20-05-2009

Holanda

No puedo dormir.

Estuve 3 semanas en Holanda con Albert. Albert le dijo a su jefa que necesitaba más tiempo allá para resolver algo y ella le pagó todo, como siempre hace. Creo que Albert se acuesta con su jefa, una mujer cerca de los cincuenta que se conserva muy bien, pero que usa maquillaje en exceso y una mala elección de tintura para el pelo. Le pregunté a Albert mientras me penetraba suavemente y yo lo abrazaba con mis piernas si alguna vez había pasado algo entre ella y él. Se detuvo, me miró sorprendido y con el ceño fruncido y me dijo que no, pero el cambio en el ritmo, la eyaculación rápida, que me haya dado la espalda para dormir en vez de abrazarme y que no me haya despertado antes de irse por la mañana me indicaron otra cosa. Al almuerzo volví a tocar el tema. Volvió a decirme que no. Le dije que se notaba que a su jefa le gustaba él y que me miraba con ojos asesinos cada vez que me veía por su oficina. Albert de nuevo no dijo nada.

Fueron semanas tranquilas en Holanda. Albert alargó el trabajo que debía hacer en una semana de tiempo completo a tres lentas semanas. Por las mañanas hacía su trabajo, se reunía con los gerentes en los diferentes bancos, visitaba a quienes debía visitar y volvía para almorzar conmigo. Después de almorzar salíamos a pasear. Estuvimos en varios museos y nos deleitamos con Rembrandt y Van Gogh hasta que nos dolieron los ojos. Visitamos dos museos más de los que no recuerdo el nombre y otro, que era una iglesia católica clandestina escondida en una casa. Estuvimos mirando todo, la cocina de siglos anteriores, los dormitorios, el salón. Me gustó mucho, la verdad. Visitamos también el jardín botánico y el museo de la fábrica de cerveza Heineken. Albert es un amante del arte y de la historia y siempre es interesante oírlo hablar de historia, o de arte. Visitamos el museo de la casa de Ana Frank y Albert me contó su historia personal, mientras recorríamos la antigua casa. Albert estuvo en Israel cuando tenía 17 años y en la pierna tiene una cicatriz de unos dos dedos de grosor y de unos 20 centímetros de longitud, en el muslo. Se la hicieron con un cuchillo. También tiene algunas cicatrices en la cara, que la cirugía plástica no logró reparar, pero que no se ven mal ni grotescas. Me provocaron curiosidad cuando las vi por primera vez, pero esperé a que él me contara lo que le había pasado. Una bomba había estallado a varios metros de donde estaba él y algunos trozos de material ardiendo le cayeron en la cara. Su padre lo mandó a buscar, dijo que ya era suficiente de jugar al judío guerrillero, se lo trajo de vuelta a Chile, le operó la cara y lo puso a estudiar economía, Albert se tituló, se casó con la mujer judía que habían escogido sus padres, tuvo tres hijos y estaba satisfecho con su vida hasta que me crucé por su camino. En Holanda, paseando de la mano conmigo y besándome a cada rato, me decía que nos fuéramos, que el dejaría a su esposa y a sus hijos, desaparecería, podríamos vivir aquí mismo en Holanda, me decía, tener un pequeño departamento en Amsterdam. Yo lo escuchaba y sonreía. Albert, que tiene edad suficiente para ser mi padre, proponiéndome todo aquello que siempre quise hacer con Armando. Armando... Albert sabe que yo sigo amando a Armando, sabe que se va a casar y sabe que estoy con él por el dinero que me da cuando se lo pido. Tuve que contarle lo de José Ignacio, que me había acostado con él por dinero, pero le dije que había sido una sola vez y hace tiempo. Me dijo que no lo volviera a hacer, que él me mantendría y me daría lo que necesitara. Albert no tiene idea de lo que yo necesito. Necesito seguridad, quiero casarme, tener hijos, un hogar, ser la madre que nunca tuve, cuidar de alguien y que alguien me cuide, pertenecer a alguien y que ese alguien me pertenezca. Albert ya vivió todo eso con su mujer, la quiera o no. Y yo quiero vivirlo con Armando, o conocer a alguien que me haga olvidarlo.

Mi relación con Albert está viciada. Siempre llegamos a lo mismo. O será que en realidad no vamos a ninguna parte. Pero, qué futuro puede tener "lo nuestro"... Él esta casado, es muchos años mayor que yo y jamás se atrevería a desafiar a su familia, su religión, sus costumbres. Albert es un amante excelente, considerado, experto y además, tiene dinero y eso para mí es suficiente, pero no sé qué es lo que quiere él, y se pone pesado conmigo, cuando me dice que no quiere que vea a otros hombres y que me dará más dinero si es eso lo que necesito. El papel de concubina no va conmigo. Acepto su dinero, pero creo que necesito constantemente la presencia de alguien a mi lado, alguien que me haga sentirme querida y él no puede hacer eso y lo sabe. A veces me dice que me voy a terminar olvidando de Armando y me enamoraré de otro, y entonces lo dejaré para siempre y yo espero de verdad que sea así. Los años pasan y a pesar de que todavía soy joven, no lo seré por siempre. Todos estos hombres que me buscan, que dicen quererme y preocuparse por mí, que me dan dinero y se acuestan conmigo, lo hacen única y exclusivamente por que les gusto. Si fuera fea, gorda o vieja no lo harían. A veces me siento como una especie de trofeo. Cuando José Ignacio me compra ropa a gusto de él y me lleva a restaurantes caros y me toma de la mano y me llama "mi amor" delante de todo el mundo, sé que lo hace por exhibirme. Y sé lo que deben pensar los demás. Que debo ser una puta, porque su hija, no parezco, y que esa es la razón por la que estoy con él, y tienen razón.

