14-07-2009

Adiós Marcelo

Me acabo de despertar. Como cada mañana, me masturbé. Me ayuda a empezar el día con energía. En mi velador tengo varias películas pornográficas. Me gusta mirar las carátulas, me ayuda a entrar en calor, pero no me gusta ver las películas. Las encuentro tan degradantes, tan falsas... será que me veo reflejada, acaso, en esas caras que fingen placer. Llegar al orgasmo me relaja y me sube el ánimo. A veces, cuando tengo dolor de cabeza, en vez de tomarme un paracetamol, me masturbo. El orgasmo siempre me ayuda a disipar el dolor. Conozco mi cuerpo, sé lo que me gusta, sé lo que me excita y quizás eso explique la razón de que me cueste tanto conseguir un orgasmo teniendo sexo con un hombre. Siempre hacen el movimiento inadecuado, o me hablan, o gimen, y eso me desconcentra. A veces cierro los ojos y me voy moviendo despacito montada en alguien y me concentro en mí, pero es difícil, porque los hombres siempre piensan que si ellos se la están pasando bien, uno también se lo está pasando bien, y no es necesariamente así. Al final, entre masturbarme yo sola y masturbarme frotándome contra un hombre... creo que prefiero hacerlo sola, me da más placer, a fin de cuentas.

Por las noches también me masturbo. Me ayuda a conciliar el sueño. Es como si la energía del día se fuera acumulando y necesitara hacerla salir al final del día, para poder descansar. Siempre me ducho antes de irme a la cama. A veces, cuando estoy sola y tengo tiempo, me doy un largo baño de tina, con música relajante de fondo. El contacto de mi piel en mis dedos se siente tan suave, es exquisito tocarme. Supongo que lo mismo deben sentir los hombres cuando me tocan. A veces me pregunto si he llegado a tal grado de narcicismo de haberme enamorado de mí misma. Después de bañarme me meto a la cama, completamente desnuda. Me gusta dormir sin ropa. Cambio las sábanas cada tres días. Me gusta que la cama esté suave y con olor a detergente suavizante. Me acuesto sobre mi abdomen, con las piernas bien abiertas, y siento la suavidad de la cama en cada centímetro de mi piel. Pongo la cabeza de lado, estiro mi brazo, abro el cajón del velador y saco alguna película y miro la carátula. Hay mujeres muy bonitas. Me gustan las rubias, no sé porqué, y las morenas de piel clara que tengan cara de niña inocente. No me gusta cuando aparecen en las fotos con poses calentonas, con caras de orgasmo falso, o con 3 penes escupiéndoles semen en la cara. Me da asco el semen. Me gustan las mujeres de cuerpo bien formado, de pechos grandes, pero no exagerados, de cintura pequeña y caderas redondeadas, pero no gruesas. A veces me da la impresión de que busco un reflejo de mi misma en esas mujeres, en esas imágenes, me gustan las mujeres que se parecen físicamente a mí. Raro. Ahora, los hombres en esas películas, son un fiel reflejo de la vida real: hombres decadentes y deprimentes. Finalmente consigo concentrarme y después de algunos manipuleos en mi entrepierna, siempre llego al orgasmo. A veces es tan intenso que quedo agotada, y me quedo dormida tal cual.

Marcelo me preguntaba el sábado que para qué tenía películas porno en mi velador. Me molestó que intruseara mis cosas. Tengo un velador vacío al otro lado de mi cama, para mi visitante de turno, para que deje sus cosas ahí. No veo la razón para que alguien abra mi velador! En el segundo cajón, ese que tiene cerradura por el lado, guardo todos mis artilugios eróticos: bolas chinas, anillos para el pene, dildos, condones, esposas... un sinnúmero de cosas que ya ni siquiera uso. No tengo un amante lo suficientemente experto como para usarlos, la mayoría de ellos no consigue una erección completa o bien sufren de eyaculación precoz u otro sinnúmero de trastornos sexuales. El único que podría usar estos implementos es Albert, pero él no es de andar usando cosas, su sexo es tranquilo y suave, sin aderezos de ningún tipo.

