Amigdalitis
El miércoles Pablo llegó a la hora esperada. Le abrí la puerta con el décimo cigarro que me fumaba en los labios.
- Te hace mal el cigarro. ¿Sabes que fumar reduce la fertilidad?
- Mejor para mí entonces.
- Te lo digo en serio, no deberías fumar.
- ¿Vienes en plan médico?
Boté el cigarro y me lavé los dientes. Me senté junto a él en el living, con una copa de vino. Me pone nerviosa Pablo, tiene una forma de mirarme enigmática, una sonrisa apenas perceptible, no logro dilucidar qué es lo que está pensando, por qué me ayuda como lo está haciendo, si para él es un polvo más o se está involucrando sentimentalmente, o quizás es sólo curiosidad.
- Gracias de nuevo... por... lo que estás haciendo.
- Por lo que estoy haciendo... Sabes Marguerite, he dormido pésimo pensando en esto. Ayudarte en lo que pretendes, y no sólo eso, involucrarme contigo... todo está tan mal, tan podrido desde el lado desde donde se le mire... no sé por qué lo estoy haciendo. Venía pensando en eso camino acá. Comprometo mi carrera por esto, y lo sabes.
- Por mí esto no se sabrá nunca Pablo - su carrera... eso era, ese era su punto débil.
- Y es que ese es el punto. Hasta cuando piensas seguir, qué va a pasar cuando los exámenes no arrojen respuestas, cuando no puedas seguir mintiendo. ¿Has pensado en qué hacer si tu marido decide buscar una segunda opinión?
- Pablo, la verdad es que no he pensado nada, como te dije, sólo quiero ganar tiempo...
- ¿Y lo de nosotros?
- ¿Lo de nosotros?
- ¿Me estás usando para que te ayude?
- No... sí... o sea, no de la manera en que te imaginas Pablo. Me gustas, mucho, y ya te dije, yo no creo en la fidelidad y lo que sea que pase entre nosotros en la cama, no tiene nada que ver con que me ayudes como médico ni nada que ver con lo que pase con mi marido.
- Suenas tan fría...
- Así es como suena la sinceridad. A ti no tengo por qué mentirte.
- No sé Marguerite... no voy a negarte que desde que... empezamos esto, pienso en ti día y noche, y me vuelvo a cuestionar lo que estoy haciendo, involucrándome con una paciente, más encima casada, más encima ayudándote con una farsa que compromete mi carrera...
- Ves... empiezas a mezclar las cosas de nuevo. Por qué no... en tu oficina, como dijiste hoy temprano, mantenemos la farsa médico-paciente y cuando estemos aquí nos olvidamos de que eres mi médico, nos olvidamos de Armando, y somos solo tú y yo.
- Qué fácil suena.
- No tenemos para qué hacerlo más difícil.
Empecé a besarlo y sentí que sus defensas bajaban, como se soltaba, como se relajaba a mis caricias, pero a la vez me sentía peor yo, físicamente. Me llevó casi en brazos a la cama. Me sentía como una muñeca de trapo.
Empezó a desvestirme y me dejé hacer. Puse mis brazos alrededor de su cuello y me hundí en su olor. Hacía calor, Pablo sabía a sal, y la habitación daba vueltas.
- No tienes condones - me dijo de repente.
Miré. El cajón del velador estaba vacío. Me había olvidado de comprar preservativos. Le hice a Pablo un gesto de disculpa. En realidad me sentía tan mal que todo me daba igual.
- Si no te importa... - me dijo Pablo - podemos hacerlo así... sé que no tienes nada, yo te aseguro que no tengo nada...
- Cómo quieras...
Volví a abrazarme de su cuello y cerré los ojos. Sé que no tienes nada, se repetía en mi cabeza. Claro, es mi médico, tiene todos mis exámenes de sangre. Pensé en con cuantos me he metido sin cuidarme. Algún ángel muy poderoso, o demonio, debe ser mi guardián para no haberme contagiado nunca nada. Lo dejé hacer. Me dejé llevar por sus movimientos rítmicos, el olor de las gotas de sudor que le mojaban la piel, el aire pesado.
Pablo se recostó a mi lado y me abrazó.
- Marguerite... ¡estás caliente!
- ¿Y tú no?
- Me refiero a que estás afiebrada. ¿Te sientes mal?
Pablo me tocaba la frente y me miraba con preocupación. Me miró los ojos y me pidió que abriera la boca para mirarme la garganta. Me sentí tan ridícula siendo examinada desnuda, en mi cama, pero me sentía demasiado mal para discutirle.
- Tienes las amígdalas del porte de una nuez - dictó Pablo - y purulentas. Y fiebre de al menos 39 grados. Vas a necesitar antibióticos o no estarás bien para el sábado.
El sábado... Pablo iba a estar en mi casa, la gente, todo lo que había que arreglar, los exámenes de final de semestre... yo no había comido nada el miércoles, sólo bebido y fumado. De repente me vinieron arcadas y tuve que correr al baño. Vomité un vino espeso y de olor ácido.
- Son las amígdalas que te provocan arcadas. Tienes que llegar a acostarte Marguerite.
Pablo bajó a comprar penicilina mientras me daba una ducha fría. Volvió además con paracetamol y condones, que puso en el velador. Me inyectó él mismo, aunque le dije que podía hacerlo yo, pareciera que se le olvida que soy enfermera. Me tomé dos paracetamol y al cabo de una hora empecé a sentirme un poco mejor y pude venirme a mi casa. Desde el míercoles sólo me he levantado para ir a dar los exámenes y volver a acostarme. Por suerte, para ordenar todo lo que me faltaba de la fiesta, pude contar con Carolina, mi siempre fiel amiga que está cesante gracias a su inútil título de arte.
En unas horas van a empezar a llegar los invitados. Vuelvo a sentirme enferma de pensar en tener a Pablo en mi propia casa.