El sexo abre puertas
De pequeña aprendí que el sexo abría y cerraba muchas, muchísimas puertas. Fui una hija no deseada en un matrimonio arreglado. Mi madre se casó para no quedarse solterona y para que mi padre la mantuviera. Mi padre se casó para ocultar su homosexualidad latente. Yo nací a los 10 meses de la fecha en que firmaron el contrato en el registro civil y desde entonces, o probablemente desde antes, mis padres vivieron vidas separadas. Cada uno tenía su dormitorio, dormían separados, comían separados y jamás se veían. Mi padre jamás asistió a verme a algún acto del colegio. Tampoco mi madre. Mi vida fue muy solitaria de pequeña. Me pasaba las horas solas, mi padre en el trabajo o con el amante de turno, mi madre con el amante de turno siempre. Apenas mi padre salía por las mañanas mi mamá me iba a dejar al colegio. Cuando yo volvía tenía la comida hecha y ella salía, dejándome, según su humor, encerrada o no con llave. Supongo que le daba miedo que me escapara, pero yo no tenía adonde ir de todas maneras, así que me pasaba las horas muertas dibujando, haciendo las tareas, viendo televisión o jugando con mis muñecas a la familia perfecta con la que yo soñaba. Poco antes de cenar volvía mi madre, con la cara alegre y de buen humor si el amante se había portado bien o enojada, tirando todo y quebrando platos si había tenido un mal día. En esos días, los malos, mi papá se iba de inmediato, para evitar discusiones con mi madre. En los días buenos se quedaba a veces en casa, encerrado en su dormitorio, viendo televisión y leyendo el diario. Mi padre nunca me tocó. Jamás me hizo cariño ni recuerdo ningún abrazo de él durante mi niñez. Recuerdo que una vez me retó porque iba mal peinada. Peíname tú entonces, le dije. Me dió una cachetada, esa fue la única vez que recuerdo que me tocó, y me dijo que lo tratara de usted, que él era mi padre, me gustara o no, y que le debía respeto. Él me trataba de usted las pocas veces que se dirigía a mí, esto era, cuando habían visitas. Hija, cuénteles a los tíos lo bien que le va en el colegio. Hija, recíteles a las visitas el último poema que se aprendió de memoria. Hija, haga tal o tal cosa para mostrarles a los demás lo inteligente que es, cualidad heredada por supuesto de él, el señor padre omnipotente.
Un día en que yo estaba sola vino un hombre, amigo de mi padre. Lo hice pasar. Yo debía de tener unos 7 años y estaba acostumbrada a pasar el día sola. Mi padre llegó al rato, disculpándose por la demora. Se dió cuenta de que mi mamá no estaba y se molestó. Hizo pasar al hombre a su dormitorio y se encerraron. El hombre se fue cuando llegó mi mamá. Mi mamá y mi papá se pelearon esa noche. Mi padre la trató de puta, y de suelta, y de descuidarme. Mi madre le dijo que a él qué le importaba, que él tampoco se ocupaba de mí, que ella tenía derecho a hacer su vida si él no se ocupaba de ella y que se arrepentía de haberse casado con un maricón. Pasaron años antes de que alguien me explicara el significado de esa palabra. Ellos discutieron por horas. Mi mamá le rasguñó la cara mientras le gritaba que no volviera a traer a sus amantes a la casa. Yo hacía mis tareas, y de vez en cuando, una lágrima manchaba el cuaderno de caligrafía en el que escribía.
