27-12-2012

Deseo de navidad

Por un lado me alegré de no tener que pasar la navidad con la familia de Armando, evitar las preguntas, las miradas, los y cuándo un nuevo nietecito para la típica familia opus dei ultra derecha. Por otro lado, fue demasiado extraño cenar con Merete y Thomas.

Claramente Armando y Merete se gustan. Hicieron un montón de chistes, aclarando que eran "internos" del trabajo, se reían, se miraban con esa chispa en los ojos que tantas veces he visto en otros, de las que tantas veces he sido la protagonista. Deduje que no se habían acostado, todavía. No había la mirada cómplice, los sonrojos, las bajadas de vista al recordar la piel desnuda del otro en tus labios, todos aquellos gestos imperceptibles para el resto que hacía Thomas cada vez que me miraba. No se habían acostado, todavía, pero sólo faltaba la chispita que prendiera la mecha y estaría hecho. Me sentía enferma de pensar en Armando haciéndole el amor a la sueca. Me la imaginaba frígida, dominante, mi pobre Armando sin saber cómo moverse, porque fui yo quien le enseñó a hacer el amor, fui yo quien lo moldeó a su manera, la sueca no iba a entenderlo, no iba saber acoplarse a él, arquearse y abrazarse a él.

Comí nada. Bebí, bebí y bebí. Sentía el pie de Thomas tocar el mío por debajo de la mesa, miraba como en una película muda las risotadas exageradas de Merete, sus cachetes colorados, sus ojos azules encendidos de vino y lujuria, sus tetas de valkiria que vibraban con su alegría borracha y caliente. La analizaba. A ratos me daban ganas de matarla. Me pregunté si lo que estaba sintiendo lo había sentido alguna vez alguno de mis amantes: el padre Marcos las veces que fue a comer con nosotros, a darnos consejos de pareja antes de casarnos; Albert en alguna cena de negocios, tantos otros que no fueron más que un polvo y de los que apenas recuerdo sus nombres... Me pregunté con rabia si alguien había sentido alguna vez que las vísceras se le daban vuelta en el estómago por mí. Me acordé de Marcelo, de Pablo, preguntándome si realmente amaba a Armando y me dije que si eso no era amor, entonces nada lo era.

El postre lo tomamos en el living, una taza de café para los suecos y Armando, vino para mí. Seguía sintiéndome mal. Mi cuerpo rechazaba con cada poro la presencia de Merete. Me zumbaban los oídos. Subí al baño, me lavé la cara, respiré varias veces. Decidí recostarme un rato. Escuchaba risas esporádicas desde el primer piso y me imaginaba a Armando y Thomas en un trío con Merete, en mi casa, en mi sofá. Creo que tenía fiebre. A ratos la imagen era yo, las piernas entrelazadas alrededor de Armando, Thomas besándome la espalda, pero yo no era yo, tenía el pelo más corto y del tono rubio platino de Merete, ella y yo éramos la misma, yo era ella besando a Armando, mis piernas eran sus piernas entrelazadas en sus caderas, podía sentir su excitación, ver las gotas diminutas de sudor que le bajaban por la espalda y que Thomas le quitaba con los labios...

Armando me tocó la frente y abrí los ojos. Me miraba preocupado. Le dije que bajaba en seguida, que no me sentía muy bien.

Thomas y Merete nos entregaron sus regalos, les entregué los nuestros, cosas típicas, una botella cara de vino, tonterías varias que le encargué a la nana que comprara. Vieron que me sentía mal y se despidieron al poco rato, deseándome que me mejorara pronto, deduciendo que había sido el estrés pos-asalto o algún resfrío de verano.

Volví a lavarme la cara. Temblaba. Nunca me había pasado algo así. Con Armando habíamos decidido hacer esta navidad algo distinta, en vez de hacernos regalos, ya que lo tenemos todo y no queríamos acumular más tonterías, habíamos decidido regalarnos un deseo, escribir en una hoja de papel qué era lo que deseábamos, nada material, y eso darle al otro, cumplirle su deseo.

Yo había escrito que quería que dejáramos lo del tratamiento de fertilidad. Puse en mi carta que lo había consultado con el padre Marcos y que sentía que, por al menos otro año, debíamos dejarlo en las manos de Dios. Llevábamos tan poco tiempo casados, tantos años que perdimos, necesitábamos reencontrarnos como pareja primero, escribí, para convertirnos en los mejores padres que, Dios mediante, algún día seríamos.

Armando lo leyó callado. Ví en sus ojos... dolor, decepción, no lo sé. Me dijo que lo pensaría, que quería que al menos fuéramos a la última cita con el médico y recibir los resultados de los exámenes para ver si había alguna anormalidad y si todo estaba bien, que lo dejaríamos, por un año, pero que quería pensarlo, porque no quería ponerse en el caso de que algo saliera como anormal.

Abrí mi carta. Armando ponía:

Mi amada Marguerite...

No sabes lo feliz que me has hecho cada día desde que volvimos a estar juntos. Jamás podría soñar con una mejor mujer a quien tener a mi lado.

Sin embargo... siento que últimamente hemos perdido un poco la chispa en nuestra relación, tú ocupada con tus estudios, yo con mi trabajo... por eso mi deseo de navidad es cumplir una fantasía que supongo tiene cualquier hombre, y por favor no interpretes esto como que no te quiero como antes, porque te amo como a nadie. Mi fantasía es que hagamos un trío con otra mujer.

Piénsalo.

Te amo

Sentí como si un balde de agua fría me cayese por la columna. Lo sabía. Quería acostarse con Merete. Pero ¿un trío? Volví a sentirme enferma. Me los imaginé en la cama, yo una vil observadora, como quien mira películas pornográficas. Me tembló la voz cuando le pregunté si tenía a alguien en mente y sentí que el corazón se me paralizaba cuando me dijo que no, porque su mentira me dolió más que una cuchillada. Pude ver el rubor, el mismo que cuando cenábamos y se hacía el payaso con Merete con bromas que sólo ellos entendían. Le dije que lo iba a pensar.

Al día siguiente íbamos a ir a la casa de sus padres, pero me sentía tan mal, probablemente había bebido demasiado, que nos quedamos acostados todo el día, comimos en la cama las sobras de la cena, vimos películas, hicimos el amor mientras me imaginaba a Armando imaginándose el trio con la sueca.

Ayer me junté con Marcelo y fumamos marihuana. Normalmente me relaja pero debo estar con los nervios destrozados entre lo de Merete y Pablo, a quien tengo que ver en una semana, porque sigo sintiéndome pésimo.