El segundo embarazo
Apenas supe que estaba embarazada traté de abortar. Una cachetada de realismo me pegó de lleno en la cara cuando el médico me dijo que estaba de unas nueve semanas. El padre de mi hijo era Marcos, el cura de mi colegio, con el que llevaba unos meses acostándome. Sencillamente no tenía futuro alguno. Mi mamá no iba a ayudarme. Cuando me había embarazado por primera vez, hacía menos de un año atrás, me había dicho que abortara. No podía acudir a ella por segunda vez. El primer error, como decía ella, se podía perdonar y hasta arreglar. El segundo error era pura estupidez y uno tenía que asumir las consecuencias.
Cuando llegué a la casa me tomé todas las pastillas anticonceptivas que me quedaban en la tira, más las tiras de los dos meses siguientes. El médico me había dicho que dejara de tomarlas por el peligro de perder el bebé y eso era lo que yo quería. Me fui a acostar esperando a que me hicieran efecto, pero nada pasó. Sólo tuve un poco de malestar y náuseas, pero bien pueden haberse debido al embarazo. A los tres días de haberme tomado las pastillas y que la regla no me bajara decidí hablarlo con una compañera de curso. Yo sabía que varias de mis compañeras se prostituían. Ellas mismas me lo habían contado, sin asco ni vergüenza. Solían irse por las tardes, después del colegio, al Alto Las Condes. Les decían a sus padres que se quedarían a estudiar en casa de alguna compañera y se iban para allá. En el mall nunca faltaba el tipo maduro o incluso viejos que veían a las jovencitas y les ofrecían ropa, zapatos, perfumes o joyas. Mis compañeras se iban con ellos a alguna tienda, los viejos les compraban lo que ellas quisieran y luego se las llevaban en su auto, donde ellas les practicaban generalmente sexo oral. Nunca entendí porqué mis compañeras lo hacían. Ellas no tenían carencias económicas, nunca les faltó nada. De todas formas, no eran todas en el curso, sino un grupo de cuatro. Hacían apuestas entre ellas sobre quien conseguía las mejores cosas cada semana, o los mejores clientes. Los padres de ellas creo que nunca se dieron cuenta. Hoy todas esas compañeras son mujeres profesionales, dos de ellas están casadas, una tiene dos hijos, pero nada hace sospechar lo que esas estudiantes ejemplares de un buen colegio católico del sector oriente de Santiago solían hacer a la tierna edad de quince años.
Yo me había hecho amiga en especial de una de ese grupo, Marta. Ella había sido la primera que me había confiado que se prostituían y yo le había jurado no contarle a nadie. Ese día le pedí que al salir del colegio nos fuéramos a algún lado. Necesitaba conversar con alguien. Necesitaba ayuda. Nos fuimos, a pesar del frío, a una heladería.
Le dije a Marta que estaba embarazada. Ella me preguntó quien era el padre del niño. Le mentí y le dije que era Christian, el acólito que se había ido al servicio militar. Yo no quería al bebé, no podía contar con Christian, le dije a Marta, así que necesitaba abortar. Ella no me juzgó, tal como yo pensaba, y entre cucharada y cucharada de helado me fue dando alternativas.
Me dijo que probara primero a tomarme varias pastillas anticonceptivas juntas. Le dije que ya lo había intentado sin obtener resultados. Me dijo entonces que podía probar con té de hierbas. Yo ya pasaba los dos meses de embarazo, así que Marta me dijo que lo más efectivo era ir directamente a un abortista, ya que por lo avanzado de mi embarazo, ella no creía que las hierbas fueran a funcionar. Ella conocía a alguien que practicaba abortos, pero cobraba un dinero que yo no tenía, así que decidí probar con las hierbas que Marta me había recomendado: Ruda, orégano, perejil y borraja. Nos fuimos a una herboristería y compramos todo. Me fui a la casa y ese fin de semana me hice varias veces té de hierbas. No pasó nada. Marta me había dicho que también probara a hacerme un té de hierbas frescas, de ruda y perejil fresco con limón. Era una infusión asquerosa que casi me hizo vomitar, pero me la tomé con determinación. Tampoco obtuve resultados.
