Claudio
Las cosas con Ryu anduvieron bien un par de meses, hasta que terminamos. Yo terminé con él. No podría explicar el porqué, ni siquiera ahora, creo, pero fueron tantas cosas! Éramos demasiado distintos. Sus amigos... eran todos del mismo estrato social que él, y me daban miedo. Un par de veces me llevó con él a una fiesta o a un partido de fútbol en sectores de Santiago en los que jamás había puesto un pie. Eran barrios marginales, de gente pobre y muchos delincuentes. Su familia... Me hacía sentir incómoda. Su hermano mayor había sido acusado por unos vecinos de que había toqueteado a sus hijos a cambio de dulces, con la consiguiente acusación de pedofilia, así que huyó por unos meses, se escondió con unos amigos, mientras los ánimos se calmaban. Su mamá... se notaban las secuelas de los golpes que había recibido. Era una mujer sumisa que había empezado a quedar ciega y tenía ciertos problemas para hablar, pero que me quería con ferocidad. A veces se olvidaba de que Ryu era el nuevo nombre de su hijo y lo llamaba Efraincitooooo y Ryu se enfurecía y le gritaba que era una estúpida y ella se encogía y se recogía como un chanchito de tierra y le pedía perdón, y lo llamaba por su nuevo nombre. Su hermana, casi un año mayor que yo, llegaba borracha a diario y su papá... su padre era un ser casi invisible que recorría los basureros con un carretón de madera buscando tesoros que vender o con los que adornar su pequeña casa. Su mirada vidriosa y llena de venitas rojas suplicaba que lo perdonaran y era silencioso y callado. A veces me parecía un fantasma. Casi no podía creer que ese hombre tan pequeño e insignificante fuera el mismo que les había hecho la vida un infierno. Y la casa... si es que a eso se le puede llamar casa, era... Bueno, era la suma de los cachureos que el padre encontraba en la calle y lo que las vecinas le regalaban a la familia cuando ya no lo querían y estaban a punto de botarlo. Y tenían gatos, muchos gatos. Me daba tanto asco el olor a pichí de gato, la caja mierda con arena que estaba en el baño minúsculo, los pelos, al aliento de pescado de los gatos que se te subían a la falda... Muchas veces les faltó que comer a esa familia, pero nunca les faltó la comida de los gatos. Adoraban a los gatos, sobretodo la madre, y cuando no tenían salía a conseguirse, a pedir, a humillarse, para que a los gatos, "sus niños", no les faltara nada. Una vez llegué a contar 16 gatos. Quizás fueron los gatos lo que me hicieron terminar con Ryu. O quizás fue que en el colegio había conocido a otro: Claudio.
Claudio era de padre ruso y madre chilena. Tenía un apellido rarísimo, pero el padre había decidido que vivirían para siempre en Chile y les había puesto nombres castellanos a él y a su hermano mayor. Sus papás se habían separado cuando eran chicos y el papá no los dejaba ver a la madre, pero Claudio y su hermano lo hacían igual a escondidas. El papá se había casado, después, con otra chilena y tenían 5 hijos, los hermanos menores de Claudio. Tenía el papá, en ese entonces, una empresa que hacía brochas para pintar y le iba bien, supongo, porque tenía dinero suficiente para tener a los 7 hijos en el colegio, que era caro, o quizás tenían algún tipo de beca, no sé, nunca se lo pregunté a Claudio.
Claudio tenía los ojos más lindos que pudieran haber. Eran de un color celeste verdoso, una sonrisa amplia, el pelo rubio oscuro y un cuerpo muy musculoso para su edad. Tenía también la cara llena de granos, pero era lindo, aunque ninguna de mis compañeras lo encontraba atractivo, y menos atractivo que Ryu, por supuesto. Pero Claudio se notaba que era buena persona y a mi me gustaba.
