26-02-2011

Nervios

Derek vino en diciembre. Tenía que empezar a trabajar en Canadá, no podía quedarse en Chile más tiempo, y quería que me fuera con él, que pasara la navidad con su familia, que nos casáramos de una vez. Le dije que tenía demasiadas cosas que hacer en Chile, solucionar la transferencia de universidad, vender mi apartamento, despedirme de mis amigos. Además, quería disfrutar del verano. Derek me dijo que entendía. Se fue a Canadá con mi promesa de estar allá a fines de febrero. No fui capaz de terminar con él. No fui capaz de decirle a la cara que había estado con Armando, que no sabía a quien elegir. Derek me espera en los próximos días.

Armando... Armando sabía que Derek se fue y pensó que había terminado con él y se relajó. Habló de vivir juntos un tiempo y ver qué pasaba. Le aclaré que no había terminado con Derek y le di dos meses para demostrarme que realmente me quería, que esta vez las cosas se harían como yo decía y que esto iba en serio. Se enojó muchísimo. Me acusó de estar jugando con él, de ser doble cara y yo me reí a carcajadas. Si Armando supiera una décima parte de todo...

Para la navidad le exigí que la pasara conmigo. Armando quería pasarla con su familia. Le dije que si me quería, de ahora en adelante yo sería su familia y que si no estaba dispuesto a cambiar por mí, que mejor me dejara ir y se dejara de estupideces. El 24 por la tarde estaba en la ducha cuando sonó el timbre. Me envolví en una toalla y fui a abrir con el pelo mojado. Era la ex de Armando, la rubia tontona amiga de su hermana, la que, según las páginas sociales, era la futura esposa de Armando. Le pedí que pasara, se sentó en el sillón, le serví una copa de vino y me senté frente a ella. Me preguntó si no quería vestirme, mientras se bebía la copa de vino de un trago y le servía más. Le pregunté qué quería. Quería hablar conmigo. Decirme que ella había estado junto a Armando todos estos años, que sus familis se conocían desde siempre, que estaban destinados a casarse. Le serví más vino y la escuché. Me dió un poco de pena. La chica tiene 25 años y su único objetivo en la vida es casarse y repetir el molde de su madre y su abuela, el mismo molde de la madre de Armando.

Le dije que ella creía haber estado junto a Armando todos estos años, pero era yo quien lo había hecho, era yo quien lo había sacado no sólo a él pero a toda su familia, del barro y la mierda. Que Armando era lo suficientemente grande para decidir qué era lo que quería y si lo que quería era yo... Me levanté a buscar más vino y la oí llorar. Puse en la botella somníferos y lo revolví bien. Lo probé y no se notaba el sabor. Le serví más vino. Se bebió la copa de un trago. Me senté a su lado. Le dije que entendía cómo se sentía. A sus 25 años, se esperaba que se casara pronto con su novio de toda la vida. Le dije que no era demasiado tarde para empezar de nuevo. Me dijo que ella amaba a Armando. Le dije que no, que lo que ella quería era lo que Armando representaba, no a él. Ella no sabía lo que era el amor, no sabía lo que yo había hecho por unas migas del amor de Armando. Ella nunca lo habría hecho. Más vino. Más llanto. Me suplicó que lo dejara. Si yo lo dejaba, él volvería a ella, con ella, por ella, se casarían, se olvidarían de mí, yo ni siquiera existiría en su memoria, jamás se lo sacaría en cara a Armando, serían felices, todo sería como siempre, nadie hablaría de ella.

Noté que el vino y el somnífero estaban empezando a hacer efecto. Su voz se escuchaba pastosa, como si tuviera la lengua dormida. La miré bien. Era muy bonita. Nunca la había visto de tan cerca y las fotografías de las malditas revistas no le hacían justicia. Le dije que no podía obligar a Armando a quererla, yo tampoco podía obligarlo a dejar todo por mí, hace años no lo había hecho, y que ahora, lamentablemente, la decisión estaba en sus manos y no en las nuestras. Volvió a llorar pero más calmada. Le sequé las lágrimas, le puse el pelo, que llevaba suelto, detrás de la oreja, y la atraje a mí. Me gustó su olor suave. Busqué su boca y la besé con suavidad. Se sorprendió, pero no se alejó. Me dió risa y ternura pensar que esa boca sólo había besado a Armando. La besé con más fuerza, pegándola a mí y afirmándole el cuello. Ella respondió con la misma intensidad.