Volviendo a Albert... Cuando salimos del museo de la casa de Ana Frank creo que me deprimí un poco. Siempre me deprime pensar en la gente muerta, en esa chica muerta y yo haciendo nada con mi vida. Me propuse buscarme un trabajo relacionado a mi profesión, cambiar de vida, dar todo mi dinero a los pobres, meterme a monja... promesas que están todas olvidadas ahora. No sé cuanto estaré así. La belleza y la juventud no son eternas y siento que el tiempo se me está pasando. Conocí a un chico hace poco. Creo que le gusto, pero él tiene pareja y una hijo, aunque no está casado ni vive con ella. Y no quiero destruir una pareja. Quiero un amor limpio, puro, quiero cambiar de vida, amar y que me amen y olvidarme de todo lo que he pasado, desde mi niñez hasta todas las estupideces que he hecho, quiero olvidar a todos los hombres que me han penetrado y empezar de nuevo y sentirme feliz y enamorada como me sentía en los primeros meses con Armando... Y ahí está mi tope. Siempre Armando. Siempre quiero tener lo que tuve con él, o lo que creí tener. A veces pienso que hubiera sido mejor que se hubiera muerto cuando tuvo el accidente y que yo me hubiera muerto también cuando traté de suicidarme. Tengo apenas 28 años y siento que la vida se me ha escurrido de las manos y no le veo salida al túnel en el que estoy metida.

En el pequeño momento de sinceridad que tuve con Albert, cuando le confesé lo de José Ignacio, vi sus ojos dolidos y aunque mi objetivo era contarle todo, no pude. Vi en su mirada que si seguía él no me perdonaría jamás y me callé todo lo que quería sacarme del alma. Albert me abrazó, me besó y me desnudó suavemente, como siempre lo hace. Albert es el único hombre que siempre logra excitarme y con el que siempre consigo un orgasmo. Albert no es un cerdo, como los otros, y a veces me gustaría pensar que de verdad me quiere y que yo lo quiero, pero entonces se acaban los días juntos y mientras yo estoy aquí, desvelada y sin poder dormir, él duerme con su esposa, abrazado a ella mientras ella le toca el pene.

Recuerdo que la segunda vez que estuvimos juntos fue también en su oficina, pero fue temprano, cuando los demás estaban ahí. Esa vez fui más osada y casi traviesa. No nos habíamos visto desde la primera vez que lo habíamos hecho y llegué de sorpresa. Lo saludé con un beso en la cara y hablamos como si nada hubiera pasado. A la hora de almuerzo, cuando todos salieron, le dije que quería hacerlo con él, ahí, en ese momento. Se rió y me dijo que estaba loca. Me levanté y le dije que quería practicarle sexo oral. Cuando vió que hablaba en serio se levantó, fue al baño a lavarse y volvió. Eso es lo que me gusta de Albert más que nada, siempre es considerado. Se sentó en su silla y se dejó hacer. En general no me gusta el sexo oral. No me gustan los olores de esa parte del cuerpo, pero con Albert aprendí que hacerlo en un sexo limpio y con buen olor, es exquisito. La mayoría de los hombres quieren que uno "se la chupe" sin haberse lavado antes. Y eso, en suma al vocabulario horrible, significa simplemente un no de mi parte. Esa vez llevaba las uñas largas. Echado hacia atrás, Albert me confesó que su mujer había sospechado algo la vez anterior, porque llegó con olor a otra mujer, a perfume de otra mujer. Me reí, con su pene en mi boca. Luego lo masturbé. Albert me fue enseñando cómo hacerlo, cómo le gustaba a él. Terminamos antes de que volviera su secretaria de almorzar. Al día siguiente volví a pasar a su oficina. Albert me contó que le había rasguñado el pene, justo debajo del glande y que él no se había dado cuenta hasta que por la noche se había acostado y como de costumbre, su mujer le había agarrado el pene para quedarse dormida. Me reí a carcajadas. No le creí que su esposa durmiera así, pero medio molesto y medio divertido me dijo que era verdad, que no me riera. Cuando la esposa lo tomó con su mano, a Albert le dolió y se le salió un quejido del fondo de las entrañas. Su esposa, extrañada, prendió la luz, y se fijó en el rasguñón que tenía. Albert tuvo la capacidad de mentir rápidamente diciéndole que se había enganchado en el cierre del pantalón, pero su esposa no le creyó y se durmió dándole la espalda. Por la mañana no le había hablado. Así que ese día no pasó nada con Albert, por su pene herido. Le dije que me prestara $100.000, que se los devolvería después, cosa que nunca hice. Así fue como empezó todo con Albert. Ahora me mantiene, me da mensual poco más de medio millón y se acuesta conmigo cada vez que tiene tiempo.

Creo que trataré de dormir. El sueño me vence y creo que las ideas no me salen muy claras. Dormí tres semanas con Albert y me siento sola, en esta cama tan grande.