La primera vez...
Quiero llorar, llorar, llorar... hasta que se me revienten todas las venas de los ojos, hasta que me estalle el corazón y termine de desangrarme de una vez por todas.
Pienso en ti, en ti y nada más que en ti todo el tiempo. La primera vez que te vi, la última vez que estuvimos juntos, las navidades que pasé en tu casa y los años nuevos que pasé sola porque tú no querías estar sin tu familia. Pienso en la primera vez que hicimos el amor...
Yo notaba tu inexperiencia mientras rezaba para que no notaras mi absoluto conocimiento de lo que venía a continuación. Querías tocarme pero no sabías como, ni donde. Estábamos solos en tu casa, veníamos de la universidad. Era un día frío, lluvioso, gélido. En el camino nos habíamos mojado hasta el alma y una vez en tu dormitorio me pediste que me cambiara la ropa. No querias que me resfriara, me dijiste esta vez con la voz enturbiada. Yo ya había visto esa mirada demasiadas veces, había pasado por lo mismo hasta el infinito, pero algo, un algo indefinible, lo hacía distinto esta vez. Quizás ya sospechaba en el fondo de mi corazón que me enamoraría de ti irremediablemente. Me ayudaste a quitarme la ropa lentamente, capas y más capas de ropa húmeda. Te pedí que te cambiaras tú también, yo tampoco quería que tú te enfermaras. Me dijiste que te quitara la ropa yo. Te miré a los ojos y algo cambió entre nosotros en ese segundo. No podíamos echarnos atrás pero tampoco nos atrevíamos a seguir adelante. Yo pensé que no te merecía. No sé que habrás pensado tú. Te quité todo, lentamente. Era nuestra primera vez y quería que fuera especial. Habían pasado tantas primeras veces por mi cuerpo pero no habían dejado huella en mi espíritu. Una vez desnudos tú y yo de todo menos de la ropa interior, me abrazaste. Dejé que tu cuerpo me acogiera. En ese momento, como muchas veces después, me pareciste perfecto, aunque estabas muy lejos de serlo. Me besaste el cuello con tanta ternura que sentí ganas de llorar. Con manos más hábiles de lo que yo suponía terminaste de desvestirme, aunque advertí el ligero temblor que te sacudía. Te dejé hacer todo. Era tu primera vez y quería que fuera única. Tú no sabías que no era mi primera vez y actué gustosa, aparentando no saber, aparentando ser una inocente víctima dispuesta a sacrificarse por ti. Apagaste las luces y prendiste incienso y velas aromáticas mientras yo te esperaba temblando. Nos tendimos en el suelo. La alfombra era áspera, afuera seguía lloviendo y mi cuerpo estaba entumecido, pero tus besos me sabían más dulces que la miel más exquisita. Pusiste la música a todo volumen y cerraste la puerta con llave...
Quisiera seguir Armando, pero no puedo. Escribir acerca de ti es muchísimo más difícil de lo que imaginé. Tengo el corazón a 1000 km/h y no he relatado mas que el comienzo. No sé como describir lo que pasó a continuación. Quiero, pero no puedo.