24-12-2012

Feliz navidad

El viernes Pablo fue a mi departamento después del trabajo. Había pensado en pasar la noche con él, calmarlo, convencerlo. Armando no llegaba hasta el sábado.

Fui a su consulta y me costó convencerlo. Le dije que sólo hablaríamos, que necesitaba el consejo de un amigo, que estaba confundida. Eso pareció ser su punto débil. Cuando llegó lo estaba esperando con vino y algo para picotear.

Le dije que había pensado mucho en él y en la última vez que habíamos hablado. Que estaba confundida con lo que había pasado entre nosotros y que estaba confundida con lo que sentía por Armando, que en el verano iba a empezar una terapia para reencontrarme conmigo misma, descubrir qué era lo que yo quería, porque no podía continuar así.

Todo esto por supuesto mentira. Necesitaba saber en dónde tenía a Pablo. ¿Sería capaz de quedarse callado? ¿Iba realmente a derivarme a otro especialista? ¿Qué iba a decirle a Armando?

Pablo, como siempre, me hizo muchísimas preguntas. Que si estaba segura de amar a Armando, que por qué lo engañaba, que por qué me había acostado con él si amaba a mi marido, si estaba felizmente casada. A todas le contestaba con movimientos de cabeza, con no sés, con gestos de hombros. Pablo empezó a impacientarse y se paseaba por el living agarrándose la cabeza con las manos, gesticulando y hablando a media boca, diciendo esto nunca debió haber pasado.

Me puse a llorar. Primero unas lágrimas, Pablo no se dió cuenta, así que solté un sollozo y me llevé las manos a la cara. Por suerte se me hace muy fácil llorar. Pablo no tardó en sentarse a mi lado y abrazarme, me hacía cariño en la cabeza y me decía que me calmara, que todo iba a salir bien. Me abracé a él y seguí sollozando. Si podía hacer que se compadeciera, contarle un cuento de... no sé, que no me podía separar ahora... no sabia qué iba a decirle, pero definitivamente no la verdad sobre mí.

- Marguerite... - me dijo Pablo mientras me tomaba el mentón entre sus dedos y con la otra mano me secaba las lágrimas - Marguerite, no llores más... todo va a estar bien.
- ¡Nada va a estar bien nunca más Pablo! ¿Es que no entiendes nada?

Hice el show de que me ahogaba entre tanto llanto y Pablo fue a buscarme un vaso de agua. Tomé sorbos entre hipos. Pablo me hacía cariño en el pelo. Lo miré a los ojos. Sé que me veo linda cuando lloro, la nariz y los ojos enrojecidos, los labios hinchados, en cualquier persona no es una imagen atractiva pero sé que en mi parece una indefensión absoluta. Más de una vez he apelado al llanto para despertar ese instinto primitivo de protección en los hombres y esta vez no falló.

- Marguerite... te... ya no llores... todo va a estar bien...
- Pablo...
- Shhhh Marguerite... dile la verdad a Armando, o no se la digas, tómate un tiempo, pero sola... yo... yo voy a esperarte...

Lo miré sin entender.

- Yo... no puedo dejar de pensar en ti Marguerite, desde que te conocí, desde ese primer beso... tan incorrecto y a la vez... a la vez era lo que necesitaba para volver a la vida... desde la muerte de mi mujer que me siento muerto y... - las palabras salían a borbotones de su boca - estoy... yo... creo que te amo, Marguerite... estoy enamorado de ti.

Me besó mientras yo pensaba mierda, mierda, mierda... Y ahora qué hacía. Seguramente Pablo se estaba imaginando un futuro feliz de vivieron juntos para siempre entre nosotros. Él me rescataría de mi confusión, me daría lo que ante sus ojos Armando no era capaz de darme. Estaba enamorado. Ahora necesitaba no solamente tiempo para darle largas a Armando, pero para ver qué haría con Pablo.

Seguimos besándonos y nos fuimos al dormitorio. Pablo se sentó en el borde la cama, yo estaba de pie, él me besaba los senos, el vientre y me recorría la espalda con los dedos. Abrió el cajón del velador para sacar un condón y se detuvo. Sentí que algo estaba mal.

- Faltan condones - me dijo Pablo.
- ¿Hmm?

