17-01-2010

La pérdida de la inocencia

Una sirena de ambulancia sonaba muy lejos y se acercaba y se volvía a alejar. Yo trataba de abrir los ojos, pero me pesaban y me dolían. Me dolía todo. Sentí que me afirmaban el brazo y me clavaban una aguja, pero ni ese dolor ni el de las magulladuras de mi cuerpo se comparaban al otro, al que sentía que me desgarraba el pecho. Dejé de luchar contra el remolino que me absorbía y me dejé llevar, me dejé caer. Quería dormir. Quería morirme. Quería irme con mi bebé. Volví a despertar cuando me sacaron de la ambulancia. Escuchaba la voz de Ryu y otras voces desconocidas que le preguntaban qué había pasado, cómo me llamaba yo, qué edad tenía. Ryu les repetía que yo estaba embarazada y les preguntaba si el bebé se iba a salvar. Yo quería responder que no, que el bebé estaba muerto y que me dejaran morir a mi también, pero tenía la boca hinchada y la lengua se sentía como rellena de aserrín. Mi cuerpo no me obedecía, no me pertenecía. Mi cuerpo ya no era mi cuerpo, era de esos cinco tipos que se habían turnado para usarme. Volví a dormirme y desperté con las luces fuertes del quirófano. Entreabrí un ojo, levanté la cabeza como pude y miré hacia mi vientre. Me tenían con las piernas abiertas y las rodillas levantadas. El vientre cubierto por un paño verde y varias personas con mascarillas se movían a mi alrededor. Hacía frío. Un hombre me afirmó la cabeza y me hizo recostarme. Me puse a llorar. Quería hablar pero no me salían las palabras. Shhh tranquilita, me dijo el hombre. Te vamos a hacer un raspaje.

Oh, quise gritar con toda mi alma. No querían que me sacaran al bebé. Quería que lo dejaran dentro mío, quería que creciera y que fuéramos felices. O que se muriera y me matara. El bebé era lo único que había amado de verdad, era lo único que era mío y ahora lo sacaban de mi matriz con instrumentos helados y filudos. Sin el bebé yo volvía a ser nada. Y si no estaba muerto? Y si lo aspiraban, cortaban y destrozaban mientras su corazón aún latía, mientras pataleaba, mientras se alimentaba de mi sangre? Yo no podía hacer nada. No podía moverme. Me estaban violando por segunda vez y yo no podía hacer nada por evitarlo. El hombre a mi cabecera me puso una mascarilla en la nariz y la boca, me acarició el pelo y me dijo que todo iba a estar bien, que contara desde cien hacia abajo, y que todo iba a estar bien cuando llegara al uno. Cien los hombres con mascarilla se acercan desde todos los ángulos... noventaynueve unas manos me exploran la entrepierna... noventayocho me introducen algo duro y frío en la vagina... noventaysiete las luces dan vueltas... noventayseis no quiero dormirme pero es más fuerte que yo... noventaycinco mi bebé, quiero salvar a mi bebé y no puedo...

Me desperté en una cama de una sala común en el hospital. Habían otras dos mujeres en la sala. Un carabinero esperaba a mi lado. Me preguntó si me sentía bien como para responder algunas preguntas. Lo miré con mi ojo medio abierto y me dí la vuelta hacia la pared. No quería hablar con nadie. Volví a dormir.

Me desperté nuevamente. Ya era de día, pero todo estaba silencioso. Quizás me había quedado sorda. Tenía una necesidad urgente de ir al baño, así que me paré como pude y caminé afirmándome de la camilla, hasta llegar a la puerta que indicaba el baño de la sala común. Casi no veía por donde iba. Me sentía débil. Sentía que iba a caerme. Logré sentarme en el baño y orinar. Cuando me levanté vi que todo estaba manchado de sangre y me puse a llorar. Recordé todo de golpe. Mi bebé ya no estaba. En la taza del baño flotaban coágulos de sangre. Quizás uno de esos coágulos era una parte de mi bebé. El baño empezó a dar vueltas y la atmósfera a volverse gris y supongo que me desmayé, porque desperté en la camilla de nuevo, con una enfermera tomándome la presión arterial. Mi mamá estaba también ahí, sentada en una silla con patas de metal y mirándose las uñas. La enfermera me acarició el pelo y me dijo que me había inyectado un anti inflamatorio, que me iba a poner bien. Y le dijo a Ryu, que esperaba en la puerta, que podía pasar a verme.

