25-11-2010

Decisiones

Aún no he decidido si terminar con Derek o con Armando.

Me palpitan las sienes de pensar, pensar y pensar. Revivo mi historia con Armando una y otra vez, y sé que si me quedo con él, puede que nada resulte, pero si me voy con Derek, estaré preguntándome toda mi vida si dejé ir al amor de mi vida por segunda vez.

La historia con Armando es tan simple y tan complicada a la vez. Armando pertenece a una familia rancia, de apellidos históricos y clase alta. Su familia es miembro ferviente del Opus Dei, han ido siempre a los mismos colegios, estudiado las mismas carreras, se han casado siempre con la gente del mismo círculo, un círculo donde no se admiten extraños.

A Armando le tomó tiempo presentarme a su familia. Yo no tenía a nadie, mi mamá llevaba muerta tres años y para todo efecto era "huérfana". De Armando se esperaba que se casara con una amiga de su hermana cuando terminara la universidad. Cuando le pregunté si se habían acostado juntos me aseguró muy colorado que no. Cómo se me ocurría. Él había sido educado en los valores del catolicismo. Cuando lo hicimos por primera vez en el suelo frío de su dormitorio casi sentí que lo estaba violando. Su temblor, el temor en sus ojos, "dime si te hago daño", me decía él. Cómo haberle explicado mi vida hasta ese momento... Armando jamás supo nada de mi pasado.

El padre de Armando es un político conocido en Chile. Su madre es la fiel representante de la mujer Opus Dei chilena, dueña de casa con su melena rubia en su lugar siempre, con su collar de perlas discreto, falda a la rodilla, sweater de cuello redondo y colores pasteles y siempre esperando al marido con un martini listo a la hora de los aperitivos. Los hermanos de Armando son varios, a veces pierdo la cuenta, ocho con Armando si no me equivoco. Lo que mucha gente no sabe de esa familia es que estuvieron, en el tiempo en que estuve con Armando, en la quiebra total. Sr. Político había invertido en ciertos negocios turbulentos (cualquiera con buena memoria recordará de qué hablo) que arrastraron a varios políticos por el barro. Se lavaron las manos con sus billetes, pero quedaron en la quiebra casi total. No perdieron la casa, y recuerdo un tiempo en que a la nana le habían "dado vacaciones" porque no tenían cómo pagarle. Recuerdo a la mamá de Armando intentando lavar platos y limpiar baños enguantada y armada de cloro y detergente en sus zapatos de tacón y su sweater pastel, mientras sus hijas se encerraban en el dormitorio a llorar la tragedia familiar. Recuerdo que el refrigerador estaba vacío y que la tradicional comida de los domingos consistía en arroz hervido y papas cocidas y huevos fritos.

Sin embargo, la familia seguía conservando las formas, para no parecer pobres, decían. Cuando pasó todo esto, Armando y yo llevábamos un año como pareja y los planes de irnos a vivir juntos se fueron a la basura. Aunque pensándolo bien, creo que Armando nunca tuvo planes serios de vivir conmigo antes de casarse. No creo que a los 21 se hubiera atrevido a desafiar al patriarca. Con la quiebra económica, todo lo que Armando ganaba trabajando iba para mantener la casa. Yo había decidido, cuando conocí a Armando, que él y únicamente él iba a ser el hombre de mi vida. Había borrado mi pasado de un plumazo, una amnesia autoprovocada que me permitiría nacer de nuevo, vivir a su lado, ser feliz. Nada de eso pasó con la tragedia familiar.

Fue ese el tiempo en que empecé a acostarme con hombres por plata. Necesitaba pagar mi departamento, el que se suponía pagaríamos a medias con Armando. Cuando me ví fuera de deudas y con una cuenta estable en el banco, empecé a ayudar a Armando y su familia con ese dinero mal ganado. Les pagaba algunas cuentas, les compraba comida, a veces les regalaba ropa o tarjetas de regalo para que usaran en lo que quisieran. Siempre justifiqué ese dinero con mis extra turnos como enfermera y nunca lo dudaron, o si lo dudaron, nunca dijeron nada. Supongo que cuando tienes hambre, no te importa de dónde venga el dinero para comer.

