22-06-2010

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Me he puesto ropa interior de encaje blanco, idéntica a la que llevaba la primera vez que me acosté con José Ignacio. Y me he puesto las joyas que me regaló la última vez que estuvimos juntos: un par de aros de oro blanco y brillantes, un anillo con un diamante en el centro y veintidós pequeños brillantes alrededor, según dice el certificado que venía en la caja, además de una pulserita con colgantes y brillantes. Los diamantes nunca me gustaron, pero nunca se lo dije a José Ignacio, pensé que podían servirme en un futuro, venderlos cuando necesitara dinero o algo así. José Ignacio bromeaba con que me había regalado un anillo de compromiso. Decidí que no es necesario vender mis joyas cuando a José Ignacio puedo venderle mi propio cuerpo. No me hace falta dinero, de momento, aunque los gastos de la universidad y el vivir sola han disminuido considerablemente mi cuenta del banco. Me he puesto un poco del perfume favorito de José Ignacio, que odio, porque me recuerda a las flores de los cementerios, y quizás es el mejor ejemplo de quien soy: una muerta que deja que los gusanos se den un banquete con su cuerpo. No me importa.

Sobre la ropa interior me he puesto un vestido corto y ajustado. No hace frío, por suerte. El día está ideal para mi primer día de vuelta en mi vieja vida. Lo pensé mucho. Lloré porque creía que era posible cambiar, que para mí todavía había salvación... Hasta que me volví a encontrar con Armando, pero esa es otra historia. Siento mariposas en el vientre. No sé cómo me recibirá José Ignacio, ni siquiera sé si mi plan dará resultado. Me fumé un cigarro tibio mientras hacía hora. Me lavé las manos, me volví a perfumar con dedos temblorosos y me puse medias con liga de encaje y portaligas, como a José Ignacio le gusta. Me puse zapatos de taco alto. Me siento nerviosa y ansiosa. Esto no es para mí un retroceso, es un tomar, de nuevo, las riendas de mi vida para dirigirla hacia donde yo quiero y esta vez no me importará nada ni nadie para conseguirlo.