Yo podía abrir un ojo. El otro era una bola informe que ni siquiera sentía. Ryu tenía un parche blanco cubriéndole la mejilla, donde le habían hecho el corte. Me tomó la mano y me preguntó cómo estaba. Al parecer no le habían informado del raspaje, porque preguntó por el bebé. Mi mamá se levantó y se puso a mi cabecera.

- Le hicieron un aborto, tarado
- Un... aborto? el bebé...
- El bebé ya no existe y nunca debió existir. Yo te dije que te hicieras un aborto, no? - Me miró con indiferencia. Ryu se puso a llorar.
- Yo... lo siento tanto... - dijo entre lágrimas
- Lo sientes? - mi mamá se rió fuerte - Mejor llora, eso, llora, pero algún día vas a llorar lágrimas de sangre por lo que le hiciste a Marguerite!

Sé que mi mamá no lo dijo por cariño ni por defenderme. Supongo que sus palabras contra Ryu eran su odio hacia todos los hombres que la habían dañado a ella. Ryu se arrodilló a mi lado y siguió llorando. Mi mamá salió de la habitación sin volver a mirarme. Yo traté de dormir de nuevo y lo conseguí. Cuando desperté, Ryu ya no estaba. En mi velador había una bandeja con comida. Yo no tenía hambre. Una de las dos mujeres de la sala estaba arreglándose para irse. Mientras hacía la maleta me contó su historia. Tenía 15 años y había abortado. Ella quería tener a su bebé, pero las pérdidas se habían presentado sin aviso ni remedio. Sus planes eran volver a casa y pasados tres meses embarazarse de nuevo. Ella y su novio se amaban. Formarían una familia. Ella era todo lo que yo quería y que jamás tendría.

Apenas se fue, la otra mujer en la camilla de al lado me preguntó si no me iba a comer lo de mi bandeja y cuando le dije que no, me preguntó si se lo podía comer ella. Sí, le dije, cómetelo todo. Me preguntó qué me había pasado y le conté todo, oyendo mi propia voz como si fuera la de una extraña, y supe que desde ese momento jamás sería capaz de volver a amar a alguien, que Ryu me había robado esa capacidad, pero no me importaba casi. El dolor se había ido. Solo una honda indiferencia me llenaba toda.

- Que conchadesumadre más grande! - Me dijo mi compañera de habitación - Si yo fuera tú, le cortaría los cocos. Y a la mina con la que te cagó... le sacaría la chucha!

Me dió risa la idea. Ni Ryu ni Jessica me importaban ahora. Con la boca llena y masticando con sonidos, ella me contó su propia historia: Tenía dos hijos, un marido que le pegaba, ambos se drogaban y eran adictos al neoprén y la pasta base. Vivían en una mediagua a orillas del río Mapocho y ella estaba embarazada de gemelos. Después de casi un mes de abstinencia, el marido había llegado a la casa drogado y con un tarro de neoprén. Ella había vaciado un poco en una bolsa y había aspirado hasta que los calambres en la espalda le hicieron darse cuenta de que algo iba mal con los bebés. Se fue al hospital y la dejaron en observación, hasta que decidieron hacerle un raspaje.

- Y sin anestesia me lo hicieron los culiaos! Puta que grité... me dolió más que la chucha...
- Pero... los bebés... estabas abortando?
- No sé. Ellos dijeron que sí pero yo creo que era dolor de guata no más. O de riñones. No sé. Igual no estoy ni ahí. Mejor pa' mí. Qué iba a hacer con cuatro guaguas? Aunque podrían haberme puesto una anestesia los culiaos porque puta que me dolió!

Siguió masticando con la boca abierta, perdida, supongo, en sus propios pensamientos. Me imaginé sus ganas de volver a su mediagua sucia y a su bolsa de neoprén. Ella se compadecía de lo que me habían hecho y yo me compadecía de ella y de su vida miserable y de los niños inocentes que sufrían. Los niños... Alguna vez yo también había sido una niña, hasta que conocí el sexo y su poder. El sexo tenía el poder de hacer que alguien me quisiera.

