06-08-2009

Rodrigo

Rodrigo era estudiante de música, pedagogía en música o licenciatura en música, no lo sé, pero estaba haciendo práctica en nuestro colegio como profesor de música. Tenía, creo, 21 o 22 años y le tocaba nuestro curso una vez a la semana. Rodrigo era un tipo bueno. Cabello rizado y ojos achinados, cantaba y tocaba varios instrumentos, además participaba en el coro de una pequeña iglesia evángelica. Cuando el año escolar terminó, en el verano, un día en que yo estaba sentada fuera de mi casa escuchando música, vi pasar a Rodrigo en bicicleta. Él se paró y se sentó a conversar conmigo. Llevaba su guitarra colgada del hombro y me preguntó que escuchaba y terminamos con él enseñándome o tratando de enseñarme a tocar guitarra. La tarde de verano se pasó rápido y al final del día, cuando ya estaba oscureciendo y yo tenía los dedos adoloridos y Rodrigo ya se tenía que ir, le pregunté de qué forma podría pagarle la clase de guitarra. Me dijo que podría ir a dejarlo a la esquina y una vez ahí me dijo que podría pagarle con un beso. Recuerdo que lo besé y sentí su boca sucia, como si no se la hubiera lavado en días. Le olía mal y tenía un sabor aspero en los dientes. Pero no dije nada. Al otro día Rodrigo pasó a la misma hora. Iba más arreglado, perfumado y repetimos la lección de guitarra. Cuando lo besé ese día su boca estaba limpia y olía a chicle nuevo y sabía a menta.

Rodrigo no me gustaba, pero ese verano no tenía a nadie. A Felipe lo veía poco y me conformaba con sus caricias en un callejón oscuro. John se había marchado hacía tiempo y era más que nada un recuerdo. Andrés estaba muerto y enterrado. Rodrigo fue compañía y besos limpios y puros esas pocas semanas que quedaban de verano. Cuando volvimos a clases, Rodrigo junto al profesor de música, organizaron talleres para jóvenes de escasos recursos en las salas del colegio. Rodrigo me invitó a un taller del día sábado, para que siguiera practicando con la guitarra. Supongo que Rodrigo, que me pasaba por muchos años, me suponía su polola. Para mí era el pasar, el entretenimiento, hasta encontrar algo mejor. Y fue, justamente gracias a Rodrigo que encontré a mi primer amor. Y mi primer gran error en la vida. Fue en los talleres de los días sábados que conocí a Ryu, pero eso es parte de otra historia. La historia con Rodrigo termina cuando él se da cuenta de que me gusta uno de sus alumnos del taller del día sábado y se arma una pelea, resultando en el fin de los talleres y la expulsión de Rodrigo del colegio por haber golpeado a un alumno en su clase de música.

Años más tarde volví a ver a Rodrigo. Se había casado con una chica simple. Fea. Común y silvestre. Quise saludarlo pero él me miró con indiferencia.