30-12-2012

Punta Arenas

Cuando Marcos se desocupó en la iglesia, nos fuimos a su departamento frente al Bellas Artes. Todavía me dolía la muñeca del apretón de Pablo.

Empecé a besarlo con desesperación, necesitaba sacarme el estrés encima, lo lancé a la cama y lo seguí besando con furia. Todo era su culpa. Por él estaba así, él, que me había hecho como él había querido, que se había aprovechado de mí. Le mordí el labio hasta que se lo rompí, se quejó y lo solté, le sangraba. Le saqué la camisa a tirones y dos botones cayeron al suelo. Le bajé la ropa y me desvestí rápido y me monté sobre él. Intentó abrazarme y le cogí las manos por las muñecas y se las puse sobre la cabeza, inmovilizándolo. Quiso hablar y lo hice callar.

Sentía acercarse el orgasmo. Marcos me miraba sin entender, pero lo disfrutaba. Me sentía poderosa, en control, le enterré las uñas en las muñecas y Marcos no se quejó. Seguí moviéndome cada vez con más furia, y el placer se me enroscaba en la piel. Marcos me dijo que no podía aguantarse más y me dejé ir, me hacía daño moverme con tanta fuerza y a la vez me gustaba. Sentía que lo estaba violando y me gustó esa sensación de poder, sentirlo ahí bajo mí, inmóvil, mi instrumento de placer, mi juguete de satisfacción. El cosquilleo del orgasmo me recorría el cuerpo en oleadas eléctricas. Me dejé caer sobre él con un gemido. Habría querido morirme ahí mismo, de placer, y no tener que pensar en nada más. Si todo hubiese sido tan fácil...

Prendí un cigarro. Por entre las cortinas se veía el techo del museo. Me paré desnuda a mirar la calle. Y si me lanzara... sería una muerte segura desde el séptimo piso. Podía visualizar mi cuerpo desnudo, destrozado en el pavimento.

- Alguien te va a ver...

Recordé que Marcos estaba ahí y por qué lo había citado. Me acosté a su lado y prendí otro cigarro.

- Te iba a llamar... necesito contarte algo - me dijo - pero dime tú primero cuál es el problema...

Le conté todo. O casi todo. Le conté de Armando y el bebé que quiere tener, de Pablo y de cómo se había puesto violento, de que no sabía que hacer porque se me estaba escapando de las manos.

- Pablo... - sentí un deje de celos en su voz
- Necesito que me ayudes Marcos, no que me juzgues, tú menos que nadie para decirme algo...
- No, no... sólo estoy pensando en qué puedes hacer... o sea, el tipo está claramente inestable...
- No me digas... no me había dado cuenta...
- Y tiene demasiada información sobre ti... y creo que no dudará en hablar con Armando.
- ¡Por la cresta Marcos! ¿Crees que no sé todo esto?
- No te enojes... Marguerite... es que no sé cómo ayudarte...

Fui al baño, me duché. Maldito calor que me tiene atontada. Le pregunté a Marcos si tenía vino, marihuana, cualquier cosa que me calmara. Sólo tenía cerveza. Me senté en la cama y me puse a llorar. Marcos me abrazó por la espalda.

- Shhhht... no llores...
- Marcos... quiero que hables con Pablo
- ¿Que yo hable con Pablo? ¿Y que le diga qué?
- No sé. Dile que yo hablé contigo, que me confesé y te conté todo... que... no destruya un matrimonio, que un error lo comete cualquiera, que dios lo perdona, ¡no sé! ¡Cualquiera de las burradas que le dices a la gente! Es tu trabajo, o no...
- Si voy a hablar con Pablo tiene que ser a más tardar dentro de la próxima semana... Marguerite... eso es lo que quería decirte. Me voy.
- ¿Te vas? ¿De vacaciones?
- No. Me han destinado a... Punta Arenas.
- ¿Y eso por qué?
- Por que... hay una alumna... amenazándome con contar que tuvimos algo...
- ¿Qué edad tiene esta alumna?
- Diecisiete...

Sentí que me daban una patada en el estómago.

- ¿Y te la agarraste hace cuánto?
- Dos años...
- Serás estúpido...
- No creo que diga nada, no creo que pase de la amenaza... pero para calmar un poco las cosas, pedí que me destinaran a Punta Arenas por una temporada.
- No sé... que decirte Marcos...
- Es sólo por un tiempo, hasta que se calmen las cosas... y por supuesto que voy a hablar con Pablo, de eso no te preocupes, a ti no te va a pasar nada.

Fue un flaco consuelo. Volví a sentirme sola, tan sola. Volvimos a hacer el amor, esta vez yo debajo, como una muñeca de trapo, muerta. Marcos no se dió cuenta. Por encima de su hombro miraba el fierro de las cortinas y me imaginaba de nuevo a mi misma desnuda y destrozada sobre el pavimento, envuelta en las cortinas de encaje que había llevado conmigo al saltar desde el séptimo piso, el fierro tirado al lado mío..

Los jadeos de Marcos me remontaron a casi 17 años atrás, en el retiro espiritual, cuando pensaba que entre él y yo podría haber algo serio, que dejaría el sacerdocio porque me amaba. Pensé que esa niña de hace dos años debió haber pensado lo mismo. Pensé que probablemente no la había embarazado como a mí. Ella había tenido la valentía de encararlo, enfrentarlo, yo me había limitado a ser su juguete, a hacer lo que el ordenara. Recordé la camilla donde Marcos me obligó a abortar y saqué cuentas. Esa niña casi podría haber sido ese bebé que perdí. Me sentí enferma, empujé a Marcos fuera de mí, y vomité.