06-01-2013

Uñas

Ya no me quedan uñas que morderme.

Tengo los ojos hinchados de tanto llorar en silencio. Leo y releo mis propias palabras y me repito cómo pude ser tan, pero tan tonta, si todas las señales estaban ahí, cómo pude ser tan estúpida.

Intenté convencer a Armando de que no fuéramos a la consulta con Pablo. Le recordé nuestros deseos de navidad, incluso le sugerí que el suyo lo podríamos cumplir con la sueca y aunque me dí cuenta del brillo en sus ojos y la sonrisa maliciosa, no hubo caso. Armando quería salir de dudas antes de decidir dejarlo en las manos de Dios, cómo se lo había pedido. No pude insistir más ni sugerirle que nos cambiáramos de médico sin que pareciera sospechoso.

Llegamos temprano. Todos los detalles de la clínica me parecían más nítidos, me fijaba en cosas que nunca había visto, el corazón mientras tanto me galopaba. Armando estaba sentado frente a mí, pierna cruzada leyendo el diario. Yo sostenía mi cartera con fuerza para evitar que me temblaran las manos. A ratos me mordía el labio donde estaba el fantasma de la costra invisible. Susana nos llamó sonriente. Entramos a la oficina de Pablo de la mano y nos sentamos.

Pablo estaba pálido, ojeroso, el pelo excesivamente bien peinado con el gel acumulándosele en cada cabello. Ya no se veía furioso, más bien lo noté un poco triste, y me relajé, pensando que quizás habría entrado en razón. Susana salió a buscar a quien ayudaría a Pablo a hacerme el examen.

Pablo saludó de abrazo a Armando y aprovechó de saludarme a mí, de desearme feliz año nuevo. Cuando sentí su perfume y el calor de su cuello en mi nariz me dió algo... como tristeza, pero luego me acordé de que me pegó, de que le pegó a la mesa, de sus ojos furiosos y metálicos, y volví al estado de rabia que llevo con él desde hace varios días.

Las cosas podrían haber sido tan simples, su único trabajo era confirmarle a Armando que no teníamos nada, que siguiéramos intentándolo, eso era todo. Pero el muy estúpido tenía que echar todo a perder.

Pablo nos explicó brevemente sobre la histerosalpingografía y le dijo a Armando que si quería podía esperar afuera. Yo le tomé la mano a Armando y le dije que no, que estaba muy nerviosa, que por favor no saliera, que se quedara conmigo.

Fue tan... surrealista. Armando a mi lado, en la cabecera, mientras yo de piernas abiertas dejaba que Pablo me penetrara con sus instrumentos. Podía ver sus ojos grises por encima de la tela verde que cubría mis piernas, parte de su nariz cubierta por la mascarilla. Lo primero era hacer una ecografía transvaginal antes de aplicar el tinte para el contraste.

Pablo puso gel y un condón en el ecógrafo mientras me miraba. Cerré los ojos. Lo sentí penetrarme, tan frío, tan duro, le apreté la mano a Armando y esperé... y esperé... Pablo seguía con el ecógrafo, presionándome mientras lo escuchaba manipular botones.

- ¿Qué pasa? - preguntó Armando. Abrí los ojos, se me había hecho eterno y sentía las piernas acalambradas y frías pese al calor.
- Pasa... - dijo la enfermera ayudante de Pablo - ¡que la señora está embarazada! ¡Felicitaciones!

Sentí que me caía en un precipicio. Vuelto a sentirlo ahora al escribirlo, al releer mis propias palabras de hace semanas atrás. Y me repito cómo pude ser tan tonta. Por supuesto que mis malestares se debían a un embarazo, no a los nervios por el comportamiento de Pablo.

Quise sentarme pero la enfermera me hizo un gesto y me quedé recostada.

- Es muy temprano tu embarazo Marguerite. Tienes casi cinco semanas - dijo Pablo. Yo había sacado la cuenta mentalmente. Las pastillas tenían que haber dejado de hacer efecto cuando me dió amigdalitis, Pablo me inyectó penicilina, yo había vomitado... todo eso hace que baje la efectividad de los anticonceptivos. Debo ser la peor enfermera del mundo para obviar algo así.

Miré a Pablo. Sus ojeras se habían vuelto más notorias. Terminó el examen, la enfermera salió, yo empecé a vestirme detrás del biombo, a Armando le sonó el teléfono y salió a atenderlo con una disculpa.