Sin dejar de sostenerle el cuello, bajé una de mis manos por su pecho. Le desabotoné la blusa. Ella no dijo nada, sólo me besaba. Cuando terminé con los botones, abrí la blusa. La verdad es que tenía un cuerpo fantástico. Tomé una de sus manos, mojigatamente entrelazadas en su regazo y la puse en mi pecho, abriéndome la toalla. No tardó en tocarme con cuidado y delicadeza, repitiendo los movimientos míos, mis pellizcos eran los suyos en mis pezones, mis caricias eran las suyas en mi cuerpo. La acosté con cuidado y ella se dejó hacer, cual vestal entregada al sacrificio de su diosa. Le quité los pantalones sin esfuerzo. Le quité el sostén y le pasé la lengua por los pezones con delicadeza. Bajé por la línea de su vientre y le quité la ropa interior. Abrí sus piernas con cuidado y ella, supongo que por reflejo, las juntó. Volví a abrírselas con un poco de fuerza. Sentía que la estaba violando y eso me calentaba. Le pregunté si Armando nunca le había hecho eso y me dijo que no. Armando es un estúpido, le dije con la voz ronca, mientras ella finalmente se rendía. La oía suspirar y retorcerse. Le dí otra copa de vino. La quería más ebria, más drogada, más entregada. Me dijo que debía irse, que no estaba bien... pero volví a besarla, me enganché a uno de sus pezones rosados y duros y las ganas de irse se le quitaron. Le dí otra copa de vino, el concho de los somníferos, y la llevé a la cama.

Para ser su primera vez, si es que realmente lo era, estuvo muy bien. Aprendió rápido a repetir lo que yo le hacía, pero la sentía cada vez más mareada y más ida. Dos orgasmos que supongo Armando no se los ha dado en su vida y cayó muerta entre mis sábanas, desnuda y sudorosa, borracha y dormida. Me levanté, me dí una ducha rápida y me fumé un cigarro mientras la miraba. De verdad era muy bonita. Armando no lo tenía fácil. Ella, preciosa y lo que su familia esperaba de él, o yo. No es que fuera más bonita que yo, por supuesto, pero su aspecto virginal e inocente... hasta a mí me habría costado elegir. Se me ocurrió rápido. Busqué mi cámara fotográfica y le tomé cientos de fotografías, desde todos los ángulos, su cara dormida, su cuerpo desnudo. Serían mi carta bajo la manga en caso de necesitarla. Me vestí, ordené un poco, hice café, la medio vestí y la desperté. Parece que no estaba acostumbrada a beber, se despertó desorientada y mareada. Le dí café muy cargado, la acompañé al living, hice la cama y volví a sentarme con ella. Le pregunté cómo se sentía. No me miró a los ojos pero se sonrojó y me dijo que bien. Al poco rato sonó el timbre. Era Armando.

Armando se quedó blanco cuando la vió ahí. Lo hice pasar. Le dije que llevábamos un rato conversando. Ella no levantó los ojos de la taza de café. Armando le habló con calma, como si fuera una niña, que él le había explicado que lo de ellos era historia, que estaba conmigo ahora, que por favor no insistiera. Ví que se le llenaban los ojos de lágrimas y miré a Armando, haciéndole un gesto de que ya parara y le pedí que hiciera más café. Me senté al lado de ella y le mostré algunas de las fotografías. Se sonrojó hasta la raíz del pelo y no dijo nada. Cuando Armando volvió yo estaba sentada de nuevo frente a ella. Le dije a Armando que ella sólo había venido a conversar conmigo, que todo estaba bien y que de ahora en adelante no nos molestaría más. Ella asintió en silencio, se levantó, tomó su cartera y se fue, sin mirar atrás. Creo que para Armando fue un golpe a su ego que ella no peleara más por él. Yo lo abracé y lo besé. Hicimos el amor en el mismo sillón, orgasmos con sabor a victoria, a mi victoria. Me la habían entregado en bandeja de plata.

