De cómo conocí a Armando
Yo estaba en tercero de la universidad y estaba comprometida con Eduardo, un capitán de ejército que estaba bastante loco, ahora que lo miro en retrospectiva. Teníamos fecha para casarnos a fines de año, nos habíamos puesto las ilusiones y en mi dedo relucía un enorme anillo de compromiso. Llevaba con Eduardo poco menos de un año y había logrado serle fiel. El segundo semestre había empezado recién y nos habíamos distribuido los lugares de práctica. Esta vez me había tocado la práctica de enfermería en el centro de salud de otra universidad. De la universidad en que estudiaba Armando.
Debo haber llevado dos o tres semanas ahí, haciendo práctica tres veces por semana, cuando un día, lo recuerdo bien, un día nublado y tibio de junio, apareció Armando. Dos compañeros de curso lo afirmaban de los hombros y Armando daba pequeños saltos en un pie. Llevaba pantalones cortos. Tenía unas piernas fantásticas. Se veía sucio, el pelo desordenado y sudado y la rodilla derecha con un magullón sangrante. Le habían dado una patada jugando a la pelota y le dolía la rodilla al apoyar el pie en el suelo.
La recepcionista, una mujer de pelo corto y oscuro, de cara larga y frígida, hizo el registro. Yo me quedé parada, mirándolo. Armando me miró por un segundo y me sonrió, o fue un amago de sonrisa, y entró a la sala de examinación.
Ojalá pudiera describir lo que sentí la primera vez que ví a Armando. Me imagino que es aquello que los románticos llaman "amor a primera vista". Armando... Quizás no era el hombre perfecto, quizás ni siquiera era tan atractivo como otros hombres con los que había estado, pero para mí, en ese momento, fue el hombre más lindo del mundo. Y fue algo, de primeras, puramente físico, que nunca me había pasado. Una sensación violenta en las entrañas, de vértigo e incertidumbre.
A esa hora casi todos se habían ido. Sólo quedábamos en el centro médico la recepcionista frígida, el médico de turno y yo, la estudiante de enfermería en práctica que tenía que hacer casi todo. En ese tiempo, de todas formas, me gustaba mi trabajo.
Recuerdo ese primer día con claridad meridiana. Tomé la ficha de Armando del escritorio de la recepcionista quien me dijo "traten de hacerla cortita para irnos a la casa, ¿ya?". Abracé la ficha y la apreté contra mi pecho y con piernas débiles me fui a la sala de examinación. Le dije a los compañeros de Armando que salieran de la sala y esperaran afuera. El pelo le caía sobre los ojos a Armando y estaba apoyado hacia atrás, con sus manos sobre la camilla, la rodilla inflamada.
Le pregunté qué le había pasado. Lo anoté en la ficha para el médico. Le dije que le iba a limpiar con agua oxigenada la rodilla y que me avisara si le dolía. Con dedos temblorosos y con mucho cuidado, le quité la tierra que llevaba encima. Le pregunté si le había dolido. Para nada, me dijo Armando, tienes manos de ángel. Sentía el corazón galoparme en el pecho y las mejillas ardientes. Cuando apareció el médico lo revisó, le dijo que parecía una contusión simple y que el hematoma le iba a durar unos pocos días. Le dió licencia por tres días y me ordenó ponerle hielo y que se tomara un analgésico anti inflamatario y se quedara media hora sentado. Media hora estuvimos ahí, yo sosteniéndole el hielo sobre su rodilla inflamada y conversando.
Por suerte, no llevaba anillos puestos. Siempre me quitaba las joyas cuando me tocaba "jugar a la enfermera", así que Armando no vió en mi mano la ilusión ni el anillo de compromiso. Le recordé que hiciera reposo con la pierna en alto y le dije, al pasar, que su polola podría cuidarlo esos tres días. No tengo polola, sonrió Armando. Y ahí yo supe que me había enamorado de él.