Ayer, sin embargo, me acosté sin masturbarme, a pesar de que tenía una jaqueca de esas que hacen historia. Ayer fuimos con Carolina al restaurant de los padres de Nicole. Estacioné cerca de Lyon y caminamos las pocas cuadras que nos distanciaban del lugar. Como yo sospechaba, era el mismo restaurant al que yo había enviado un currículum hace unos 10 años, queriendo trabajar de mesera. Ah, que tiempos aquellos, en que me ganaba la vida de forma honrada y con esfuerzo. Entramos. Yo había pensado en ponerme una peluca platinada y usar lentes oscuros, pero Carolina me hizo ver lo ridícula que me vería, con lentes de sol en pleno invierno. Al final, Nicole no me conoce, no tiene por qué sospechar que yo, la mujer sentada en el restaurant de sus padres, era la misma que le había quitado a Marcelo. Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana. Nicole estaba sentada en la caja, una especie de mesón que daba la bienvenida al entrar al restaurant. Entre la caja y el bar-cocina, estaban las mesas. Carolina se sentó de espaldas a Nicole, para que yo pudiera mirarla bien si que ella se diera cuenta, fingiendo que miraba a Carolina. El restaurant no estaba mal, pero estaba demasiado oscuro y hacía demasiado frío y un deje de descuido se olía en el ambiente. En el techo habían algunas trizaduras y en una de las murallas hacía falta con urgencia una mano de pintura. Nuestra mesa estaba un poco pegajosa y había una marca de un vaso con un líquido oscuro en una esquina. Habían migas de pan desperdigadas por el suelo. Había un tipo ya mayor tomándose un café y leyendo el diario. Y una señora, también de edad, revolviendo un té con leche. Éramos los únicos clientes. Nicole se acercó a nosotras y nos preguntó que queríamos. La miré bien. Pelo grasoso, mal peinado y descuidado y con un teñido que le habría ido bien a la mujer que vendía maní en la calle. Cejas demasiado delgadas, cara gordinflona, labios arrugados y tristes, exceso de rímel en las pestañas que se le aglutinaba en coágulos negros en la base. De cuerpo... debe haber pesado unos 85 kilos. Debe haber medido 1,65mt o por ahí, así que estaba gorda para su estatura. Iba con una camiseta que le marcaba los senos y también los rollos y un pantalón desteñido y deshilachado. Carolina ordenó un chacarero y yo pedí un churrasco. Pedimos bebidas, a pesar del frío. Nicole se fue a la cocina y volvió a su mesón a los pocos minutos, y continuó hojeando una revista Paula, ignorándonos por completo.

Miramos alrededor. Las paredes estaban decoradas con fotografías mediocres, que estaban a la venta. El marco, medianamente decente, venía incluido en el precio. En el nombre del artista, figuraba el nombre de Nicole. Nos pusimos de pie y fuimos mirando todas las fotos, a ver si Nicole nos hablaba, pero nada, ella seguía con la nariz metida en las páginas de la revista. Escondidas en un rincón, habían dos fotografías bastante buenas. Una era de un niño, en blanco y negro, jugando con una manguera en el pasto. La otra era de una anciana sentada en la plaza de Armas dando de comer a las palomas. Carolina me apuntó el nombre del artista: esas fotos eran de Marcelo. Sentí una especie de orgullo inexplicable, el corazón me dió un saltito estúpido, y sonreí. Carolina me sugirió que comprara alguna de las fotos, pero no me decidí. Aunque estaban bonitas, en mi departamento no habrían encajado, tal como vengo pensando que Marcelo no encaja en mi vida. No soy una persona amante de los niños ni de las abuelitas alimenta-pájaros. Por otro lado, eso habría significado que tendría que haberle contado a Marcelo sobre la fotografía y que había visto a Nicole, y eso me habría empujado al precipicio en el que no quería caer, de tener que conocerla en persona y tratar de ser su amiga, como Marcelo quiere.

