.

Cerré la puerta del auto con la impresión de que algo en Armando había cambiado, pero no sabía qué, o quizás era como le dije, que solamente cuando veía un rival en el camino se decidia a actuar, como cuando me casi me caso con Derek. Todavía podía saborear sus besos en mis labios, y ya no estaba tan enojada con él como cuando había llegado. ¿Qué iba a pasar ahora? Sobre todo ahora que estaba oficialmente con Pablo, ya se lo había dicho a Armando. Las preguntas se multiplicaron cuando llegué donde Marcos y me contó por qué quería verme tan urgente. Se me cayó, literalmente, el alma a los pies.