Felipe
Entre Mauricio y John tuve dos novios. Uno de ellos fue Felipe. Yo tenía 11 años, fue justo antes de cumplir los 12 y él tenía 16. Era nieto de unos vecinos y estaba ahí de visita. Felipe era el chico más lindo que había visto hasta entonces, y creo que todavía. Tenía el pelo color castaño claro y los ojos color miel y las piernas mejor formadas de todos los chicos del barrio. Todas suspirábamos por él, todas las vecinas de la misma edad que nos sentábamos fuera para conversar, aunque nunca fuimos amigas. Felipe era exhibicionista y jugaba a la pelota con pantalones cortos, para que lo admiráramos.
Una tarde, cuando ya estaba oscuro, nos encontramos a solas. Fue una casualidad. Felipe me dijo que lo acompañara a la farmacia y yo dudé varios minutos antes de acceder. Su razonamiento era lógico. Su abuelo se sentía mal y tenía que ir a comprar algo. Yo no me decidía. Era tarde, yo no tenía la edad suficiente para salir sola y ya estaba oscuro, pero sabía que nadie en casa se daría cuenta de que yo no estaba, porque yo no le interesaba a nadie. La idea me atraia. Felipe era lindo y me había elegido a mí para ir con él, pero intuía el peligro. Al final me dijo que si no quería ir, que no fuera. Fui con él. Caminamos un par de cuadras sin hablar. Felipe se detuvo en un callejón corto y oscuro. Me puso contra la pared, me besó y me manoseó. Yo me dejé hacer hasta que él se sintió satisfecho. Me dijo que no le contara a nadie, una frase que yo ya había oido demasiadas veces. Nos vimos cada noche hasta que volvió a su casa. Y cada noche lo dejé que me tocara hasta que su pantalón se humedecía.
Mantuvimos un coqueteo constante durante varios años. Cuando yo tenía 16, por fin nos acostamos juntos. Felipe tampoco quería ser el primero en llegar hasta el final conmigo. En ese entonces Felipe tenía 21 y pololeaba con una vecina del barrio, de su edad. Nos juntamos con Felipe esa tarde en San Antonio con la Alameda, fuera de Almacenes Paris, como se llamaba en ese tiempo, años atrás. Hacía frío, estaba nublado y la lluvia se sentía en el aire. Tomamos la micro hacia su casa, él vivía en Recoleta. Después de un viaje eterno, nos bajamos en un barrio feo. Las veredas estaban sucias y las calles se veían secas y áridas, grises. Habían muchos perros, que me miraban con ojos tristes y lagañosos y tenían la cola mordida y carcomida por la tiña. Aunque el barrio se veia pobre, la casa de Felipe era bonita. Me hizo pasar. Me ofreció una coca-cola que no tenía gas. Pasamos a su dormitorio, un cuarto en el fondo de la casa, al que se accedía desde el patio. La cama de Felipe era vieja, dura e incómoda. Las frazadas tenían agujeros y olían a polvo, a guardado, a humedad. Mientras Felipe se desvestía y se ponía un condón, miré a mi alrededor. Todo estaba desordenado y sucio. Las paredes estaban rayadas por su novia, con mensajes amenazadores a cualquier maraca, según sus palabras, que se atreviera a acostarse con su mino. Felipe tenía el pene enorme, muy grueso, aunque no tan largo, y la penetración me dolió, más que nada porque yo no estaba excitada. Esperaba más de Felipe. Me besó de mala manera, sin ganas, a la rápida. Estaba más ocupado tratando de penetrarme que de complacerme. Su novia lo había mal enseñado. O quizás era que yo ya no tenía 11 años y había probado otras caricias mejores. Felipe me preguntaba a cada rato si me gustaba, si pensaba que lo tenía grande, si lo estaba pasando rico. Yo decía que sí a todo, con la esperanza de que terminara pronto. Eso no sucedió. Felipe se tomó su tiempo y yo dejé de disimular que me gustaba. Cuando por fin acabó, me vestí rápido y Felipe me fue a dejar al paradero. Sentía que caminaba con las piernas más abiertas, me dolía la vagina y los huesos de la pelvis, sentía el frío que me penetraba por debajo de la falda del uniforme del colegio, como un miembro helado, igual de placentero que el de Felipe. Estuve muchos días adolorida.
Después de ese día lo hicimos un par de veces en la casa de su abuelo. Su tío, que vivía con los abuelos ocasionalmente, tenía un cuartucho en la parte de atrás de la casa, supuestamente bodega, donde tenía un colchón de esponja maloliente en el suelo. Probé un par de veces, pero Felipe definitivamente era un mal amante. Seguimos coqueteando por más años, pero no volvió a pasar nada, a pesar de las muchas veces que el me lo insinuó.