Invierno
Después de ese retiro espiritual podría decirse que comencé una relación seria con Marcos, el cura de mi colegio. Nos veíamos casi a diario por las noches, además de vernos en la misa, las confesiones y en todo momento posible en el colegio, nos veíamos también en el retiro espiritual mensual. Me era tan difícil ocultar mi relación con él. La gente sospechaba que había algo y más de alguna compañera de curso me preguntó directamente si entre el cura y yo pasaba algo. Yo siempre negué todo. Me dolía esa relación. Yo amaba a Marcos y a pesar de que él nunca me lo había dicho, intuía que él me amaba a mí. Teníamos 18 años de diferencia, pero yo lo adoraba. Me parecía tan inteligente, tan sabio, tan lindo, tan sensual, tan todo... Y Marcos se aprovechó de mi ingenuidad, oh sí, a pesar de todo lo que ya me había pasado yo seguía siendo ingenua, seguía pensando que entre él y yo existía un futuro juntos, aunque no me planteaba el problema de su sacerdocio. Quizás pensaba que en un futuro no muy lejano, cuando yo hubiera salido del colegio, él dejaría el sacerdocio y se casaría conmigo. Que tonta fuí.
Cuando Christian se fue al servicio militar en abril ya no volví a tener contacto con él. Marcos sospechaba que algo había pasado entre Christian y yo, pero yo siempre se lo negué. Antes de que Christian se fuera le pregunté si le había contado a Marcos y me dijo que no, que ni loco, y me advirtió que no me metiera con el cura. Ya era demasiado tarde.
Marcos tenía un auto pequeño, de color negro, creo que el modelo era toyota, no recuerdo bien eso. Nos poníamos de acuerdo durante el día si nos íbamos a juntar y la hora, las citas eran generalmente cuando ya estaba oscuro. Momentos no faltaban para decirnos que nos veríamos: la confesión, el recreo en el colegio, después de misa... Solo me decía la hora en que me pasaría a buscar, siempre en la misma esquina cerca de mi casa, en su auto, y yo nunca fallaba. Nos íbamos entonces a algún sitio oscuro y solitario donde habían otros autos estacionados con los vidrios de las ventanas empañados. Marcos me besaba apenas estacionaba, me metía la mano debajo de la polera, me acariciaba los pechos, reclinaba los asientos y hacíamos el amor ahí, en el auto. Yo me sentía tan, pero tan feliz, que sentía que el corazón se me iba a salir del pecho cuando estaba con él. Con Marcos me sentía plena, sentía que nada más importaba, sentía que la vida valía la pena.
Marcos a veces ponía música ochentera, Bryan Adams, Boy George, Europe, A-ha, Tears for fears, Madonna, The Bangles, Michael Jackson, George Michael, Duran Duran, Kenny Loggins, Rick Springfield, Olivia Newton John, Michael Sembello, Toto, Foreigner, Bonnie Tyler, Van Halen, Bon Jovi, Whitesnake, David Bowie, The Police, Phil Collins, Chicago... Marcos decía que los jóvenes escuchábamos música basura y trataba de educarme, de que me gustaran sus gustos, y yo lo veía todo como una señal de que estaríamos juntos siempre y de que oiríamos esa música cada vez que hicieramos el amor. Se me ponía la piel de gallina cuando Marcos me besaba el lóbulo de la oreja mientras me iba explicando a susurros quien era quien y cuando habían sacado tal o cual canción. Se me erizaban los poros del cuerpo cuando bajaba por mi cuello cantando trozos de las canciones en voz baja. Se me endurecían los pezones apenas adivinaba el curso de la boca de Marcos y la entrepierna se me humedecía completamente. Marcos sabía como hacerlo, sabía como tenerme bajo su control, a su completa disposición, y yo me dejaba hacer, como una muñeca de trapo ansiosa de placer, de caricias y de su semen bendito y tibio.
Lo más cómodo en el auto era que yo me montara sobre él. Nunca nos desnudábamos completamente en el auto porque siempre corríamos el riesgo de que alguien pasara cerca y nos descubriera. Lo hacíamos rápido. Aún recuerdo la piel suave y tersa de Marcos y su torso definido, sus manos estrujándome los senos mientras me indicaba como moverme. Y yo lo hacía a sus órdenes, a su gusto que poco a poco se iba transformando en mi gusto propio. Marcos me hacía restregarme contra él de forma que los huesos de la pelvis se rozaran. Mi monte de venus se abría y se hinchaba, hambriento, sediento, caliente. Quería absorber a Marcos, tragármelo, hacerlo parte de mí. Cuando empezaba a sentir que la cara me ardía y que las orejas me zumbaban me movía más rápido, respiraba más rápido. Marcos prefería aguantarse mientras yo llegaba al orgasmo. Yo quería que llegáramos juntos y me retorcía en un intento furioso de arrastrarlo conmigo y casi siempre lo lograba. Marcos apretaba los ojos y los labios, en cambio yo los abría bien para no perderme ningún detalle de ese momento. Sentía como las pupilas se me expandían y el clítoris se me dilataba. Notaba que los pezones casi se me reventaban de puro gusto. Un ardor delicioso me recorría las piernas en oleadas de calambres, el calor me subía por el vientre, la piel me estallaba en millones de moléculas de placer y mi conciencia se reducía a partículas. Marcos y yo. Yo y Marcos. Juntos. Amándonos... Lo recuerdo placentero, pero quizás era mi inexperiencia o tal vez era la sensación de lo prohibido lo que lo hacía sentir así.
