21-04-2009

José Ignacio

José Ignacio fue el primer hombre con el que me acosté por dinero. Llevaba poco más de un año saliendo con Armando y estaba en cuarto año de la carrera. Cuando los estudios me lo permitían, trabajaba con uno de mis profesores, José Ignacio, haciendo ayudantía. Esto es, trabajaba con él, en su oficina, corrigiendo trabajos de alumnos de primer año de enfermería. La cercanía nos hizo íntimos. Solíamos comer juntos, conversábamos muchísimo y me daba consejos. Siempre me invitaba él cuando comíamos, en ese tiempo, yo pasaba por serias dificultades económicas. Yo tenía planes de que Armando y yo nos fuéramos a vivir juntos y había firmado el compromiso de compra de mi departamento. Yo tenía prisa, pero Armando no, y firmé sola, por lo tanto el departamento y el compromiso eran míos y no de él. Armando no tenía para pagar el pie del departamento y yo tampoco. Cuando José Ignacio me preguntó que me pasaba, se lo conté. Me sentía asfixiada. Me costaba estudiar, solo pensaba en Armando, en vivir con él, en despertarme cada mañana a su lado y en mi apresuramiento, me había comprometido a comprar algo para lo que no tenía dinero y me veía ahora sin saber que hacer. Yo podría prestarte el dinero, me dijo José Ignacio esa vez, pero yo lo rechacé.

Al día siguiente José Ignacio tocó el tema nuevamente. Me preguntó cuales eran mis opciones y se las dije: O pagaba o perdía el departamento. Tú sabes que te puedo prestar el dinero, me volvió a decir. Se había acercado a mí y me miraba a los ojos. Tomó un mechón de pelo de mi moño suelto y lo acarició. Yo me puse colorada, sentía que la cara me ardía. José Ignacio tenía en ese entonces 50 años, me doblaba con mucho la edad, pero se conservaba bien gracias al ejercicio y una vida sin estrés. Tengo que irme, le dije nerviosa. José Ignacio me tenía atrapada y no me dejó ir. Despídete al menos, me dijo con la voz ronca, y me dió un beso en los labios, muy suave.

Cuando volví a verlo actuó como si nada hubiera pasado. Yo me senté a corregir trabajos mientras él leía, como de costumbre. José Ignacio es médico, pero se había retirado del ejercicio de la profesión para dedicarse a hacer clases. Podía permitirse el lujo pues tenía dinero suficiente. De repente, de la nada, me preguntó cuanto necesitaba para pagar la cuota del departamento. Levanté la vista de las correcciones y volví a enrojecerme. Son cerca de $500.000 le dije tartamudeando. De dónde los vas a sacar? No lo sé, le dije. Yo te los puedo prestar, me dijo él. No tengo cómo devolvértelos, le dije. Yo te los puedo dar entonces, me dijo él, a mí no me falta el dinero, a ti sí. No supe que decirle. No podía aceptar tanta generosidad. Le dije que no, que gracias, que ya vería que hacer. José Ignacio sacó su chequera, me hizo un cheque por medio millón al portador y me dijo que no fuera tonta, que me tenía cariño y que ya vería como pagárselo, que no perdiera el cheque y que pagara el departamento al día siguiente. Tomó su chaqueta y se fue, dejándome sola con el dinero. Me quedé sentada ahí, pensando en qué hacer, hasta que oscureció. Casi no dormí, pero por la mañana, ya había decidido usar el dinero. Ya vería más adelante que hacer para poder pagarle a José Ignacio.

Ese día, después de haber estado en el banco, me dirigí a la oficina de José Ignacio en el campus de la universidad. Le dije que había usado su dinero y se puso contento. Ves? no tenías para qué estar triste, me dijo él, todo es solucionable en esta vida, incluso la muerte si encuentro la fuente de la vida eterna, finalizó con su broma habitual. Almorzamos juntos. Teníamos mucho trabajo que hacer. Se acercaba el fin de semestre y los estudiantes de primer año entregaban informes del tamaño de una tesis, con la esperanza de sacar buenas notas. José Ignacio me comentó que el sábado siguiente tendría que ir a una conferencia a otra ciudad. Me preguntó si quería acompañarlo. Lo miré fijamente. Pensé que bajo su pregunta habían mil significados ocultos pero le dije que sí, que iría con él, porque ya empezaba a pesarme el dinero que me había prestado. Entonces tenemos que cerrar aquí e ir a comprar ropa, necesitas un vestido, me dijo él. Protesté, pero no sirvió de nada. Según él, la conferencia era muy importante y debía ir vestida adecuadamente.

