El aleteo de una mariposa
El lunes me fuí a confesar como habíamos acordado con Marcos.
No siempre se hacían las confesiones en el confesionario, a veces usábamos alguna de las salas de clases de catequesis para confesarnos con el cura. Marcos me esperaba muy serio en una de las salas.
- Hoy por la tarde, apenas salgas del colegio, iremos juntos a ver a un ginecólogo
- Para qué?
- Tú no hagas preguntas, solo lo que te estoy diciendo.
- Está bien...
- Te pasaré a buscar en tal esquina...
Eso fue todo. Salí aturdida. Pensé todo el día en lo que iba a pasar. Marcos estaba tan serio... Yo no sabía que pensar. Era algo bueno? algo malo? Yo había decidido que quería tener a mi hijo, pero no sabía qué era lo que Marcos quería. Tenía miedo y me sentía sola.
Después de clases Marcos me pasó a buscar donde lo esperaba. Hacía frío, estaba nublado y Marcos iba vestido de paisano, nada lo hacía parecer un sacerdote. Marcos condujo en silencio sin mirarme ni una sola vez. Yo no quise hablar. Me aferraba a mi vientre con las manos entrelazadas, tratando de sentir si el bebé se movía de nuevo, pero no sentí nada. Llegamos pronto a una clínica ginecológica en Providencia. Teníamos cita con el médico, que era padre de dos alumnos de mi colegio. Marcos y yo entramos juntos sin rellenar formularios. El médico se puso de pie y le dió la mano apenas entramos a su oficina.
- Marcos, hombre, tú por acá...
- Así es...
- En qué puedo ayudarte? - yo era un ser invisible, yo no existía ni importaba, hablaban entre ellos sin mirarme
- Marguerite... al parecer está embarazada. Puedes hacerle una ecografía?
Me dolió que Marcos siquiera dudara de lo que le había dicho. A una indicación del médico me subí a la camilla, me subí la blusa, me bajé un poco la falda y me quité la faja. Las costuras de la faja se me marcaban en la piel como heridas rojas. No podría seguir usándola por mucho tiempo. El médico puso gel frío en mi vientre y prendió su ecógrafo. Presionó con fuerza en contra de mi abdomen y mi hijo, mi bebé, apareció en una pantalla negra y gris.
- Tiene unas 15 o 16 semanas de embarazo
- Seguro?
- Sí. - el médico empezó a mover el aparato por mi vientre - Todo parece en orden con el bebé...
- Puede decirme qué es? niño o niña? - pregunté con un hilo de voz.
El médico no me respondió, sino que miró a Marcos. Marcos le hizo un gesto con la cabeza, como diciendo "no" u "olvídalo" y él no me dijo nada a mí, volvió a enfocarse en la pantalla. Yo trataba de ver algo, pero aparte de sombras y uno que otro movimiento en las manchas, no distinguía nada.
- Bueno... - habló Marcos - Cuánto sale un aborto de 15 semanas?
El médico lo miró boquiabierto, me miró a mí y lo volvió a mirar a Marcos. Yo sentí que el alma se me caía a los pies. Un aborto. Otro aborto. Y yo en la camilla, sin poder decir que no.
- Marcos el embarazo está muy avanzado... No suelo hacer este tipo de procedimientos...
- No sueles? Pero puedes, no?
- Sí, pero... tendría que hacer una cesárea, anestesia general, necesito el consentimiento de sus padres... Porque es menor de edad, no? - yo no era un persona, era un objeto.
- Hay otra opción aparte de la cesárea?
- Podría usar instrumental, anestesia parcial... Pero no puedo asegurarte que no quedarán secuelas y además es peligroso.
Yo seguía en la camilla escuchando lo que hablaban, como decidían sobre mí, sobre mi hijo y sobre mi futuro. Una cesárea? Secuelas?
- Y la cesárea?
- Ya te dije que necesito la autorización escrita de sus padres.
- No puedo firmar yo?
- No. Además por la anestesia general necesitas vigilarla al menos por 24 horas y me imagino que en la parroquia no puedes, no?
