Merete, puta Merete
Dolor. Y una resaca infernal que no se acaba y el cuerpo como si tuviera una gripe eterna. Así me he sentido todo este verano de mierda.
Anoche se quedó Marcelo aquí. No tengo queja alguna de Marcelo, se ha portado como un caballero, como el amigo que necesitaba en estos momentos. Me cuida, me escucha, me abraza en la cama, él vestido y encima de las tapas, hasta que me quedo dormida, o él cree que duermo. Entonces se levanta y lo escucho armarse una cama en el sofá y el tecleo en su notebook y la música apagada de Radiohead en los audífonos reventándole los tímpanos. Me duermo con dolor de cabeza y me despierto con náuseas. Marcelo me pide que no tome ya nada más, una pastilla o varias para dormir, otras para estar despierta, le da miedo el cocktail que me automedico, pero es que si no no puedo, realmente no puedo, y lo veo preocupado cuando me observa con cuidado, buscando signos invisibles de que es demasiado tarde. Marcelo tiene miedo de que me suicide, pero me río y le digo que no, que casi me morí una vez por Armando, no dos, no ahora, no así, y me abraza por la espalda acariciándome el pelo y me pide que me duerma y cierro los ojos y pienso en Armando mientras siento a Marcelo respirarme tibio en el cuello. "Te quiero" me dijo anoche mientras me daba un beso en la cabeza antes de levantarse. Hoy se fue temprano porque le tocaba estar con su hijo.
Marcelo ha sido mi salvavidas, pero no quiero que él lo sepa. Cuando volvimos de Brasil, con un plan imposible para sacar a Pablo del camino, y me di cuenta de que él realmente estaba dispuesto a hacer lo que fuera por mí, es que me cuestioné muchas cosas. Lo de Pablo no fue necesario en todo caso. Parece que lo que Marcos le dijo le dolió, no tengo muy claro qué fue, pero algo como que era su culpa todo lo que me había pasado, y que era su culpa que su mujer se hubiese muerto, que si no se daba cuenta de que era el castigo de Dios por su manera de actuar, que si no se daba cuenta de que jugaba a ser Dios al intentar crear vida en una probeta. Un desgraciado este Marcos, pero al menos me sirvió para sacar al loco de Pablo fuera de mi camino. La última vez que hablé con él fue para pedirme perdón. Su mirada estaba tan seca, tan muerta, que supe que realmente no me iba a molestar de nuevo, y cuando me dijo que se iba a Inglaterra a especializarse en oncología, que quería pasar el resto de su vida dedicado a honrar la memoria de su difunta esposa y encontrar, Dios mediante, una cura para el cáncer de cérvix, respiré tranquila porque iba a ser lo último que supiera de él.
Y el resto... el resto es un desastre. Volví de Brasil dispuesta a perdonar a Armando. Tal como Marcelo me había dicho, ahora lo tenía en mis garras, con su sentimiento de culpa lo tenía en mis manos, pero no contaba con lo que pasó.
Le pedí que despidiera a Merete, y Armando estaba dispuesto a hacerlo. Nos fuimos un fin de semana a la playa a conversar y arreglar todo. No estaba dispuesta a perderlo. Amo a Armando, lo amo, siempre lo he amado, a quien no amo es a mi misma, me autodestruyo una y otra vez, me autoconvenzo de que no puedo cambiar quien soy, lo que soy, un animal instintivo que busca satisfacer sus necesidades, pero ese fin de semana en la playa... me di cuenta de que solamente Armando me hace ser algo más que eso, querer algo más durarero que los tres minutos de orgasmo que puedo tener con cualquiera.
Estaba tan dispuesta a cambiar, de nuevo, por él, por creer en un nosotros. Tenía mis dudas sobre tener un hijo, todavía no, quería esperar un tiempo, pero estaba dispuesta a demostrarle a Armando que de verdad lo perdonaba, y quería a la vez perdonarme a mi misma, empezar de nuevo, esta vez bien, esta vez de verdad.
Y volvimos a Santiago y citamos a Merete a nuestra casa sin decirle para qué. Armando trabajó desde la casa ese día, para no tener que verla en el trabajo y yo le dije que me iba a reunir con una amiga, pero me junté con Thomas. Quería decirle que Merete iba a perder su trabajo, pedirle que se fueran, que hiciéramos como que aquí no ha pasado nada, pero no me esperaba que Thomas me contara que Merete lo había dejado y que él se volvía solo a Suecia.
Me quedé de piedra. Le pregunté cien, mil, un millón de veces si Merete sabía que él se había acostado conmigo, y me juró y re juró que no, que de eso estaba seguro, que simplemente le había dicho que lo de ellos ya no funcionaba, que quería estar sola, y Thomas hastiado del calor de Santiago había decidido volver a Suecia, a su trabajo y a sus amigos, como si nada.