Armando iba dispuesto a pasar la noche conmigo pero le dije que iríamos dónde su familia. Se sorprendió. No se lo esperaba. No nos esperaban. Le dije que eso daba igual y a pesar de sus protestas, me cambié de ropa y salimos rumbo a la casa de sus padres. Nadie nos esperaba y por unos segundos, nadie fue capaz de disimular la cara de disgusto, pero luego se pusieron sus antifaces de cordialidad como siempre. Los sobrinos de Armando, unos mocosos insoportablemente ruidosos corrían, toqueteaban los regalos y me preguntaban quien era yo. Yo sonreía, una sonrisa igual de falsa que las caras de amabilidad del resto. A la hora de la cena, les dije que Armando les tenía una noticia, y lo miré fijo.

Armando se puso rojo, tosió, bebió un sorbo de vino, se aclaró la garganta y se quedó mudo, mientras todos esperaban. Me miró pálido. Yo le sonreí, le tomé la mano y le dije que no era tan difícil informar que nos casábamos. ¿O sí?

Las explosiones no se hicieron esperar. ¿Qué significa esto?, ¿por qué?, ¿desde cuándo?, ¿cómo?. Armando seguía mudo. Les dije que nos casaríamos antes de marzo. Me preguntaron si estaba embarazada. Les dije que no, claro que no. Nos amábamos, no queríamos perder más el tiempo, eso era todo. El padre de Armando, con su voz de campaña política, le dijo que mejor que esto no se tratara de un juego y Armando, por fin sacando la voz, me tomó de la mano y le dijo que no, que nos casaríamos antes de marzo, estaba decidido y que era lo que ambos queríamos. El resto de la cena siguió en silencio. Sólo oíamos a los niños gritar desde la cocina mientras comían acompañados de la nana. No nos quedamos hasta la repartición de regalos, nos fuimos a mi apartamento. Armando condujo en silencio.

Una vez en casa me dijo que no debí haber hecho eso, que él podría haberle contado a su familia con tiempo... exploté. Le dije que tiempo era lo que le había dado por años. Que si de verdad me quería a su lado, que se la jugara ya. Ya estaba todo dicho, qué importaba lo que dijeran los demás. Era de ahí a fines de febrero. Si no se hacían las cosas como yo esperaba, que me iría a Canadá y punto. No estaba para perder el tiempo en tonterías.

Se nos fue el verano en los preparativos del matrimonio. Quise elegir yo la iglesia dónde casarnos. Escogí la de Marcos. Fui a hablar con él directamente. Fue el día de confesión.

Habían dos o tres viejitas antes que yo, seguramente confesando sus porquerías con el rosario. Solté una carcajada en el silencio de la iglesia y se volvieron a mirarme feo. Cuando fue mi turno, entré al confesionario. El mismo ritual repetido tantas veces en nuestras citas con Marcos. Mi primer pecado, padre, es haber tenido sexo con un cura, y lo peor es que no me arrepiento. Marcos se quedó callado unos segundos. Luego susurró ¿Marguerite?. Hablamos en susurros. Nos citamos en el centro, frente al Museo de Bellas Artes en un par de horas. Salí y almorcé. Estaba nerviosa. Hacía tiempo que no hablaba con Marcos.

Marcos llegó puntual a nuestra cita. Me saludó con dos besos y un abrazo. Iba vestido de paisano. Noté algunas canas en su sien, uno o dos kilos de más en su cuerpo, varias arrugas más en sus ojos, pero aparte de eso, era el mismo de siempre. Me invitó a acompañarlo. Cruzamos la calle y entramos en un edificio frente al museo. Era un edificio antiguo con un ascensor claustrofóbico. Paramos en el séptimo piso y salimos a un pasillo estrecho y mal iluminado con decenas de puertas. Entramos en una de ella. Un apartamento-estudio fantástico. Un sólo ambiente con una cama de dos plazas, un equipo de música y varios discos. Baño y cocina. Eso era todo. En el balcón había una pequeña mesa y dos sillas. De la calle nos separaba un ventanal de suelo a cielo con vista al parque. Le pregunté de quién era ese apartamento. Me dijo que de un amigo. No le creí.