Al poco tiempo empezamos a ir a moteles. Había uno cerca del colegio, a un par de cuadras. Era una casa como cualquier otra, jamás habría adivinado lo que era en realidad. Pasábamos por un pasillo largo hasta la habitación del fondo y la señora que atendía le decía a Marcos Bienvenido Padre y casi como que le hacía una reverencia. A mí ni siquiera me miraba, yo no existía, y jamás me hice preguntas al respecto ni pensé que Marcos llevaba para allá a otras mujeres.
A medida que los meses pasaban me fui enamorando más y más de Marcos. El apetito sexual de Marcos se acrecentó y nos veíamos todos los días, todas las veces que podíamos. Varias veces llegamos a hacerlo en el mismo colegio, en la capilla, en las salas de catequesis. Una vez incluso le practiqué sexo oral a Marcos en el confesionario. Ahora que escribo todo esto casi me parece irreal todo eso que hicimos, pero en ese tiempo habría hecho cualquier cosa que Marcos me hubiera pedido. Yo sabía que era el sexo lo que le atraía de mí y esperaba que con sexo lo haría amarme y estar conmigo para siempre.
Después de hacer el amor en el auto solíamos conversar de muchas cosas antes de que me fuera a dejar a mi casa. Me hablaba de su familia, de su niñez, de su vocación. Me dolía en el alma oírle hablar de lo mucho que le gustaba el sacerdocio porque me hacía pensar que nunca lo iba a dejar. Yo quería oírle decir que me amaba y que nada más que yo le importaba en el mundo, pero él nunca lo dijo. Yo empecé a preguntarle cosas, dudas que tenía, sobre quién era él y lo que hacía conmigo.
- Oye Marcos... No se supone que tú hiciste votos de celibato?
- Porque la iglesia me obliga.
- Pero si no los respetas... qué pasa?
- Y quien dice que no los respeto? Digamos que yo estoy casado con la iglesia, me casé con la iglesia cuando me hice cura, por lo tanto, como en un matrimonio, puedo tener sexo dentro del matrimonio, y tú eres parte de la iglesia...
Marcos me daba vuelta con sus argumentos, aunque yo sabía que él estaba errado, qué podía decirle yo? Yo lo amaba a ojos cerrados y me conformaba con las migajas de cariño que él quisiera darme y esperaba, esperaba a que el tiempo nos uniera definitivamente.
Cuando Marcos me avisó que se tenía que ir a Roma por dos meses me puse muy triste. Iban a ser dos largos meses sin él y yo me había acostumbrado tanto a él que se me hacía más necesario que el oxígeno. Quedaba descartado que yo fuera con él porque habría necesitado el consentimiento de mis padres. No había nada que hacer.
Cuando Marcos se fue a Italia yo fui al ginecólogo. Llevaba solo un par de meses tomando las pastillas anticonceptivas como Marcos me había pedido que hiciera y había empezado a sentir algunas molestias. El médico me escuchó con atención, me hizo algunas preguntas y finalmente me hizo pasar a la camilla de examinación. Mientras me exploraba con sus manos enguantadas me preguntó si me tomaba las pastillas todos los días y a la misma hora, si se me había olvidado alguna vez alguna pastilla, si mi pareja usaba condón... Yo no siempre recordaba tomarme las pastillas cada día. Habían veces en que me olvidaba dos o tres días y cuando me acordaba me tomaba las dos o tres juntas. Eso nunca se lo dije a Marcos. Y Marcos nunca usó condón. Mientras le decía al médico que no, que no siempre me tomaba las pastillas como correspondía me presionó el abdomen y me enterró la mano en la vagina. Te voy a hacer una ecografía, me dijo, sospecho que estás embarazada.
Había pasado menos de un año desde mi primer embarazo. No podía creerlo. Sentí, como la primera vez, que con el anuncio se me venían las paredes encima y que yo me achicaba hasta el infinito. El médico sacó un ecógrafo transvaginal, le puso un condón y lo bañó en gel. Con las piernas abiertas ví cómo me lo introducía y miré a la pantalla. Solo ví manchas borrosas en blanco y negro. El ecógrafo se movía dentro mío. Se detuvo. El médico indicó la pantalla. Ahí está tu bebé, me dijo, por el tamaño diría que estás de unas nueve semanas.
- Pero... y las pastillas?
- Si no te las tomas como debes, el riesgo de embarazo existe
- Pero la regla... no ha dejado de llegarme...
- Eso porque seguiste tomando pastillas, pero ese sangrado no es menstruación, es muy fácil confundirlo. Tienes que dejar de tomar las pastillas inmediatamente.
Me vestí y me despedí del médico. Me dijo que pidiera una cita con su secretaria para un control en unas cinco semanas. Me fui a mi casa. Era invierno y hacía frío. Un hijo, un hijo de Marcos... No sabía qué me iba a decir Marcos, pero lo intuía. Un hijo no era una buena idea, no en ese momento por lo menos. Yo no sabía que hacer. Marcos recién se había ido y yo no tenía manera de contactarlo. No me atrevía a pedirle ayuda a nadie más. Sabía que no podría contar con mi mamá. Me fui a mi casa con un nudo en la garganta y el corazón de un bebé palpitando en el invierno de mi vientre, un invierno crudo y cruel que no perdonaría los pequeños latidos de mi error.