- Entonces haz lo segundo.
El médico me miró sin decidirse. Le dijo a Marcos que un aborto en esas condiciones costaba tres millones de pesos.
- Y el descuento para la iglesia? - preguntó Marcos
El médico me ordenó quedarme en la camilla y llamó a una enfermera. Él se fue con Marcos a discutir, supongo, el precio. La enfermera me dijo que me quitara la falda y que me pusiera una bata encima, sin sacarme la blusa. Yo temblaba, pero no de frío. Tenía miedo. El primer aborto había sido repentino e inesperado, mi segundo aborto en cambio... Sabía que había una vida en mi interior, lo había sentido moverse. Este aborto era como abortarme a mí misma, yo no quería, Marcos me obligaba, y yo no podía defenderme, tal como mi pequeño bebé no podía defenderse de los instrumentos afilados. Me puse a llorar. La enfermera siguió haciendo su trabajo sin inmutarse. Me ayudó a abrocharme la bata. Vino el médico, esta vez sin Marcos.
- No llores - me dijo - no te va a doler
- No es eso...
- No te preocupes... por lo que dije, no te quedarán secuelas tampoco - lloré con más fuerza
- Es que yo... no quiero hacérmelo... no quiero abortar, quiero a mi hijo...
El médico se puso pálido, volvió a llamar a la enfermera y nos dejó solas. La enfermera me dió dos pastillas y me dijo que eran tranquilizantes. Me las tomé con un sorbo de agua. A los pocos minutos entró Marcos con el médico de nuevo.
- Cómo es eso de que no quieres abortar?
Me encogí en la camilla y Marcos se volvió gigante. No podía pelear contra él.
- Marcos, si ella no quiere... No puedo hacerlo! Ella tiene que estar de acuerdo! sabes que me juego mi reputación!
- Tú haces lo que tienes que hacer. Si no lo haces, entonces sí que tu reputación se va a la mierda! Marguerite no saldrá de aquí con un bastardo mío.
Marcos me agarró de las muñecas y me sacudió fuerte.
- Y ahora deja de llorar, sube las piernas aquí y te aguantas, por estúpida! Bien que te gustó abrir las piernas conmigo, no? ahora te callas!
Me tendí en la camilla como una muñeca de trapo. Quizás eran los tranquilizantes que ya estaban empezando a hacer efecto. Marcos salió de la habitación y me quedé sola con el médico y la enfermera. El médico me preguntó si sabía si era alérgica a la anestesia.
- No. Este es mi segundo aborto...
El médico pestañeó dos veces en un segundo.
- Marcos no quería al otro bebé tampoco... es mi culpa...
El médico no dijo nada. Yo sabía en ese momento que todo entre Marcos y yo se había terminado para siempre y pensé en hacerle un poco de mala reputación, como una pequeña y absurda, insignificante venganza. La enfermera enterró una aguja en mi brazo, encontró la vena y me puso una jeringa. El médico me dijo que eran tranquilizantes y analgésicos y que me pondrían "algo" para hacer el procedimiento más fácil.
Desde ahí, todo lo recuerdo como un sueño, o como una pesadilla. Es cierto que no me dolió, pero me pareció sentir lo que el médico hacía, o quizás fue mi imaginación. Me pinchó en algún lugar al interior de la vagina, o del cuello del útero. Sentí los instrumentos entrar, penetrarme, como fríos violadores y me imaginé al bebé, desesperándose de dolor y retorciéndose, tratando de escapar del cuchillo que lo cortaba en pedazos, de la cuchara que lo extraía y de la aspiradora que terminó de sacarlo de mí. Yo cerraba los ojos, pero la enfermera me obligaba a abrirlos y me decía que no debía dormirme. No duró más de 15 minutos el procedimiento. Tuve que esperar acostada a que se llevaran el instrumental y a mi pequeño bebé destrozado. La enfermera me entregó mi ropa y una toalla higiénica. Fui al baño. Ahí estaba la sangre, la sangre por la que había esperado cuatro meses que apareciera, la sangre que había acabado con mi embarazo.
