Andrés
Andrés fue mi otro novio entre Mauricio y John. No podía recordarlo, a pesar de que Andrés marcó mi vida de un modo trágico. Andrés era familiar político y lo conocí en una de las pocas veces que la familia se veía, en un matrimonio. Yo tenía 11 años, fue por el mismo tiempo en que conocí a Felipe, pero no recuerdo quien fue primero. Ese día del matrimonio Andrés me miraba fijo. Yo me veía tan fea, con un vestido de fiesta prestado, de encaje con mangas abombadas que me quedaba grande y hediondo a la transpiración de otra persona, maquillaje exagerado y un peinado con volumen que me quedaba mal. Lo perdí de vista en la iglesia, pero lo volví a ver en la fiesta. Andrés me perseguía, quería conversar conmigo, saber cómo me llamaba, quien era, que edad tenía. Le conté todo, menos la edad. Esa noche Andrés fue el alma de la fiesta. Hizo discursos, contó chistes, bailó y me sacó a bailar, para mi vergüenza. Cuando se hizo tarde yo me fui a acostar. La fiesta era en una casona grande en las afueras de Santiago y habian dispuesto muchas camas en el suelo para los invitados cansados y los niños. En la oscuridad encontré una cama desocupada y me acosté con ropa. Al poco rato, mientras trataba de quedarme dormida con el barullo de la fiesta, vi a Andrés entrar en la habitación. Algunas mujeres dormían con sus hijos pequeños en otras camas. Andrés se tomó su tiempo para ubicar donde estaba yo. Se acercó silencioso. Me dió un beso en la boca para despertarme y siguió besándome. Todo fue muy suave. Andrés tenía en ese tiempo unos 25 años y pensaba, por mi apariencia física, que yo tenía unos 16.
Llegó el verano y Andrés aparecía regularmente en mi vida. Ese fue el verano en que estuve con Felipe. Andrés habló con mi mamá, le dijo que yo le gustaba y que quería pedirle permiso para pololear conmigo. Recuerdo que mi mamá se rió histérica delante mío. Pero si Marguerite es una niña! no ha cumplido ni 12 años, creo que ni siquiera le ha llegado la regla! añadió para mi vergüenza. Por supuesto que la regla ya me había llegado, y tuve que, en ese tiempo, arreglármelas sola para entender qué era lo que le pasaba a mi cuerpo, no podía contar con la mujer que me había parido para tales fines. Andrés no dejó de visitarnos. Aparecía los días sábado a la hora de once y siempre llevaba algo para comer, una torta pequeña o un pastel. Mi madre a veces no salía y se quedaba con nosotros, y le coqueteaba a Andrés descaradamente. Ella era unos 10 años mayor que él por ese entonces y le decía que tan buena como la hija estaba la madre, cosas de ese estilo, que Andrés, para mi agrado, siempre ignoró.
Las veces que mi mamá salía, en cambio, con alguno de los novios de turno, Andrés y yo nos besábamos hasta quedar sin aliento. Andrés siempre me respetó. Yo quería llegar más allá. Me mataba la curiosidad, el deseo, las ganas de saber cómo continuaba ese placer burbujeante que empezaba a hacerme cosquillas en el cuerpo y a darme calor en la entrepierna, pero Andrés siempre me detenía las manos cuando intentaba hurguetearle los bolsillos, se reía, y me decía que no, que ya tendríamos tiempo para eso, y me volvía a abrazar, y a besarme. Ah, los besos de Andrés, experimentados y exquisitos, tan distintos de Felipe, con quien me besuqueaba y toqueteaba en callejones oscuros por ese entonces, pero Felipe se fué a su casa y Andrés se quedó, y puntual, siguió visitándome bajo el no siempre atento ojo avizor de mi madre.
Andrés tenía una camioneta con la que competía en carreras ilegales. Varias veces me invitó, pero nunca me dejó subir con él en la camioneta cuando manejaba en alguna carrera, yo era una simple espectadora. Recuerdo que me sentía tan ridícula ahí, sentada en el suelo mirando a los autos recorrer distancias pequeñas en una exhalación. Los amigos de Andrés ni siquiera me miraban, me ignoraban educadamente. Para ellos yo era una niña y, sobretodo las mujeres, no entendían qué hacía yo ahí, o qué hacía Andrés conmigo.
El romance con Andrés duró unos tres meses, hasta que una noche salió en las noticias que Andrés se había matado conduciendo en la panamericana a exceso de velocidad. Yo estaba comiendo sola y mirando tele cuando apareció su fotografía en el televisor, su nombre completo, seguido de los detalles del accidente y la cámara enfocando su camioneta roja hecha mierda en contra de las barreras de contención, un acordeón de fierros retorcidos que los bomberos trataban de cortar con sierras potentes. Un brazo como de muñeco de aserrín asomaba por un agujero que supongo era la ventana y el camarógrafo, morbosamente, acercaba la imagen una y otra vez. Vomité ahí mismo. Andrés, mi Andrés, no podía estar muerto.
Cuando mi mamá llegó yo ya había limpiado. Con el rostro sin expresión le comuniqué la noticia. Ella llamó a un tío, después de todo Andrés era de la familia, y confirmó todo. A los 5 días fue el velorio y el funeral. Yo no quería ir, pero mi mamá me obligó. Había mucha gente, compañeros de trabajo de Andrés, compañeros de colegio y de universidad, ex-novias, amigos, vecinos, los tipos de las carreras ilegales... La mamá de Andrés me abrazó cuando me ví empujada a darle el pésame y me soltó de inmediato, para abrazar al siguiente, un abrazo de lágrimas secas y mocos húmedos. Me acerqué al féretro. Una curiosidad malsana me atraía como un imán. Quería ver qué era lo que había dentro. Un cuerpo deforme, que no era el Andrés que yo recordaba, aquel que tantas noches me había besado en el sofá de mi casa, reposaba sobre una tela blanca. Tenía la cara llena de cortes y dos enormes trozos de vidrio se incrustaban en su ojo izquierdo, o lo que quedaba de éste, reventado. Tenía las mejillas hundidas, le faltaba un pedazo de labio y se veía que le faltaban algunos dientes y el resto estaban llenos de sangre. Un fierro incrustado en la cabeza decoraba la parte izquierda superior de su cráneo, mal cubierto con un pedazo de género. La tela estaba manchada de sangre color ocre y olía mal. No pude llorar, aunque quise, pero no pude. Camino al cementerio me escabullí, tomé una micro y me fui a mi casa. Mi mamá llegó al otro día. Se había encontrado un tipo en el funeral con el que se había ido.
Después de eso conocí a John. Nunca fui a ver a Andrés al cementerio, y de alguna forma lo borré de mi recuerdo, tanto, que me costó recordarlo en este recuento de amores que estoy tratando de hacer.