Albert
Albert es judío. Nos conocimos hace bastantes años y a mí me gustó desde el primer día y supongo que él me encontró atractiva o por lo menos interesante. Solíamos charlar por horas, sobretodo de religión. Albert practica su religión y me fascinaba que me contara de sus rituales, de la historia de su pueblo, del yiddish...
Albert es varios años mayor que yo y yo lo veía como un padre, el padre que me habría gustado tener. Yo sabía que Albert estaba casado y que tenía 3 hijos, pero jamás conocí a su familia. Una vez le dije que si él no hubiera sido tantos años mayor que yo, me habría casado con él. Se rió y me dijo que sí, que él también se habría casado conmigo, si yo no tuviera edad para ser su hija y si me hubiera convertido al judaísmo.
Cuando conocí a Armando dejé de lado las conversaciones con Albert. Yo quería estar con Armando todo el tiempo, me absorbía, me consumía, y Albert me lo dijo. Me dijo que yo ya no tenía tiempo para él. Cuando las cosas andaban mal con Armando yo acudía a Albert y le contaba lo que me pasaba. Me hacía bien hablar con él. Albert fue la segunda persona con la que me acosté por dinero. Pasó de la siguiente forma.
Una noche pasé a buscar a Albert a su trabajo. Quería hablar con él y él estaba trabajando hasta tarde. A eso de las siete me pasé por su oficina. Estaba solo. Empezamos a hablar y de alguna forma u otra llegamos a una conversación más íntima. Me dijo que era preciosa, que siempre le había gustado pero que todo impedía que estuviéramos juntos: la edad, su estado civil, mi amor por Armando, la sociedad, su religión. Yo me reí de lo que decía porque yo ya lo había pensado muchas veces. Albert estaba sentado en su silla de escritorio. Se reclinó hacia atrás y me miró sugestivamente. Yo, al otro lado del escritorio, me hice la inocente. Le pregunté si estaba circuncidado. Se sorprendió de la pregunta y sonrió. Por supuesto que lo estoy, me dijo. Me gustaría verlo, le dije yo. Albert me miró, sopesando si yo hablaba en serio o no. A mi me gustaría verte desnuda, me dijo él. Eso se puede arreglar por un módico precio, le dije yo.
Albert se quedó mucho rato callado. Al final cruzó las manos y apoyándose sobre ellas se acercó a mí y me preguntó muy serio de qué estaba hablando. De nada en especial, le dije yo. Tú me dices que quieres verme desnuda y yo te digo que eso tiene su precio. Se lo has ofrecido a alguien más? me preguntó. No... de momento, le dije yo. Cuánto quieres? me preguntó él. Cuánto le das mensual a tu esposa? $700.000 me dijo Albert. Y cuántas veces te acuestas con ella? Una vez al mes quizás, me dijo él, después de pensarlo muy poco. Bueno... le dije yo, quitando los gastos que ocasiona cuidar de tus hijos, dejémoslo en $300.000. Albert soltó una carcajada. Tú no estás hablando en serio! me dijo. Ah no? veamos, hazme un cheque y verás si estoy hablando en serio o no.
Después de muchas dudas Albert sacó la chequera y una lapicera. Me hizo un cheque por $300.000. Yo lo tomé y lo estudié detenidamente. El corazón me latía acelerado. Era la segunda vez que lo hacía, pero esta vez había sido con intención. La primera vez había sido de manera casi accidental. Lo guardé en mi cartera tratando de evitar que se me notara el temblor de las manos. Albert observó cada uno de mis movimientos. Yo sonreí y le pregunté que qué quería hacer. Aún no puedo creer que estés hablando en serio, me dijo él. Me levanté de mi asiento y me acerqué a él. Él seguía en su silla y yo me senté en su escritorio. Se me subió un poco la falda que llevaba. Albert me tocó las piernas. Tienes unas piernas perfectas, me dijo, siempre las he admirado. Se detuvo en las ligas de encaje. Siempre llevas ligas? me preguntó. Casi siempre, le dije. Siempre que uso falda, sí. Albert subió sus manos a mi escote y me desabotonó la blusa lentamente. Yo llevaba un sostén de encaje marfil que traslucía mis pezones. Albert me tocó con tanto cuidado que se me erizó la piel. Se levantó y me besó el cuello, la garganta, los pechos. Me metió la mano en el pelo y se pegó a mí. Su erección era evidente. Se bajó el cierre del pantalón mientras me abrazaba y sin quitarme la ropa interior, corriéndomela hacia un lado cuidadosamente, me penetró suavemente. No se me ocurrió preguntarle si tenía un condón. Habíamos hablado muchas veces de nosotros, pero nunca de nuestras vidas sexuales. Albert creía y sigue creyendo que han habido solo dos hombres en mi vida: él mismo y Armando. Y a mí no me parecía que Albert fuera un hombre promiscuo, al contrario.
Lo hicimos en su oficina, suavemente, en su silla de escritorio y en su escritorio. Cuando terminamos, nos vestimos sin mirarnos. Supongo que ambos estábamos un poco avergonzados. Albert me preguntó si quería que me fuera a dejar a mi departamento y le dije que si. Era tarde y en ese tiempo yo aún no tenía automóvil. No hablamos una palabra en el camino. Cuando llegamos nos despedimos con un beso apresurado a medio camino entre la boca y la mejilla. Al día siguiente cobré el cheque temprano, puse una parte en mi cuenta y el resto lo puse en mi cartera. Me fuí a una joyería y le compré a Albert un porta lápices de plata en el que mandé a grabar "para que te acuerdes de mí". Se lo dejé con su secretaria y no lo volví a ver en varios días. No me imaginaba que ese iba a ser el inicio de todo.
Hoy he recibido un correo de Albert. Me dice que quiere verme, que piensa en mí, que tiene que ir a Holanda por una semana y quiere que lo acompañe. Ambos sabemos lo que eso significa. Y ambos sabemos lo que le costará.