Me fui a la casa con mil incertidumbres. Merete llegó al poco rato, no podía contarle a Armando lo que sabía, no tenía como justificar un encuentro con Thomas, así que esperé. Nos sentamos en el living, hacía calor, me palpitaba el cuerpo de nervios y sentía un vacío horrible en el estómago. Armando se sentó a mi lado, Merete frente a nosotros, como una corte, me imaginé. La observaba atentamente a la muy desgraciada. Sonrió cuando Armando le dijo que debido a las circunstancias que ya todos sabíamos consideraba que lo mejor era que dejara su trabajo, con un bono jugoso por supuesto. Sonrió. Y ahí supe que la que había perdido era yo.
- No puedes despedirme Armando, y yo no voy a renunciar.
- Si puedo despedirte Merete, y lo haré, pero creo que lo mejor para todos es que te vayas por tu cuenta. Puedo incluso recomendarte para otros proyectos.
- No me voy a ninguna parte, me gusta aquí. - Merete se recostó en el sofá reclinándose hacia atrás y se llevó las manos, entrelazadas, al vientre. Podía sentir los segundos pasar eternos. - Y no puedes despedirme, porque estoy embarazada.
Nos quedamos todos como congelados, a pesar del calor. Merete me miró a los ojos, porque Armando había bajado la cabeza y se masajeaba la frente y agregó:
- Y el bebé no es de Thomas.
Más segundos eternos. Pude finalmente sacar la voz.
- ¿Me estás diciendo que te acuestas una vez con mi marido y quieres achacarle un hijo ajeno?
- ¿Una vez?
Miré a Armando. El muy cobarde seguía con la cabeza entre las manos.
- Las que sean. No te creo nada.
- Marguerite, querida... tú misma como mujer debes saber que hay un cierto... instinto, que una mujer siempre... simplemente sabe. ¿no?
Maldita Merete. ¿Acaso sabía algo que no debía? ¿Cómo? ¿Por qué me lanzaba ese tipo de indirecta? O quizás no lo era, quizás era un comentario sobre ella y yo lo malinterpretaba. Tuve ganas de, como en una mala telenovela, empujarla escalera abajo y que perdiera el bebé o se rompiera el cuello, o romperle yo la cara. Casi no podía controlar el temblor que quería sacudirme todo el cuerpo. Le pedí que por favor se fuera.
Se puso de pie con una dignidad que ya habría querido para mí y dijo que por supuesto, que entendía que quisiéramos hablar a solas, pero que no pensáramos que desaparecería.
No sé cuánto rato estuvimos sentados en la misma posición Armando y yo. Sentía que la rabia me superaba. En qué momento había pasado Armando de ser un hombre estéril a ahora un semental con hijos regados por todos lados.
- No sé cómo va a reaccionar mi familia
- ¿¡Qué?!
- Que no sé cómo van a reaccionar cuando sepan de mi hijo...
Ahí sentí que algo explotó. Me puse de pie y empecé a pegarle, y pegarle, y pegarle. Es que cómo era tan estúpido, es que cómo siquiera se planteaba que ese bebé pudiera ser SU hijo, es que cómo siquiera le era tan fácil hablar de su hijo, y yo, qué pasaba conmigo, yo que estaba dispuesta una vez más a dejar todo por él, a borrarme y rehacerme, y él qué, ¿era tanta su desesperación por ser padre que tiraba por la borda lo nuestro sin cuestionamientos?
Le grité hasta quedar afónica. No recuerdo que le dije, sólo recuerdo que le pegaba con rabia, patadas, cachetadas, rasguños, mordiscos, quería matarlo por estúpido, por echar a perder todo, por cagarla con la primera estúpida con que se calentaba, por no saber hacer las cosas bien, por elegirla a ella, a ese bebé, y no a mí por sobre todas las cosas.
Después de eso todo ha sido discusiones, peleas, me he quedado a menudo a dormir en mi departamento, Armando cree que me quedo donde alguna amiga, y me paso las noches en vela preguntándome si no se lo estoy entregando en bandeja a la sueca. Thomas se fue hace semanas, ella está sola, y realmente no sé qué se le pasa a Armando por la cabeza. No tengo fuerzas para nada, mañana empiezo las clases en la universidad, Merete tiene por lo que sé alrededor de tres meses y medio de embarazo.
Realmente no sé qué hacer. Marcelo me dice que quizás el bebé es de Thomas, que espere, que deje pasar el tiempo, y me repite que no me vaya a suicidar. Me zumban los oídos, mi capacidad de concentración es nula y cuando no estoy en mi casa discutiendo con Armando o paseándome sola pensando en la vida que se me escapó de las manos, sin saber si ha sido realmente por mi culpa o por culpa de Armando, estoy en mi departamento pensando en Armando. Lo único seguro en mi vida ahora es Marcelo y me aferro a él como un náufrago que se ahoga se agarra de una tabla. Mi vida está hecha pedazos. Si ese bebé es realmente de Armando, sé que lo he perdido para siempre y nada saco con lamentarme ni preguntarme qué habría pasado si esto o lo otro.
Merete, puta Merete, quiero que se muera, ella y su bastardo. La odio.