22-04-2009

El sexo de las putas

Supongo que una pregunta recurrente de todo el mundo es si una puta disfruta teniendo sexo. No puedo hablar por el resto de mujeres que venden su cuerpo, aquellas pobres desgraciadas que haga el tiempo que haga se paran en sus tacones de veinte centímetros en las aceras, y esperan a que el destino les traiga lo que sea. Me siento afortunada. Hay mujeres que no tienen para comer y venden lo último que les queda: ellas mismas y su dignidad. Yo, en cambio, lo hago por que no tengo nada mejor que hacer, por diversión, por comodidad, porque quiero.

Cuando empecé con José Ignacio a tener una relación estable, si al acostarse juntos y que me pagara por eso, aunque él nunca lo llamó así, se le puede llamar relación, jamás pensé que viviría de eso. Luego vino lo de Albert y de ahí, todo fue más fácil. Mis "clientes" siempre han sido personas que conozco, la gran mayoría de ellos hombres infelizmente casados, con un trabajo excelente y una cuenta bancaria abultada. Sé que cada uno me quiere a su modo, me lo han demostrado con creces, y supongo que les quiero yo tambien, a mi manera. Mis amantes fluctúan entre los 9 y los 15 por mes, siempre son los mismos, solo de vez en cuando conozco a alguien nuevo con quien mantengo una relación. No sé que tendré, según dicen ellos mismos, que los vuelvo locos. Me han dicho que mis ojos son muy inocentes y que me veo indefensa. Saben retazos de mi historia familiar y me da la impresión de que les despierto el instinto de protección. Cada uno de ellos sabe de Armando, lo conocen personalmente y saben que estoy enamorada de él. Siempre lo supieron. Y cada uno de ellos cree que es el único que se acuesta conmigo y que me da dinero. A veces me aburren, me enojo con ellos, peleamos, discutimos, los echo de mi departamento y de mi vida, pero siempre vuelven. Creen que tienen el control sobre mí y creen que yo los necesito, porque cada uno de ellos se cree mi único proveedor.

La mayoría de las veces consigo llegar al orgasmo durante el sexo, cuando quiero. He aprendido a controlar todo en mi cuerpo. Sé como moverme para exitarme más, sé que músculos apretar y cuales aflojar. Cierro los ojos y pienso en Armando y muy callada y quietecita, con movimientos imperceptibles, voy llegando al orgasmo, con los ojos apretados para que el amante de turno no se dé cuenta. En realidad los hombres son unos idiotas, imbéciles desconsiderados, cerdos egoístas y egocéntricos. Si me pusieran un poco de atención se darían cuenta de como la piel se me va manchando de rojo cuando llego al orgasmo, como se me eriza cada vello, pero ellos solo se concentran en lo que ellos sienten y a mí casi no me importa, para eso les cobro. Cuando ya he conseguido mi orgasmo sin que se den cuenta, finjo uno, para hacerlos acabar rápido. A veces uso los típicos gemidos y grititos. Otras veces basta con moverme más rápido, respirar entrecortado y darles un golpe por aquí o por allá, como si el placer fuera tan grande que me es imposible controlarme. O un apretón, también sirve. Esto basta para que el amante de turno eyacule en cuestión de segundos. Se sienten responsables y héroes de mi orgasmo, cuando he sido yo quien ha hecho todo, desde callarme el verdadero y disfrutarlo en silencio hasta fingir uno monumental.

Otras veces, en las que no tengo ganas de sexo pero la necesidad me obliga, lo hago rápido. Un par de besos apresurados en la entrada de mi departamento. Les quito la ropa con rabia, como si la calentura me dominara, y me monto sobre ellos en la alfombra, furiosamente. Nunca duran más de 3 minutos. Esas ocasiones son insatisfactorias y yo me quedo con gusto a nada, pero con un cheque grande o un fajo de billetes olorosos. Es en esas ocasiones, apenas me quedo sola, cuando me pongo mi ropa interior más linda. Me paseo por el departamento descalza y semidesnuda, las cortinas abiertas, la luz entrando por todas partes. Me arrastro por los rincones y me pego a las paredes y voy tocando todo con los ojos cerrados. Siento cada textura, cada dureza, cada suavidad, y voy pensando en Armando. Me toco a ratos. Los pezones turgentes, la entrepierna húmeda y depilada, como si fuera una niña. No puedo evitar evocar a mi primo, aquel primer hombre que me tocó. Mi amor infantil se funde en uno solo con el amor por Armando. Me acuesto en el suelo y me acaricio hasta explotar y me quedo acostada ahí mucho rato, hasta que se me pasa el recuerdo y despierto en la fría realidad de mi soledad y me doy cuenta de lo mucho que extraño a Armando, y daría lo que fuera por estar con él de nuevo, y me recuerdo que no es posible, porque yo misma cavé mi propia tumba y ya no me es posible salir de ahí. Trato de llorar y no puedo. Entonces llamo al siguiente amante de mi lista. No quiero estar sola. Sola significa pensar en Armando.