29-04-2013

Die jüdische Hund

Mi día empezó con un mensaje de Albert:

"Hola hermosa. Mi primer mensaje de la semana es para ti. Te echo de menos, espero que podamos vernos pronto. Te pienso todo el tiempo, que tengas un lindo día".

Me acurruqué debajo de las sábanas mientras pensaba en Albert. Soy mala con él, Albert no ha hecho más que apoyarme todos estos años, preocuparse por mí. Estar siempre ahí cuando lo he necesitado realmente. Te pienso, fue él quien me enseñó esa frase, te pienso, y la hice mía para siempre. Decidí contestarle.

- Estás en la oficina?
- Si, pero voy saliendo a clases
- Clases? de qué?
- de alemán. Viajo a Alemania la semana que viene. Quieres venir conmigo?
- Y qué has aprendido?
- Die jüdische Hund
- jaja que mierda es eso?
- perro judío, así al menos sabré cuando me estén insultando
- jaja ridículo
- No me respondiste si quieres viajar conmigo
- Ven a verme después de tu clase, lo voy a pensar, ahí te contesto.

Me quedé acostada unas dos horas, bajo las sábanas suaves, saboreando con anticipación a Albert. Los lunes tenemos que hacer un trabajo práctico, tenemos que estudiar un paciente, su comportamiento, exponer en clase lo que hemos avanzado e intentar analizar al paciente, dar opiniones o diagnósticos y discutir las diferencias de opinión en clases. Yo me analizo a mi misma, soy mi propio sujeto de estudio, claro que ellos no lo saben. Es bastante chistoso exponerme así sin que sepan que soy yo, aunque a veces me da la impresión de que Jorge, por sus preguntas y por lo que pasó, intuye que soy yo. Pero bueno, ese no es el tema, el tema es que el lunes es mi día libre, por la noche escribo algo, avanzo en mi caso de estudio, simplemente respondiendo a mis propias preguntas, contando con detalle mis propias reacciones.

Me duché y volví a la cama. Cerré los ojos. El frío invitaba a dormir otro rato. Me desperté con el timbre, era Albert. Me besó apenas entró y me llevó a la cama. Sentía los labios inflamados de la excitación acumulada. Nos acostamos entre besos. Albert tenía las manos y la nariz frías, me hacía cosquillas en los lugares que me besaba. Hicimos el amor lentamente, bajo las sábanas. Sentía sus piernas duras, musculosas y velludas entre las mías. Le acariciaba la espalda con cuidado, sintiendo los tendones tensados, las nalgas apretadas mientras me penetraba una y otra vez, su aliento en mi cuello, en mi oreja, susurrándome palabras a las que no les prestaba atención mientras me hundía más y más en un precipicio de placer. Como siempre, me dejó llegar al clímax primero, y luego él. Albert es tan preocupado por los detalles, conoce mis gestos más mínimos, busca complacerme y sabe como hacerlo.

Albert se acostó a mi lado y me abrazó por la espalda, como tanto me gusta.

- ¿Qué vas a hacer Marguerite?
- ¿Con qué?
- Con tu vida... ¿No piensas volver con Armando?
- No sé... no todavía... quiero tiempo para pensar.
- Vente a Alemania conmigo y lo piensas.
- No creo que pueda... tengo clases...
- ¿Estás enamorada de Armando?
- No sé. ¿Sabes que hubo un tiempo en que pensé que estaba enamorada de ti?
- ¿Cuándo fue eso?
- Cuando recién nos habíamos conocido, antes de conocer a Armando.
- Y llegó Armando y echó a perder todo...
- Si no hubiese llegado Armando jamás me habría acostado contigo, te seguiría tratando de usted y viendo casi como a un padre... ¿te acuerdas de la primera vez que lo hicimos, en tu oficina?
- Como si fuese ayer.
- ¿Todavía tienes el portalápices que te regalé?
- En mi escritorio
- Uuuuy en su escritorio de directoooor - le dije con un tono burlesco
- Marguerite... no vuelvas con Armando. Armando no te hace feliz, nunca te ha hecho feliz, yo te conozco desde antes, de cuando brillabas con una luz hermosa... cuando conociste a Armando te fuiste apagando y mírate ahora, nada es como quieres...
- Nada será nunca como yo quiero Albert... - me di vuelta y quedamos frente a frente en la cama.
- Podría serlo... Marguerite... he estado pensando mucho en esto... mis hijos ya están grandes, yo estoy ya mayor, tú me has repetido hasta el cansancio que no quieres hijos y yo ya terminé mi rol de padre... quédate conmigo, salgamos, viajemos, disfrutemos...
- ¿Me estás diciendo que te vas a separar?
- Quizás... no todavía, pero quizás, si las cosas salen bien...
- O sea me estás pidiendo que sea tu amante...
- No, te estoy pidiendo que le des una oportunidad a esto, nos conocemos desde hace cuánto, ¿13 años? Siempre he sabido que estamos hechos el uno para el otro y lo triste es que nunca hemos podido estar juntos de verdad, solo momentos pequeños... y aún así adoro esos momentos aunque sean efímeros.
- Si estuviésemos hechos el uno para el otro, habríamos estado juntos hace rato.
- No porque tú siempre has estado enceguecida y has preferido a Armando.
- No porque tú estás casado y siempre tuvimos muy claro que tú no ibas a dejar a tu esposa, tu familia, tu religión, tu comunidad y comodidad por mí. Sabes que a mí no me va vivir en las sombras, ser la amante, ser la otra, la que se conforma con los restos y migajas...
- Lo sé, y es por eso que ahora, y estoy confiado en que no sea demasiado tarde, te lo estoy ofreciendo, todo Marguerite, todo lo que me pidas, lo dejaría por ti. Te amo.