Estuve una semana en el hospital. Mi mamá no volvió a verme, pero Ryu iba religiosamente a las horas de visita. Hablábamos poco. No sabíamos qué decirnos. Ya no éramos nada. Nunca lo habíamos sido. Todo había sido un error desde el principio. El 31 de diciembre me dieron el alta. Llamé y llamé a mi casa, pero mi mamá nunca tomó el teléfono. Tuve que esperar a que llegara Ryu a la hora de visita para que él firmara por mí. Yo era menor de edad y tenía que esperar a que un adulto me fuera a buscar y se hiciera responsable.

Tomamos la micro hacia la casa de Ryu. Cuando le pidió al chofer que nos llevara sentí una profunda vergüenza. El chofer me había visto los magullones de la cara y había asentido en silencio, sin cobrarnos un peso. Me prometí que nunca volvería a humillarme así. Nunca volvería a estar con alguien que necesitara pedir. En casa de Ryu se preparaban para la celebración de año nuevo con una cena de lujo: arroz y vienesas con ensalada de tomates. La mamá de Ryu me abrazó y se puso a llorar. Ya no sentí pena por ella. Era una tonta que había permitido que su vida se destrozara por un hombre, había dejado que sus hijos crecieran bajo golpes y hambre y se convirtieran en la mierda que eran. Ryu era lo que era por culpa de ella. Sentí desprecio. Nunca dejaría que algo así me pasara a mí. No de nuevo. Había perdido toda inocencia para siempre.

Yo estaba cansada. Quería dormir y Ryu me ofreció su cama y se acostó a mi lado. Por un segundo pensé que podíamos olvidarnos de todo lo que había pasado. Empezar de nuevo. Quizás podía convencerlo de que estudiara. Ryu me daba la espalda en la cama y yo lo abracé. Suéltame, me dijo sacando mi mano de su cintura. Me das asco, fue lo último que me dijo ese día, pero esas cuatro palabras me persiguieron durante años.

Era año nuevo y yo no tenía motivos para celebrarlo. Me habían invitado a cenar en casa de Ryu, una cena en la que habían puesto cuatro vienesas en medio de la mesa y las rodajas de tomate como decoración. No quise quedarme. Yo sobraba ahí. Les dije que no, que gracias, pero que mi mamá me estaba esperando, y me fuí. Tomé un taxi que pagué en casa, con dinero que tenía guardado. La casa estaba sola y mi mamá no apareció hasta una semana más tarde, con cara de resaca y sin hablarme.

Ryu fue a verme un par de veces. Yo ya no quería nada con él. Le preguntaba por Jessica y me decía que seguían juntos, pero a mi no me importaba. Yo me había reencontrado con Mauricio, el primer hombre que me había besado, y tuvimos un reintento que no funcionó. Ryu fue llamado, entonces, a hacer el servicio militar, pero yo había conocido después de Mauricio a Christian y a Marcos, el segundo gran error de mi vida. Pero esa es otra historia.

Cuando Ryu se fue al servicio militar se despidió de mí y me pidió que le escribiera. Lo hice una vez, pero no me contestó la carta. Un par de años después me encontré con su mamá y su hermana. Tuve que pararme a cinco centímetros de sus ojos para que su mamá me viera. Estaba casi completamente ciega. La hermana de Ryu se veía mal. Parecía drogadicta y prostituta barata. Supongo que lo era. La mamá de Ryu me abrazó muy fuerte, me dijo que me quería, que nunca le había perdonado a Ryu lo que me había hecho, que una vez había intentado llevar a Jessica a la casa y ella la había echado. No quería a nadie. Solo a mí, decía ella. Me pidió que la visitara, que la fuera a ver, pero yo recordé los gatos y aunque le prometí que iría, jamás lo hice.

Cuando estaba en cuarto medio me volví a encontrar con Ryu. Él trabajaba como guardia en el metro, en la sección de escolares, revisando los pases. Lo saludé sorprendida y él a mí. Conversamos un rato y quedamos de juntarnos a la salida de mis clases. Yo me había cambiado de colegio en primero medio. Estaba segura de que Jessica les había contado a todos que yo me había embarazado. No quería volver ahí. En ese entonces estudiaba un poco más lejos de mi casa, le dije a Ryu la dirección y me fue a buscar puntual. Nos fuimos al centro. Caminamos mucho y conversamos de nada. Nos contamos nuestras vidas. Cuatro años habían pasado no en vano. Yo estaba más grande. Ya no era la niñita tonta que había creído en sus mentiras. Él seguía siendo pobre como las ratas.