- Por lo que veo, no le has contado nada de nosotros a Armando - Pablo me miraba subirme los pantalones cruzado de brazos.
- No hay ningún "nosotros" - le hice el gesto con los dedos - aquí, Pablo.
- Marguerite... Marguerite... - Pablo se me acercó y me abrazó, haciéndome cariño en el pelo - shhhht todo va a estar bien.
- ¿Estás loco? ¡Qué estás haciendo! - intenté no levantar la voz - puede entrar cualquiera y vernos, ¡qué es lo que te pasa!
- ¿Es que no entiendes nada? Mejor que entre Armando y nos vea, o si quieres lo llamo yo y le cuento todo, ya es hora de que lo sepa...
- Pablo... qué es lo que te pasa... - le dije moviendo la cabeza, como queriendo negar que estuviese frente a mí. Sentí miedo, ganas de llorar... me costaba respirar.
- Marguerite, es que no entiendes que la razón por la que quería hablar contigo, por la que he estado intentando comunicarme contigo desde hace días es que tengo los resultados del recuento de espermios de tu marido y... es bajo. Tan bajo, que es imposible que él sea el padre de bebé que estás esperando.

Lo miré estupefacta. No podía moverme, no sabía qué decir.

- Tontita... no pongas esa cara. Todo va a estar bien...

En eso entró Armando, sonriente. Me abrazó, le dió la mano a Pablo, que parecía que llevara puesta una máscara, su sonrisa falsa... era como un circo mudo en el que no entendía nada de lo que estaba pasando, primero me amenazaba con contarle todo Armando y ahora actuaba como médico, como si nada...

Armando me dijo que lo habían llamado del trabajo por algo urgente, que si no me importaba devolverme sola a la casa, que por la noche saldríamos a celebrar. Volvió a darle la mano a Pablo, a darle las gracias, y se despidió de mí con un beso en la frente.

- Pablo... yo...
- Marguerite, no te alteres, en tu estado...
- Es que no entiendo nada...
- Intenté hablar contigo después de... tener los resultados de los exámenes, pero tú no querías hablar conmigo después de...
- Sí, sí...
- Quería avisarte de la infertilidad de tu marido, en caso de que decidieras seguir con la farsa y hacer como que todo estaba bien... pero... pasó lo que pasó. Marguerite, yo te quiero. Sé que me he portado pésimo, pero te quiero de verdad y no podía dejarte seguir con esta mentira, porque sé que no eres feliz. Sé que yo puedo hacerte feliz. ¿No lo entiendes? es el destino, tú y Armando no son el uno para el otro, tú y yo si lo somos. Y ahora este embarazo... simplemente facilita todo. Ahora podemos estar juntos de verdad, podemos ser una familia tú y yo y el bebé...

Escuchaba la voz de Pablo como si tuviese la cabeza debajo del agua. Pablo me tomó las manos y me preguntó si quería que hablara él con Armando, o quería que habláramos juntos. Armando era un hombre grande, entendería que cosas así pasaban entre adultos, me decía Pablo.

No sé de dónde saqué fuerzas, pero le dije que no, que yo hablaría con Armando, pero que me diera unos días, necesitaba encontrar la forma de contarle todo... iba a ser un golpe muy duro para él.

Pablo me abrazo y me besó y lo dejé. Sentí su abrazo de loco. Este hombre estaba enfermo y yo en sus garras, cómo pude haber sido tan estúpida. Le dije que lo llamaría.

Tomé un taxi y me fui donde Marcos. Le dije que dejara lo que fuese que estuviese haciendo, necesitaba hablar con él. Temblaba entera.

Fuimos a un restaurant en Providencia, tuve que tomarme tres copas de vino antes de poder calmarme un poco y empezar a contarle. Marcos me escuchaba con las manos entrelazadas.

- ¿Y qué vas a hacer?
- ¿Que qué voy a hacer? Abortar, por supuesto, aquí es donde necesito tu ayuda y rápido.
- Pero Marguerite... ¿abortar? o sea, ¿lo has pensado bien? Igual podrías dejarte el bebé y decirle a Armando que es de él... y con Pablo ya veremos qué hacer...
- ¿Me estás hueviando Marcos? ¿Tú, precisamente tú pidiéndome que no aborte este bebé que no quiero, cuando tú me obligaste a abortar al bebé que sí quería hace más de quince años?