Te amo. Nunca lo había escuchado decirme te amo. Me quedé sin palabras. Me estaba mirando a los ojos, sus ojos negros, profundos, de una herencia orgullosa y dolorosa, y me estaba por fin, después de tantos años y tantas camas compartidas, diciendo que me amaba. No supe que contestarle, así que lo besé, lo besé con fuerza, con la rabia del que llega demasiado tarde y Albert me besó sorprendido, sin entender por qué reaccionaba así, pero me besó con fuerza él también ante mi insistencia. No tardé en notar su erección.

- Viólame.
- ¿Qué?
- Viólame. Tómame con fuerza, con rabia, como si me estuvieras violando.
- Marguerite... no puedo hacer eso...
- Viólame - le repetí mientras le enterraba las uñas en la espalda.

Y lo hizo. ¿No hace Albert siempre lo que le pido, al menos en la cama? Me afirmó de las muñecas mientras yo me retorcía intentando alejarlo de mí, mientras pateaba el aire con él entre mis piernas abiertas, y me penetró con fuerza, con dureza, y creo que lo disfrutó tanto como yo. Me dejó las muñecas enrojecidas y adoloridas y el clítoris aturdido de placer brutal.

Volvió a acostarse a mi lado en la cama y abrazarme por la espalda. Con el dedo me recorría las curvas de la cadera y la cintura.

- Me gustas tanto Marguerite...
- En unos años más no te voy a gustar, voy a ponerme fea y gorda y vieja...
- Feita y viejita y gordita me vas a gustar igual.

Cuando Albert se fue, cambié las sábanas, me volví a duchar y me vestí. Empecé a redactar el avance de mi informe. Me reía sola de lo que iban a pensar mis compañeros, sus análisis básicos de mis desórdenes mentales, como la paciente, que en algún momento de su vida fue abusada, ahora disfruta pretendiendo ser abusada. También sonreía de recordar la sensación de escuchar a Albert decirme "te amo". ¿Y si me fuese con él? Y si me fuese a Alemania, aceptara su oferta, viajáramos... ahora que Albert era el director podría hacer prácticamente lo que quisiera, pero ¿estaba dispuesta yo a hacer algo así? pensaba en Derek, en que no me fui, no pude irme con él y dejar a Armando. Y Armando... aún no decidía que iba a hacer con él.

En eso me llegó un mensaje de Albert.

"Cuando te dije que te amo, lo dije en serio. Te amo. Piénsalo".

Sonreí. Albert sabía que estaba pensando en él, y el tarado de Armando ni siquiera entendía por qué no aceptaba sus disculpas. Estaba respondiéndole a Albert algo en alemán inventado cuando entró una llamada, otra vez el número desconocido, y contesté. Se me heló la sangre en las manos cuando escuche su voz.

- ¿Marguerite? Soy Pablo, estoy en Santiago. ¿Podemos vernos?

Le dije que sí, debe estar por llegar en cualquier momento. Tengo el corazón en la garganta. El judío que espera que le diga que sí en un lado de la balanza, Armando en el medio, y en el otro lado este, el perro que ya me ha mordido la mano con anterioridad.