Carolina le preguntó a Nicole si esas eran todas las fotos que tenían a la venta. Nicole levantó la vista hastiada, dejó la revista en el mesón y se acercó a nosotras con desgana, como si supiera de antemano que no compraríamos ninguna fotografía. Nos dijo que no, pero que las demás estaban en el atelier del artista y que se iban renovando cada semana, a medida que se vendían. Yo miré el marco de las fotos. Parecían que llevaban siglos ahí. Una capa de polvo se acumulaba sobre el borde del marco. Carolina le preguntó a Nicole por los artistas, ya que habíamos visto dos nombres. Nicole le dijo que eran dos personas, ella misma y el marido. Se me revolvió el estómago cuando dijo "mi marido" y en un reflejo automático le miré la mano, pero no llevaba anillos. Carolina empezó a decirle algo sobre que ella amaba el arte y yo le dí un puntapié que Nicole no advirtió, y terminó diciendo que ella siempre había soñado con estudiar fotografía, que amaba el arte y que las fotos estaban geniales. Nicole nos dió las gracias y se fue a seguir con su revista. Nosotras volvimos a sentarnos en nuestra mesa.

- Eres tonta! casi se te sale que estudias arte!
- No! cómo crees, si tenía pensado lo que iba a decirle
- casi me dio un paro cardiaco!
- Viste el polvo y las telarañas sobre las fotos?
- Sí! que mal... no vende nada!
- Las fotos de Marcelo no están mal, segura que no quieres comprar una?
- nah, comprar una foto de Marcelo por lástima?
- Si, es verdad...
- Oye - le hablé en susurros - estás segura de que no te conoce, nos está mirando de reojo
- Eso es porque tú la estás mirando de reojo! deja de mirarla!
- Que piensas... Crees que Marcelo de verdad le dijo sobre mí?
- No sé... habló de su marido
- Sí, te diste cuenta?
- Sí, que raro...

En eso alguien gritó desde la cocina que la orden estaba lista. Nicole se levantó y fue a buscar los sandwiches. Nos sirvió y se fue a buscar las bebidas. Un poco de bebida se derramó en la mesa cuando posó los vasos, pero no se preocupó de limpiar. La mitad del vaso eran cubos de hielo y la bebida tenía sabor a soda. Carolina empezó a comer y me dijo que la carne estaba fría. Probé mi sandwich. La carne no solo estaba fría, sino que tenía trozos de hielo. Supongo que la habrán tenido congelada y la frieron rápido, y no se descongeló del todo. Los porotos verdes del chacarero de Carolina que probé estaban vinagres y la palta de mi churrasco tenía mal sabor, los tomates estaban harinosos, el pan estaba seco y las tres papas fritas de adorno estilaban aceite. No pudimos seguir comiendo con Carolina y nos nos atrevimos a reclamar. Le pregunté si quería un café y me dijo que no, que no quería comer más ahí. Nos levantamos y le pedimos la cuenta a Nicole. Ni siquiera se fijó que no nos habíamos comido los sandwiches. Marcó la página de la revista donde había quedado, sacó lapiz y papel y sacó la cuenta:

- $ 5.300 el churrasco
- $5.350 el chacarero
- $2.700 por dos bebidas

Son $ 13.350 nos dijo con una sonrisa. Le dí $15.000 y le dije que se quedara con el cambio, como propina. La sonrisa se le agrandó y nos dijo que volviéramos pronto. Salimos rajadas de ahí y nos fuimos caminando al auto. Me pregunto que habrá pensado al ver que no nos comimos lo que pedimos. Fui a dejar a Carolina a su casa y me vine conduciendo lentamente a la mía. Llamé a Marcelo en el camino. Le pregunté como estaba y me contestó distante y malhumorado que estaba bien, pero que necesitaba tiempo para pensar en lo que él quería. Le corté y lo mandé a la cresta. Tiempo él? y para qué, se supone? Llegué a la casa tan enojada que me acosté sin mi sesión diaria de relajo, pero desperté de mejor humor.