Me sentía débil. Me dieron un café muy cargado y una serie de medicamentos que tendría que tomar durante la semana siguiente: antibiótico, analgésico, coagulante... El médico me decía que si me dolía el útero, si sangraba demasiado o si me daba fiebre, que tenía que volver a verlo. Me dijo que volviera en diez días a hacerme una ecografía para ver que nada hubiera quedado adentro. Yo quería despertar, volver el tiempo atrás, volver a estar recostada en la camilla y gritar, defender a mi hijo, que no me lo quitaran, pero la pesadilla continuó, Marcos pagó y el médico me dió un certificado para no ir al colegio esa semana diciendo que tenía una infección urinaria-vaginal. Nos fuimos de ahí en silencio. Marcos condujo sin hablar, sin preguntarme cómo me sentía yo. Yo llevaba las manos entrelazadas sobre el vientre, me dolía todo, el aleteo de mariposa que había sentido se había ido para siempre.
A la semana volví donde el médico. Me desahogué con él. La verdad es que fue muy amable conmigo esa vez que fui sola, me escuchó y me aconsejó, no solo en contra del embarazo sino por la relación entre Marcos y yo. Me puso esa vez un dispositivo intrauterino ya que le confesé que no era buena para recordar tomarme las pastillas anticonceptivas, pero a la semana el dispositivo se había salido y tuvo que sacármelo. Probamos a poner uno nuevo, pero mi útero lo rechazaba y lo expulsaba. Le pregunté al médico si eso era señal de que no podría tener más hijos y me dijo que no lo creía. Seguí tomando pastillas.
Con Marcos seguimos viéndonos a veces. Volvimos a hacerlo, pero entonces él se cuidaba con condón, nunca más volvió a arriesgarse. Seguimos viéndonos hasta que yo salí de cuarto medio y recién ahí, fuera del colegio, pude cortar definitivamente toda relación con él. En el colegio, a pesar de que después del aborto me vi con otros hombres, siempre terminaba dejándome convencer por Marcos de ir a dar una vuelta para conversar, aunque yo ya no sentía nada por él, era algo extraño, no podía decirle que no. No siempre lo hacíamos. A veces solo conversábamos. Marcos me hablaba de Dios, de la iglesia, de su vocación... mientras me acariciaba el pelo y yo lo escuchaba pensando en otras cosas, despreciándolo por lo que me había hecho, pero aún así fascinada por él. Era algo tan insano... Marcos me decía que cuando entrara a la universidad me olvidaría de él y tenía razón, a pesar de que durante cuatro años nos acostamos muchas veces mientras yo salía con otros chicos, fue recién en la universidad que pude desprenderme completamente de él.
Hoy Marcos es sacerdote en una iglesia de Vitacura. Un par de veces he ido a verlo, me he sentado en el último asiento y lo he oido recitar su misa. Diez años han pasado desde la última vez que nos acostamos juntos, casi quince años desde que me hice mi segundo aborto, el que me hizo desear nunca tener hijos y odiar al género masculino en general. Después de ese aborto no quise a nadie, hice y deshice con los hombres, hasta que conocí a Armando y me propuse cambiar. Marcos no me ha reconocido, eso creo, las veces que he ido a su misa. Tiempo después me enteré de que Marcos tiene hija, una mujer que para el tiempo en que me quedé embarazada tenía 9 años, es solo seis años menor que yo. También me enteré de que para el tiempo en que me hice el aborto, Marcos tenía un hijo de un año con otra mujer. Por supuesto, esto no es impedimento para su labor en la iglesia...
Las veces que he ido a la misa de Marcos me he preguntado qué fue lo que hizo que me obligara a mí a abortar y no a esos otros dos hijos. Quizás yo no entraba en sus planes. O quizás no me quería. Nunca lo sabré. Me imagino que Marcos ni siquiera piensa en lo que me hizo, ni siquiera lo recuerda. Yo tampoco recuerdo casi cómo se sentía el movimiento del bebé, el aleteo de mariposa.