La última vez
Un nuevo día y una nueva noche de pesadillas.
Te imagino, agonizante y en coma. Los ojos cerrados y la boca entreabierta. No me han dejado verte desde el accidente, en realidad, hace más de dos años que no nos vemos. Cuando todo terminó...
Hoy no sé cómo empezar. Quiero, por una vez en mi vida, decirte la verdad. Toda la verdad, aunque quizás nunca la leas. Aunque quizás te mueras esta noche sin saberla nunca. Que haré entonces?, cómo me sacaré este peso del alma, estos pensamientos que me atormentan y no me dejan vivir tranquila?.
Armando... Armando... Cómo volver el tiempo atrás, al principio de los tiempos, cuando aún era tiempo de hacer las cosas bien, cuando aún creía en el amor, en que las personas malas tienen algo bueno dentro que puede salir a flote. Cuando aún era tiempo de salvar mi vida.
La última vez que nos vimos... Es como si hubiese sido ayer. Vestías jeans azul oscuro, si no me equivoco, los que te había regalado yo para tu cumpleaños, un par de años antes. Un sweater marrón. Zapatillas azules. Entraste a mi departamento como lo habías hecho tantas veces, pero esta vez era distinto, porque tú y yo sabíamos que sería la última. Una bolsa de basura llena con tus cosas, tu ropa, tus libros, tus perfumes, esperaba junto a la mesa de la cocina. Me parecía una ironía que hubieras ido a buscar lo que yo te había comprado, sistemáticamente mes a mes. Tus cosas, las llamabas. Iré a buscar MIS COSAS esta tarde, me dijiste por teléfono. Cada prenda de vestir, tu cepillo de dientes, la pasta dental, el desodorante, el jabón y el shampoo, cada libro lo había comprado yo con el dinero de mi perdición. Tus cosas... fue eso lo que nos quebró definitivamente? Tu alta y perfecta moral y mi pecaminosa y oculta doble vida?. Cada cosa dentro de esa bolsa me pesó en el corazón. No por lo que había costado, sino por la forma en que había conseguido el dinero para comprarlas.
Miraste a tu alrededor, te diste el tiempo de ir al baño y de paso, mirar el dormitorio. No querías que se te quedara alguna cosa. Yo veía todo como en una película, me parecía ver a través de ti y a través de mi, de mis manos sudorosas. Una palabra mía habría cambiado todo, un perdón suplicado con lágrimas ardientes, pero eso solo habría alargado la tortura. Me habías gritado y golpeado lo suficiente y yo ya me había humillado demasiado. Yo no habría sobrevivido a otro intento de suicidio y menos aún, a tu posterior indiferencia. Aún así, una sola palabra tuya y yo habría saltado a tus brazos y hubiera permitido que me hicieras el amor una vez más, como un premio al que no tenía derecho a acceder. No hubo más palabras ni de parte tuya ni de la mía. Abriste la puerta, tomaste la bolsa de basura y saliste sin volverte a mirarme. Corrí a la ventana, te ví desde el décimo piso subir la bolsa en la parte trasera del auto. Te subiste y aceleraste, sin mirar una sola vez hacia arriba. Mi corazón terminó de desmigajarse y no te lo niego, pensé en saltar. En vez de eso, volví al dormitorio. Debajo de mi almohada, que hasta hacía poco había sido nuestra, guardaba un último y único recuerdo tuyo, tu perfume. Lo único que me atreví a robarte, a omitir de la bolsa llena de tus cosas. Le saqué la tapa y lo rocié por toda la cama hasta que la última gota salió lastimera. Luego desgarré con mis manos las sábanas, mudas testigos de que hacía una semana tu y yo yacíamos desnudos en esa misma cama, antes de que se desatara el final. Tampoco te niego en que pensé usarlas para ahorcarme en el baño.
Ese día lloré tanto que se me reventó una pequeña vena en el párpado. Con el ojo amoratado me quedé dormida, abrazada por las sábanas rotas y tu perfume impregnando mi cuerpo desnudo y mi alma malherida.