Después de eso mi mamá le pidió a un primo que me cuidara cuando ella salía. Ya no salía todos los días, porque mi papá la amenazó con no darle más dinero, o con darle menos, si me volvía a dejar sola. Supongo que la conciencia, más que el instinto de padre, hizo su llamado. Mi madre salía día por medio y día por medio venía mi primo, de 3 a 7, a cuidarme. Mi primo era 10 años mayor que yo. Un chico alto, delgado, seguro de sí mismo. Me enamoré infantilmente de él. Los primeros días me interrogó sobre mis padres, que hacían, que decían. Se dió cuenta de que tenían dormitorios separados. Le dije que mi madre había dicho que mi padre era maricón y él se rió. Eso lo sabe todo el mundo, me dijo, sin darme más explicaciones. Mi primo se portaba bien conmigo. Me ayudaba a hacer las tareas, me enseñó a leer, cocinaba y veíamos televisión juntos. Poco a poco nos fuimos acercando. Al pasar los días me pedía que me sentara en sus piernas cuando veíamos televisión y yo lo hacía gustosa. Habría hecho cualquier cosa que me pidiera. Mi primo me tocaba el pelo, que yo tenía largo hasta la cintura y me daba besos en la cabeza. Me desconcertaban esos cariños. De pronto, me encontré llena de sensaciones nuevas. Me gustaba que me tocaran, me gustaba sentir el contacto con otro ser humano, la calidez de sus manos contra la calidez de mi piel, algo que mis padres nunca habían hecho. Un día, mientras veíamos televisión, mi primo me bajó el tirante del vestido y me dió un beso en el hombro. Lo recuerdo como si fuera la víspera. El corazón se me detuvo y todos los vellos del cuerpo se me erizaron. Mi primo me preguntó si me gustaba. Yo no dije nada. Mi mamá, a pesar de todos sus descuidos, me había advertido que no dejara que nadie me tocara, sobre todo ahí, entremedio de las piernas. Incluía la advertencia otras partes del cuerpo? Era por ese motivo que mis padres nunca me tocaban?
Te gusta? volvió a insistir mi primo. Asentí levemente con la cabeza. Él me corrió el pelo hacia un lado y me besó el cuello. Te gusta? Volví a asentir, con más fuerza, las mejillas enrojecidas y el corazón galopándome en el pecho. No puedes contarle a tus papás que te dí un beso o que te toqué, me dijo. Mis papás no me tocan, le dije yo. Mi primo se rió. No, tendrías que tener una pirula para que tu papá quisiera tocarte, me dijo.
Mi primo se fue ese día y volvió el lunes siguiente. Yo había pensado en él todo el fin de semana. Estaba nerviosa. Quería que me siguiera tocando. Cuando mi mamá por fin se fue, advirtiéndonos que llegaba a las 7, le dije a mi primo que viéramos televisión, con la esperanza de que me volviera a tocar. Cuando fui a sentarme en sus piernas me dijo que no, que no quería tenerme en sus piernas e hizo que me sentara a su lado. Siéntate así, me dijo, mientras me abría las piernas. Se sentó en el suelo. Sácate los calzones, me dijo.
Una alarma se activó en mi cabeza. No podía hacerlo. Me paralicé del miedo. Mi primo me dijo que le mostrara lo que ocultaba bajo los calzones. No puedo, le dije con un hilo de voz, mi mamá me ha dicho que no le muestre a nadie. A nadie desconocido, me dijo él, pero a mi me conoces! Anda, sácatelos. Mira, me dijo, me bajo los calzoncillos yo primero, y después tú, vale? Yo no dije nada. Él se sacó primero los jeans y luego se bajó lentamente los calzoncillos. Una mata de pelo rizado le coronaba el pubis y algo parecido a un gusano grueso y flácido le colgaba de la mata de pelo. Yo no tengo pelo, le dije curiosa, mientras lo miraba. No, pero ya te va a salir, me dijo él, entonces ya no me gustarás. Te gusto ahora? le pregunté con los ojos como platos. No sé... me dijo él, tengo que ver que de verdad no tienes pelo. Yo no me atreví a sacarme los calzones. Mi primo me hizo ponerme de pie y me los sacó él. Yo bajé la mirada, avergonzada. Él se sentó en el sillón mientras yo permanecía de pie. Con una mano empezó a acariciarme la entrepierna, mientras él se masturbaba. Creo que en ese momento no entendí lo que pasaba. Estaba confundida, asustada, avergonzada y aún así, me gustaba que me tocara. Pocos minutos después mi primo se fue al baño a limpiarse el líquido blanquecino que le había brotado del pene. Yo me quedé congelada ahí. Mi primo volvió, me vistió y me dijo que no le dijera nada a mis padres, porque entonces ellos se enojarían, me darían en adopción y yo jamás lo volvería a ver a él. Yo no pensaba decirles nada a mis padres, de todas maneras, nunca me escuchaban.
A la edad de 7 años aprendí que para que alguien me quisiera, tendría que dejarlo que me tocara ahí.