Separados
- Necesito que me ayudes.
- A qué.
- Necesito eliminar a la sueca.
- Eliminarla... ¿eliminarla?
- Eliminarla.
- Cómo eliminarla...
- Marcelo, por favor, no te hagas el hueón... tú mismo fue el que me propuso mandar a eliminar a Pablo...
- Pero Marguerite... es distinto, un hueón psicópata que una mina embarazada...
- Me vas a ayudar o no...
- Marguerite, no creo...
Y le corté. Ese fue el debut y despedida de Marcelo como asesino a sueldo. Pero han pasado tantas cosas en un mes... A Marcelo no lo he querido ver pese a los mensajes de disculpa, de haré lo que me pidas dentro de los límites razonables porque te quiero Marguerite y se que no estás pensando con claridad, de por favor no me alejes de tí...
Patético. Me pareció patético que ni siquiera fuese capaz de comportarse como un hombre y llevar a cabo sus propias ideas...
Pero a fin de cuentas, eso no tiene importancia, porque Merete se fue a Suecia. Y a la vez, eso tampoco tiene importancia porque Armando y yo estamos separados.
Algo que yo no sabía, porque a la muy puta no se le notaba, era que Merete tiene casi 38 años. Cuando le exigí a Armando que la despidiera y me dijo que no podría, que Merete quería quedarse en Chile, hablé con ella. Y la muy desgraciada fue sincera conmigo. Me dijo que le gustaba Chile, que le gustaba estar aquí, que se había dado cuenta de que el reloj biológico le estaba haciendo tic-tac y que si no era ahora, cuando... No sé cómo no le salté al cuello y la ahorqué. Por qué ahora y por qué con MI Armando, le preguntaba a gritos silenciosos. No me voy a ir, me dijo muy caradura.
Entonces fue cuando cometí el error. Le exigí a Armando que dejara de verla, que escogiera entre ella y yo. Y Armando me dijo que lo había pensado y mucho, que quizás esto era una señal de Dios, que él no podía no escoger a su hijo. Y yo le grité que era un estúpido, que ni siquiera sabía si era su hijo. Armando me miró dolido, por un momento pensé que sabía lo de Pablo. Con una voz muy tranquila, una voz que se me repite y se me repite como un eco maldito, me dijo que escogía el bebé, porque algo, y ese "algo" fue como haberme dado un estocazo en pleno corazón, le decía que ese bebé era su hijo.
No fui capaz de llorar, de responderle, de moverme. Me quedé ahí, parada como una idiota en el living de nuestra casa que no alcanzó a ver siquiera un año de matrimonio. Armando salió, no sé cuando, pero de repente no estaba ahí, se había ido. A ver a la sueca, pensé. Tuve la certeza de que Armando ahora si que se había ido para siempre.
Subí al dormitorio, agarré tres maletas, metí mi ropa, libros de la universidad, lo más básico para irme. De todas maneras tengo de todo en el apartamento, pero Armando no sabe eso. De mi escritorio tomé una foto de nosotros dos. Eso fue hace unas tres semanas. Salí de la casa ahogada, apurada, sabiendo que si volvía a ver a Armando no sabía que iba a pasar. Quizás lo habría matado y le habría hecho el amor a su cadáver por última vez.
Llamé a Marcos, que tomó el primer avión desde Punta Arenas. Llegó quejándose de los precios de LAN y queriendo besarme. Yo estaba todavía aturdida, sin ser capaz de reaccionar. Armando me había dejado. Armando me había dejado. Qué iba a hacer ahora, es lo único que me daba vueltas una y otra vez en la cabeza. Marcos me prometió hablar con él, hablarle de la importancia de los votos matrimoniales, de que la sueca era claramente una señal del demonio, el pecado, la infidelidad, que no sería la primera vez que alguien tenía un hijo ilegítimo por fuera sin que eso socavara el sagrado vínculo del matrimonio y yo miraba a Marcos como quien mira una película en un idioma desconocido, lo miraba mover la boca, escuchaba las palabras, pero no entendía de que mierda me hablaba, si Armando me había dejado, es que no entendía que me había dejado por la puta sueca y su hijo bastardo y que todo, todo era absolutamente mi culpa, que yo había abortado con las mismas píldoras que Marcos me había entregado con sus propias manos al hijo de Armando, que a final de cuentas yo me había buscado todo lo que estaba pasando... tenía ganas de gritar, pero no podía. Un sentimiento de vacío, de precipicio, me inundaba.