Estaba furiosa. Me temblaba todo el cuerpo.

- Perdona... no quise... es que no sé cómo ayudarte... en estos momentos no tengo contactos con nadie que haga... lo que tú quieres.
- Marcos, necesito que te muevas ahora, nada de excusas estúpidas, necesito una solución ahora.

Marcos se levantó a hablar por teléfono mientras yo seguía bebiendo. Pensaba una y otra vez en este último mes, en como todo se me escapó de las manos, en Pablo enloquecido, en Armando y en que no quiero perderlo, en Pablo de nuevo diciéndome que Armando es estéril...

- Acabo de hablar con un colega que está en España. Viaja a Chile en unas 8 horas y puede traerme mifepristona.
- Te escucho atentamente.
- Marguerite... él me dice que esto se hace en España pero en un hospital, tiene que ser controlado.
- No Marcos... tiene que ser en la casa, tiene que parecer un aborto espontáneo. Armando no puede enterarse nunca de esto.
- ¿Y Pablo?
- Pablo... no sé todavía como voy a solucionar eso... pero tengo que deshacerme de esto primero.
- Suenas tan fría Marguerite...
- Así es como me hiciste Marcos, igual a ti...

Marcos me explicó que los comprimidos de mifepristona debía tomármelos en una cantidad de tres. 48 horas más tarde tenía que ponerme uno o dos óvulos de prostaglandina, que también me traería su colega, para iniciar las contracciones y expulsión. Iríamos al otro día juntos al aeropuerto a buscarlo.

Me fui a la casa, me duche, lloré por una hora debajo del agua, hasta que llegó Armando. Me vestí, quise acostarme, pero Armando quería salir, celebrar. Se veía tan contento... Mientras cenábamos pensaba en que nunca podrá saber lo que es ser padre, estéril, y pensaba en qué pasaría si me dejaba al bebé, si lo dejaba creer en la ilusión, Armando podría ser mío para siempre. Pero luego me acordaba de Pablo, qué hacer con Pablo. ¿Matarlo? No se me ocurría otra solución, jamás me iba a dejar tranquila. ¿Y si el niño se parecía a Pablo? No sé por qué pensé que era un niño, e instintivamente me toqué el vientre por encima de la ropa. Armando me sonreía como nunca lo había visto, le iba a destrozar perder a este bebé, pero peor iba a ser quedármelo y que Pablo cumpliera con sus amenazas.

El viernes fui al aeropuerto con Marcos. Su amigo, un cura gallego, le entregó un paquetito sin dirigirme una sola mirada. Nos sentamos en el Gatsby, Marcos abrió el paquetito y me lo pasó. Tres píldoras y dos óvulos.

Marcos me preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer, me dijo que podía ser peligroso, darme una hemorragia o algo, que si me esperaba, podía llamar a alguien, ver quien seguía haciendo abortos de forma profesional... mientras hablaba me tomé las tres pastillas de golpe con un sorbo de vino tinto que me supo a sangre y Marcos se quedó callado. Ya no había vuelta atrás.

Y desde el viernes que he estado en cama. Armando ha estado a mi lado lo más posible. Le he dicho que me siento mal, que siento que algo no va bien, me ha pedido que vayamos al médico pero me he negado. Le dije que solamente quiero descansar. He llorado mucho y Armando cree que es por la preocupación por el bebé y me dice que me calme, que al bebé - y me rompe el corazón oír la ilusión en su voz - no le hace bien.

Hace dos horas me puse los óvulos y empecé a sentir dolores como de regla, pero más fuertes. Mi peor temor es que no me haga efecto. Según Marcos no debería haber problema al ser el embarazo tan temprano. No me queda otra que confiar ciegamente en él.

Le pedí a Armando que llamara al padre Marcos, que necesitaba consuelo espiritual. Armando bajó, lo escuché al teléfono y cuando subió me dijo que Marcos venía en camino, pero que también había llamado a Pablo ya que yo no quería ir al hospital.

Y ya no me quedan más uñas que morderme mientras escucho a Armando preparar comida en la cocina y espero que sea Marcos el que llegue primero y que Pablo se mate en un accidente camino acá y le suplico a un Dios en el que no creo que esto haya hecho efecto y empezar a sangrar de una vez.