Carne fresca
Me vibra el teléfono con un mensaje.
- Qué estás haciendo
- En clases
- Quiero verte
- Hoy no puedo
- Te echo de menos
- hmm ocupada...
- Me ascendieron a director. Salimos a celebrar?
- En serio no puedo. Clases, exámenes, trabajos.
- Odio los días nublados y fríos, tomémonos un café?
- Hoy no
- Estás enojada conmigo?
- no, ocupada.
- Qué llevas puesto?
Apago el teléfono enojada. Albert... de cuando que se ha puesto tan básico. Pareciera que la edad lo ha hecho retroceder a la post adolescencia. Prendo el teléfono cuando salgo de clases, tres llamadas perdidas de Armando, una de Marcelo, dos de un número desconocido, cinco mensajes de Albert.
Armando estuvo diez días en Suecia. Volvió diciéndome que había hablado con Merete, que se había hecho un aborto, que ella volvería a trabajar para su antigua compañía en Suecia y que no quería volver a Chile. Ese último día que hablé con él... no sé que sentí. O que siento. Como si todo lo que pasó me hubiera congelado el corazón en un invierno prematuro, miraba a Armando a hablar, sin sentir nada por él, ni rabia, ni lástima, quizás desprecio, sí, desprecio. Se le notaban las ojeras a Armando. Por primera vez me fijé en él detalladamente, sin el aturdimiento del amor ciego, me molestaron sus cejas, su nariz, sus ojos oscurecidos por la tristeza. Y de todo lo que me decía Armando, lo único que se repetía en mi cabeza es que no me eligió a mí y que ahora volvía por su premio de consuelo.
- Vuelve a la casa Marguerite
- No
- Yo sé... yo sé que la cagué, pero sé que esto podemos arreglarlo, tú y yo somos más fuertes que esto juntos mi amor - y me tomó de la mano.
- No me toques Armando, por favor no me toques. ¿Sabes que pienso cada vez que te veo? Te imagino en la cama con Merete. ¿Sabes qué es lo único que escucho cuando hablas? Que la elegiste a ella y a ese bastardo...
- Marguerite...
- Y lo que es peor Armando, es que la elegiste a ella a pesar de cómo estaba yo, había perdido recién a nuestro hijo, tú hijo, el de Merete no sabes ni siquiera si era tuyo...
- Marguerite... no sé como pedirte que me perdones...
- Es que no hay perdón Armando, no lo hay. ¿Qué habrías hecho si yo no hubiese perdido nuestro hijo y ella no hubiese querido abortar?
- No lo sé...
- No lo sabes. Ves, ese es tu problema, no sabes nada, no entiendes nada. No. No voy a volver contigo, no ahora, no quiero verte Armando.
- Marguerite, nosotros tenemos una historia, son más de diez años...
- Diez años que echaste por la borda con tu calentura y sobre todo con tu estupidez Armando. No me llames, no me busques, dame tiempo para pensar, yo te voy a llamar. Mis cosas... dile a la nana que las ponga en una maleta o cajas y las paso a recoger, pero no quiero verte.
Y lo dejé, ahí, de nuevo. Disfruté el dolor que le causé con mis palabras, su cara sorprendida cuando le dije que no iba a volver. Aún no sé si voy a volver, pero qué creía, ¿que iba a volver corriendo a sus brazos después de lo que me hizo? Marcos se rió a carcajadas con esto último cuando se lo conté, cuando le repetí la conversación.
- Con lo que te hizo él Marguerite, jaja, es que no puedes ser más caradura. ¿Y lo que le has hecho tú a él?
- Yo a él no le he hecho nada, nada que él sepa al menos, y corazón que no ve...
- Es ojos que no ven corazón que no siente. Ven para acá, descarada.
Marcos empezó a besarme el cuello y a meterme los dedos en la entrepierna, pero no tenía ganas, no de él. Marcos me recuerda a la carne vieja, dura, su sabor no me tienta. Le dije que tenía que hacer, que lo llamaba más tarde, pero que si Armando lo llamaba siguiera haciéndolo sentir mal, que le dijera que todo era su culpa y que siguiera insistiéndome en que vuelva con él, que le lave el cerebro con toda su mierda religiosa del matrimonio y tonterías.
Volví a ver a Marcelo. No sé si por lástima o simplemente porque me conviene tener alguien así de fiel a mi lado, que casi no haga preguntas, que no me critique y que me pueda suplir de marihuana a la hora que sea. Marcelo acepta lo que le doy como un perrito faldero al que le acaricias el lomo después de haberle dado una patada porque te estorbaba en el camino. Lo noto más gordo, los músculos que había conseguido marcar en el gimnasio se le han ido, así que lo mandé a hacer ejercicio. No me gusta fofo, flojo, si quiere estar en la cama conmigo que se comporte a la altura.