Fueron meses horribles, en que me debatía entre la mala conciencia de estar vendiendo el cuerpo y el pensamiento de estar haciéndolo por una buena causa. O eso era lo que quería creer. Algunas veces pedí favores a cambio de sexo: un trabajo demasiado bien pagado para uno de los hermanos de Armando, una llamada para alguna aparición en público para el padre, algún evento de recaudación para alguna institución en donde la madre de Armando era la anfitriona, recibiendo como pago regalías... Poco a poco el padre de Armando empezó a recuperarse. Sus amigos fueron ayudándole con préstamos, fue invirtiendo más sabiamente y al cabo de tres años no puedo decir que nadaban en la abundancia, pero se habían recuperado bastante bien, volvían a estar en las páginas sociales y viviendo la vida como la conocían. Yo esperé pacientemente a que Armando me pidiera matrimonio. Terminamos la universidad, nos graduamos, trabajábamos, yo seguía prostituyéndome en previsión al futuro, quería ahorrar lo más posible para que cuando me casara y pudiera empezar, esta vez de verdad, mi nueva vida. Yo seguía ayudando económicamente de vez en cuando a la familia de Armando, pero el tiempo pasaba y Armando no daba muestras de que nuestra relación fuera a convertirse en algo más serio.

Después de las elecciones, después de la campaña, cuando tengamos más dinero en el banco, después de que se case mi hermana, cuando mi sobrino haya nacido, sido bautizado y vaya al colegio... eran las excusas que escuchaba una y otra vez. Cuando mejore la economía, cuando termine el master, cuando encuentres un trabajo mejor pagado... me asqueaban sus excusas. No le encontraba razón a mi vida sin Armando, pero sentía que junto a él, pese a todo mi amor, me había muerto. Mi cuerpo no era mi cuerpo, mi sexo no era mío sino de quien pagara el mejor precio, del mejor postor. Y mis ilusiones, mis sueños... llevaban muertos y enterrados demasiado tiempo. Le dí a Armando un ultimatum: Yo quería un anillo y una fecha o nos separaríamos. Armando decidió que nos diéramos un tiempo.

Sentí que me moría. Yo no trabajaba, vivía de lo que pasaba en mi cama, pero todos me creían la enfermera jefa de cierto piso en cierta clínica. Con ese puesto imaginario justificaba el dinero y trabajaba, supuestamente, con enfermos de algo tan raro, que nadie se atrevía a cuestionarme. Me pasé semanas en cama, sin querer comer, sin querer ver a nadie, viviendo por los momentos en que Armando me llamaba para saber como estaba y decirme que aún no estaba seguro de lo nuestro, o bien, de apresurar las cosas en nuestra relación, así le llamaba él. Alguien me comentó que lo había visto en el club que su familia solía frecuentar acompañado de la rubia amiga de su hermana, aquella que todos esperaban se convirtiera en su esposa. Me derrumbé. Me tomé muchas pastillas para dormir y lo siguiente que recuerdo son las sondas en la nariz, el dolor en mi garganta por el vómito y el lavado gastrointestinal y la ausencia total de Armando a mi lado. En una de las revistas de sociedad que tenían en la clínica para distracción de los pacientes vi a Armando, en una fiesta, abrazado a la rubia. Todo se había acabado.

Me fui a casa maltrecha y con el alma en pedazos. Armando me llamó un par de veces y tuve la dignidad de decirle que lo mejor era que termináramos definitivamente. Armando me dijo que lo pensara, que todo era tan reciente, que necesitábamos tiempo. Le dije que no, yo ya lo había decidido, para qué seguir alargando algo que no tenía futuro. Sentía que no tenía nada más que darle, ni siquiera amor. Sentía que todo lo que había hecho, por él, había sido en vano. Armando fue a verme por última vez, discutimos por mí decisión de terminar con él, mientras yo lo oía incrédula decirme que había malgastado años de su vida junto a mi lado por nada, que ahora le hacía esto, y me daba las gracias por hacerle el favor de dejarlo, algo que él hubiera debido hacer hacía mucho tiempo, mientras iba recolectando sus cosas para llevárselas, cosas que le había comprado yo con el dinero de mi prostitución. Armando no se fijó en las marcas de mis brazos amoratados ni me preguntó qué me había pasado. Armando me había dejado seca y vacía de todo. Armando nunca supo que quise morirme por él esa vez y las siguientes.

Pasaron dos años de vida vacía, de cama llena de citas y de litros de semen. Siempre sabía de Armando, en qué estaba, qué hacía. Cuando supe que se había accidentado y que podría morir, sentí que me moría yo de nuevo. Fue cuando empecé a escribir esto. Por primera vez aterricé en lo que Armando había significado para mí y en lo que le había hecho a mi vida por las migajas de amor. Si Armando moría, yo también quería morirme.

Y ahora han pasado casi cuatro años de aquel accidente, Armando ha dejado a la rubia eterna amiga de su hermana y puedo decidir que quiero estar con él. Pero... no sé si quiero, realmente, estar con él. No sé adonde voy, qué estoy haciendo con mi vida o siquiera si esta vez las cosas van a salir un poco mejor que antes. No lo sé. Y el tiempo se me acaba y debo decidir...