30 años
He cumplido treinta años hace unos días. Treinta años hace de que vine al mundo gracias a una madre interesada y a un padre maricón que no había salido del clóset.
Hace cuatro meses que no escribo y han pasado tantas cosas...
Derek está de nuevo en Canadá. A fin de año lo trasladan definitivamente y me ha pedido que me case con él y que me vaya con él. Después del malentendido con su hermana, las cosas han ido bastante bien. Derek es maravilloso, un hombre atento, un amante experto, pero aún así hay cosas que no entiendo de él. Quizás sean las llamadas diferencias culturales, o quizás sea que Armando ha vuelto a mi vida.
Armando... Armando es ahora mi "amante", si puede llamársele así. Nos vemos regularmente, dos o tres veces por semana en horas robadas cuando Derek ha estado en Santiago, todos los días cuando Derek ha estado de viaje. Ahora se acaba de ir. Armando y Derek son tan distintos. Con Derek sé que podría irme, olvidarme de toda esta vida de mierda que he llevado por treinta años, empezar de nuevo y desde cero, sin pecados y sin recuerdos, y aún así no me decido. Con Armando cargo mil cruces, oculto mil cosas y a pesar de todo el tiempo que llevábamos sin vernos y de todo lo que ha pasado, aún siento el mismo vértigo del primer día en que lo ví, del primer día que nos besamos, de la primera vez que hicimos el amor. No sé si puedo asegurar que lo amo, ni siquiera sé si a estas alturas puedo, realmente, amar a alguien.
Armando y Derek, Derek y Armando, dos polos tan opuestos, por los dos siento "algo". La pregunta es qué estoy dispuesta a sacrificar.
Hice una fiesta para mi cumpleaños e invité a Armando. Ese fue el día que Derek me pidió matrimonio delante de todos mis amigos. Sacó un anillo de la nada en medio de un brindis, me declaró su amor delante de todos y sin darme tiempo a reaccionar puso el anillo en mi dedo. No creo haber respondido nada. Sólo lo abracé y miré a Armando, que me miraba pálido desde un rincón. Felicitaciones, más brindis, te echaremos de menos Marguerite cuando te vayas, acuérdate de llevarte un chaleco de lana, en Canadá hace frío hasta en verano, risas, ruido, salgo al balcón a fumarme un cigarro mientras Derek se ríe con fuerza, le hago un gesto a Armando de que me siga. Armando me pregunta si realmente me voy con Derek y le digo que qué cree, con los ojos achicados por el humo. Me dan ganas de decirle que él se lo ha perdido, que yo he estado ahí todo el tiempo, esperando por él como una viuda negra venenosa en su tela de araña, pero me recuerdo a tiempo de que fui yo quien lo dejó a él y nos sumimos en un silencio profundo y negro como la noche que nos rodea.
Todos se empiezan a despedir, voy a dejar a Derek a su apartamento, borracho y casi inconsciente. Cuando vuelvo, casi todos se han ido. Armando sigue con una copa de vino en su mano, sentado en un sillón y Carolina me hace un "no" con la cabeza antes de salir. Estamos solos. Me siento frente a Armando y juego con el anillo en mi dedo. Armando guarda silencio. Le digo que tengo sueño, que me voy a acostar y que si quiere, tengo sábanas y frazadas para que duerma en el sofá. Me levanto y Armando se pone de pie. Me aprisiona contra la pared, me sujeta las muñecas con fuerza y acerca su cara a la mía. Me gusta que sea agresivo, me calienta tenerlo tan cerca. Me pregunta que a qué juego. Lo miro a los ojos y acerco mi cara a la de él, rozando mis labios con los suyos y le digo que no estoy jugando a nada. No esta vez. No cuando ambos somos adultos, cuando han pasado diez años desde que nos conocimos, cuando él tiene pareja y yo tengo a Derek. Le digo que me suelte, que de verdad estoy cansada, y Armando intenta besarme y yo hago como que me resisto, alejando mi cara de la de él pero pegando mi cuerpo a su cuerpo.
Armando me obliga a ir a la cama, o se cree él que eso hace, soy yo quien casi no ha bebido y quien lo dirige a mi tela de araña. Le hago el amor hasta hacerlo gritar, hasta que cae exhausto a mi lado, hasta que en su mente no cabe nada más que yo y ese nosotros temporal y etéreo. Entonces lo abrazo y le digo que esta será la última vez que nos veamos, que he decidido irme con Derek, que ya no quiero estar tonteando. Lo obligo a levantarse y a vestirse. Le digo que quiero estar sola, que lo nuestro se ha acabado, si es que alguna vez hubo algo. Le cierro la puerta en la cara. A las dos horas, cuando ya he limpiado las copas de vino a medio llenar y los platos con restos de queso mustio y galletas húmedas, suena el timbre. Es Armando, con los ojos enrojecidos, parece que ha bebido más. Le dejo que entre, le digo que está borracho y que se acueste en el sillón, que al otro día hablaremos. Me dice que lo ha decidido, que no quiere perderme nuevamente, que quiere estar conmigo, que irá contra todo y contra todos por mí, que esta vez las cosas saldrán diferentes. Nos dormimos abrazados. Volvemos a hablar al desayuno, con la cabeza despejada. Le digo que si recuerda todo lo de la noche anterior y me dice que sí y afirma que está dispuesto a jugársela por mí. Le doy máximo una semana para que deje a su novia. En cinco días no nos vemos.
Hoy ha venido Armando. Me ha dicho que ha terminado con su novia. Derek vuelve en una semana, se supone que debo terminar con él cuando vuelva. El problema es que ahora soy yo quien no está segura de nada. Qué es lo que realmente quiero... quiero irme con Derek, dejar la carrera en la universidad que recién he comenzado y que realmente me gusta, aunque Derek dice que puedo estudiar allá, y terminar de una vez por todas toda esta mierda o quiero vivir lo que siempre soñé con Armando, arriesgar lo que tengo y pueda llegar a tener con Derek, y seguir viviendo una doble vida a sabiendas de que quizás con Armando esta vez tampoco resulte.
Tengo treinta años y ya no tengo más tiempo para equivocaciones.