Dejé de comer. Dormía a saltos. Cada mensaje de Marcelo me hacía saltar de los nervios, pensando que podía ser Armando. No quería llamarlo yo, no quería rogarle, suplicarle, pero al mismo tiempo sabía que cada hora que pasaba era una hora más que se lo entregaba a Merete, en sus garras, la muy puta.
Volví a clases sin entender nada. Estas semanas he funcionado como zombie, no sé cómo llegué de un lugar a otro, hay horas que me faltan, han habido días en que me siento en el sofá a mirar el techo y sin darme cuenta se ha anochecido. No sé si he comido, no sé si he dormido, si me he pasado la noche pensando en Armando o ha sido todo una pesadilla.
El sábado por la tarde vino a verme Albert. Estaba preocupado por mí, algo se enteró de que Armando y yo ya no estábamos juntos, me escribió, me llamó, y cuando no le contesté, decidió finalmente venir a verme donde sabía que estaría. Albert, mi fiel Albert. Se acostó a mi lado y me hizo cariño hasta que me quedé dormida. Me desperté dos horas más tarde y él dormía a mi lado. Me acurruqué entre sus brazos y Albert me besó, y ese beso... fue como haberme despertado de los cien años de encantamiento. Desde el aborto que había tenido cero interés en el sexo. Ni Marcelo ni Marcos, ni siquiera Armando... pero Albert, Albert es distinto, Albert me conoce, Albert hace el amor como nadie, sabe donde acariciarme, donde besarme, como penetrarme... lo hicimos una sola vez y fue suficiente para despertarme y sacarme del estado de letargo en que estaba.
Albert se fue y me quedé en la cama, fumándome un cigarro tras otro, sintiendo la rabia crecer en mi vientre como un embarazo invisible. Armando...
La foto de nosotros que me había traído es del tiempo en que ambos éramos estudiantes, hace unos diez años, y me veo tan feliz, tan enamorada... es del tiempo antes de que todo se pudriera, Armando mira a la cámara, seguro de sí mismo, con esa media sonrisa que solía tener. Yo lo miro a él, mis ojos perdidos en sus ojos, mis labios entreabiertos, si el amor absoluto tiene una cara, es esa, la mía, en esa foto. Apagué el último cigarro y me puse, por fin, a llorar con la foto entre mis manos. Armando. Lo único que me importaba en esta vida era Armando. Si quería un hijo se lo daría, con tal de no perderlo, Armando, vuelve a mí, Armando...
Sin saber cómo, estaba de rodillas en el suelo, rezándole al dios de Marcos, a ese dios que le permitía engatusarme a los quince años, que por favor hiciera algo, algo, ALGO para que la sueca desapareciera del mapa. Le prometí que cambiaría, que nunca nunca nunca más volvería a acostarme con nadie que no fuera Armando, Albert había sido el último. Le pedí que por favor, solo esta vez, me hiciera el favor de arreglar el puto desastre en el que estaba, le recordé que nunca en mi vida ÉL había intervenido en mi favor, y le exigí que ahora, por una sola vez, hiciera algo.
El dolor de las marcas de alfombra en mis rodillas me hizo notar lo ridículo de la situación. Creo que entré en un estado psicótico, empecé a reírme alocadamente, tirada desnuda en el suelo, como una demente, las carcajadas que no reconocía como mías me taladraban los oídos.