Tú no vas a ser joven siempre, me recuerda Marcos de vez en cuando, cuando me insiste en que no sea tonta, en que vuelva con Armando, tenga hijos y deje mi orgullo de lado. Marcos es otro que no entiende nada, me dice que la belleza no dura para siempre, que me quedan cuánto, cinco, máximo diez años, y si no tengo mi vida asegurada para entonces, lo perderé todo. No deja de tener razón, pero pienso... en si quiero pasarme los cinco años que me queden encerrada en una vida que no me satisface o disfrutarlos. El problema es que no sé lo que quiero. Quería a Armando, pero ahora... ahora todo ha cambiado, y volver a mi vida alocada de antes ha sido tan... placentero. Salir a tomarte una copa sin saber a quien vas a conocer, con quien vas a acabar en la cama, la adrenalina de volver a drogarme como en los tiempos que estaba con Daniel, ha sido un placer indescriptible. Me aburre la rutina, eso es, la rutina es lo que me ha estado matando y Armando es eso, rutina, y por mucho que lo ame simplemente no puedo ir contra mis instintos más básicos. A final de cuentas, Armando se ha ido y vuelto, y se ha ido otra vez y ha vuelto otra vez, el sexo es lo único que me ha acompañado toda mi vida, es lo único que siempre ha sido seguro, que puedo controlar, que sé que no me va a defraudar y algo tiene el sexo casual, con desconocidos, o fuera de la relación, ese sabor a peligro y prohibido, que es lo único que me hace sentir viva de verdad.
Tengo un compañero, Jorge, tiene 20 años, el típico mateo que empieza la universidad apenas sale del colegio, concentrado en sus estudios, pololeando con una niña de primero. Un niño bien que jamás cometería una infidelidad, que jamás se saldría de las reglas. Lo conozco desde primero, pero antes era tan niño... creció ahora durante el verano, más hombre, distinto. Puse mis ojos en él y empezó la cacería lenta pero segura, empezó con estar en el mismo grupo, con hacer un trabajo juntos, con arreglármelas para quedarnos solos, estudiando hasta más tarde en la biblioteca, preguntándole si no prefería estudiar en mi apartamento donde estaríamos más cómodos. Aceptó con reticencia. Mientras conducía en mi auto, me sentía casi como un violador en serie, con mi víctima sentada a mi lado. A veces pienso eso, que si yo hubiese nacido hombre, sería un violador serial, una tras otra caerían ante mis garras. Me reí del pensamiento mientras conducía y Jorge me preguntó de qué me reía, y le conté un chiste estúpido para nada gracioso, pero él se rió y entendí que estaba nervioso, que sabía que iba a algo más que a estudiar, o que lo presentía, o que se lo esperaba, o bien que se lo imaginaba sin llegar a pensar que podría pasar de verdad. Ah, estaba tan excitada que podría haber acelerado a doscientos y habernos matado en la siguiente intersección. Me temblaban las manos.
Llegamos a mi apartamento. Lo primero que Jorge me preguntó fue si vivía sola. Estoy separada, le dije mientras ponía la tetera para hacer café. Nos sentamos a estudiar e intercambiábamos preguntas de vez en cuando. Dieron las ocho y estaba oscuro. Jorge me dijo que ya no quería seguir, estaba cansado, y le pregunté si quería que lo fuera a dejar, me imaginaba violándolo en un sitio eriazo, o prefería comer algo. Me dijo que se iría en micro, le dije que no fuera tonto, no me costaba nada ir a dejarlo, o violarlo, y que se quedara a comer algo, que me hiciera compañía.
Al final aceptó. Hablamos de las clases, los profesores, los compañeros mientras Jorge se tomaba una cerveza y yo preparaba algo rápido. Comimos entre risas, recordando anécdotas de los años anteriores y pensaba mientras lo miraba en lo mucho que había cambiado Jorge en un par de meses, un último estirón a la hombría, y pensaba en cómo hacerlo caer en mis garras, en mi cama, pero Jorge es tan correcto, y tiene polola, la niñita esa de primer año que entró a la misma universidad que su pololo la muy tonta. Terminamos de comer y Jorge miraba la hora, le pregunté si en la casa lo controlaban y me dijo entre risas que no, que había quedado de ir a ver a su polola pero que se le había hecho muy tarde, que mejor la llamaba para avisarle que no iría y eso hizo. Le ofrecí quedarse en mi apartamento, yo me iba a quedar estudiando para el examen del día siguiente. Jorge miró confundido alrededor y antes de que dijera nada, le dije que el sillón era un sofá cama, y podría dormir un par de horas antes de irnos a clases. Dudó una última vez antes de aceptar. Me relajé. Sabía que había caído en mi trampa.
Jorge llamó a su casa y lo escuché decir que se quedaba en casa de un "compañero" estudiando. Sonreí. Me llamó Armando, no contesté el teléfono, le dije a Jorge que era mi ex y no hice más comentarios.