Ryu ya no iba a las clases de los sábados, después de la pelea con Rodrigo, y yo sabía que Claudio iba a jugar a la pelota los sábados, así que yo también empecé a ir. Al segundo sábado Claudio se había fijado en mí y me las arreglé para hablar con él, felicitarlo por haber jugado tan bien y convencerlo de que nos fuéramos juntos. No vivíamos cerca, pero desde mi casa se demoraba 15 minutos en micro a la suya. Claudio aceptó sin dudarlo.
Yo tenía en ese entonces 13 años, Claudio tenía 14 y Ryu tenía 17.
Nos fuimos caminando con Claudio. Yo estaba nerviosa. Quería que me besara pero conversamos por horas y Claudio nada. Estaba por pensar que yo no le gustaba y que no pasaría nada cuando lo fui a dejar al paradero. Cuando vió venir su micro y antes de hacerla parar se despidió y me dio un beso en la boca. Y nos besamos en el paradero por mucho rato mientras veíamos las micros pasar de reojo. Cuando Claudio se fue por fin ya era de noche, y yo era feliz, muy feliz. Nos veríamos el lunes en el colegio, todo sería distinto, todo sería nuevo. Cuando llegué a mi casa vi a Ryu esperándome afuera.
- Qué estás haciendo aquí?
- Te vine a ver!
- Pero... pero nosotros terminamos!
- No. Tú terminaste conmigo. Eso no quiere decir que yo haya terminado contigo...
No entendí lo que me dijo, pero lo hice pasar y nos sentamos en el patio, donde había una banca. La casa estaba silenciosa, supuse que mi mamá no estaba. Ryu sabía lo que pasaba con mis padres. Fue él quien, cuando le conté cómo se habían separado, me explicó lo que significaba ser maricón. Pese a los años que habían pasado yo no me había enterado. Quizás de tonta, quizás de inocente, quizás porque a nadie le había contado que mis papás estaban separados. Yo creía que se habían separado por mi culpa, por haber dejado que mi primo me sacara los calzones, y me sentía mal, me sentía sucia. Hasta la separación, jamás ví a mi mamá como la ví después. Antes de la separación ella salía todo el día, dejándome sola, pero cuando se separó de mi papá y no tuvo que ocultarse, empezó a llevarse a sus amantes a la casa. Se emborrachaban, tenían sexo en cualquier parte y a vista mía si yo no me encerraba en mi pieza. Luego el tipo se iba, mi mamá lloraba, se drogaba con pastillas para dormir unos días, y cuando por fin despertaba del sopor de las píldoras se bañaba, se arreglaba, se veía hermosa, salía y llegaba con una nueva conquista, un nuevo hombre a quien amar temporalmente. Y yo pensaba que eso, su decadencia, era culpa mía, cuando Ryu me dijo con una risotada: "pero vaya que eres tonta! a un maricón le gustan los hombres, no las mujeres!". Debió haber visto mi cara de dudas, porque agregó con un susurro: "a los maricones les gusta que se lo metan por el culo mientras se la chupan ellos mismos así agachados".
Traté de imaginarme a mi papá haciendo lo que Ryu decía... pero fue imposible. De todas formas, en ese momento mi odio hacia mí se transformo en odio hacia mi padre. Odio por lo que le había hecho a mi mamá y con eso, por lo que me había hecho a mí. No entendía tampoco si es que le gustaban los hombres, por qué me había engendrado. Todo era su culpa. Todo. Y hasta el día de hoy conservo ese odio primitivo hacia él, por habernos engañado, por haber dejado embrazada a mi mamá y haberme traido a una vida que yo no pedí.
Esa noche que Ryu me fue a ver me obligó a besarlo. Yo no quería. Tenía aún en mi boca los dulces besos de Claudio y besar a Ryu se sintió sucio, desleal. Tenía ganas de vomitar, pero mi estómago estaba vacío. Era la primera vez que engañaba a alguien, aunque con Claudio todo había recién empezado, yo sentía que lo estaba engañando. De seguro que él no se había ido a su casa a besarse con otra. Finalmente se fue Ryu y al día siguiente no lo ví. El lunes ví a Claudio en el colegio y me olvidé de Ryu. Me sentía feliz. Nos vimos en el recreo, él iba un curso más arriba que yo, y después nos fuimos juntos a la salida, tomados de la mano.