Me duché, me vestí y salí. Me fuí a recorrer bares. Bebí y bebí, alguien tenía cocaína, alguien tenía éxtasis, probé ambos. Me sentía eufórica. A la mierda Armando, que se quedara con la anciana sueca y su hijo. Alguien me pidió que se lo chupara en el baño a cambió de dos rayas de coca, le pregunté si tenía condón y se puso a reír, dónde se ha visto que te lo chupen con condón, le respondí a carcajadas que si creía que los condones con sabor eran para dejarte el culo pasado a frambuesa. Volví a sentirme feliz como hacía tanto que no me sentía. Me besé no sé con cuantos. Si algo más que eso pasó, no lo recuerdo. Fumé marihuana y eso me tranquilizó un poco. No sé cuando ni cómo volví a mi apartamento, pero me pasé el resto del domingo con una resaca de mil demonios.
El lunes me llamó Armando. Iba saliendo de clases y contesté sin mirar. Me pidió que nos viéramos y nos juntamos media hora más tarde en un restaurant, como si fuésemos dos desconocidos. Pensé que quería hablar de la separación, de cómo nos repartíriamos los bienes matrimoniales, de cómo íbamos a anunciarlo a los amigos y conocidos. Cuando lo ví, me sorprendí de su cara, pálida y ojerosa, y de notar que algo en mí, en mis sentimientos por Armando, había cambiado. No podría decir que había dejado de amarlo, eso nunca, pero algo, indefectiblemente, no era lo mismo.
Nos sentamos frente a frente y pedimos algo que nunca tocamos. Armando me dijo que Merete se había ido a Suecia a hacerse un aborto. Habían ido juntos, y en mi cabeza se repetía juntos, juntos, juntos, como un mantra endemoniado, a hacerse una ecografía. Habían descubierto que el pliegue nucal del bebé estaba aumentado y que debido a la edad de Merete, las posibilidades de un bebé con síndrome de down eran altas.
Merete se había ido en el primer avión a Suecia a hacerse más exámenes y le había advertido a Armando que se haría un aborto si el bebé venía con problemas.
Y ahí estaba yo de nuevo, mirando a Armando hablar, como en la película extranjera, sin entender qué era lo que me estaba diciendo realmente. Qué era lo que me pedía. ¿Comprensión? ¿Tiempo? ¿Que volviera con él? ¿Qué esperara a ver qué decidía hacer la sueca con el engendro aquel? Me puse de pie, dejé el dinero de lo que pedí en la mesa y salí, y Armando salió detrás de mí. Me abrazó en la calle y lo alejé de mí. No quería verlo, no quería estar con él, quería que cruzara la calle y lo atropellaran por maricón, por haberme cagado de esa forma, por no haberme elegido a mí, sobre todo por eso.
Ahora me acaba de llegar un mensaje de Armando, pidiéndome que hablemos. Me ha puesto que Merete ha enviado su renuncia y dice que no volverá de Suecia. Armando debe pensar que ha abortado, ¿pero y si no? ¿Y si ha decidido quedarse allá con el hijo de Armando, o de Thomas? ¿Y si vuelve en un tiempo más embarazada? No me confío de ella. No quiero ver a Armando, tengo demasiadas cosas en las que pensar, que decidir, pero sobre todo, me duele sentirme el premio de consuelo, me repito una y otra vez que él los escogió a ellos, a la sueca y al engendro, no a mí. Armando llamó a Marcos también, para pedirle que lo oriente, y Marcos me dice, muy católico él, que recuerde aquello de quien esté libre de pecado que lance la primera piedra, que no deje que un error de Armando me haga olvidarme de todos los míos.
Armando... ¿lo quiero realmente tanto como creo? Tengo rabia, cuando pienso en Armando siento rabia, y recuerdo la dulce sensación de libertad en los latidos alocados de la cocaína, el relajante amargor de la marihuana, besarme con uno y otro y otro sin tener que darle explicaciones a nadie... y de repente estar separados no me parece tan mal, ahora que he vuelto a sentirme viva.