Pablo se puso de pie y empezó a levantar la voz, mientras yo lo miraba estupefacta.

- ¡Faltan condones Marguerite! ¡A quien más trajiste aquí! ¿Con quien más te acostaste?

No vi venir la cachetada que me dió, pero por la fuerza, ahora pienso que debió haber sido un combo. No sé cómo me dió el golpe, sólo sentí que el labio se me rajó como un gajo de naranja, la sangre empezó a salir tibia en un débil chorro y la mejilla y el ojo empezaron a dolerme de inmediato.

Pablo estaba parado frente a mí, los pantalones desabrochados, sin camisa. Yo estaba en calzones, sin sostén. Hice el cálculo rápidamente. Dos condones con Marcelo, cuatro con Thomas, faltaban dos cajas de tres condones. Caminé al baño y agradecí mentalmente haberme surtido de condones después de Marcelo, pero los había guardado en el baño. Tomé dos paquetes y se los lancé a la cara a Pablo. Sentía el labio gigante.

- Ahí están los condones que te faltan, estúpido. Quise hacerte espacio en el velador y por eso los guardé en el baño.

Me ardía la cara. Ahora tenía ganas de llorar de verdad y sentía que la mejilla se me inflamaba por segundos. Pablo se acercó a mí e intentó abrazarme.

- ¡No me toques! ¡Sal de aquí, no quiero verte nunca más!

Pablo se vistió rápido y callado, con la cabeza gacha. Al llegar a la puerta me pidió disculpas y me pareció ver que se le caía una lágrima.

Me senté a fumar y pensar. Me dolía el contacto del cigarro con los labios, me dolía el humo en el ojo que según había comprobado en el espejo, se me estaba amoratando. Todavía no entendía cómo me había pegado. Agarré mi cartera y empecé a darle tirones furiosos a las asas, hasta que se descosió por los bordes. Lo lamenté, era mi cartera preferida. Llamé a Armando y lo escuché... raro. ¿Estaba acostado? ¿A esa hora? Me acordé que estaba en trabajo de terreno con la sueca. ¿Me estaba cagando?

Le conté a Armando que habían intentado asaltarme, quitarme la cartera. Que me había resistido, la cartera había quedado inservible con el tirón que le dieron y que más encima me habían pegado. Armando volvió esa misma tarde a Santiago.

Pablo llamó mil veces y me mandó más de cien mensajes de texto, pasando desde el perdón a las excusas, reaccioné así porque te quiero... intentando que lo llamara por lo del plan de infertilidad, amenazándome con contarle a Armando todo, pidiéndome disculpas de nuevo. Me preocupa Pablo, es altamente inestable y realmente ya no sé de qué es capaz. Pasando las fiestas y la preocupación del asalto, había pensado decirle a Armando que quiero cambiarme de médico, que me incomoda Susana o no sé en realidad con qué excusa salir. No puedo confiar en Pablo. El problema es que Armando me dijo hace un rato que Pablo lo llamó, que le dijo que ha intentado comunicarse conmigo infructuosamente, y Armando le contó que me he sentido indispuesta después del asalto. Pablo le dijo que tengo que ir a su consulta el 3 de enero para una histeroalgografía, me dijo Armando. Deduzco que es una histerosalpingografía, un examen para, en resumen, observar si las trompas de falopio tienen algún tipo de obstrucción. Pablo me mandó el siguiente mensaje hace unos minutos:

Acabo de hablar con tu esposo. Que terrible que te hayan asaltado. Seguimos con el plan que habíamos trazado para descubrir la causa de tu presunta infertilidad y nos vemos el 03/01/13. Que pasen una linda navidad en familia.

Lo he leído diez, cien veces, y no sé qué deducir, qué pretende Pablo, cuál es su mensaje entre líneas. Y cómo si no tuviera nada de qué preocuparme, hoy tenemos a Merete y Thomas de invitados a comer. Algo me huelo de Armando, quiero ver a la sueca de cerca, a solas. Sólo espero que Thomas sea capaz de disimular. Mientras me maquillo el ojo todavía magullado no dejo de pensar en la navidad pasada, cuando la estúpida sobrina de Armando preguntó cuándo íbamos a tener un bebé y lo echo todo a perder.