15-06-2009

Marcelo

He estado saliendo con Marcelo, un profesor de arte de la Chile. Nos conocimos por casualidad, a través de una amiga en común, Carolina, que estudia arte con él. Marcelo es ocho años mayor que yo, y tiene un hijo con su pareja, aunque no viven juntos.

No sé cómo pasó todo esto con Marcelo. Carolina me lo presentó cuando la acompañé a preguntarle algunas cosas relacionadas con su tesis. Marcelo me miró todo el rato y yo lo notaba medio nervioso. Curiosamente no le hice ninguna coquetería. No tengo ánimos para relaciones nuevas, de hecho, he perdido la ilusión de llegar a tener una relación normal con alguien, ahora solo me preocupo por el dinero, por lo tanto, sabía que Marcelo no tenía ninguna oportunidad conmigo. Cuánto gana un profesor de arte, por muy bueno que sea. No creo que mucho.

Estuvimos ahí cerca de dos horas, mientras Carolina y Marcelo revisaban, cortaban, pegaban y corregían. Yo me puse a curiosear por la oficina de Marcelo. Habían algunas obras interesantes. Una pintura en tonos lila con mostacillas me encantó. Luego habían un par de esculturas, interesantes también, y muchos dibujos. Cuando por fin Carolina terminó con su tarea, nos despedimos. Marcelo se despidió de ella primero y después de mí. Me dió la mano y me dió un beso a mitad de la boca. Me quedé sorprendida, pero no dije nada, y salí. Fuimos a comer con Carolina. Ahí le comenté del beso cuneteado de Marcelo. Carolina me dijo que se había dado cuenta de que yo le había gustado, que me miraba todo el rato y que apenas se había preocupado de la tesis de ella. Me dijo que no me llevaba más con ella, en tono de broma. Después ya no pensé más en Marcelo. Pasaron unos días y de la nada se me ocurrió ir a verlo a la universidad. Fui a su oficina y ví en el horario pegado en su puerta que estaba en clases, así que me fui a la sala donde estaba haciendo cátedra, entré y me senté, como si fuera una estudiante más. Fue gracioso. Debo admitir que me dediqué a coquetearle todo el rato, mientras Marcelo no hacía más que mirarme. Me sentía sola ese día. Tenía más tarde una cita con Albert a la que no quería ir. Marcelo terminó su clase antes, para alivio de los estudiantes, y se sentó al lado mio, y me preguntó como estaba. Le dije que bien, que tenía ganas de ver como era una clase de arte, que quizás me gustaría estudiar arte. Marcelo no hacía más que mirarme. Yo me debatía entre dos sentimientos: ese nerviosismo inicial de cuando estás recién conociendo a alguien y no estás segura de si le gustas o no, y ese hastío que vengo sintiendo hace tiempo, de sentirme una basura que solo juega con las personas.

Marcelo canceló las dos clases que tenía y nos fuimos a un café a almorzar. Conversamos por horas. Me contó de su novia, artista como él, de su hijo en edad escolar, de su vida en general. Yo no le conté nada de mí, pero me preguntaba que habría pensado él de haberle dicho que me acuesto con varios hombres por dinero.

Volvimos a la universidad. Marcelo tenía dos cátedras más por la tarde, que también canceló. Llamé a Albert para decirle que no podría pasar ese día por su oficina. Marcelo no me preguntó nada sobre mi llamada. Nos fuimos al parque forestal. Caminamos bien juntos. Hacía frío y se lo dije y Marcelo me abrazó. Por primera vez en mucho tiempo me sentí bien, acompañada. Mientras me abrazaba y me acariciaba la espalda, para hacerme entrar en calor, según él, reposé mi nariz en su cuello, y me llené de su olor. Noté que Marcelo temblaba, y no supe si era de nervios o por el frío. Entramos a un café-restaurant a comer algo. Bajamos al subterráneo, que estaba vacío, y nos acomodamos en un sillón de cuero rojo. Una mesera de pinta alternativa nos trajo dos tazas de café y algunas galletas para picotear. Marcelo me preguntó si yo estaba con alguien. Le dije que ya no. Le conté de Armando a pinceladas, para terminar diciéndole la verdad: que llevo mucho tiempo sola. Nos miramos a los ojos por mucho tiempo, sin hablar. Me latía el corazón rápido. Marcelo no es lo realmente atractivo, me refiero a que no es mino, ni de esos tipos que te hacen voltear en la calle para mirarlos, pero tiene pinta, como de intelectual. Usa barba, y se viste como el típico artista. No sé cómo explicarlo, pero al verlo, uno sabe que se dedica al arte. Y tiene los ojos grandes y la boca carnosa. Tiene su encanto sin ser el típico mino rico.

Marcelo me hizo una flor con una servilleta y me la regaló. Lo encontré medio perno y tierno a la vez. La guardé en mi cartera. Marcelo se pidió una cerveza. Ya se nos había pasado el frío, y yo me pedí un jugo de frambuesa. No hablamos más de su pareja, pero era algo que yo tenía todo el tiempo en mente. Hablamos, hablamos y hablamos. Le conté de mi mamá, que lleva muerta ya casi 10 años, y de mi papá, a medio morirse. Marcelo se acercó a mí y me abrazó. Supongo que me vió frágil. O que yo me hice la frágil. Me gustó tanto volver a sentir el abrazo de un hombre, pero un abrazo desinteresado, un abrazo que no iba a llevar a sexo, y a un cheque o a un fajo de billetes. Sentí su barba en mi cara, su nariz acariciándome la oreja, su respiración agitada y los latidos rápidos de su cuello. Me alejé de él antes de que me besara y me reí, para romper la tensión de habernos visto en una situación tan íntima.

Se hacía tarde. Le pregunté si quería que lo fuera a dejar, si es que su pareja no se enojaba. Ahí fue cuando me dijo que no vivía con ella. Nos subimos a mi auto. Le dije que si quería podíamos ir a mi departamento y seguir conversando. Lo dije con el corazón latiéndome a mil. Si me decía que no, no lo volvería a llamar nunca más. Y si me decía que sí?

Marcelo hizo una llamada por teléfono a su hermano, con quien vivía, para decirle que si Nicole llamaba, le dijera que no había llegado y que se había encontrado con unos viejos compañeros de la universidad y se había ido a tomar algo. Así me enteré de que su pareja se llama Nicole. Marcelo dejó su celular en silencio. Nos fuimos a mi departamento.

Sigo luego, me llama José Ignacio por teléfono, quiere que lo vaya a ver a su oficina.