El lunes, en el colegio, Marta me preguntó por los resultados. Le dije que no había pasado nada. Me volvió a recomendar ir a ver a un abortista, pero volví a decirle que no tenía dinero. Ella me dijo que ella me podía prestar y yo se lo devolvería más adelante. Le agradecí el gesto, pero no me decidí. Me dijo entonces que podía meterme un palillo de tejer largo por la vagina y provocarme un aborto. Era arriesgado y sumamente peligroso. Podía perforarme el útero en una mala maniobra y ella no conocía a nadie que realmente lo hubiera hecho. Era un mito urbano que no me atrevía a probar.
Marta me convenció finalmente de ir a ver a un abortista. Ella misma me acompañó. Tomamos una micro hasta plaza Italia y de ahí tomamos otras dos micros hasta llegar a una población que se veía muy pobre. Las calles estaban muy sucias y los muros estaban rayados con caracteres ininteligibles. Unos niños mugrientos que jugaban a pegarle con palos a un perro esquelético y cubierto de tiña nos quedaron mirando cuando pasamos por su lado. Yo tenía miedo. Marta me tomó del brazo y caminamos hasta una casa de madera y latas. Marta llamó y salió una mujer vieja, arrugada, sucia y pobre. Llevaba zapatos rotos y el pelo desordenado y nos sonreía con tres dientes podridos en su boca. Nos hizo pasar a su casa y nos ofreció té en tazas descascarilladas. La vieja pensó que era Marta quien quería hacerse otro aborto. No me sorprendió enterarme de que mi amiga ya había estado embarazada.
Marta le explicó que el aborto era para mí, que ya estaba de dos meses. Bueno, serían cien luquitas por mes, usted sabe eso mijita, se rió la vieja. Yo le pregunté si me haría el aborto con anestesia. Jajaja, con anestesia quiere la perla, jajaja. A la vieja le había parecido muy graciosa mi pregunta. Se afirmaba el vientre mientras se reía con la boca abierta, la lengua danzándole tras la negrura de sus tres dientes. Le pregunté dónde me haría el aborto. La vieja se secó una lágrima y me mostró su cama en una pequeña habitación que separaba su dormitorio del living con una cortina roñosa y agujereada. Aquí mismo, o quiere que la llevemos a la clínica Las Condes?, se volvió a reír la vieja. Yo me sentía mareada y con ganas de vomitar. La vieja no me daba confianza. Quería irme, pensarlo, volver otro día.
Marta me apuraba para que me decidiera. La vieja me dijo que ella era muy profesional, que el aborto me lo haría con sonda y que no me dejaría secuelas. Cómo veía que yo no decía nada me dijo que si no tenía la plata que le podía regalar un televisor en pago y alguna otra cosa. Me imaginé a mi y a Marta acarreando un televisor por todo Santiago para pagar el aborto. Me fuí de ahí con el hijo de Marcos en mi vientre.
En la micro Marta me retó. Me dijo que no fuera tonta, que no me arruinara la vida con un niño, que si por lo menos el padre hubiera sido otro las cosas habrían podido ser distintas. El viaje me pareció eterno. Marcos estaba lejos y volvería en un mes y medio. Yo no tenía a quien más acudir y el tiempo avanzaba en mi contra. Si esperaba un poco más sabía que iba a ser imposible hacerme un aborto. Y si Marcos pensaba que un bebé era algo bueno? Y si Marcos realmente me amaba y estaba dispuesto a todo por mí? Pero yo sabía, en ese momento, que eso nunca pasaría. Sabía que Marcos no iba a dejar el sacerdocio por mí e intuía que no estaría contento con la idea de que yo iba a tener un hijo de él. Todo volvía a ser mi culpa. Yo tenía que arreglarlo antes de que Marcos volviera.
Una vez en mi casa me acosté desnuda de la cintura para abajo y cerré la puerta de mi dormitorio con llave. Tenía un par de palillos de tejer, pero no me decidía a enterrármelos en la vagina. Me sentía tan sola...