Dejando los informes a medio corregir nos fuimos en su auto a una tienda. José Ignacio me llevó directamente donde estaban los vestidos. Este, me dijo tomando un vestido de seda blanca, este fue el que vi ayer. Pruébatelo, te quedará perfecto. Lo tomé y me dirigí al probador. El vestido costaba $240.000, casi la mitad de lo que me había dado para el departamento. Me devolví. Le dije a José Ignacio que no podía aceptar ese vestido, que era demasiado caro. Lo pagas tú? me preguntó él. Si vas a ir a una conferencia conmigo, debes ir vestida correctamente. Volví al probador. Me quedé en ropa interior y descalza, y me puse el vestido. José Ignacio tenía razón, me quedaba perfecto. Salí para que me viera. Te queda precioso! me dijo él, pero te falta ropa interior y zapatos. Casualmente, también habia encontrado la ropa interior adecuada y los zapatos perfectos. Me los dió, volví al probador y me puse la ropa interior sobre la mía, el vestido y los zapatos, unas sandalias blancas de tacón alto. Salí cabizbaja. Me sentía avergonzada. José Ignacio me dijo que me quedaba perfecto. Me quité todo, me vestí con mi ropa y José Ignacio pagó. Le quedará todo muy bonito a su hija, dijo el vendedor cuando puso todo en la bolsa. Nos fuimos en silencio. Esto debe haber sido un martes o un miércoles. Yo me fui a casa con mis valiosas prendas apretujadas en mi regazo. José Ignacio me pasaría a buscar el sábado a las 8:30 de la mañana para conducir hasta la ciudad donde iríamos. El día sábado llegó puntual.

La verdad es que me sentía ridícula vestida casi de fiesta mientras José Ignacio conducía. Cuando llegamos a nuestro destino nos dirigimos a un hotel. José Ignacio estacionó el auto y nos dirigimos a la recepción. Pidió una habitación y me tomó de la mano cuando le entregaron la llave. Yo no dije nada mientras me guiaba. Cuando entramos a la habitación me preguntó si quería comer algo. Le dije que no. Tenía el estómago revuelto y si comía cualquier cosa, de seguro lo habría vomitado. Qué mierda hago aquí, pensé. En eso sonó el teléfono de José Ignacio. Contestó. Eran casi las 11 de la mañana. Era su esposa. Quería saber si volvería a cenar. José Ignacio le dijo que si, que a eso de las 9 de la tarde estaría de vuelta, que la conferencia empezaría en cualquier momento y que no podría recibir más llamadas. Apagó su teléfono y me tomó de las manos. Me hizo sentarme a su lado. Me acarició la mejilla. Eres linda, me dijo. No, no eres linda, se corrigió, pero tienes algo... un algo especial, que me ha vuelto loco desde que te conocí. Yo no decía nada. No tiembles, me dijo él, no voy a hacer nada que no quieras que haga. Me acarició por sobre el vestido y no pude evitar excitarme. José Ignacio era atractivo, a pesar de su edad. Se dió cuenta de que se me endurecieron los pezones al contacto de su mano. Me empujó hacia atrás con cuidado y me desvistió lentamente. Cuando estuve desnuda quise sacarme los zapatos, pero me dijo que me los dejara. Me hizo levantarme. Se acostó en la cama y me pidió que caminara desnuda, con los zapatos puestos. Lo hice. Él se desvistió. Un vientre prominente que no se le notaba con la ropa quedó al descubierto y un pene lastimoso, que seguramente había conocido tiempos mejores, hizo su mejor intento de erección. Ven, me llamó, ya estoy listo. Yo tenía frío y la excitación ya se me había pasado. Le pregunté si tenía preservativo. Para qué? me preguntó. Yo confío en ti, después de todo, el único con el que te has metido es tu noviecito, no? me dijo. Yo no quise decirle que no era así, ni tampoco le dije que yo no confiaba en él. Estábamos ahí y había que correr el riesgo, pero el riesgo era para él, yo me había salvado tantas veces de contagiarme algo que estaba segura de que esta vez iba a salir bien librada. Con cuantas alumnas te has metido? le pregunté. Tú eres la primera, me dijo. Yo no le creí.

Me monté en él, incómoda con los tacones. Me molestaba su vientre y su pene nunca estuvo del todo erecto. Los minutos se hicieron eternos y se convirtieron en horas. Yo estaba congelada de frío y ya no sentía mi clítoris, de tanto frotarme contra él. Cuando le dije que tenía las piernas acalambradas me dijo que no siguiéramos. Que fuéramos a almorzar. Me vestí con el vestido blanco, porque no había llevado otra ropa, y caminamos un par de calles hasta un restaurant. Él me llevaba de la mano y caminaba erguido y orgulloso y yo me sentía como un trofeo. Pedimos langosta, un manjar para mí desconocido hasta entonces y vino blanco, que José Ignacio bebió con generosidad. Durante el postre me confesó que se había tomado 3 pastillas de viagra por la mañana y al parecer, se sentía orgulloso del resultado. La eyaculación precoz, problema tan recurrente con su esposa, había desaparecido.

Después del almuerzo paseamos por la ciudad. Era un día soleado pero corría un viento helado. Armando me llamó por teléfono. Le dije que estaba en una conferencia de la universidad y que lo vería al día siguiente. José Ignacio se rió. Sabes mentir, me dijo. Volvimos al hotel. Eran las cuatro de la tarde y José Ignacio quería apresurarse antes de volver. Me quité el vestido rápido y rogué para que esta vez se acabara pronto. José Ignacio me cogió por la espalda y me penetró con fuerza mientras sus garras me manoseaban y estrujaban los senos. Yo cerré los ojos y pensé en Armando. Me dije que esto lo hacía por él, por nosotros, que era la primera y la última vez. Un estertor y un gemido después y José Ignacio se metió a la ducha. Yo me quedé acurrucada en la cama, con el cuerpo adolorido. Me duché después de José Ignacio y me vestí. Nos fuimos. José Ignacio me dejó en mi casa. Me dió un casto beso en la boca y me dijo nos vemos el lunes! Yo no sabía en ese entonces que había cavado mi propio túnel al infierno.