Hoy decidí olvidarme de Marcelo. No lo llamaré. Que me llame él, si es que quiere verme. Tengo cita a las 11 con mi depiladora y voy a almorzar con Albert. Me pondré ropa interior de encaje blanco. Le gusta a Albert que me vista así. Dice que me da un aire de inocencia. Le diré que se pida la tarde libre. Que nos vayamos a ese motel de Marcoleta que tanto le gusta. Tiene las sábanas ásperas y una cama incómoda y cada vez que camino por la alfombra descalza me imagino con asco las manchas de semen seco, pero el sexo con Albert siempre vale la pena.

Pensando en ayer... Me dió pena Nicole, pero me da rabia Marcelo. Podríamos haber tenido un mini-romance ligth, o haber tenido nada incluso, solo una amistad, pero él me presionó a que "formalizáramos" y yo me obligué a contarle mi verdad porque pensé que una relación tendría que partir de la honestidad y ahora me siento engañada y vulnerable, porque Marcelo quiere que yo haga algo determinado con mi vida cuando él ni siquiera sabe lo que quiere de sí mismo y de su vida. No sé si le habrá contado a Nicole de mí. Yo no la ví mal ayer, me refiero a que si a mí me hubiera dejado mi pareja de tantos años de la noche a la mañana por otra, estaría de muerte. Ella se veía choreada, pero no más que el resto de los habitantes de esta ciudad. Recuerdo cuando terminé con Armando, como no fui capaz de levantarme de la cama en meses y cómo traté de suicidarme sistemáticamente sin tener la valentía de hacerlo definitivo y de una vez. Carolina me dice que quizás es que Nicole no está enamorada de Marcelo como yo lo estaba de Armando, pero entonces... es Marcelo quien en el fondo sí está enamorado de Nicole? Es por eso que se hace tanto rollo? Quizás es que Marcelo necesitaba algo que sacara a flote su relación con Nicole?, no es la primera vez que me pasa, en todo caso, que algunos hombres, después de haber estado conmigo, se sienten mal y vuelven a sus parejas para pedirles perdón, ofrecerles el cielo y la tierra, para después terminar volviendo siempre a mí. Es un círculo. Lamentablemente, Marcelo no tiene dinero como para costear que le sirva de terapeuta de pareja y gratuitamente no lo voy a hacer. El dinero me hace tomar distancia, no involucrarme emocionalmente y si él no puede pagar, pero tampoco responder como pareja...

En todo caso, muy madre de su hijo será Nicole, pero Marcelo no tiene donde perderse a la hora de escoger.

Ya. Basta de pensar en Marcelo. Lo eliminaré de mi vida unos días. Quiere pensar? que piense entonces. Quiere tiempo y espacio para él solo? eso es lo que tendrá. Seré inubicable. Aprovecharé, eso sí, de ver a Albert hoy y tener el sexo exquisito que vengo echando de menos desde que volvimos de Holanda. Aprovecharé de ver a José Ignacio mañana, ando un poco corta de dinero en efectivo y no quiero sacar de mi cuenta, además quiero ir a comprarme ropa y a él le encanta ir conmigo y que lo vean conmigo, tomados de la mano. Quizás llame a Hernán el jueves, hace tiempo que no lo veo. Le pediré a Hernán que nos vayamos a la playa por el fin de semana. Tengo que acordarme de avisar en portería que prohíbo extrictamente que dejen subir a alguien a mi departamento sin haberme preguntado a mí primero por citófono, y que si no contesto el citófono, no dejen subir a nadie, bajo ninguna excusa. No quiero que me pase lo de Gustavo de nuevo.

Adiós Marcelo, quien sabe si esta historia entre nosotros tiene continuación o se termina aquí.