Preparó café y me senté en la cama. Hablamos de pocas cosas, de lo que había pasado desde que salí del colegio. Le dije que había ido varias veces a sus misas y me dijo que debí haberlo saludado. Le conté que me casaba. No se sorprendió. Me preguntó quien era el afortunado y cuando se lo dije, levantó las cejas. ¿El mismo Armando de la familia tanto?, exacto, el mismo Armando. No te veía con alguien así, me dijo. Así es el amor, ciego, le respondí. Le dije que quería que me casara él y se atoró con el café. ¿Estás hablando en serio?, claro que estaba hablando en serio. Le dije que nos casaríamos a fines de febrero, que quería que él nos hiciera las charlas muy resumidas, ya que el tiempo no alcanzaba para los típicos seis meses y que me quería casar en su iglesia, vestida de blanco. Se puso a reír y me dijo que estaba loca.

Me levanté. Puse un cd de Sheena Easton. Telephone. Le dije que sus gustos musicales no habían cambiado. Me dijo que ninguno de sus gustos habían cambiado. Me paré en la ventana a mirar el parque. Sentí a Marcos levantarse y ponerse detrás mío. Me corrió el pelo hacia el lado y me habló en el cuello. Sentí su olor a café. Me besó el lóbulo de la oreja y el cuello mientras se pegaba a mí y me metía la mano debajó de la ropa, tocándome los pezones. Cerré los ojos y me sentí de nuevo de quince años, haciendo el amor con Marcos a escondidas. Me alejé de él y cambié el cd. Encontré uno de Alice Cooper. Mientras lo ponía en el equipo de música, Marcos se volvió a acercar a mí. Te eché de menos Marguerite, me dijo mientras me empezaba a desvestir a mis espaldas y me besaba el cuello. Se pegó a mí y sentí su erección. No entiendo, me dijo entre besos, por qué me dejaste. Por que eres tóxico, le dije mientras sonaba Poison en los parlantes. Caímos en la cama, besándonos como si no hubieran pasado años desde la última vez. En mi cartera hay condones, le dije a Marcos. Se levantó a sacar uno y cuando se lo estaba poniendo, le pregunté si me iba a casar o no. Se puso sobre mí. Abrí las piernas. Mientras me penetraba me dijo que por supuesto que me casaría. ¿Acaso no era él un fiel representante de la iglesia?

Lo hicimos varias veces. Nada había cambiado entre nosotros. A pesar de los años, de las caricias ajenas, de lo terrible de nuestra historia, seguíamos conociéndonos a ojos cerrados. Marcos me había hecho a su imagen y muy pocas cosas habían cambiado, o eso creyó él. Prendí un cigarro mientras Marcos me abrazaba. Me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que había estudiado enfermería, ejercido unos años y que ahora había pasado a segundo de psicología. Hablamos de distintas cosas y nos despedimos con un beso y una pronta cita a las charlas matrimoniales.

Ha sido extraño ir con Armando a ver a Marcos, y ver a Marcos predicarnos sobre el matrimonio. Me cuesta contener la risa a veces. Me he visto con Marcos ocasionalmente en el apartamento del Bellas Artes, pero dudo de que después de casada sigamos viéndonos, al menos con la misma frecuencia. No lo sé.

Derek de esto no sabe nada. He mantenido el contacto con él mientras está en Canadá, pero le he ido dando largas sobre cuando me iré. Supongo que sospecha algo, pero mientras no tenga la argolla en mi anular izquierdo y el documento que diga que Armando y yo estamos casados, no tiraré a la basura mi segunda alternativa, Derek

De todas formas sólo faltan unas horas para casarme. Me caso esta tarde. Con Armando. Me he probado mil veces el vestido. Tengo dudas. Mariposas en el vientre o mejor dicho elefantes. Vienen pocos amigos y su familia. No será el evento social que ellos acostumbran, pero así lo he querido. El que me case Marcos lo veo como un símbolo. Ya no puedo escapar a lo que soy, a lo que siempre he sido. Lo único que puedo esperar es hacer que mi doble y triple vida compatibilicen con mi vida normal. Tengo todo planeado, fríamente, y aún así, tengo estos nervios que me hacen temblar las manos.



Hoy es el día en que quizás tome la peor decisión de mi vida. O la mejor. Me siguen temblando las manos.