A eso de las 22:30 hicimos otra pausa, hice más café y le pregunté por su vida, con quien vivía, cuánto llevaba pololeando. Me contó que con sus papás y dos hermanos menores, con la polola llevaba un año.
- O sea... que empezaste a pololear cuando ella estaba en el colegio.
- sí, va en el mismo colegio que mis hermanos.
- Te gustan las cabras chicas...
- Jajaja, no, es tres años menor que yo.
- Chica po... Apuesto que eres su primer pololo...
- Sí, ella también es mi primera polola seria.
- En serio...
- Sí.
- Qué pena
- ¿Pena por qué?
- Tan chicos y ya comprometiéndose así de serios... no has vivido nada, nadie te ha enseñado nada, no puedes enseñarle nada a tu polola...
- Jajaja... yaaa, o sea, ¿me estás diciendo qué? no entiendo
- Nada, simplemente te estoy diciendo que es una lástima que tengas tan... poca experiencia. Si fueses más experimentado, si una mujer, y mujer de verdad, un poco mayor, te enseñara algunas cosas... podrías experimentar con tu polola, cosas que ella al tener 18 años nunca va a saber si no se las enseñas tú, o si no se te adelanta y se las enseña otro.
- ¿Y con una mujer más experimentada te refieres a quién?
Lo miré intensamente, sin responderle, sé que tengo una mirada que algunos describen como hipnotizante, puedo expresar sin una sola palabra, solo con mirar, todo lo que estoy pensando. Podía sentirse la corriente estática en el aire, entre nosotros.
- A quien quieras Jorge, eres atractivo, puedes tener a quien quieras en tu cama - y casi podía escuchar al violador serial hablar con mi voz.
- Y ese a quien quiera... ¿te incluye a ti? - ahí estaba, ahí había caído, Jorge pensaba que era él quien dominaba el juego, quien tenía la pelota, quien me estaba conquistando a mí.
- Hmm, voy al baño a mojarme la cara, hace un poco de calor acá.
Me levanté y dejé la puerta del baño entreabierta. Me incliné a lavarme la cara mientras veía de reojo por el espejo a Jorge que me había seguido y me miraba aturdido a mis espaldas. Veía que estaba indeciso, que no se atrevía a dar el siguiente paso, sabía que pensaba que quizás me había mal interpretado pero se preguntaba mil cosas por segundo, por qué lo había invitado, por qué le había dicho lo que le había dicho y sabía que en su inexperta cabecita algo le decía que todo encajaba pero a la vez, una señal de alarma le avisaba que no. Me saqué el sweater y la polera y los tiré al suelo, sin mirarlo, que pensara que era él quien daba el primer paso, y me quedé de pie en pantalones y sostén mientras me pasaba una toallita húmeda por el cuello.
Sentí a Jorge a mis espaldas mientras me besaba el cuello y me exploraba la entrepierna, y qué distintos sus besos de los de Marcos, su hambre, su olor casi adolescente, su cara sin esos vellos duros como pelos de cerdo cortados a ras. Lo dejé hacer. Ya habría tiempo para enseñarlo a mi manera. Me abrió el botón del pantalón y me los bajó. Sentía el frío del lavamanos en mis piernas. Me dí vuelta y empezamos a besarnos. Lo empujé contra el lavamanos y empecé a frotarme contra él. Si quería un orgasmo, tendría que ser así, sabía que él no duraría mucho durante la penetración.
Estuvimos así un rato hasta que estuve satisfecha. Saqué entonces un condón del estante del baño y se lo puse con delicadeza. Volví a ponerme frente al lavamanos, me incliné hacia adelante y le pedí que me penetrara mientras me acariciaba los pezones. Como sabía que pasaría, no duró mucho, pero fue delicioso. Esa noche la usé para enseñarle un par de cosas en vez de estudiar. Tuvo problemas el pobre para explicarle a la polola donde se había quedado y con quién y por qué llevaba la misma ropa. Consiguió que un compañero le hiciera de tapadera. Me mira con cara de toro en celo ahora Jorge, pero ya no me interesa, ya no es carne fresca, ahora tengo los ojos puestos en otro compañero, Alejandro, aunque tengo mis sospechas de que es gay o al menos bisexual. Lo bueno de Jorge es que sé que no le va a contar a nadie lo que pasó entre nosotros, no va a arriesgar perder a su polola, y eso me hace tener el control de nuevo.
Carne fresca, eso es lo que quiero, ya no quiero a Armando, sigo amándolo, claro que sí, nunca jamás amaré a nadie como lo amo a él, pero ese amor no llena el enorme, eterno vacío que me deja la monogamia. A Armando puedo seguir amándolo desde la distancia, como lo amé todos los años que estuvimos separados, pero esto, esto es lo que soy, una cazadora, y lo seguiré siendo por los años que me queden, sean cinco o máximo diez como dice Marcos.