Es extraño que recuerde con tanto detalle a Claudio, y sin embargo los inicios con Ryu hayan desaparecido magistralmente de mi memoria. Recuerdo que ese día el cielo estaba despejado y había una brisa agradable y que Claudio tenía su mano tibia entrelazada con la mía, mientras me iba contando la historia de su vida. Su padre los obligaba a trabajar a él y a su hermano fabricando brochas, y ellos se pagaban con ese trabajo su colegiatura. Los cinco hijos menores en cambio tenían todo lo que pedían. La madrastra no quería a Claudio y a su hermano. Los hijos menores habían salido todos morenos y oscuros, sin los rasgos del padre y la madrastra se quejaba de eso, de que los "huachos" más grandes hubieran salido caucásicos y los hijos de ella hubieran salido indios. Todo me lo contó Claudio mientras caminábamos de la mano. Yo tuve que haberle contado de mi familia, mi propia historia, pero no pude. Me imaginé que me vería distinta a sus ojos si se lo decía. Recordaba a Ryu diciéndome que yo había sido una hija indeseada para mi padre, o peor, solo una tapadera. No, yo quería que Claudio me quisiera, y no le dije nada. Ese mismo día, antes de irse a su casa, Claudio sacó una rosa roja de su mochila y me la entregó con las manos temblorosas. Se sonrojó, miró hacia abajo y después me preguntó con una sonrisa si yo quería ser su polola.
Ah... me fui a mi casa en una nube, con la rosa en la mano, sonriendo, recordando mi sí y el beso antes de despedirnos. Esa tarde me encerré en mi pieza y escribí muchas veces Claudio en mi cuaderno de matemáticas. Escribí su nombre y el mío en cada cuadrito que formaba un corazón e hice juegos para saber si Claudio y yo nos casaríamos o seríamos novios por siempre y para saber si tendríamos hijos y cuantos. Claudio y yo éramos pololos.
Esa tarde Ryu volvió a verme. Le dije que se fuera, que yo tenía otro pololo. Ryu me preguntó quien era, de dónde era, dónde lo había conocido, pero no quise decirle nada. Ryu me obligó a besarlo de nuevo, pero esta vez me resistí y antes de irse me dijo que él no había terminado conmigo, y que yo volvería a sus pies. Y se fue.
Esa semana ví a Claudio todos los días. Nos íbamos juntos del colegio y nos besábamos por horas mientras nuestros estómagos vacíos rugían hambrientos. Yo no necesitaba otro alimento que Claudio y me imagino que a él le pasaba lo mismo. Pero no pasamos de los besos. Yo me pegaba a Claudio, quería que me tocara, quería borrar las primeras veces desastrozas con Ryu, pero Claudio se resistía a mí, hasta que un día me dijo que quería esperar, que no era el momento, que no quería hacerme daño, que le había contado de mí a su mamá y que ella le había dicho que nos cuidáramos, que esperáramos. Y yo me quedé perpleja. No podía explicarle a Claudio que se podía llegar hasta el final sin peligro de quedarme embarazada, que podíamos usar condones aunque seguro ninguno de los dos sabía como se usaban, o que podíamos hacerlo en las fechas "correctas", que eso si funcionaba, no podía decirle que ya lo había probado con Ryu sin embarazarme. No, no podía confesarle a Claudio que yo no era virgen, porque sabía que él lo era. Fue ahí cuando empecé a perder el interés por Claudio. Creo que no podía entender en ese tiempo que alguien me quisiera de verdad, sin sexo de por medio, y que solo quisiera lo mejor para mí.
Y fue entonces, también, cuando Leo se fijó en mí.