- Te invitaría a comer algo - me dijo - pero no tengo plata.
- No te preocupes, no tengo hambre - le dije yo

Me fue a dejar a mi casa. La conversación se había vuelto en lo nuestro, lo que no había sido. Ryu me dijo que le dolía haberme perdido. Que cuando se había ido al servicio militar Jessica, que había prometido esperarlo, lo había cagado con otro.

- Tú me habrías esperado, cierto? - Me preguntó.
- No lo creo - le dije - Creo que te habría dicho la verdad al final
- Qué verdad?
- El bebé que yo esperaba... no era tuyo... - Ryu se quedó congelado un momento antes de reírse
- Que mentirosa! Claro que era mío
- No, no lo era, de eso estoy segura
- A ver y de quien era?
- Yo... te engañaba con el hermano de un compañero de curso... se llamaba John y se había ido a Brasil sin saber que yo estaba embarazada y yo no sabía que hacer... así que inventé que era tuyo... discúlpame...

Ryu se fue sin decir nada. Todo era mentira y no sé porqué le dije lo que le dije, pero se sintió tan bien decirlo! Sentí que de alguna manera, hiriéndole el orgullo, le devolvía parte del daño que me había hecho.

El viernes apareció de nuevo por mi colegio. Yo salía de la mano de mi, en ese entonces, pololo, y un grupo de amigos. Ryu me miraba desde la acera del frente. Pensé en ignorarlo, pero él se acercó a nosotros y me habló.

- Podemos hablar?
- Nosotros? - Me reí y me abracé a mi pololo - Nos conocemos?
- Marguerite...
- No tengo nada que hablar contigo - Me volví a reír y lo miré bien. Me dí cuenta de que tenía el cuello y las muñecas sucias de piñén y recordé la ducha fría de su casa, sin calefacción, y la caja de arena con mierda de gato - anda a lavarte el cuello mejor, lo tienes sucio.

Mis amigos estallaron en carcajadas y Ryu se fue.

- Y ese roto quien era? - me preguntó mi pololo con un beso
- Uno que nos iba a cortar el pasto a la casa, pero se robó unas cosas de mi mamá y lo echaron - mentí. Nos fuimos a comer papas fritas y pizza con mis amigos y no volví a pensar en Ryu.

Tres años después me lo encontré de nuevo. Me tocaba hacer prácticas de enfermería y me enviaron a un consultorio en una población muy pobre, cerca de donde Ryu vivía. Él trabajaba de guardia de seguridad en el consultorio y lo reconocí de inmediato. Estaba igual que siempre, pero más grande, mayor, maduro... o más curtido por la vida, no sé. Habían pasado 7 años desde que me había embarazado de él. La cicatriz en su mejilla me recordó esa noche de la violación, pero volví a empujar el recuerdo al fondo de mi memoria. Nos saludamos y hablamos. Ryu se había casado y tenía una hija que había nacido con malformaciones cardíacas. Me dijo que ese era su castigo por lo que había pasado. Esas eran las lágrimas de sangre con las que mi madre lo había maldecido. Me dió pena. No por él ni por haberlo humillado frente a mis amigos, pero pena por esa niña sin culpa, esa niña idéntica a la niña que yo había sido alguna vez.

- En cambio... mírate tú! - me dijo Ryu - vas a la universidad y todo... Yo nunca terminé cuarto medio, sabes? Y ahora están exigiendo cuarto medio hasta para hacer aseo. Tengo suerte de tener esta pega...

Nos despedimos. Nos nos prometimos contacto en el futuro, porque sabíamos que éramos dos extraños que habían compartido un punto trágico muchos años antes, pero ya no teníamos nada en común. Probablemente nunca lo habíamos tenido.

Yo pregunté por sus turnos en dirección y elegí ir de práctica cuando él no estuviera ahí. No quería volver a encontrármelo, aunque eso no fue necesario. Lo echaron al poco tiempo, nunca supe por qué, y desde entonces jamás he vuelto a verlo.