Le pedí su correo electrónico para anotarlo en su ficha y a mi pesar, lo dejé irse con sus amigos, pero había copiado su dirección de correo electrónico y ese mismo día por la noche le envié un correo sin revelarle quién era yo. Le decía que me gustaba, que era su "admiradora secreta" y que me habría gustado, un día, tener una cita con él y ver que pasaba. Casi me dió un infarto cuando me respondió. Armando pensaba que era una broma primero, pero le aseguré que era verdad. Así estuvimos una semana, escribiéndonos a cada rato, hasta que le escribí de parte del centro médico llamándolo a control. Cuando Armando apareció con su rodilla mucho mejor y sin cojear, le sonreí y le dije: Bueno... Me reconoces ahora de tus correos?
Ese mismo día nos fuimos a tomar algo. Conversamos por horas. Me sentía tan feliz. No sabía qué teníamos en común, pero no me importaba, sólo me sentía feliz. Nuestras vidas eran diametralmente opuestas. Armando pertenecía a una buena familia bien conformada, así que evité hablar de mi familia y llevé los temas por otros derroteros: equipos de fútbol, comidas preferidas, películas favoritas, libros, música... Nos despedimos cuando ya estaba oscuro y quedamos de juntarnos al otro día, aunque yo no tenía práctica en su universidad, quedamos en que yo lo pasaría a buscar después de clases. No contaba con que al otro día Eduardo tenía libre y quería verme. Le inventé un trabajo en grupo, un informe de práctica, mil cosas de la universidad que me impedían verlo, y me fuí feliz a la universidad por la mañana, arreglada y vestida para conquistar a Armando. Estaba con unas compañeras en la biblioteca, les había contado de Armando y yo estaba feliz, cuando apareció una compañera avisándome que Eduardo me andaba buscando. Me cambié ropa con una compañera detrás de unas mesas y me lavé la cara de maquillaje con toallitas húmedas. Si Eduardo me veía así arreglada, habría sospechado. Les alcancé a decir a mis compañeras del supuesto informe que prepararíamos para el día siguiente cuando lo ví aparecer. Me llevaba una caja de bombones y quería verme un ratito, ya que el resto del día no nos veríamos. Lo eché lo más rápido que pude, mis compañeras se repartieron los chocolates, volví a ponerme mi ropa y me arreglé de nuevo. Hasta el día de hoy mis ex compañeras recuerdan y se ríen de ese día.
Apenas salí de clases, volé a buscar a Armando. No hacía frío, fue por la veintena de junio, si mi memoria no falla, me senté a esperarlo fuera de dónde me había dicho que tendría clases. Lo ví salir con un grupo de compañeros. Armando estaba en tercero de Ingeniería Comercial, teníamos la misma edad. Se despidió de sus compañeros, se reunió conmigo y me pidió que lo acompañara a casa de su hermana. Tenía que llevar el perro al veterinario, pero estaríamos pronto desocupados.
Tomamos la micro hasta la casa de su hermana. El perro era un animal enorme, un San Bernardo con la fuerza de un caballo. El veterinario quedaba a pocas cuadras, así que fuimos caminando. El veterinario no le encontró nada al perro, le diagnosticó "tristeza" y nos dijo que le hacía falta una novia. Eso era todo. De vuelta a la casa de su hermana paramos en una plaza. Dejamos al perro suelto para que corriera y nos sentamos en una banca. Estaba oscureciendo y empezaba a hacer frío. Conversamos, no sé de qué y de a poco nos fuimos acercando, tal como en las películas, a besarnos. Ese fue el inicio de todo, de todo lo bueno y de todo lo malo. Lo recuerdo ahora porque Armando se ha ido hace unas dos horas, pasó la noche conmigo, en mi cama, y yo sigo desnuda, con sus besos como única vestimenta sobre mi cuerpo y su olor, Dios, como lo echaba de menos, su olor en mí. Esta vez no voy a cometer los mismos errores que cometí años atrás. Esta vez, Armando se quedará conmigo.